4. El cuatro de julio
El cuatro de julio
La oficina del agente estaba encima de la tienda de Moore y tenía dos ventanas a la plaza, y por las dos entraba el ruido.
Habían salido de la merced el día dos, al amanecer, y habían dormido en el camino, en casa de unos parientes de Fidencio que tenían cabras y ocho hijos. Fidencio se había quedado abajo con las mulas porque dijo que en una oficina sobraba y en la calle no.
Rosaura llevaba esperando desde las nueve. Había contado cuatro hombres delante de ella y a los cuatro los habían hecho pasar antes, porque los cuatro habían llegado después y ninguno traía la carpeta atada con cinta. A las once y media se abrió la puerta.
—Señora Otero.
—Señorita.
—Señorita Otero. Pase.
El señor Tilden tenía la mesa cubierta de papeles puestos en montones iguales y una ventana abierta a su espalda. En la plaza estaban levantando el arco de ramas para la tarde y se oían martillazos y una banda ensayando lejos.
—Traigo la copia de los títulos y el libro de asientos —dijo Rosaura—. Y vengo a pedir plazo.
—Siéntese.
Puso delante de él la copia del pergamino, la hoja con la cuenta de los partidos y el libro verde, en ese orden. Dejó la mano encima un momento antes de soltarlo.
—El dieciocho de octubre no voy a tener tres mil doscientos pesos —dijo—. Voy a tener cuatrocientos. Pido dos años y pago cuatrocientos ahora en dinero y doscientos en lana y el resto a plazos, con los dos esquileos que vienen de por medio. Aquí está la cuenta.
Había hecho esa cuenta cuatro veces y las cuatro con la misma conclusión.
La esquila del ochenta, si el precio se sostenía, daba trescientos.
La del ochenta y uno, otros trescientos.
El veinte por ciento de los partidos, contado en lana y no en cabezas, daba doscientos veinte al año si no fallaba ninguna parición, y siempre falla alguna.
Con dos años salía la mitad, y la mitad ya es otra conversación.
Con cuatro meses, no salía de ninguna manera.
Tilden miró la hoja sin cogerla.
—No es asunto mío.
—Es asunto del banco.
—Ya no.
Rosaura no movió las manos.
—¿Cómo que ya no?
—El pagaré se endosó el catorce de junio, cuando llegó la conformidad de Santa Fe.
Nosotros lo llevábamos por cuenta de otro desde entonces y el cobro lo tenemos encargado hasta octubre, nada más.
—El agente puso los dedos sobre uno de sus montones iguales—.
Lo que usted pida de plazo se lo tiene que pedir al tenedor.
—Nadie me ha avisado.
—Se avisa al deudor cuando el nuevo tenedor lo pide. Este no lo pidió.
Fuera, la banda empezó otra vez y se paró en el segundo compás.
—Enséñemelo.
—¿Que le enseñe qué?
—El endoso. Yo firmé un papel con la casa de banca y quiero ver dónde dice que ese papel es de otro.
Tilden se echó hacia atrás en la silla. Era un hombre de unos cincuenta años, con la camisa limpia y las uñas cortas, y no parecía disgustado. Parecía un hombre al que le están haciendo perder la mañana del cuatro de julio.
—No estoy obligado.
—Yo tampoco estoy obligada a entregarle el libro de asientos y se lo he traído.
Se quedaron así un momento. Después el agente se levantó, abrió un armario de dos puertas, sacó una carpeta y la puso en la mesa de lado, de manera que ella pudiera leer y él no tuviera que dársela.
El pagaré era el de su padre. Lo reconoció por el papel, que tenía una mancha de agua en el ángulo. También por la firma de don Anselmo Otero, que ocupaba dos renglones y se salía del margen igual que sus asientos.
Detrás, al dorso, había una línea escrita de otra mano y una firma debajo.
Páguese a la orden de Elias Ward.
Rosaura leyó el nombre dos veces. La primera no le dijo nada. La segunda le dijo la casa de madera del otro lado del río. La que levantaron en el setenta y siete, con una veleta en el tejado que se ve desde el corral de esquila.
—Ward —dijo.
—Ward.
—¿El del otro lado del río?
—El mismo, creo. Compró también el vencimiento de los Sandoval en abril, y un contrato de acarreo, y no sé qué más. Compra mucho.
—¿Cuánto pagó por el mío?
—Eso no se lo voy a decir.
—¿Más o menos de tres mil doscientos?
Tilden cerró la carpeta.
—Señorita Otero, a usted lo que le importa es que ese papel, el dieciocho de octubre, sigue valiendo tres mil doscientos, lo tenga quien lo tenga.
—Una cosa más —dijo ella—. ¿Por qué se vende un pagaré que está al corriente?
—Este no está al corriente. Lleva dos años sin pagar más que el interés.
—El interés se ha pagado en marzo todos los años.
—El interés, sí. —Tilden se pasó la lengua por el labio—.
Mire, señorita Otero, voy a decirle algo que no me pagan por decir.
Un papel con una merced detrás vale hoy más que hace dos años, y el año que viene valdrá todavía más, y no por la tierra.
Por lo que va a pasar por esa tierra. Nosotros prestamos sobre títulos y ese título está confirmado.
Ahora hay quien los compra sin ser banca.
—¿Y por qué los compran?
—Pregúnteselo a ellos.
Rosaura se levantó y recogió sus cosas en el mismo orden en que las había puesto. Cuando tuvo el libro verde debajo del brazo, se quedó de pie al lado de la mesa.
—El título de esa tierra está confirmado —dijo—. Lo confirmó un tribunal de este gobierno en el setenta y seis y usted lo sabe, porque por eso presta su casa sobre él.
—Por eso mismo.
—Mi padre se pasó veinte años demostrándole a un gobierno nuevo que lo suyo era suyo. Se lo demostró. Y por demostrárselo lo perdió.
—Déjeme el libro de asientos hasta el lunes —dijo Tilden—. Para el expediente.
—No.
—Es lo corriente.
—El libro de asientos de esa casa lo llevo yo desde marzo del setenta y siete y no ha salido de mi mano. Si el tenedor lo quiere ver, que venga y lo vea donde está.
El agente no contestó a eso. Le abrió la puerta y le dijo que fuera a ver el tren, que decían que llegaba a las cuatro.
En el descansillo de la escalera, con el ruido de la plaza entrando por el hueco, Rosaura abrió el libro verde encima de la barandilla. Mojó la pluma y copió lo que acababa de leer, palabra por palabra, con la fecha.
Páguese a la orden de Elias Ward. Junio de 1879.
Sopló la tinta y bajó.
Damián la estaba esperando abajo, a la sombra del porche de la tienda, con la chaqueta en el brazo por el calor.
—¿Dos años?
—Ninguno. El papel es de Elias Ward desde junio.
Damián se quedó quieto. Luego se pasó la mano por la nuca y miró a la plaza. Rosaura le vio hacer con la boca un gesto que no le había visto nunca, apretarla y soltarla como el que va a decir un número y lo cambia.
—¿Ward el del río?
—Ward el del río.
—¿Te ha dicho lo que pagó?
—No.
—Eso es lo único que importa. Si pagó el nominal, es que quiere cobrar. Si pagó la mitad, es que quiere la tierra.
—Es lo mismo para mí.
—No lo es. —Damián bajó la voz, aunque no había nadie cerca—. Si quiere cobrar, se le puede negociar. Si quiere la tierra, lo que hay que hacer es distinto y hay que empezar hoy.
—¿Y qué hay que hacer?
—Dame hasta el lunes. Tengo que ver a un hombre.
—¿Qué hombre?
—Uno que sabe lo que se paga este año por un papel así. —Damián se puso la chaqueta, con el calor que hacía—. No le voy a contar nada de tu casa, si es eso lo que estás pensando.
—No estaba pensando eso.
Era verdad y dejó de serlo mientras lo decía.
Fidencio estaba con las mulas en el corral de la posada, dándoles agua de un cubo, y no preguntó nada hasta que ella se lo dijo.
—El pagaré es de Elias Ward.
El mayordomo dejó el cubo en el suelo.
—¿El de la ventisca?
—El de la ventisca.
—Ese hombre comió en la mesa de su padre.
—Comió en la cocina. En la mesa comió el último día.
Fidencio se quedó mirando el cubo.
—Trujo leña en marzo de aquel año, un carro entero y lo dejó en el linde sin decir nada a nadie —dijo—. Yo creí que era de los Sandoval.
—Pues ya sabe de quién era.
La plaza se llenó a partir de las dos. Habían traído dos cañones viejos del fuerte y los dispararon seis veces, y en cada disparo los caballos atados delante de la cantina tiraban de las riendas y alguien se reía.
Había puestos de melón y de dulce, y familias de las mesas de arriba que habían bajado con los carros cargados, y hombres del ferrocarril con la camisa por fuera, y mujeres con sombrilla que Rosaura no había visto en su vida.
Contó los carros que se podían ver desde la esquina de la plaza y le salieron más de ochenta, y dejó de contar.
Al lado de la vía, en un terreno que en mayo estaba vacío, había tres naves de madera nueva levantadas y una cuarta a medio hacer. Un hombre le dijo que eran almacenes de lana, y que el de la esquina lo había pagado una casa de Nueva York que nadie de allí había visto nunca.
—Aquí, en cuanto entre el ochenta, se compra la lana sin salir del pueblo —dijo el hombre, contento.
Rosaura miró los almacenes y pensó en las treinta y ocho mil hectáreas que había al otro lado de la mesa y en lo que valían el año pasado.
Bergmann la encontró junto a los puestos de melón. Era el comprador de la carreta de las dos mulas malas y venía con camisa nueva y con un cigarro apagado en la boca.
—A trece —dijo, sin saludar—. Se lo dije en mayo.
—Me lo dijo.
—Setecientas libras a trece son noventa y un pesos. Mándemelas prensadas antes del quince y se las pago aquí mismo, en plata.
—Se las mando.
—Y no me las guarde más, que la de agosto ya no la quiere nadie.
Rosaura lo apuntó en el margen de la hoja, con la carpeta apoyada en la rodilla, de pie. Noventa y uno más setenta y siete, ciento sesenta y ocho pesos. Le faltaban tres mil treinta y dos.
A las tres y media se fue hacia la vía con todo el mundo.
El tren llegó a las cuatro y veinte, más despacio de lo que ella había imaginado.
Tan despacio que se podía andar a su lado, con una humareda negra que se quedó pegada al suelo por el peso del calor.
La gente gritó. Sonó la banda entera esta vez y desafinada.
Un hombre subido a un poste agitaba el sombrero con los dos brazos y se iba a caer.
Rosaura se quedó atrás, en el borde del gentío, con la carpeta contra el pecho.
Damián estaba veinte pasos más allá, hablando con el hombre del sombrero gris de fieltro, el de la posada, el de la cartera de cuero. Se dieron la mano. El hombre le puso a Damián la otra mano en el hombro, que es un modo de dar la mano que no se le da a cualquiera, y Damián se rió de algo.
Ella no se acercó.
Cuando bajó la vista del poste y del humo, lo tenía a doce pasos, en el andén, entre la gente, quieto, mirando el tren igual que todos.
Era un hombre alto, con el pelo rubio oscuro y la cara colorada del sol.
Llevaba un traje que no era de domingo y era mejor que el de domingo de cualquiera de los que estaban allí.
Tenía las manos de un hombre que ha acarreado, con los dedos gruesos, y las tenía quietas a los costados, y no aplaudía.
Rosaura tardó en saber de qué lo conocía.
Fue el modo de estar quieto. En febrero del setenta y cinco había estado así de quieto dieciséis días.
Primero en la cama del cuarto de atrás, con los pies envueltos.
Después sentado en el banco de la cocina, sin pedir nada y sin quejarse, mirando lo que hacía la gente de la casa como si lo estuviera apuntando.
Un carretero de lana de veintinueve años a quien habían recogido medio muerto de frío entre el corral y el arroyo, y que no había vuelto a aparecer.
Lo habían encontrado los perros. Lo subieron entre cuatro hombres y a Petra Madrid le costó tres días decir si iba a conservar los pies.
En la casa se habló mucho de la ventisca aquel invierno y poco de él, porque no contaba nada de sí mismo.
Se le preguntaba de dónde era y decía el nombre de un sitio de Misuri que nadie conocía.
Se le preguntaba por su familia y decía que tenía madre.
Ella tenía diecisiete. Le había leído en voz alta catorce tardes, porque las dos primeras el hombre no estaba para oír nada. Le leyó de un libro de viajes por el Nilo que llevaba años en la casa sin abrir, con las hojas sin cortar a partir de la ciento veinte.
En la casa le habían dicho el americano del arroyo, y después el de la lana, y al final nada, porque se fue en cuanto pudo andar y no mandó recado.
Su padre había dicho que se había ido sin dar las gracias.
Su madre había dicho que había dado las gracias dos veces y que don Anselmo estaba sordo de un oído.
El hombre del andén se volvió despacio y la vio.
No se acercó. No se quitó el sombrero, porque no llevaba. Bajó la cabeza una vez, como se saluda a alguien a quien no se tiene derecho a hablar en público, y volvió a mirar el tren.
Rosaura se agarró la carpeta con las dos manos.
Dieciséis días le habían dado de comer en su casa. Catorce tardes le había leído ella. Cuatro años después, ese hombre tenía en la mano un papel de tres mil doscientos pesos con la firma de su padre.