La deuda de Mesa
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1. El asiento torcido
El asiento torcido
El vellón entró entero en la báscula y Rosaura lo apuntó antes de que Refugio Tafoya soltara la oveja.
—Seis libras y media.
—Siete, patrona.
—Seis y media. La báscula es la que usaba tu padre y no ha engordado desde entonces.
Refugio se limpió la mano en el calzón y dejó una raya de grasa.
En el tendido había doscientos once vellones atados y quedaban noventa lo menos.
Rosaura escribió el número y sumó mientras escribía.
Mil cuatrocientas libras de lana basta. A once centavos, ciento cincuenta y cuatro pesos.
El año pasado, a quince, habrían sido doscientos diez.
Esa cuenta la había hecho catorce veces desde el lunes y siempre salía igual.
Llevaban seis días de esquila. Once esquiladores en el corral grande, cuatro muchachos que recogían y ataban y dos mujeres en la báscula cuando ella no estaba.
El vellón de una oveja churra daba seis libras si el año había sido bueno y cinco si no.
Quedaban por pasar mil trescientas cabezas de la casa y las de tres partidos.
Nueve mil animales tenía la merced, repartidos entre veintiún partidarios.
De esos nueve mil comían las ciento cuatro familias de dentro de los linderos, contando a los viejos y a los que todavía no andaban.
Bernarda Tafoya pasó por detrás con un brazado de vellones que le tapaba la cara y los soltó en el montón sin que se le deshiciera ninguno. Tenía dieciocho años y ataba mejor que los muchachos, y lo sabía.
—Diecisiete y dieciocho —dijo al pasar, contando para ella.
—Diecinueve —dijo Rosaura, y lo apuntó.
—Que entren los Lucero antes de comer. Si no, no acabamos el jueves.
Refugio no se movió del sitio.
—Los Lucero no van a entregar.
Rosaura cerró el libro verde con el dedo dentro.
—¿Cuántas les faltan?
—Sesenta y dos cabezas.
—¿De trescientas?
—De trescientas.
La tijera de un esquilador chirrió contra una piedra y alguien se rió al fondo del corral. Rosaura miró el tendido y contó otra vez los vellones, aunque acababa de contarlos.
El partido era una cosa sencilla mientras salía bien.
La casa prestaba trescientas cabezas, el partidario las cuidaba en su agostadero, devolvía las trescientas a los cuatro años y entregaba cada año el veinte por ciento de la cría.
Cuando la parición fallaba, la cuenta no bajaba.
El partidario seguía debiendo el mismo número y lo tenía que sacar de donde pudiera, y de donde podía era siempre de lo suyo.
Aniceto Lucero llevaba dos pariciones malas seguidas.
—¿Está aquí?
—Desde las seis.
—Que pase cuando yo termine la báscula.
Refugio se quedó todavía un momento con la oveja trasquilada entre las rodillas, sujetándola sin necesidad.
—Patrona.
—Dime.
—Lo mío vence en octubre.
—Lo tuyo son doscientas cabezas y las tienes enteras.
—Las tengo enteras y las tengo flacas. Si las devuelvo en octubre me quedo sin nada que pastar en el invierno y mi hija se me va a servir a Las Vegas.
Rosaura apuntó un número en el margen, como hacía cuando no quería contestar deprisa.
—Un año más —dijo—. Y el veinte por ciento me lo entregas en lana, no en cabezas, que las cabezas me las estás criando tú mejor que yo.
Refugio soltó la oveja. El animal salió corriendo, se paró a seis pasos y se puso a comer.
—Dios se lo pague.
—Me lo pagas tú en octubre del ochenta.
Fidencio Aragón llegó a media mañana con la cuenta de los Madrid, que venía escrita por Petra en un papel de estraza porque Eusebio no escribía. Cuarenta y seis cabezas de veinte por ciento y catorce arrobas de lana, todo entregado en marzo, dos meses antes de plazo.
—Los Madrid otra vez adelantados —dijo Fidencio.
—Eusebio entrega en marzo para no tener que pensarlo el resto del año.
—Eso es de gente que ha pasado hambre.
El mayordomo se quedó mirando el tendido con las manos a la espalda, y Rosaura supo lo que iba a decir antes de que lo dijera, porque lo decía todos los años.
—Se pesa mejor por la mañana. Por la tarde la lana ha cogido el aire y pesa menos de lo que vale.
—Ya, Fidencio.
—Su padre pesaba por la mañana.
—Mi padre pesaba por la mañana y se iba a comer a la una.
A mediodía uno de los esquiladores nuevos le abrió a una borrega un tajo de cuatro dedos en el ijar. El animal no se quejó, como hacen siempre, y la sangre le bajó por la lana cortada hasta la mano del hombre.
—Trae la brea —dijo Rosaura.
Ella misma le apretó los bordes con los dos pulgares mientras otro le echaba la brea caliente, y aguantó el olor, que es un olor que se queda en las uñas hasta el día siguiente. Después miró al esquilador, que tendría veinte años y era de fuera.
—¿Cuántas llevas hoy?
—Cuarenta y una.
—Vas a llevar treinta y cinco y las vas a hacer bien. Se paga por vellón entero, no por oveja pelada.
El muchacho abrió la boca y la volvió a cerrar. Refugio, desde su sitio, no dijo nada y no hizo falta que dijera nada.
Aniceto Lucero estaba en el linde del corral, que era donde esperaba todo el mundo.
En la casa no se entraba sin que alguien llamara, y esa costumbre la había puesto la abuela de Rosaura y no la había levantado nadie.
Aniceto tenía el sombrero en las manos y lo tenía de una manera que decía toda la conversación antes de empezarla.
—Patrona.
—Aniceto.
—Le traigo cuarenta.
—Me faltan sesenta y dos.
—Le traigo cuarenta ahora y le firmo lo demás.
Rosaura abrió el libro en la hoja del partido de los Lucero. Había tres asientos suyos y catorce de su padre. Los de su padre estaban escritos con una letra grande que ocupaba dos renglones y se salía del margen. Los suyos eran pequeños y cabían.
—Si te firmo lo demás, el año que viene me debes sesenta y dos y el veinte del ochenta.
—Sí.
—Y si vuelve a fallar la parición, me debes lo de este año, lo del que viene y lo del otro, y entonces ya no hay manera.
—Sí, patrona.
Detrás de Aniceto, en la puerta del corral chico, estaban su mujer y dos de sus hijos. Rosaura no los había visto llegar y no quiso mirarlos dos veces.
—¿Por qué fallaron?
—El agua de abajo llegó en mayo y las borregas paren en abril.
—¿Cuántas perdiste?
—Ochenta y nueve entre paridas y crías.
Ella escribió ochenta y nueve en el margen y miró el número un momento, porque un número escrito ocupa siempre menos que la cosa que cuenta.
—Cuarenta ahora, y de lo demás no me firmas nada —dijo—. Me lo pones en trabajo. Tu hijo el grande y tú, en la esquila y en el rodeo de octubre, y se acabó.
Aniceto levantó la cabeza.
—Eso vale menos de sesenta y dos cabezas.
—Eso vale lo que yo diga que vale.
Escribió el asiento despacio, para que él lo viera escribir, y leyó en voz alta lo que había escrito.
Después le dio la vuelta al libro sobre la tabla y le puso la pluma delante.
Aniceto hizo su cruz. Su mujer se llevó a los niños antes de que terminara, y se los llevó deprisa, como si hubiera que irse antes de que alguien cambiara de idea.
Al comprador lo vio venir a media tarde por el camino de Las Vegas, en una carreta con dos mulas malas. Bajó en el linde, igual que todos, y esperó a que lo llamaran.
—A once —dijo, cuando ya estaban los dos junto al tendido.
—El año pasado a quince.
—El año pasado no había vía. En julio llega el tren a Las Vegas y en julio le pago a trece, porque ya no tengo que carretear yo hasta el río. Hoy le pago a once.
—En julio la lana de este esquileo está vendida en Filadelfia y usted lo sabe.
El hombre se rió y le puso la mano encima de un vellón, y lo apretó como se aprieta una cosa que ya se ha comprado.
—Véndame la mitad hoy a once y guárdese la otra mitad para julio, a ver cuál de los dos acierta.
Rosaura miró el tendido. Setecientas libras a once eran setenta y siete pesos en la mano, en junio.
Las otras setecientas, si el hombre decía verdad, eran noventa y uno en agosto.
Si mentía eran sesenta y tres, o no eran nada.
La lana guardada sin prensar coge humedad, y el año que la guardó su padre se le echó a perder la tercera parte.
—La mitad —dijo.
Cerraron con la mano. Ella se apuntó el precio, la fecha y el nombre del comprador antes de que el hombre hubiera soltado.
Cenaron tarde, en la mesa larga, con el candil en medio y la ventana abierta porque todavía no refrescaba de noche. Casilda Pino había estado en el corredor toda la tarde y entró con las tijeras de podar en el regazo.
—Está el rosal de tu abuela con tres varas secas —dijo—. Hay que darle agua dos veces por semana o se pierde.
—Se riega el rosal.
—Se riega cuando te acuerdas.
Rosaura apartó el plato y puso el libro verde donde había estado el plato. Casilda no dijo nada de eso. Era una cosa que su hija hacía desde hacía dos años y había dejado de nombrarla.
—Vende el hato de arriba —dijo—. Mil doscientas cabezas se venden en quince días y se acabó el asunto hasta el año que viene.
—El hato de arriba es de lo que comen ciento cuatro familias.
—Y de lo que comes tú.
—Es lo mismo.
—No lo es, y lo sabes desde que sabes escribir.
Casilda cortó el hilo de una vara con las tijeras y lo dejó caer al suelo de tierra.
—Yo entré en esta casa con diecinueve años y con una manta —dijo—. En veintiséis años la única que ha guardado algo he sido yo. Tu padre firmaba lo que le ponían delante y se iba a misa contento, y en el valle todavía dicen que era un santo.
—Mi padre confirmó la merced.
—Tu padre ganó el pleito y pagó al abogado con tierra, y por eso tenemos cuarenta y ocho mil hectáreas de piedra y no tenemos ocho reales. Eso también lo sabes.
Rosaura pasó la hoja.
—El hijo de Fidencio viene para San Juan —dijo Casilda—. Lo ha escrito él a su padre y lo sabe el valle entero.
—Lo sé.
—Lo sabes desde el jueves y no has dicho nada.
—No hay nada que decir. Viene a la fiesta como vienen todos.
—Viene de Santa Fe con una carta de recomendación en el bolsillo y con un sombrero que no le ha pagado su padre. —Casilda juntó las tijeras—. Tú apunta lo que quieras en ese libro, pero eso apúntalo también.
—En octubre habrá manera —dijo Casilda al levantarse.
—¿Qué manera?
—La que haya.
Su madre recogió las tijeras, apagó la vela del aparador con dos dedos mojados y se fue por el corredor. Se la oyó pararse delante del rosal y se la oyó cortar dos veces.
Estuvo hasta muy tarde cuadrando los partidos del año, que eran veintiuno, y le salieron diecisiete corrientes, tres atrasados y uno adelantado.
Cuando acabó, se fue hacia atrás a buscar el cierre del setenta y cinco, que era el último año en que la casa había tenido dinero contante y quería ver de dónde había salido.
Para llegar al setenta y cinco había que pasar por el setenta y cuatro.
La hoja del setenta y cuatro estaba escrita con la letra de su padre desde enero hasta septiembre.
En noviembre había un asiento de tres renglones que no era de su padre.
La letra se torcía a la derecha al final de cada palabra, como si la mano tuviera prisa por soltar la pluma, y decía: recibidos dos mil pesos, renovación. Debajo no había firma, sino una raya.
Rosaura miró los tres renglones el tiempo que se tarda en contar hasta diez, y pasó la hoja, como llevaba haciendo desde marzo del setenta y siete.
El correo de Santa Fe llegó el martes con el muchacho de los Vigil, que traía además dos cartas para el padre Isidro y un paquete para la tienda.
Rosaura estaba en el corral apartando la lana vendida de la lana guardada.
Se limpió las manos en el delantal antes de coger el sobre, porque el sobre era bueno y la lana suelta grasa.
Lo abrió de pie.
Era de la casa de banca de Santa Fe y venía en dos columnas, la de la izquierda en inglés y la de la derecha en castellano, y las dos columnas no decían exactamente lo mismo.
La de la derecha la trataba de señora de la merced de Mesa Colorada.
La de la izquierda la nombraba deudora y no la nombraba de otra manera en todo el papel.
Le requerían para que compareciese en Santa Fe con los títulos de la merced y con el libro de asientos.
Le recordaban además que el pagaré que pesaba sobre ella vencía el dieciocho de octubre de ese año, por importe de tres mil doscientos pesos.
Leyó las dos columnas dos veces, una detrás de otra, para estar segura.
Refugio la miraba desde el otro lado del tendido. Ella le hizo la seña de que siguieran y él bajó la cabeza y siguió.
Fidencio estaba echando agua en el abrevadero del corral chico.
—Los títulos de la merced —dijo ella—. Dónde están.
—En la capilla, donde siempre. En el arca de la sacristía.
—¿Los ha visto usted alguna vez?
—Yo no. Los vio su padre el año del pleito y los vio el señor cura cuando los guardó.
—¿Y la llave?
—La llave la tiene el padre Isidro, y el padre Isidro no abre el arca en tiempo de esquila ni por el obispo.
Rosaura se quedó un momento con el papel doblado en la mano. Un pliego de pergamino escrito hacía ciento diecisiete años era lo único que había entre ciento cuatro familias y un abogado de Santa Fe con una carpeta.
Volvió a la casa, abrió el libro verde por la primera hoja en blanco y escribió el importe con número y con letra, como se escribe lo que no se quiere entender mal.
Tres mil doscientos. Debajo puso la fecha del vencimiento y contó los días que faltaban con el dedo sobre el calendario de la pared, mes por mes, y le salieron ciento cuarenta y cuatro.
Cuarenta y tres hojas más atrás, con la letra torcida de su madre, ponía dos mil.