5. El hombre del linde
El hombre del linde
El papel iba doblado en cuatro en el bolsillo de dentro de la chaqueta y pesaba lo que pesa una hoja.
Elias lo había escrito la noche anterior y lo había copiado en limpio por la mañana, porque la primera copia tenía una palabra tachada y una palabra tachada en un papel es una puerta abierta.
Decía que el tenedor del pagaré concedía prórroga del vencimiento hasta el dieciocho de octubre de mil ochocientos ochenta y uno, sin aumento de interés.
La deudora pagaría entretanto lo que quisiera y en la especie que pudiera.
Estaba firmado y tenía sitio para otra firma debajo.
Su madre lo vio guardárselo.
—Two years —dijo.
—Dos años.
Prudence Ward no hablaba español en su casa y no dejaba hablarlo en su mesa. Lo entendía todo.
—Ese papel vale tres mil doscientos dólares y lo estás regalando dos años.
—No lo regalo. Lo aplazo.
—Es lo mismo con mejores modales. —Su madre puso la taza en el plato sin ruido, que era como ella levantaba la voz—. Y cuando vuelvas te van a haber escupido.
—Siéntate un momento.
—Llego tarde.
—Siéntate. —Prudence esperó a que lo hiciera—. Llevas cuatro años comprando cosas en este valle y no me has dicho para qué, y yo no te lo he preguntado, porque el dinero es tuyo y lo ganaste tú. Ahora te lo pregunto.
—Es una casa que me recogió cuando me iba a morir.
—Eso se paga con un carro de leña.
—Ya lo mandé, hace cuatro años.
—Entonces está pagado. —Su madre se quedó mirándolo—. Elias, esa gente no te va a querer nunca. No porque seas malo. Porque eres el que tiene el papel.
Elias cogió el sombrero.
—Puede ser.
Cruzó el río por el vado de abajo, donde el agua le llegaba al caballo a media caña y venía tibia de haber corrido todo el día por piedra.
En el cruce de caminos, clavado en el poste de siempre, había un aviso nuevo, impreso en las dos lenguas.
Traía la lista de las fincas con impuestos atrasados de los dos últimos años y la fecha del remate.
La merced estaba en la lista. Ciento ochenta y cuatro dólares.
Elias leyó el papel entero, como hacía siempre, y siguió.
Ciento ochenta y cuatro dólares era lo que costaba un caballo bueno y nada más.
Por ese dinero se podía comprar en septiembre una tira de agostadero al pie de la mesa que después no habría manera de sacar de la familia que la comprara.
Lo había visto hacer cuatro veces en Mora y dos en San Miguel.
El que compraba en el remate no compraba tierra.
Compraba un pleito con la razón de su parte.
Se podía pagar esos ciento ochenta y cuatro dólares en cualquier momento. Se podían pagar hoy, desde un caballo, en la oficina de arriba, sin que nadie se enterara nunca.
No lo hizo. Pagar los impuestos de la tierra de otro sin que el otro lo sepa es poner una mano donde no te han dicho que la pongas. Eso lo había aprendido con la leña, el año de la ventisca.
En el remate de Mora, en el setenta y seis, la finca de una viuda de apellido Trujillo se vendió por sesenta y dos dólares de impuestos atrasados.
El comprador fue un cuñado del recaudador.
La viuda estuvo nueve años pleiteando y perdió, y no perdió porque tuviera menos razón.
Perdió porque el otro tenía el recibo y ella tenía la costumbre.
Al camino de la casa grande se entra por una cuesta corta entre dos cerros, y hasta que no se sube no se ve nada. Elias subió la cuesta al paso.
En el corredor de la casa había gente.
No dos ni tres. Había, a ojo, ochenta personas, de pie y quietas, en el corredor y a lo largo del corral de esquila. Mujeres con los niños en brazos, hombres con el sombrero puesto, un viejo sentado en una silla que alguien le había sacado. No trabajaba nadie. Era martes por la mañana.
Estaban esperando un desalojo.
Elias entendió lo que veía antes de llegar al linde, porque había visto la misma cosa en Mora en el setenta y seis, con la misma quietud y los mismos niños. En Mora habían ido dos alguaciles y un abogado con la orden, y la gente estaba así, y a las dos horas había carros cargados en el camino.
Él iba solo y no llevaba nada en las manos.
Paró el caballo en el linde del corral. Del linde no se pasa sin que llamen. Eso lo sabía desde el setenta y cinco, porque el primer día que pudo andar se levantó, salió al corredor y Fidencio Aragón le explicó, sin ninguna aspereza, dónde empezaba la casa.
Fidencio vino a los diez pasos, andando despacio, y se paró al otro lado.
—Señor Ward.
—Fidencio.
—La patrona no está avisada.
—No la avisé.
—Pues ya ve.
Elias miró el corredor y volvió a mirar al mayordomo.
—Vengo a hablar y me voy. No traigo papel de alguacil.
—Eso dígaselo a ellos, no a mí.
Fidencio se volvió y cruzó el patio, y por el modo de andar que llevaba en la ida y por el modo que traía en la vuelta se podía saber lo que había dentro. Volvió con la cara igual.
—Ahora sale.
Mientras esperaba miró lo que tenía delante, que es para lo que sirve.
El portón del corral era nuevo y estaba hecho con madera de la sierra, no comprada.
Los abrevaderos eran de piedra y tenían cien años.
En el tejado del corredor faltaban tejas en dos sitios y las habían tapado con tabla, y una tabla en un tejado quiere decir que en esa casa hay jornales para lo urgente y no para lo otro.
La casa entera valía menos que su corral de esquila, y su corral de esquila valía más de lo que nadie de allí podría pagar nunca.
Mientras esperaba, un hombre se despegó del corredor y vino hasta la mitad del patio. Era el caporal, el del sombrero viejo, el que en el setenta y cinco lo había subido a hombros con otros tres.
—¿Hay orden o no hay orden? —dijo desde allí.
—No hay orden.
—Dígalo más alto.
Elias lo dijo más alto. Lo dijo en español, que es la lengua en que lo tenían que oír.
La voz le salió como le sale a un hombre que ha gritado mucho a las mulas y poco a las personas.
Se oyó en todo el patio. El caporal levantó una mano hacia el corredor, sin volverse, y nadie se movió de todos modos.
Rosaura Otero salió por la puerta de la capilla, que estaba más cerca, y cruzó hasta el corredor, y la gente se abrió y se volvió a cerrar detrás de ella.
Traía el vestido de trabajo y el pelo recogido, y traía bajo el brazo izquierdo el libro de asientos, y ese libro debajo del brazo era una respuesta antes de que hablara nadie.
Se paró en el escalón de arriba, a quince pasos del linde, y no bajó.
—Señor Ward.
—Señorita Otero.
Elias se bajó del caballo. Lo hizo despacio y dejó las riendas sueltas sobre el cuello, para que se viera que no se iba a marchar deprisa y que no traía la mano cerca de nada.
—¿Es usted el tenedor del pagaré de esta casa?
—Lo soy.
Alguien, en el corredor, dijo algo en voz baja y otro lo mandó callar.
—Desde junio —dijo ella.
—Desde el catorce de junio.
—¿Y viene el ocho de julio?
—Vengo hoy porque el lunes supe que usted lo sabía. Antes no tenía por qué molestarla.
Rosaura no se movió del escalón. Detrás de ella, en la sombra del corredor, estaba su madre, de pie, con las manos juntas.
—Diga lo que ha venido a decir.
Elias había preparado tres frases en el camino y en ese momento las tres le parecieron largas.
—Que no voy a ejecutar nada el dieciocho de octubre.
—El papel dice el dieciocho de octubre.
—El papel dice eso. Yo digo otra cosa y la traigo escrita.
Se llevó la mano al bolsillo de dentro.
En el corredor, dos hombres dieron un paso adelante. No fue un paso grande. Fue el paso que da un hombre cuando ve una mano entrar en una chaqueta. Detrás de esos dos se movieron otros, y una mujer cogió a un niño por el brazo y tiró de él hacia atrás.
Elias se quedó con la mano dentro de la chaqueta y no sacó nada.
Vio lo que veían ellos. Un americano con dinero, solo, metiéndose la mano en el pecho delante de ochenta personas.
Ochenta personas que llevan desde el amanecer esperando a que les digan que se vayan.
Sacar ahí un papel doblado era sacar una orden.
Da igual lo que ponga en el papel. Lo que la gente lee es la mano.
Sacó la mano vacía.
—Vengo a ofrecerle plazo —dijo—. Nada más.
—¿Plazo de cuánto?
—Del que haga falta.
—Eso no es un número.
—No.
Rosaura se quedó callada. Fue un silencio corto, de dos o tres respiraciones, y Elias supo lo que estaba pasando dentro de ese silencio, porque llevaba veinte años mirando a gente hacer cuentas.
Estaba buscando lo que él quería a cambio.
No lo encontraba. Y no encontrarlo la asustaba más que encontrarlo.
—¿Por qué compró usted ese papel?
—Porque estaba en venta.
—Lo compró en Santa Fe.
—Sí.
—¿A cuánto?
—Al nominal. Entero. No lo compré barato.
—¿Por qué al nominal?
Elias no contestó.
La verdad cabía en dos frases. El once de mayo, en el pasillo de la casa de banca de Santa Fe, había visto salir del despacho al pasante de Lucius Grady con una lista.
En esa lista había nueve papeles y el de Mesa Colorada era el tercero.
Grady no compra un pagaré para cobrarlo.
Grady compra un pagaré para no cobrarlo, y cuando el deudor no paga se ofrece a defenderlo y cobra en tierra.
Elias entró al despacho detrás del pasante.
Pagó tres mil doscientos dólares en efectivo por un papel que se vendía a mil novecientos, con tal de que saliera de allí antes que el otro.
Decir eso en voz alta, delante de ochenta personas y de esa mujer, era decir yo la salvé. Un hombre que dice yo la salvé está pidiendo el cobro en la misma frase.
—Porque me convino —dijo.
—A mí no me conviene nada de esto.
—Ya lo sé.
—Y no le he pedido a usted nada.
—Tampoco.
Rosaura se pasó el libro de asientos del brazo izquierdo a la mano derecha.
—Señor Ward, en esta casa hay ciento cuatro familias que llevan desde las seis de la mañana de pie en ese corredor porque han visto subir su caballo. Eso lo ha hecho usted sin querer y no se lo tengo en cuenta. Pero ya lo han visto y ya no hay manera de que dejen de haberlo visto. Váyase.
—Señorita.
—Le agradezco el plazo. No lo quiero. Lo que quiero es la cuenta, y la cuenta la tiene el papel y el papel dice octubre. Buenos días.
Se dio la vuelta, entró en la casa y cerró la puerta.
La madre no entró con ella.
Doña Casilda Pino aguantó en el corredor unos segundos más, en la sombra. Lo miró de arriba abajo del modo en que se mira a un animal que se va a comprar o no se va a comprar. Le miró las botas, la silla del caballo y las manos. Después entró también y cerró.
De todo lo que pasó aquella mañana, eso fue lo único que a Elias le dio mala espina, y no habría sabido decir por qué.
La gente del corredor no se fue. Se quedaron mirándolo desde la sombra, sin decirle nada, que es lo que peor se aguanta.
Elias se quedó en el linde.
No se le ocurría ninguna razón para quedarse.
Se quedó de todos modos, con las riendas en la mano, mirando la casa.
A la media hora los del corredor empezaron a irse de dos en dos.
A las once no quedaba nadie fuera y se oía otra vez el ruido del corral.
Pasaron por delante de él tres mujeres sin mirarlo y un muchacho que lo miró todo el rato.
Fidencio salió a las cuatro a echar de comer y no cruzó la mitad del patio.
En marzo del setenta y cinco había cargado leña de piñón, bien apilada y seca.
La dejó de noche en el linde, con las varas apoyadas en el poste, y se fue antes de que amaneciera.
Durante dos años creyó que había hecho bien.
Después supo, por un arriero, que en la casa habían estado tres días discutiendo de quién era aquella leña.
Don Anselmo no la dejó quemar hasta que se averiguase.
Al final la quemaron en la cocina sin saberlo y la señora se enfadó.
Una cosa que se deja sin decir de quién es se convierte en una deuda dentro de una casa.
Elias conocía esa casa por dentro. Sabía que en la cocina había que agachar la cabeza al entrar.
Sabía cuál era el banco donde había estado sentado dieciséis días con los pies envueltos en trapos de lana y grasa.
Sabía la voz de ella leyendo despacio, parándose en los nombres extranjeros, con dieciocho años.
El libro se llamaba Viajes por el Nilo. Él se compró uno igual en Santa Fe en el setenta y siete y lo tiene en su casa con las hojas cortadas hasta el final.
En cuatro años había comprado el piano que los Otero vendieron para pagar al abogado, y se lo había comprado a un tratante de Las Vegas sin decir para qué.
Había comprado doscientas cabezas con la marca de la casa el año que las malvendieron, y las tenía a partido con un pastor de Anton Chico, y la marca no se la había quitado.
Había comprado el vencimiento de los Sandoval, que lindan por el norte, para que no lo comprara otro.
Ninguna de esas cosas se las había dicho a nadie.
Cuando oscureció del todo se quitó el guante, se metió la mano en la chaqueta y sacó el papel.
Lo desdobló, aunque se lo sabía. La prórroga hasta el dieciocho de octubre de mil ochocientos ochenta y uno, sin aumento de interés, con su firma y el hueco para la de ella.
Lo dobló otra vez en cuatro, por los mismos pliegues, y se lo guardó.