La deuda de Mesa 28. R. Lynch y Compañía
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28. R. Lynch y Compañía

R. Lynch y Compañía

La carta de presentación decía nueve renglones y Rosaura los llevaba contados desde Trinidad.

Estaba escrita en papel con membrete y la firmaban los dos socios de Filadelfia.

Decía que el portador llevaba tres años certificando pesos para aquella casa y que en tres años no había habido una sola reclamación. Decía también que Halloran y Meade compraban en el distrito por cuenta y riesgo de ese certificado.

En el último renglón ponía: rogamos se le dé al señor R. Lynch todas las facilidades.

Rosaura la llevaba en un sobre, dentro de una cartera de cuero que había comprado en Trinidad por siete dólares, que era el gasto más caro que había hecho en cuatro años.

Había bajado del tren en Las Vegas el jueves dos de julio, a las cuatro y veinte de la tarde.

El andén era nuevo. La estación era nueva. De la estación a la plaza vieja había ahora una línea de tranvía de mulas que en el ochenta y uno no existía. En la plaza nueva había tres casas de comercio de ladrillo y un hotel de tres pisos.

Del juzgado a la cárcel seguía habiendo cuarenta pasos.

Los dos hoteles de la plaza nueva eran del ochenta y tres y del ochenta y cuatro. En el que entró le pidieron el nombre y lo escribieron en un libro de registro que tenía siete columnas, y una de ellas era la procedencia.

Se quedó dos noches, a nombre de R. Lynch, de Trinidad.

Salió a la calle las dos mañanas y compró dos cosas, un sombrero y un par de guantes.

No subió a la plaza vieja ni preguntó por nadie.

La segunda tarde vio pasar por delante del hotel a la mujer de Eusebio Madrid con dos nietos, y no cruzó la calle.

El sábado cuatro tomó el tren de Santa Fe.

El lunes seis de julio de 1885, a las diez de la mañana, subió la escalera de la casa Whitmore y Compañía, comisionistas, en la calle de San Francisco de Santa Fe.

El despacho de fuera tenía tres mesas y en las tres había un hombre escribiendo.

Al fondo, una puerta abierta y otra mesa más grande.

El que estaba más cerca levantó la cabeza.

—Vengo de parte de Halloran y Meade, de Filadelfia.

—¿Trae usted carta?

—La traigo.

Se la dio. El hombre la leyó de pie, se metió en el cuarto del fondo y volvió en medio minuto.

—Pase usted. El señor Whitmore la recibe. ¿A quién anuncio?

—A R. Lynch.

El pasante se paró con la mano en el picaporte.

—¿De parte de R. Lynch?

—Yo soy R. Lynch.

Rosaura contó lo que pasó después, porque contar es lo que hacía siempre y aquella mañana le sirvió para no mirarse las manos.

Pasaron cuatro segundos hasta que alguien habló.

De los tres hombres del despacho de fuera, dos habían dejado de escribir y uno seguía, y el que seguía era el más joven y era el único que no había entendido nada.

Del cuarto del fondo salió Whitmore con la carta en la mano. Se quedó en el vano, que es un sitio en el que no se está, y miró primero la carta y después a ella y después otra vez la carta.

Tardó once segundos en decir buenos días.

Nadie se levantó. Al cabo de esos once segundos el pasante trajo una silla de la pared. La puso en el sitio donde se ponen las sillas de los que van a estar poco rato, que es a un metro de la mesa y de lado.

Rosaura se sentó donde se la pusieron.

—Señora —dijo Whitmore—. Discúlpeme. Llevo dos años escribiéndole.

—Veintitrés cartas.

—¿Perdón?

—Veintitrés cartas en dos años, todas al señor Lynch. Las tengo contestadas todas.

Whitmore se sentó detrás de su mesa y puso la carta encima.

—Usted comprenderá que esto cambia las cosas.

—Depende de qué cosas.

Y entonces Rosaura hizo lo único que tenía que hacer y lo hizo con números, que era la única lengua que se hablaba bien en aquel cuarto.

En la temporada del ochenta y cuatro, Halloran y Meade habían comprado en aquel distrito cuatrocientas doce mil libras de lana. Todas se habían pagado contra certificado suyo. La casa Whitmore había cobrado comisión de embarque sobre esas cuatrocientas doce mil libras.

Para la del ochenta y cinco, Filadelfia había presupuestado seiscientas mil.

—Y en el contrato que firmé en diciembre no hay exclusiva ninguna —dijo—.

Lo que hay es costumbre. Llevan tres años sin comprar una libra en este distrito contra un certificado que no sea el mío, y el que cambia de pesador en mitad de temporada paga el cambio dos veces.

Eso no lo digo yo. Lo dicen las cuatrocientas doce mil libras.

Whitmore estuvo un rato pasando la carta de una mano a la otra.

—¿Qué es lo que quiere usted de esta casa?

—Una mesa en este despacho y mi nombre en la puerta. Yo pago el alquiler de la mesa y ustedes cobran su comisión de embarque como la han cobrado siempre.

—¿Su nombre?

—El que está en esa carta.

—Eso no se ha hecho nunca aquí.

—En Trinidad tampoco se había hecho.

Whitmore se levantó y fue hasta la ventana, y estuvo mirando la calle el tiempo que tarda un hombre en calcular lo que pierde.

Seiscientas mil libras a comisión de embarque de tres octavos por ciento sobre el valor puesto en vagón. Rosaura lo tenía hecho desde el tren.

—La mesa de la derecha, la que está junto a la ventana —dijo él, sin volverse—. Doce dólares al mes.

—Ocho. La mesa ya estaba ahí y no la usaba nadie.

—Diez.

—Diez.

El martes siete por la tarde pintaron en el cristal de la escalera, debajo del de la casa, R. Lynch y Compañía.

Tardaron cuatro días en llamarla señora Lynch y no la llamaron de otra manera en todo el verano, y ella no corrigió a nadie ni una sola vez.

En los primeros quince días pasaron por aquella mesa once hombres. Seis iban a ver si era verdad. Tres iban a discutir un peso. Y dos iban a ofrecerle partidas.

Al tercero de los que iban a discutir un peso lo mandó a la báscula del ferrocarril y le dijo que volviera con el resguardo. Volvió. El resguardo le daba la razón a ella por ciento noventa libras.

Eso lo contaron en la calle de San Francisco antes de la cena.

Al cabo de un mes, la gente de la plaza había decidido lo que decide siempre, que era que aquella mujer era rara y que pesaba bien, y una vez decidido eso dejaron de mirarla.

Le costó cuatro semanas y le costó no equivocarse ni una vez en un peso, y eso último no le costó.

Alquiló dos cuartos en una casa de huéspedes de la calle del Colegio, a nueve dólares al mes, con derecho a cocina y sin derecho a nada más.

La dueña le preguntó el segundo día por el señor Lynch.

—Viuda —dijo Rosaura.

—Ay, mujer. ¿Y de qué?

—Del pecho.

—¿Hace mucho?

—Cuatro años.

Aquella fue la primera vez en su vida que dijo una mentira entera y sin nada de verdad dentro, y le salió sin pensarla, y no le costó nada.

Después subió a su cuarto y se estuvo sentada en el borde de la cama un rato largo, con el sombrero todavía puesto.

El jueves nueve empezó lo otro.

Lo tenía pensado desde enero y lo tenía escrito, porque una cosa así se hace por escrito o no se hace.

Eran seis renglones en la primera hoja del libro nuevo, numerados.

Uno. Un nombre que no sea el mío y un oficio que lo sostenga. Dos. Un sitio donde me tengan que recibir. Tres. Saber cómo se apunta un niño en este territorio y dónde. Cuatro. Saber quién lo apuntó. Cinco. Saber con qué papel. Seis. El papel.

Los dos primeros los tenía el siete de julio.

No podía preguntar por su hija. Preguntar por su hija era decir quién era. El día que en Santa Fe se supiera que la señora Lynch era Rosaura Otero de Ward, indultada en septiembre del ochenta y uno, aquella puerta con el nombre pintado duraba una semana.

Así que preguntó por otra cosa.

El juzgado de pruebas del condado de Santa Fe ocupaba la planta baja de un edificio de adobe de la calle del Palacio. Lo llevaba un escribano de unos cincuenta años que se llamaba Melquíades Sena y que tenía tres libros grandes encima de un armario.

Rosaura entró el jueves a las once con una consulta de comercio.

—Tengo un asunto de una casa de Filadelfia. Un socio que se ha muerto y ha dejado menores.

—Eso es tutela.

—Eso quiero saber. Cómo se da una tutela aquí, qué papeles hacen falta y dónde se apunta.

Sena se lo explicó en veinte minutos y se lo explicó entero, porque era su oficio y porque llevaba once años sin que nadie le preguntara nada con interés.

Tenía la mesa junto a la ventana y la ventana daba a un patio con dos álamos. Hablaba despacio y se paraba a esperar a que ella acabara de escribir.

Hacía falta la partida de defunción del padre o de la madre, o las dos.

Hacía falta que alguien pidiera la tutela y diera fianza.

Hacía falta que el juez la concediera en audiencia.

Y todo eso se apuntaba en aquellos tres libros, por orden de fecha, con el nombre del menor, el nombre del tutor y el número de expediente.

—¿Y los libros se pueden ver?

—Son públicos, señora. Otra cosa es el expediente.

—¿El expediente no?

—El expediente está en el legajo y el legajo lo saca el juez o lo saca un abogado con parte en el asunto.

Rosaura apuntó las tres cosas en su libro mientras él hablaba, y no apuntó ninguna pregunta sobre ninguna niña.

—¿Y si el menor no está en este condado?

—Entonces está en el suyo. Cada condado lleva los suyos.

—¿Cuántos hay?

—Doce.

—¿Y si la tutela se pidió aquí y el menor nació en otro?

—Eso pasa mucho. —Sena se rascó la barbilla—. Se pide donde vive el que la pide, que suele ser el que tiene el dinero.

Ella apuntó eso también.

En el año ochenta y cuatro, le dijo Sena, se habían dado en aquel juzgado sesenta y tres tutelas. En el ochenta y tres, cincuenta y una. En el ochenta y dos, cuarenta y seis.

Ciento sesenta en tres años y un libro por año.

Aquella tarde, en su cuarto, Rosaura hizo la cuenta de lo que tenía por delante.

Doce condados. Tres libros por condado si se miraban del ochenta y uno al ochenta y cuatro, y en algunos cuatro. Unas ciento sesenta entradas por libro en Santa Fe y menos en los pequeños, digamos cien de media. Entre tres mil y cuatro mil renglones.

Y eso solo si el que lo hizo pasó por un juzgado.

Lo apuntó, lo miró y no le pareció mucho. Había contado cuatrocientas doce mil libras de lana saco por saco en una sola temporada.

Aquella semana volvió dos veces más y las dos habló de lo mismo, de menores y de fianzas, y a la tercera Sena ya la saludaba por el apellido.

El sábado once fue a la parroquia de la plaza a preguntar por otra cosa que tampoco era la suya.

Dijo que una casa de comercio necesitaba acreditar la edad de un heredero y que no había partida civil.

El cura le explicó que para eso está el libro de bautismos.

Que los libros están en cada parroquia y que en el territorio hay más de cuarenta parroquias, algunas con dos y tres capillas de visita.

Que las capillas apuntan en un cuaderno y lo pasan al libro cuando el párroco baja, y que el párroco baja dos veces al año.

—¿Y si alguien quisiera buscar a un niño y no supiera la parroquia?

—Entonces tiene para toda la vida, señora.

El miércoles quince se presentó en su mesa un hombre de unos sesenta años, bien vestido, que dijo llamarse Orren Dale y que compraba para una casa de Boston.

Se sentó sin que lo invitaran, como se sientan los que llevan mucho tiempo en una plaza.

—Me dicen que usted certifica para Filadelfia.

—Certifico para quien me paga y no tengo exclusiva más que en el este.

—¿Y quién responde de usted?

—El resguardo de la báscula del ferrocarril, que está en la estación y es de todos.

Dale se rio y se levantó, y en la puerta se volvió.

—¿De dónde es usted, señora?

—De arriba.

Fue lo único que le sacó, y volvió en agosto con partidas.

El viernes diecisiete, Whitmore la llamó al cuarto del fondo para lo de los embarques de agosto.

Cuando acabaron, se echó hacia atrás en la silla.

—Le voy a decir una cosa por si le sirve. En esta plaza, hasta este año, para mover un papel había que pasar por tres o cuatro despachos, y todo el mundo sabía cuáles eran. Uno de ellos era el de Lucius Grady.

—He oído el nombre.

—Grady sigue ahí y sigue cobrando, no se crea. Pero este año ha perdido dos asuntos que hace tres no pierde nadie, y en junio le devolvieron un expediente de linderos por defecto de forma. Eso antes no pasaba.

—¿Y qué ha cambiado?

—Los que firman.

—¿Y quién ha cambiado a los que firman?

—Pues el gobernador nuevo tomó posesión en mayo. En junio cambió al procurador. Este mes ha entrado un agrimensor general de fuera y dicen que va a revisar expedientes del setenta y ocho para acá. —Whitmore se encogió de hombros—. Con el gobernador nuevo ya no se hacen las cosas como antes.

Rosaura salió a la calle a las seis y media y se fue andando a la casa de huéspedes sin pasar por la plaza.

En su cuarto encendió la lámpara y abrió el libro por la última página, que era donde apuntaba lo que no era del negocio.

Debajo de una columna de libras y de fletes, escribió la fecha y escribió la frase entera, con las mismas palabras y sin quitar ninguna.

Diecisiete de julio de 1885. Con el gobernador nuevo ya no se hacen las cosas como antes.

Y debajo, en el renglón siguiente, puso dos números.

Un tres, que eran los libros que había encima del armario de Melquíades Sena.

Y un doce, que eran los condados del territorio.