La deuda de Mesa 3. El turno
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3. El turno

El turno

El río venía ese año con la mitad del agua y la junta se hizo de pie, junto a la compuerta madre, porque don Simón Archuleta decía que sentado se habla más.

—Nueve días tiene la rueda —dijo—. Nueve días y noventa y un parciantes. El que quiera cambiar algo que lo diga ahora y no en agosto.

Rosaura tenía en la mano la hoja que había hecho la noche antes. Tres columnas: quién regaba, qué día y cuántas fanegas de siembra tenía cada uno. La había hecho porque en las juntas hablaban dieciocho hombres a la vez y ganaba el que se cansaba más tarde.

—Antes de que hable nadie —dijo ella—, dos cifras. El año pasado, por esta compuerta, a mediados de junio, pasaban catorce pulgadas. Las medí yo con la regla de usted, don Simón, el veinte de junio.

—Las medimos los dos.

—Hoy pasan siete.

Nadie dijo nada durante un momento. Siete lo sabían todos de verlo, pero verlo y oírlo en número no es igual.

—Yo quiero cambiar algo —dijo.

Se volvieron todos. Era la tercera junta suya y en las dos primeras no había abierto la boca.

—Diga.

—Los Lucero, los Madrid y los Tafoya no tienen día.

—Tienen el de la casa. Son partidarios de la casa.

—Tienen el de la casa cuando a la casa le sobra, y este año a la casa no le va a sobrar. Aniceto Lucero tiene cuatro fanegas de maíz sembradas y no ha regado desde el veintiuno de mayo.

Aniceto no dijo nada. Estaba detrás, con los otros dos, en el sitio en que se ponen los que saben que se está hablando de ellos y no les toca hablar.

—Eso es cosa de la casa —dijo Archuleta—. La casa tiene tres días de nueve. Que los reparta como quiera.

—La casa tiene tres días de nueve porque riega la vega grande y de la vega grande come el valle entero.

—Asina es.

—Y si yo parto mis tres días en seis medios días, el agua no llega al final de la vega y se me queda la mitad de la siembra en pie.

—También es verdad.

—El agua que baja este año es la mitad —dijo uno de los de arriba—. Con la mitad no se riega a noventa y uno.

—Con la mitad se riega a noventa y uno peor —dijo Archuleta—. Pero se riega. La rueda no se toca. La rueda se toca un año y al otro ya no hay rueda, hay pleito.

Eusebio Madrid levantó la mano como en la escuela y la bajó enseguida.

—Yo puse ocho jornales en la limpia de abril.

—Tú pusiste ocho y Cleto puso dos y los dos riegan igual —dijo otro.

—Los jornales de la limpia no dan día —cortó el mayordomo—. Dan derecho a quejarse, y ya se están quejando.

Cleto Baca se había puesto delante sin que nadie lo llamara. Tenía las tierras de abajo, las últimas de la acequia, y las tenía bien porque llevaba veinte años arreglándoselo.

—A mí no me toquen el jueves —dijo.

—A usted le tocan dos jueves de cada nueve días, Cleto —dijo Rosaura—. Lo pone en el libro.

—Porque estoy el último y cuando me llega el agua ya no es agua, es barro.

—Cuando le llega el agua es porque usted abre la sangría de arriba el miércoles por la noche. Eso también lo sabe el libro, que se lo apuntaron dos veces el año pasado.

—Eso es hablar mal de un vecino delante de la junta —dijo Cleto.

—Eso es leer el libro delante de la junta. Si está mal apuntado, se borra hoy y yo pido perdón hoy.

Cleto Baca no pidió que se borrara nada.

Hubo risas cortas, de esas que se tapan con la mano. Archuleta miró al suelo.

Rosaura lo miró a él, que era a quien había que mirar.

Don Simón Archuleta tenía sesenta y un años, era mayordomo desde hacía cinco y lo elegían todos los eneros por lo mismo por lo que lo iban a elegir el siguiente, que es que nadie quería el trabajo.

El invierno del setenta y siete se le murieron las dos mulas y sembró con las de Cleto Baca.

Eso no estaba en ningún libro y lo sabía el valle entero.

—Don Simón.

—Diga, patrona.

—Yo cedo un día entero de los tres. El primero de la rueda, que es el que trae el agua más limpia.

Levantó la cabeza.

—¿Un día entero?

—Un día entero, y no para mí. Ese día riegan los Lucero, los Madrid y los Tafoya, por ese orden, y lo apunta usted en el libro con sus nombres y no con el mío.

—Y usted se queda con dos días de nueve para la vega grande.

—Me quedo con dos.

—En agosto se le seca la mitad de la vega.

—En agosto veremos.

Archuleta se quedó callado el tiempo que hacía falta para que todo el mundo entendiera que estaba callado. Después escupió a un lado, abrió el libro de la acequia sobre la tapa de la compuerta y mojó la pluma.

—Que conste que yo se lo he dicho.

—Que conste.

Escribió despacio, con la letra grande de los hombres que escriben poco, y lo leyó en voz alta dos veces, porque en la acequia lo que no se lee en voz alta no existe. Eusebio Madrid se quitó el sombrero cuando oyó su nombre. Refugio Tafoya no se lo quitó, pero se puso derecho.

Cleto Baca se fue antes de que terminara la lectura.

El agua le tocó a los Lucero el martes a las cuatro de la mañana. Rosaura subió a la compuerta a esa hora, porque un turno nuevo se estrena delante de gente o no se estrena.

La compuerta estaba abierta un palmo.

—Alguien ha estado aquí —dijo Aniceto.

—Un palmo toda la noche. —Rosaura calculó lo que se va por un palmo en seis horas y no quiso decirlo en voz alta—. Cierra y espera.

El agua tardó en llegar a la cabecera de las cuatro fanegas de Aniceto una hora y veinte minutos, y cuando llegó venía sucia, con hojas y con tierra suelta, como viene siempre la primera.

Los tres hombres la fueron llevando con la azada de melga en melga y Rosaura estuvo con ellos hasta que amaneció, con las botas dentro del barro frío y el vestido recogido en un puño.

A las siete llegó Archuleta a caballo. Miró la compuerta, miró la marca que había dejado el agua en la madera y no habló del palmo.

—A las cuatro, a los Madrid —dijo.

—A las cuatro en punto —dijo Rosaura.

—Y el jueves, a Cleto Baca, a su hora, y sin que nadie le toque la sangría.

—Nadie le va a tocar nada.

—Don Simón.

—Qué.

—El palmo de esta noche no lo apunte.

—¿Y eso?

—Porque si lo apunta, el jueves alguien le abre a Cleto la suya y entonces hay que apuntar dos, y en agosto estamos apuntando y no regando.

Archuleta la miró un momento más de lo que había mirado a nadie en la junta.

El mayordomo hizo girar el caballo y se paró antes de irse.

—Su padre nunca cedió un día.

—Mi padre tampoco tuvo nunca un año como este.

—Su padre tuvo tres. —Archuleta se ajustó el sombrero—. Lo que pasa es que los pasó él solo y no se lo contó a usted.

Se fue al paso, acequia abajo, sin volver la cabeza.

A las cuatro de la tarde le tocó a Eusebio Madrid. Llegó con su mujer, con dos hijos y con una azada de más. Petra Madrid se puso a regar como los hombres, sin decir nada a nadie, con las faldas recogidas y metidas en la cintura.

—A las once de la noche cerramos —dijo Rosaura.

—A las once —dijo Eusebio.

—Y el agua que les sobre a las once la pasan a los Tafoya y no la devuelven a la madre.

—Eso no se hace nunca.

—Este año se hace así.

Refugio Tafoya llegó a las diez y media con su hija y esperó al otro lado de la melga sin cruzar, mirando el agua venir. Cuando le llegó, se agachó, la tocó con la mano y se levantó otra vez.

Al día siguiente, al mediodía, Rosaura subió a la mesa a ver el agostadero de arriba, que llevaba tres semanas sin verlo, y subió sola porque todos los hombres estaban en el riego.

El camino de la ceja tarda dos horas al paso y se hace por la cara del norte, entre piedra suelta, y la yegua iba con cuidado y ella la dejó ir.

Desde el filo se ve el valle entero y no se ve nunca la casa, porque la casa está justo debajo del alero de arenisca.

El agostadero de arriba estaba peor de lo que le habían dicho.

La hierba no le llegaba al tobillo y estaba comida al ras en las vaguadas, donde primero se agota.

Rosaura echó el cálculo que sabía hacer desde los quince años: cuatro hectáreas por cabeza en un año bueno, seis en uno como este.

Arriba cabían dos mil quinientas cabezas hasta septiembre. Tenía que subir tres mil cuatrocientas.

Novecientas de más. O se vendían, o se bajaban a la vega, y la vega era justamente lo que se le iba a quedar corto de agua en agosto por el día que había cedido el domingo.

Al pie de la mesa, en el paraje del ojo de agua, había tres jacales nuevos y un humo fino subiendo derecho. Había también dos caballos trabados y ropa tendida en una cuerda.

Bajó.

Casimiro estaba componiendo una trampa sentado en una piedra y no se levantó cuando la vio llegar, pero dejó la trampa en el suelo, que era lo mismo.

—Patrona.

—Casimiro.

—Llegamos el viernes.

—Ya lo veo.

—Venimos todos los junios, cuando se seca el arroyo de allá arriba. Nos estamos hasta las primeras aguas y después subimos otra vez.

—Lo sé. Mi padre lo decía.

—Su padre lo sabía y su abuelo también. —Casimiro se limpió las manos en las rodillas—. Su bisabuelo nos compraba los cueros.

Se le habían acercado dos criaturas y una mujer mayor que no dijo nada y se quedó a diez pasos. En la cuerda había una camisa de hombre, de tela americana, y eso quería decir que alguien de allí había estado trabajando abajo en el invierno y le habían pagado con ropa.

—¿El ojo de agua les llega bien?

—Nos llega el que sale. Lo que baja por la acequia de ustedes no lo tocamos.

—No te he preguntado eso.

—Ya lo sé.

Se bajó de la yegua y metió la mano en la poza. El agua estaba fría de un modo que no está la de la acequia en junio, porque salía de debajo y no había corrido al sol.

Rosaura miró el ojo de agua. Era una poza de dos varas debajo de un talud de arena, con tres álamos viejos alrededor, y el agua salía por abajo y se iba en un hilo hacia el arroyo. En junio, con el río a la mitad, ese hilo era la única agua clara que había en cuatro leguas.

—¿Alguien les ha dicho algo alguna vez? —preguntó.

—¿De estar aquí?

—De estar aquí.

Casimiro tardó en contestar.

—El agrimensor del setenta y tres nos mandó quitar los jacales para medir y se los volvimos a poner cuando se fue. No nos dijo nada más.

—¿Y de la casa? ¿Mi padre? ¿Fidencio?

—Fidencio nos manda aviso cuando va a haber rodeo, para que no dejemos suelto a los perros.

—Eso no es decir nada.

—No, eso es avisar.

—El invierno pasado bajaron dos hombres a poner alambre en el arroyo de abajo —dijo Casimiro—. Del otro lado del río.

—¿Alambre?

—Postes y dos hilos, como doscientas varas. Lo quitaron a la semana.

—¿Quién era?

—No pregunté. —Cogió otra vez la trampa—. Si vuelven y lo dejan puesto, el agua del arroyo se queda de ellos y nosotros subimos a la mesa en junio y no bajamos más. Eso sí se lo digo.

La mujer mayor dijo algo en su lengua y Casimiro contestó dos palabras sin volverse.

—Dice que si trae usted sal.

—El sábado les mando media arroba.

—Se la pagamos en cueros, como siempre.

—Como siempre.

Volvió por el camino largo, el del arroyo, y llegó a la casa cuando ya estaban encendiendo el candil de la cocina. Cenó de pie, mandó que sacaran media arroba de sal para el sábado y lo apuntó en la hoja de gastos de la semana, media arroba, ocho centavos.

Fidencio estaba cerrando el portón del corral chico.

—El campamento de la mesa —dijo ella—. ¿Desde cuándo bajan?

—Desde antes de mi padre.

—¿Y pagan algo?

—¿Pagar? —Fidencio se quedó con la tranca en la mano—. Nos traen cueros y piñón y se llevan sal y algún carnero viejo. Cuando hay rodeo, ayudan dos días y no cobran.

—¿Quién les dio permiso?

—Nadie les ha quitado el permiso, que es otra cosa.

—No es lo mismo.

—Para ellos hace ochenta años que es lo mismo. —El mayordomo metió la tranca y probó el portón con el hombro—. Su padre tampoco preguntó nunca eso, patrona.

Rosaura sacó de la alacena el libro de la acequia, que se lo había prestado Archuleta hasta el jueves para que copiara el turno nuevo, y lo abrió por el principio.

El primer asiento era de mil ochocientos veintiséis y estaba escrito por un cura. Después venían cincuenta años de asientos: quién entraba de parciante, cuántas fanegas tenía, qué día le tocaba, quién pagaba la limpia de primavera y quién la debía. Noventa y un nombres en la última hoja.

Buscó el ojo de agua. Hoja por hoja, año por año, desde el veintiséis hasta el turno que Archuleta había escrito el domingo con la letra grande.

El ojo de agua no estaba. No estaba como paraje, no estaba como parciante y no estaba como cosa de nadie. En el pergamino de mil setecientos sesenta y dos salía una vez, y salía para decir por dónde iba el lindero de oriente.

Rosaura pasó a la primera hoja en blanco, mojó la pluma y se quedó con ella en el aire.

No sabía a nombre de quién se abre un asiento así.