La deuda de Mesa 7. Lo que no pregunta
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7. Lo que no pregunta

Lo que no pregunta

Prudence llevaba los libros en la mesa del comedor, con el tintero encima de un plato para no manchar el mantel.

—Tres carros a Fort Union en julio —dijo—. Cobrados dos. El tercero lo firmó un intendente que ya no está allí.

—Lo cobro yo en septiembre.

—Lo cobras tú en septiembre y te cuesta el viaje. —Prudence pasó la hoja—. Es lo que vale la firma de un hombre que se va.

—Y hay otra cosa —dijo Prudence—. La cuenta de la herrería.

—¿Qué pasa con la herrería?

—Que te cobró ocho dólares por veinte juegos de herraduras en mayo y en agosto te ha cobrado nueve con cincuenta por dieciocho. Con el mismo hierro y el mismo carbón.

—Habrá subido el hierro.

—El hierro bajó en junio. Lo dice el precio que pagaste tú por el alambre. —Su madre le dio la vuelta al libro para que lo viera—. No es mucho dinero. Es que si te lo hace en las herraduras, te lo está haciendo en todo lo demás.

Elias miró las dos columnas. Tenía razón.

Los libros de la W torcida los llevaba ella desde el setenta y siete y los llevaba bien. Elias se los había mirado dos veces al principio y ya no se los miraba. Cada partida con su fecha, cada gasto con su papel detrás, y las sumas comprobadas dos veces en columnas distintas.

—Viene alguien por el vado —dijo ella, sin levantar la cabeza.

Era una mujer en una mula, con un muchacho a pie llevando el ronzal. La mula era la buena de los Otero, la que quedaba. La mujer iba de negro y llevaba el rebozo puesto con el calor que hacía, que es una manera de venir vestida cuando se viene a algo.

Elias salió al porche y esperó.

Doña Casilda Pino se bajó sola, sin que el muchacho la ayudara, y le dio a él las riendas y una moneda. Después subió los tres escalones y se paró.

—Señor Ward.

—Señora.

—Vengo a hablar con usted de negocios y tengo para media hora.

Prudence Ward salió al zaguán detrás de él. Las dos mujeres se miraron el tiempo justo.

—In this house we speak English —dijo Prudence.

Casilda no contestó. Se quedó mirándola con las manos cruzadas delante, sin ninguna prisa.

—Mi madre dice que en esta casa se habla inglés —dijo Elias.

—Lo he entendido.

—¿Y?

—Y yo he venido a hablar en castellano. Su madre lo entiende igual que yo entiendo lo otro. Si hablo en inglés, digo la mitad de lo que quiero decir y lo digo peor, y lo que vengo a decir no admite la mitad.

Elias se quedó un momento entre las dos.

—Pase usted —dijo, en español.

Su madre se metió en el comedor y no cerró la puerta. Era la primera vez en dos años que en esa casa se hablaba español delante de ella y las dos cosas quedaron dichas sin decirse.

Se sentaron en la sala, que era el cuarto donde estaba el piano.

Aquella sala la había amueblado su madre por catálogo el año que se levantó la casa.

Las dos butacas costaron veintidós dólares puestas en Las Vegas y el flete desde Kansas, once.

La alfombra era de Filadelfia y valía más que las butacas.

Todo estaba nuevo, todo estaba pagado y nada de aquello lo habría tenido su padre en toda su vida.

Con el calor de agosto, el barniz de los brazos de la butaca se ponía blando y se quedaba pegado a la mano.

Casilda lo miró. Fue una mirada corta, pero se le fue al piano en cuanto entró y después no volvió a mirarlo, y esa manera de no volver a mirar una cosa es más clara que señalarla.

El piano era de palo de rosa, estaba desafinado y llevaba dos años cerrado.

Se lo había comprado a un tratante de Las Vegas por ciento diez dólares, y el tratante lo había comprado en el setenta y siete por sesenta.

—Usted tiene un papel de mi casa —empezó ella.

—Lo tengo.

—Vence el dieciocho de octubre y no se va a pagar. Eso lo sabe usted y lo sé yo, y mi hija lleva desde mayo haciendo cuentas para no saberlo.

—Hay plazo. Se lo dije en julio.

—Se lo dijo delante de ochenta personas, que es como no decir nada.

—Casilda se acomodó en la silla—. Y el plazo no sirve.

Con plazo o sin plazo, esa casa debe tres mil doscientos pesos y no los va a tener nunca, porque lo que produce se lo come lo que debe.

Lo único que hace el plazo es alargar el velorio.

—Usted no ha venido a decirme lo que ya sé.

—No. —Casilda se puso el rebozo sobre el regazo—.

He venido porque llevo desde julio pensando en las tres maneras que hay de que esa casa siga siendo de esa casa, y las tres las he mirado por delante y por detrás.

La primera es pagar, y no se puede. La segunda es vender la mitad para salvar la otra mitad, y eso es empezar a morirse por los pies.

Y la tercera es que el papel se quede dentro de la familia.

—Dentro de la familia.

—Usted me ha entendido perfectamente.

—¿Qué me viene a proponer?

—Que se case con ella.

Elias no dijo nada.

Fuera, en el corral, un peón estaba clavando una tabla y el martillo sonaba con un golpe seco cada dos segundos, y siguió sonando todo el rato.

—Usted cancela el pagaré el día de la boda —siguió Casilda—.

La tierra no cambia de nombre y sigue siendo de ella y de la casa.

Las familias se quedan donde están. Usted entra por la puerta de una merced confirmada y deja de ser el americano del otro lado del río.

Y mi hija deja de estar a un papel de quedarse sin nada.

—¿Quién firma?

—Ella. Es la titular y firma ella. Yo no firmo nada.

—¿Y los partidos?

—Los partidos siguen como están, con quien están y por el tiempo que están. Y los lleva ella, con su libro, como los lleva desde el setenta y siete. Usted no toca el libro.

—No pensaba tocarlo.

—Todavía no me ha oído el resto. La casa se sigue llamando la casa de los Otero. Los hijos que haya se bautizan en la capilla de la merced y no en el juzgado de Las Vegas. Y a mí se me entierra allí.

—Usted gana mucho en ese trato.

—Yo no gano nada. Yo me muero en esa casa de todos modos. Gana la casa.

—¿Y ella?

—Ella también, aunque tarde ocho años en verlo.

El martillo se paró y volvió a empezar.

Elias tenía las manos en las rodillas y se las miró. Eran las manos de siempre. Un hombre que quiere una cosa desde hace cuatro años y medio y no ha dicho nunca una palabra. Y al que se la vienen a poner delante en una tarde de agosto, a cambio de un papel que ya tiene en el bolsillo.

—Hay un hombre que le gusta a ella —dijo Elias.

Casilda no pestañeó.

—Había. El hijo de Fidencio.

—¿El que estudia fuera?

—El hijo de Fidencio está en Santa Fe estudiando y va a estar allí dos años, y eso ya estaba arreglado antes de que usted y yo nos sentáramos aquí.

—Casilda lo dijo sin bajar la voz y sin subirla—.

Si le preocupa que ella esté comprometida, no lo está.

Y si le preocupa otra cosa, dígamela ahora y no dentro de un año.

—No me preocupa otra cosa.

—Pues entonces ya está.

—¿Usted le ha preguntado a ella?

—Todavía no.

—Pregúnteselo.

—Se lo voy a preguntar.

—No me ha entendido. —Elias levantó la cabeza—. Pregúnteselo bien. No le diga lo que le va a pasar a la casa si dice que no. Dígale que hay un hombre que quiere casarse con ella, que la deuda se cancela igual si no quiere, y que decida.

Casilda se quedó quieta.

—¿Que la deuda se cancela igual?

—Le doy dos años más. Lo tengo escrito desde julio.

—Eso es mucho dinero, señor Ward.

—Es mi dinero.

Ella se pasó la lengua por los labios, despacio, y por primera vez desde que había entrado tardó en contestar.

—Se lo preguntaré así —dijo—. Tal cual me lo ha dicho.

Elias la miró decirlo.

Lo dijo mirándolo a los ojos, que era lo correcto.

Lo dijo sin bajar la voz, que era lo correcto.

Y lo dijo deprisa, encima de la última palabra de él, sin quedarse el medio segundo que se queda una persona cuando le acaban de poner delante una posibilidad que no había considerado.

No se quedó ese medio segundo porque no había ninguna posibilidad nueva.

Ya lo tenía pensado todo antes de cruzar el vado, incluido lo que pensaba contestarle a él si le pedía justo eso.

Después añadió, y esto también lo dijo deprisa:

—El padre Isidro puede el dieciocho de octubre. Es sábado.

Un hombre que hubiera querido estar seguro habría dicho: entonces se lo pregunta usted delante de mí.

Habría dicho: si ella dice que sí, que me lo diga ella.

Esas dos frases estaban ahí, en la sala, con el martillo de fuera sonando cada dos segundos, y cualquiera de las dos habría costado lo mismo que costaron las que dijo.

Elias se dijo tres cosas.

Que doña Casilda Pino era la madre y que una madre sabe cómo se le pregunta a su hija.

Que si insistía delante de ella, la mujer iba a salir de esa casa ofendida y la cosa se rompía, y entonces el dieciocho de octubre llegaba igual.

Y que en ocho años, o en diez, cuando la casa estuviera de pie y las ciento cuatro familias sembrando, nadie se iba a acordar de una tarde de agosto ni de quién preguntó qué.

Las tres eran verdad.

Y había una cuarta, que no se dijo. Que si insistía y la mujer se lo preguntaba de verdad, con la salida abierta y sin la casa encima, podía ser que ella dijera que no.

Las tres primeras se las dijo en la cabeza, con palabras, como se dicen las cosas que uno quiere oírse decir. La cuarta le pasó por debajo, sin palabras, en el tiempo que tarda un martillo en dar dos golpes.

—Está bien —dijo.

Lo dijo mirando la alfombra de Filadelfia, que valía más que las dos butacas.

—¿Está bien qué?

—Que sí.

Casilda se levantó. Le dio la mano como se la dan los hombres, una sola vez y fuerte, y él se la dio igual. Tenía la mano seca y pequeña y apretaba de verdad.

—Le mando recado el lunes —dijo ella—. Y una cosa más, señor Ward. El día que se case con ella, en esa casa no se cambia nada de sitio. Ni los muebles, ni la gente, ni el libro de la esquila.

—No pensaba cambiar nada.

—Lo sé. Se lo digo para que lo oiga dicho.

—¿Y si ella dice que no? —preguntó Elias.

—Entonces le mando recado también, y usted le da los dos años, y yo me quedo esta tarde para mí y no se la cuento a nadie.

—Conforme.

—Conforme. —Casilda se ajustó el rebozo—. Una última cosa. Si algún día le dicen a usted que yo he hecho esto por vivir mejor, acuérdese de que en esa casa lo que hay son treinta y ocho mil hectáreas de piedra, un tejado con tablas y una mula. Nadie se hace rico quedándose donde nació.

La vio cruzar el vado desde el porche. El muchacho iba otra vez a pie, con el ronzal en la mano, y el agua le llegaba por encima de las rodillas.

Prudence estaba en el comedor, con los libros abiertos donde los había dejado.

—¿Te vas a casar con la muchacha de enfrente?

—Sí.

—¿Te lo ha pedido su madre o se lo has pedido tú?

Elias tardó en contestar.

—Me lo ha traído ella.

—Ya. —Prudence cerró el libro y dejó la mano encima—. Yo me casé con tu padre porque me convenía y no me arrepiento, y tú saliste de ahí. Pero a tu padre y a mí nos convenía a los dos, y los dos lo sabíamos, y nos lo dijimos en voz alta en la cocina de mi madre. Pregúntate si aquí va a pasar eso.

—Va a pasar.

—Entonces no tengo nada que decir.

No preguntó nada más. Cerró el tintero, lo puso en su sitio y se llevó el plato a la cocina.

Esa tarde ensilló.

Llegó hasta el vado con el caballo y se quedó en la orilla de acá, con el agua corriendo por delante y la casa grande arriba, detrás de la cuesta, donde no se ve.

Del otro lado el camino sube entre los dos cerros y se tarda un cuarto de hora.

En ese rato se llega al linde y se espera a que salga alguien.

Se pide que salga ella y se le dice: su madre ha venido a verme, esto es lo que me ha propuesto, y yo le digo a usted que el papel se cancela igual.

Un cuarto de hora.

Se quedó allí el tiempo que tarda un caballo en beber. Después pensó en las ochenta personas del corredor de julio y en lo que sería aquello con él subiendo otra vez la cuesta. Una cosa así, dicha en el linde y delante de la gente, no es una pregunta. Es un escándalo.

Volvió a su casa por el vado.

Elias subió.

En su cuarto, sobre la cómoda, estaba el libro de viajes comprado en Santa Fe en el setenta y siete. Tapas de tela azul y las hojas cortadas hasta el final. Lo abrió por la página ciento veinte, que era donde ella se había quedado la última tarde de febrero del setenta y cinco.

La página ciento veinte no tenía nada de particular. Era el principio de un capítulo sobre una presa vieja y sobre el modo de repartir el agua en un país donde no llueve, y él se acordaba de eso y no se acordaba de una palabra más.

Se sacó del bolsillo de dentro la prórroga, doblada en cuatro por los mismos pliegues de siempre.

La puso allí, entre la ciento veinte y la ciento veintiuna, y cerró el libro.