6. El recibo
El recibo
En agosto se trabaja de noche. Se aparta de madrugada, se sube el ganado a la mesa antes de que caliente y a mediodía no hay nadie fuera. Rosaura tenía en la cabeza dos cuentas que no se tocaban: la del agostadero, que era de cabezas y de días, y la otra, que era de pesos y de sesenta y cinco días.
La lana prensada salió el catorce en dos carros y Rosaura fue detrás con la hoja del peso en la mano. Una cosa es lo que se carga y otra lo que aparece en la báscula del comprador.
Aparecieron seiscientas ochenta y nueve libras. Ella había apuntado setecientas cuatro.
—Quince libras de humedad —dijo Bergmann—. Es poco. Se lo pago a trece.
—A trece.
Contó los billetes encima de un barril, delante de ella, y los contó dos veces porque la segunda fue para que ella los viera.
—Ochenta y nueve pesos con cincuenta.
Rosaura se los guardó en el pecho. Con los setenta y siete de junio hacían ciento sesenta y seis pesos con cincuenta. Le faltaban tres mil treinta y tres con cincuenta y le quedaban sesenta y cinco días.
—Tengo que hablarle de otra cosa —dijo—. La esquila del ochenta.
Bergmann se quitó el cigarro de la boca.
—Diga.
—Quiero vendérsela ahora. Dos mil doscientas libras, las que salieron este año, a diez, que es menos de lo que me pagaría en mayo. Doscientos veinte pesos. Usted me los da hoy y en mayo se lleva la lana.
—Eso no se hace.
—Se hace. Se lo hicieron los Sandoval a usted en el setenta y siete.
—A los Sandoval les compré yo la lana en el árbol porque tenían el título limpio y un hermano en Las Vegas que respondía. —Bergmann volvió a ponerse el cigarro—. Señorita, usted tiene un remate de impuestos encima.
Rosaura no supo qué decir durante el tiempo que se tarda en comprender que a uno le han dicho una cosa que no sabía.
—¿Qué remate?
El comprador se la quedó mirando.
—El del primero de septiembre. Está clavado en el poste del cruce y en la puerta del juzgado y lo sacó el periódico. Impuestos del setenta y siete y del setenta y ocho.
—Esos impuestos están pagados.
—Pues lo dirá usted en el juzgado y no aquí.
Antes de irse probó en la tienda de Moore, que compraba lana para una casa de Filadelfia y adelantaba contra cosecha a media docena de familias del valle.
—Doscientos veinte por la lana del año que viene —dijo.
El encargado la escuchó entero, que ya fue bastante más que Bergmann, y después sacó un cuaderno y le enseñó una hoja con nombres y cantidades.
—Mire. Aquí adelantamos a nueve. Los nueve tienen una cosa en común y es que si no entregan la lana les quitamos otra cosa. ¿Usted qué me deja?
—La palabra.
—Con la palabra no se responde en Filadelfia.
—Entonces le dejo dos mil doscientas libras escritas y firmadas.
—Escritas y firmadas sobre una tierra que sale a remate el día uno. —El encargado cerró el cuaderno con cuidado, como quien cierra una puerta a alguien conocido—. Págueme los impuestos y vuelva el dos de septiembre, y hablamos.
Salió para el juzgado a caballo al amanecer del día siguiente, sin pasar por la casa.
En el cruce de caminos paró el caballo delante del poste.
El aviso estaba allí, impreso en las dos lenguas, con las letras grandes arriba y la lista debajo en dos columnas.
Lo leyó de arriba abajo. Había cuarenta y una fincas.
La mayoría eran de una o dos yuntas de tierra de riego y los nombres eran los nombres de siempre, gente de abajo y del valle. La merced estaba la sexta.
Alguien le había arrancado una esquina al papel para liar un cigarro.
La oficina del recaudador estaba en el mismo edificio, en un cuarto pequeño con dos mesas y un ventilador de mano que no usaba nadie. El libro de la partida lo tenían en un armario. El empleado pasó las hojas con el dedo mojado y paró.
—Merced de Mesa Colorada. Setenta y siete, treinta y nueve pesos con veinte. Setenta y ocho, cuarenta y uno. Recargos hasta hoy, veintiséis con ochenta. Total, ciento siete pesos.
—¿Veintiséis de recargo sobre ochenta?
—El recargo corre por meses desde el primer requerimiento.
—¿Desde cuándo corre?
—Desde abril de este año.
—¿Y quién recibió ese requerimiento?
El hombre miró la columna de la derecha.
—Está entregado en mano. Aquí pone la fecha y pone una inicial. C.
Rosaura se quedó mirando esa letra un momento más de lo necesario.
—¿Se puede pagar?
—Se puede pagar hasta el treinta y uno de agosto a las cinco de la tarde. El primero de septiembre se remata.
—¿Y si pago?
—Si paga, se quita de la lista y no pasa nada. —El empleado cerró el libro—. Le voy a decir algo que no tengo por qué decirle. En junio vino un señor a preguntar por esta partida. Traía la lista entera, no solo la suya. No compró nada porque todavía no se puede comprar nada.
—¿Un señor de aquí?
—De Santa Fe. Con una cartera de cuero.
Volvió a la merced de noche, con el caballo al paso y las manos frías de agarrar las riendas sin darse cuenta de que las agarraba fuerte.
Ciento ochenta y cuatro pesos y tenía ciento sesenta y seis con cincuenta.
Al día siguiente vendió la yegua torda.
Era la de su padre, la que don Anselmo había traído del sur en el setenta y dos.
Once años, buena de paso y mala de carácter.
Era también lo único de la casa que se podía vender en dos días sin que se notara en el hato ni en la cocina.
Fidencio no dijo una palabra en contra. Fue peor, porque la ensilló él, le pasó el cepillo por el cuello dos veces y se quedó con el ronzal en la mano esperando.
—Lo he pensado bien —dijo Rosaura.
—No he dicho nada.
—Lo está diciendo con el cepillo.
El mayordomo le dio el ronzal.
—Su padre la compró en Socorro el año que usted hizo la primera comunión. Pagó sesenta por ella y le dijeron que era cara.
—Y lo era.
—Lo era.
Se la compró el mayor de los Sandoval en cuarenta y cinco pesos, que era poco. Regateó veinte minutos, que fue lo que peor llevó ella, y se la llevó esa misma tarde por el vado. Rosaura los vio cruzar el agua y se metió en el corral a contar cabezas que ya había contado.
Fue a Las Vegas el lunes, con el dinero en una bolsa de lienzo cosida por dentro del corpiño, y no se lo dijo a nadie más que a Fidencio.
Pagó los impuestos el dieciocho de agosto. El empleado le dio un recibo con dos sellos y le puso la fecha, y ella lo leyó entero antes de doblarlo.
Le quedaron veintisiete pesos con cincuenta.
Esa noche abrió el libro verde y escribió las dos cosas en la misma página.
Arriba, impuestos del setenta y siete y del setenta y ocho, pagados el dieciocho de agosto de mil ochocientos setenta y nueve, ciento ochenta y cuatro pesos.
Debajo, yegua torda, once años, vendida a Eufemio Sandoval, cuarenta y cinco pesos.
Lo del dinero se escribe siempre igual, valga lo que valga lo que se vende.
El recibo había que guardarlo con los otros. Los otros estaban en el arca de los papeles, un arca de pino pintada de azul que había sido de su abuela y que estaba en el cuarto de su madre desde que murió don Anselmo.
Rosaura subió a guardarlo el mismo día, antes de cenar.
En el arca no había orden ninguno. Había cartas atadas con hilo, recibos sueltos, dos cuadernos de cuentas de la cocina, el inventario de la boda de su madre en el cincuenta y tres, una licencia de fierro, papeles del entierro.
Buscó los recibos de esos dos años, porque si estaban pagados tenían que estar allí, y si no estaban tenía que saber en qué se había ido ese dinero.
Encontró el inventario de la boda del cincuenta y tres, con las doce sábanas y los dos candeleros y una mula.
Encontró tres cartas de una hermana de su madre que vivía en Chihuahua y que Rosaura no recordaba haber visto nunca.
Encontró la cuenta del entierro de su padre, con el precio de la caja y el del cantor.
Encontró un mechón de pelo rubio muy fino atado con un hilo, que no podía ser de nadie de esa casa, y lo dejó donde estaba.
No estaban.
Lo que había, en el fondo, doblado en dos y sin sobre, era otro papel.
Era media hoja de las de carta, escrita con letra de pasante, recta y pequeña, muy distinta de las dos letras que ella conocía en esa casa.
Recibí de doña Casilda Pino de Otero la cantidad de doscientos pesos, en calidad de ayuda para mis estudios y examen en Santa Fe, y quedo obligado a lo tratado entre los dos.
Damián Aragón. A once de julio de mil ochocientos setenta y nueve.
Debajo, en el margen, con la letra torcida hacia la derecha al final de cada palabra, ponía: pagado en plata. Se fue el doce.
Bajó por el libro verde y volvió a subir con él. Se arrodilló en el suelo, abrió la hoja del setenta y cuatro y puso el recibo al lado, con el margen hacia arriba.
Las dos cosas estaban escritas con la misma mano, y eso ella lo sabía desde marzo del setenta y siete. La misma torcedura al final de cada palabra, la misma manera de cerrar la a por arriba, el mismo trazo corto de la ese.
Lo que no sabía era el margen. Pagado en plata, y la fecha, y entre esa fecha y el nueve de julio diecisiete días.
Rosaura se sentó en el suelo, al lado del arca, con el papel entre los dedos y la espalda contra la pared, y estuvo así hasta que oyó a su madre subir la escalera.
Casilda se paró en la puerta. Vio el arca abierta, vio el papel y no se acercó a quitárselo.
—Levántate del suelo.
—¿Qué es lo tratado entre los dos?
—Levántate del suelo y te lo digo en la mesa.
—Me lo dice aquí.
Su madre se quedó en el quicio. No tenía cara de susto. Tenía la cara de quien lleva un mes esperando una conversación y prefiere que sea hoy a que sea mañana.
—Lo tratado fue que se fuera y no volviera hasta tener título de abogado —dijo—. Y que mientras tanto no te escribiera.
—Él me pidió un año el veinticuatro de junio.
—Lo sé. Estaba yo en la cocina.
—Me pidió un año y el once de julio cobró doscientos pesos por irse.
—Le pedí yo que se fuera y le pagué el viaje y los libros.
Un hombre puede irse por dinero y querer irse de todos modos.
—Casilda entró por fin y cerró la puerta detrás—.
Esto te lo digo una sola vez y no lo repito en la vida.
Ese muchacho no cogió el dinero porque yo lo tentara.
Lo cogió porque lo quería. Yo no lo compré, Rosaura. Lo dejé comprarse.
—Eso es lo mismo.
—No es lo mismo, y tú lo sabes, y por eso estás sentada en el suelo.
Casilda se quedó callada un momento y después habló más despacio, como quien cuenta dinero.
—Escúchame bien, que esto no te lo voy a explicar dos veces.
Ese muchacho es el hijo del mayordomo. Yo lo he visto crecer y le he dado de comer, y en esta casa no se le ha faltado nunca.
Pero tú eres la titular de una merced que el juzgado acaba de confirmar y él no tiene detrás más que a su padre y una carta de recomendación.
El día que se casara contigo, la primera vez que fuerais al juzgado por un lindero, el abogado de enfrente diría lo mismo que digo yo ahora y lo diría en inglés y delante del juez.
Yo no le pagué por ser quien era. Le pagué para que llegue a ser otra cosa y pueda volver.
Si vuelve con título, vuelve de igual a igual. Si no vuelve, es que no valía.
—Usted lo mandó callar un año.
—Un año de silencio no mata a nadie. Lo otro sí.
—Lo otro qué.
—Lo otro es lo que va a pasar el dieciocho de octubre.
Rosaura dobló el papel por donde ya estaba doblado.
—¿Y los impuestos?
—Los impuestos no los pagué.
—Había dinero.
—Había doscientos pesos —dijo Casilda—. Y elegí.
—En el libro del recaudador hay un requerimiento entregado en mano, con una inicial al lado. Una c.
—Sí.
—¿Lo recibió usted?
—En abril, en Las Vegas, cuando fui por lo de la tela. Me lo dieron en la mano y lo leí en la calle.
—¿Y no dijo nada?
—No dije nada.
—Cuatro meses.
—Cuatro meses. —Casilda juntó las manos encima del regazo—. Si te lo digo en abril, vendes la yegua en abril y estamos igual que hoy, solo que cuatro meses más cansadas. Y esta casa no aguanta dos sustos a la vez.
—Esta casa no aguanta que usted decida sola cuál es el susto.
—Pues lleva veinte años aguantándolo.
Se quedaron calladas. Abajo, en la cocina, alguien movió una silla.
—Nos rematan la merced el primero de septiembre —dijo Rosaura.
—No, porque tú ya has ido a pagar. Te conozco desde que naciste.
—He vendido la yegua de mi padre.
—Ya lo he visto.
Su madre se agachó, con trabajo, y se sentó en el borde de la cama, que era lo más cerca del suelo a donde podía llegar.
—Óyeme una cosa. Tú te has pasado el verano haciendo cuentas y las cuentas están bien hechas, y no te salen, y no te van a salir.
No hay lana, ni partido, ni yegua, ni recibo que junte tres mil doscientos pesos antes del dieciocho de octubre.
Eso ya lo sabes y llevas tres semanas sin decirlo en voz alta.
—Todavía queda...
—No queda nada. —Casilda no levantó la voz—. Hay una salida. Es una sola y es mía, y no te va a gustar, y me la vas a escuchar una vez. Después haces lo que quieras y yo no vuelvo a abrir la boca.
Rosaura miró el papel que tenía en la mano.
—Hoy no —dijo—. Hoy no me cabe.
—Entonces el día que te quepa. Yo no me voy a ninguna parte y la salida tampoco.
Casilda se limpió las manos en el delantal y se fue a la cocina, y no volvió a abrir la boca de aquello en tres semanas, tal como había dicho.
Del veinticuatro de junio al once de julio había diecisiete días.