La deuda de Mesa 2. Un año
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2. Un año

Un año

El arca de la sacristía tenía dos cerraduras y las dos estaban duras, porque no se abría desde el pleito.

—La de este lado es la mía —dijo el padre Isidro—. La otra es la del mayordomo, y el mayordomo es Fidencio, y Fidencio está en el corral desde las cinco.

—Fidencio viene a las nueve.

—Entonces a las nueve.

El cura tomó asiento en el banco de la sacristía y se puso a limpiar el cáliz con un trapo, como hacía cuando quería que se le notara que no tenía prisa.

Rosaura no se sentó. La capilla estaba fría, con esa frialdad de adobe grueso que en junio se agradece y en enero no se perdona, y olía a cera vieja.

—¿Para qué los quiere?

—Para llevarlos a Santa Fe en septiembre.

—Eso no.

—Me los piden.

—Se los pueden pedir. De esa arca el pergamino no sale.

—Padre, si no lo presento me tienen por deudora y por nada más.

—Si lo presentas te lo quedan tres meses para estudiarlo y a los tres meses te dicen que se ha traspapelado. —El cura levantó el cáliz y lo miró a contraluz—. Eso pasó en Tecolote y pasó en Anton Chico. El papel entra y no sale, y sin papel ya no hay merced, hay ocupantes.

Fidencio llegó a las nueve y diez, con la llave colgada del cuello por dentro de la camisa. Abrieron los dos a la vez, cada uno la suya, y el arca hizo un ruido de madera que se despega.

Dentro había cuatro legajos y un pliego de papel grueso doblado en tres, que era el traslado que se sacó en el cincuenta y ocho, amarillo por los dobleces, con la tinta de un color que había dejado de ser negro hacía mucho.

Rosaura lo abrió sobre el mantel del altar, que era lo único limpio y grande que había.

Estaba escrito en castellano y con una letra apretada que le costó media hora. Decía que el gobernador daba a Bernabé Otero y a las familias que con él fueran un sitio llamado la Mesa Colorada. La obligación era poblarlo en el plazo de un año y mantenerlo poblado. Los linderos venían al final.

Por el norte, la ceja de la mesa. Por el sur, el paraje donde se juntan los dos arroyos. Por el oriente, desde la peña colorada en línea derecha al ojo de agua de los álamos. Por el poniente, hasta donde alcanza el agua de la acequia que se ha de abrir.

Rosaura leyó esa última línea tres veces.

—Padre, ¿hasta dónde alcanza el agua de la acequia?

—Hasta donde llegue.

—Eso no es una medida.

—En mil setecientos sesenta y dos no hacía falta que lo fuera. Lo sabía todo el mundo y todo el mundo estaba de acuerdo, y el que no estaba de acuerdo tenía que decirlo delante de los demás.

—Ahora no basta con que lo sepa todo el mundo.

—Ahora no basta, no.

Fidencio se había quedado junto al arca sin acercarse al altar.

—Su padre lo presentó en el setenta y tres y nos costó tres años y la Cuesta de los Álamos —dijo—. Vide yo al agrimensor medir con la cadena. Midió hacia acá, no hacia allá.

En los legajos estaba lo demás. El primero era el expediente del pleito, atado con una cinta que había sido roja. Rosaura lo abrió por el final, porque el final de un expediente es lo único que dice algo.

La resolución tenía cuatro folios en inglés y medio folio en castellano. El medio folio decía en cuántas hectáreas quedaba confirmada la merced.

—Aquí pone treinta y ocho mil.

—La merced son cuarenta y ocho mil —dijo Fidencio.

—Aquí pone treinta y ocho mil.

El cura dejó el trapo.

—Son treinta y ocho desde el setenta y seis. Lo otro se fue en costas.

Debajo de la resolución había una hoja suelta, escrita por el abogado de su padre, con la cuenta de honorarios.

No venía en pesos. Venía en parajes. La Cuesta de los Álamos, el Cañón del Oso y los dos potreros de abajo, con sus linderos puestos con mucho más cuidado que los del pergamino de la merced.

Rosaura leyó los linderos de los honorarios dos veces y no dijo nada, porque Fidencio estaba delante y Fidencio había trabajado esos potreros.

Rosaura pidió tinta y papel y copió del traslado los linderos, uno por uno, de pie, apoyada en el altar.

Tardó hasta después de mediodía. El segundo pliego, el de las cláusulas del común, lo dejó doblado como estaba, porque los linderos eran lo que hacía falta aquel día y porque el cura tenía prisa.

Cuando terminó, el cura le pasó el secante y le miró la copia por encima del hombro.

—La copia no vale nada en un juzgado.

—La copia vale para que yo sepa lo que hay escrito antes de que me lo lea otro.

—¿Qué hay en los otros dos legajos?

—El padrón. Las familias que entraron en el setenta y dos con Bernabé Otero y las que han entrado después, con el día y con el nombre del que las admitió. Lo llevan los curas desde entonces y lo llevo yo desde el cuarenta y nueve.

—¿Cuántas hay hoy?

—Ciento cuatro.

—¿Y eso vale en un juzgado?

—Eso no vale en ningún sitio —dijo el cura—. Eso vale aquí.

El padre Isidro no dijo nada a eso. Cerró su cerradura, esperó a que Fidencio cerrara la suya y se guardó la llave.

La fiesta de San Juan empezó a las cuatro, cuando bajó el calor, con las carreras de caballos en la vega.

El de la tienda había subido dos barriles de vino de El Paso.

A las siete ya se bailaba delante de la casa, en el suelo apisonado entre el corredor y el corral, y había cuarenta o cincuenta personas de la merced y otras tantas de abajo.

Rosaura no bajó a las carreras. Se quedó en el corredor con el cuaderno de la esquila cerrado encima de las rodillas.

Fue contando la gente que entraba por el linde, que es una cosa que se hace sin querer cuando se lleva una casa.

Ciento treinta, ciento cuarenta. De comer había para ciento cincuenta porque su madre había mandado matar dos reses el lunes sin consultarlo con nadie.

Casilda pasó por detrás de ella con una fuente en las manos.

—Baja.

—Ahora bajo.

—Baja antes de que llegue, no después.

Damián Aragón llegó cuando estaban encendiendo los faroles.

Traía chaqueta de paño en junio, y traía el pelo cortado como se corta el pelo en Santa Fe, y traía un modo de andar que no era el de hacía dos años.

Saludó primero al padre Isidro, después al de la tienda, después a los Madrid, y fue llegando a la casa por el orden exacto en que se llega a una casa cuando se quiere que se note que uno sabe el orden.

Rosaura lo vio venir desde el corredor y no bajó.

—Patrona —dijo él, al pie de los tres escalones.

—Eso lo dices para que se rían.

—Lo digo para ver qué cara pones.

Bernarda Tafoya, que estaba sirviendo el vino en la mesa larga sacada al corredor, se quedó quieta con el jarro en la mano hasta que Rosaura bajó los escalones.

Antes de bailar estuvo un cuarto de hora con el de la tienda y con dos hombres de abajo, hablando de la vía. Rosaura lo oía desde donde estaba.

—A Las Vegas llega en julio —decía Damián—. A Santa Fe, en el ochenta.

—Eso dicen desde el setenta y siete.

—Esta vez hay rieles puestos hasta el paso del río. Yo los he visto.

—¿Y qué nos trae a nosotros?

—Les trae que la lana que ahora carretean cuatro días llegue a Kansas en tres. Y les trae que la tierra de este valle valga en enero el doble que hoy, y que en Santa Fe lo sepan antes que en Las Vegas.

Uno de los de abajo se rió y dijo que él llevaba cuarenta años sin que nada valiera el doble. Damián no se rió con él.

Bailaron dos veces. A la tercera, Fidencio cruzó por delante de ellos con un serón de leña al hombro, lo dejó caer al lado de la lumbre y se enderezó despacio.

—Damián.

—Padre.

—Llévale ese serón al padre Isidro, que ya está la lumbre baja.

Damián miró el serón. Miró a su padre. Alrededor se había hecho el silencio que se hace en una fiesta, que no es silencio del todo, y cuatro o cinco se habían vuelto a mirar.

—Voy en un rato.

—Ahora. Aquí, el que no sirve, estorba. —Fidencio se restregó las palmas en el calzón—. Y aquí tú serviste siete años antes de irte, y no te caía mal.

Damián cogió el serón con las dos manos y lo llevó hasta la lumbre, y la chaqueta de paño se le llenó de corteza por delante. Volvió sacudiéndose y con la cara tranquila, y estuvo diez minutos hablando con los de abajo, y se rió dos veces.

Casilda lo había visto todo desde la puerta de la cocina, con las manos en el delantal, sin acercarse. Cuando Rosaura pasó por su lado, su madre le habló sin volver la cara.

—Fidencio le acaba de hacer un favor y el chico no lo sabe.

—Lo ha humillado delante de medio valle.

—Le ha recordado de dónde viene, que es lo que hay que recordarle cada vez que baje de Santa Fe. El día que no se lo recuerden, ya no baja.

Cuando se fue a la acequia, Rosaura fue detrás.

La acequia madre corría llena esa noche porque era la víspera y a nadie le tocaba regar. El agua de junio baja fría de la mesa y no se calienta en todo el camino. Damián estaba en el puentecillo de tablas con la chaqueta doblada sobre el brazo.

—No hacía falta que le hicieras caso —dijo ella.

—Hacía falta. Si no le hago caso, mañana en el valle se cuenta que el hijo de Fidencio ha vuelto de señorito y no me abre la puerta nadie.

—¿Y así?

—Así se cuenta que soy el mismo. Y eso es lo que hay que contar durante un año.

Rosaura se sentó en el borde y metió los dedos en el agua hasta la muñeca. La sacó enseguida.

—¿Por qué un año?

—Porque en un año me examino y dejo de ser pasante. Un pasante escribe lo que le dictan y cobra lo que le dan. —Damián se sentó a su lado—. Cuando yo firme mis propios escritos, el primero que firme es el de tu casa.

—Mi casa no necesita un escrito. Necesita tres mil doscientos pesos el dieciocho de octubre.

Él se quedó callado un momento.

—¿Te ha llegado la citación?

—El martes pasado.

—¿Vas a ir?

—Voy a mandar la copia de los títulos y no voy a ir.

—Vas a ir y vas a ir conmigo, y vas a dejar que hable yo, porque a ti te van a hablar en inglés dos horas y en la última media hora te van a poner un papel delante. —Damián se volvió hacia ella—. Lo he visto tres veces este año.

—Tú no puedes firmar nada todavía.

—Por eso te pido el año.

El agua sonaba debajo de las tablas. En la casa habían empezado otra vez con la música y se oía el violín por encima de todo lo demás.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto no firmes nada que no te lea yo. Nada, Rosaura. Ni un recibo del comprador de lana.

—El comprador de lana me ha pagado ya la mitad.

—¿Con papel o con dinero?

—Con dinero.

—Entonces ese está limpio. —Damián se pasó la mano por la cara—. Los que van a venir no van a traer dinero. Van a traer papel, y van a traerlo bien hecho, y van a ser amables.

—¿Tú cómo sabes que van a venir?

—Porque en marzo, en el despacho donde escribo, entró un hombre preguntando cuántas mercedes del norte tenían pagaré vencedero este año. Se lo escribí yo la lista. Eran nueve.

—¿Estaba la mía?

—Estaba la tuya la tercera.

El agua sonaba debajo de las tablas. Rosaura se apretó las manos una contra otra, que las tenía frías de haberlas metido en la acequia.

—Un año es mucho, Damián.

—Un año es lo que tengo. Pídeme otra cosa y te la traigo hoy, pero no la tengo.

Rosaura le miró las manos. Las tenía limpias y sin cortes, y eso era lo único de él que de verdad había cambiado.

—¿Y si en octubre no hay manera?

—En octubre la habrá.

Era la segunda vez en un mes que le decían esa frase.

Lo besó ella. Damián le puso la mano en la nuca, con cuidado, como quien sujeta algo que puede echar a correr, y estuvieron así el tiempo que estuvieron, con el frío del agua subiendo por las tablas. Cuando se separó, él tenía la respiración cambiada y ella lo notó y le gustó notarlo.

—Un año —dijo Rosaura.

—Un año.

—Hasta San Juan del ochenta. Ni un día más, y en octubre yo hago lo que tenga que hacer sin preguntarte.

—Hasta San Juan del ochenta.

—Dilo otra vez con la fecha —dijo ella.

—Veinticuatro de junio del ochenta.

—Eso no es una palabra dada, eso es un plazo. Ya sé lo que es un plazo.

—Pues que sea un plazo. Los plazos se cumplen o no se cumplen, y se ve.

Volvió sola por el camino de abajo, para no pasar otra vez por el baile, y el camino de abajo pasa por delante de la posada.

Había luz en la sala. Un hombre estaba de pie junto a la ventana abierta, con un sombrero de fieltro gris en la mano, de esos que en el valle no había tres. No era de allí. Tenía una cartera de cuero en la silla, al lado, y no se había sentado.

—Damián Aragón, el hijo del mayordomo de la merced —le estaba diciendo al posadero—. Me dijeron que llegaba hoy.

—Está en el baile de la casa grande.

—Lo espero.

El posadero le puso un vaso delante y el hombre no lo tocó.

—¿La casa grande es la de la merced?

—Esa es.

—¿Y la señora que la lleva es la hija?

—La hija, sí. Desde que murió don Anselmo.

El hombre dijo que bien, y lo dijo como se dice una cosa que ya se sabía y se quería oír de otra boca.

Rosaura siguió camino sin pararse. Le había dado un año. Hasta el dieciocho de octubre faltaban ciento dieciséis días.