8. La cláusula
La cláusula
El borrador llegó el miércoles por la tarde y Rosaura se levantó el viernes a las cuatro para leerlo entera antes de que llegara nadie.
Venía en dos columnas, como todo. Doce artículos en castellano a la izquierda y doce en inglés a la derecha, escritos los dos por el mismo pasante, con la misma letra de despacho y la misma tinta.
Encendió el candil en la mesa larga y empezó por la de la derecha. Su madre le había enseñado inglés antes que a coser, y en esta casa manda lo que dice el inglés aunque esté escrito a la izquierda.
A nadie se le había ocurrido preguntarle nada.
Su madre se lo dijo el dos de septiembre, en la cocina, mientras escurría el queso.
Se lo dijo entero y bien dicho, sin adornarlo, y cuando terminó se quedó esperando.
Rosaura estuvo callada el rato que hizo falta y después preguntó dos cosas: si las familias se quedaban y si el libro seguía siendo suyo.
Su madre dijo que sí a las dos. Entonces Rosaura dijo que bueno y salió a cerrar el corral, y esa noche su madre ya estaba hablando de cuántas reses había que matar.
Nadie le preguntó si quería. Le preguntaron si aceptaba, que no es lo mismo y se parece mucho.
El artículo primero decía quiénes eran. El segundo, el régimen de bienes, y ese lo leyó cuatro veces en las dos lenguas y estaban igual: lo de ella seguía siendo de ella y el marido lo administraba.
Administrar no es tener, y eso ya lo sabía.
Lo había preguntado en julio al padre Isidro y el cura se lo explicó con una frase: el marido firma por la mujer, pero la tierra no se le pega a las manos.
El tercero era la dote y estaba en blanco, porque no había.
El cuarto, las arras, y también. El quinto hablaba de las deudas anteriores de cada parte y decía que cada uno responde de las suyas, y eso le pareció bien.
El sexto era una lista de los bienes que ella aportaba, y la leyó renglón por renglón con el lápiz en la mano.
La merced, treinta y ocho mil hectáreas confirmadas. La casa grande y sus dependencias. La capilla. Mil doscientas cabezas propias. Nueve mil repartidas. Los derechos de agua de la acequia madre, dos días de nueve.
Volvió al sexto por la columna de la derecha y encontró la diferencia.
En castellano ponía la merced de Mesa Colorada. En inglés ponía the Otero grant, y detrás, entre comas, tal como quedó confirmada. Ocho palabras que en castellano no estaban.
Rosaura se quedó con el dedo en el renglón.
Tal como quedó confirmada quiere decir treinta y ocho mil hectáreas y no cuarenta y ocho mil.
Quiere decir que lo que se lleva ella al matrimonio es lo que dijo un tribunal en el setenta y seis y no lo que dice un pergamino de mil setecientos sesenta y dos.
Escrito así, en el papel que quedaba inscrito en Santa Fe el lunes, era su propia firma.
Su firma diciendo que la Cuesta de los Álamos y el Cañón del Oso nunca habían sido de su casa.
No lo tachó: lo apuntó aparte, en una hoja suya, y siguió leyendo.
No ponía el libro verde. Un libro de asientos no es un bien y no se pone en ninguna lista, y sin embargo era lo único de todo aquello que ella había hecho con sus manos.
El artículo séptimo era el de los partidos. Decía que los contratos de aparcería de ganado en vigor pasarían a la administración del marido.
El artículo noveno decía esto:
El pagaré que grava la merced de Mesa Colorada, por importe de tres mil doscientos pesos, quedará cancelado y entregado a la parte deudora una vez celebrado y consumado el matrimonio.
En la columna inglesa ponía lo mismo y ponía una palabra más, que era la palabra que un abogado pone cuando quiere que no haya duda de cuándo empieza a contar una cosa.
Rosaura leyó el artículo noveno tres veces.
Después se levantó, fue a la cocina, encendió la lumbre y puso agua, porque eran las cinco de la mañana y no había nada más que hacer con las manos.
A las siete ya había gente en la cocina.
Su madre había mandado matar un carnero el jueves y tenía a dos mujeres desde antes de amanecer.
En el corredor sacaban la mesa chica y los bancos por si hacía falta comer fuera.
Rosaura pasó por allí y nadie le preguntó nada, porque en una casa todo el mundo sabe cuándo no se pregunta.
Fidencio la esperó en el zaguán, con el sombrero cogido por el ala.
—Patrona.
—Diga.
—El señor que viene de Santa Fe. ¿Lo ha llamado usted?
—Lo ha llamado mi madre.
—Ya.
—¿Lo conoce?
—Lo conozco de nombre. Es el que llevó lo de la merced de Anton Chico. —Fidencio se pasó el sombrero de una mano a la otra—. Allí ganaron el pleito.
—¿Y?
—Y hoy la mitad de aquello es suyo.
Llegaron a las diez.
Lucius Grady era un hombre delgado, de barba corta y gris, con un traje de lana buena para el tiempo que hacía y unos modales que no se le podían reprochar.
Traía al pasante, que era el que escribía, y traía dos carpetas.
Saludó en castellano, y lo hablaba bien, con acento pero sin errores, que es peor.
—Señorita Otero. Es un placer.
—Siéntese, por favor.
Rosaura miró a los dos hombres al entrar, porque quería ver cómo se saludaban.
No se saludaron: Grady dijo «señor Ward» sin alargar la mano.
Elias contestó con la cabeza y se fue a sentar al otro lado, y ninguno de los dos volvió a mirar al otro en toda la mañana.
Eso no era la frialdad de dos hombres que no se conocen.
Era otra cosa, y ella no tenía manera de saber cuál, y se la guardó.
Se sentaron en la mesa larga. A un lado Grady y el pasante. Al otro Elias Ward, con una camisa nueva y sin decir nada. En la cabecera, Rosaura. Enfrente, su madre. El padre Isidro y Fidencio Aragón, de pie junto a la pared, como testigos.
Grady leyó los doce artículos en voz alta, en castellano, sin prisa aparente, y tardó doce minutos. Rosaura lo sabía porque miró el reloj de la sala al empezar y al acabar.
—Si hay algo que no esté claro, lo aclaramos ahora —dijo el abogado—. Después firmamos, mandamos copia a Santa Fe y el lunes está inscrito.
—El lunes —dijo Casilda.
—El lunes.
—Pues no hay nada que aclarar.
—Hay dos cosas —dijo Rosaura.
Lo dijo con las dos manos apoyadas en la mesa y sin mirar a su madre, que es la única manera de decir una cosa así en una mesa donde está tu madre.
Su madre volvió la cara hacia ella muy despacio.
—Hija.
—Dos cosas nada más, madre. Se tarda menos en oírlas que en discutirlas.
—Lo que hay que hacer es firmar y comer —dijo Casilda—. Llevamos desde las cinco.
—Madre.
—Esta niña lo mira todo dos veces desde que aprendió a leer. —Casilda lo dijo hacia Grady, en el tono en que se pide disculpas por un perro que ladra—. Y luego resulta que tenía razón, y se pierde la mañana igual.
Grady juntó las manos sobre la carpeta y puso la cara del hombre que tiene tiempo y no lo tiene.
—Usted dirá.
—El artículo séptimo. Los contratos de partido de esta casa son veintiuno y los llevo yo desde marzo del setenta y siete. Los firmé yo con cada uno de ellos, algunos con la cruz de su mano encima de la mía. No pasan a administración de nadie. Pasan a mi nombre y se quedan en mi nombre.
—Señorita, la administración es una figura de protección. No cambia la propiedad del hato.
—No estoy hablando de la propiedad del hato. Estoy hablando de a quién le tiene que dar explicaciones Aniceto Lucero si el año que viene se le mueren las borregas. Y la respuesta es a mí.
Grady miró un segundo a Elias. Elias no se movió.
—Se puede redactar —dijo el abogado—. Es media línea.
—No es media línea. Son veintiún hombres.
—Lo redacto yo.
—Tenemos al pasante.
—Lo redacto yo —repitió Rosaura, y alargó la mano.
El pasante miró a Grady. Grady se encogió de hombros con una sola ceja y le acercó el tintero.
Rosaura tomó la pluma.
Escribía pequeño y muy derecho, sin inclinación ninguna, con las palabras juntas y poco aire entre renglón y renglón.
Escribía como quien aprendió a hacerlo en el margen de un libro de cuentas, donde el papel cuesta dinero.
Las mayúsculas le salían sin bucle, secas, casi de imprenta.
La te la cruzaba con un trazo corto y bajo, pegado al palo.
En toda la hoja no había una sola letra que se torciera hacia la derecha.
Escribió al final del artículo séptimo, en el hueco entre el séptimo y el octavo, en las dos columnas, primero en castellano y después en inglés:
Los veintiún contratos de partido vigentes se otorgan y se inscriben a nombre de Rosaura Otero y se mantienen a su nombre durante el matrimonio.
Sopló la tinta y nadie dijo nada mientras soplaba.
—La segunda cosa —dijo.
—El artículo noveno —dijo Elias.
Fue la primera vez que habló en toda la mañana. Lo dijo sin levantar la voz y no lo dijo como una pregunta.
Rosaura no lo miró: puso el dedo en el renglón del artículo noveno, en la columna de la izquierda, y leyó en voz alta las cuatro palabras que le importaban.
—Celebrado y consumado el matrimonio.
El padre Isidro cambió el peso de un pie al otro junto a la pared.
—Es la fórmula corriente —dijo Grady—. Está en todos los formularios.
—En los formularios de dónde.
—De la práctica del territorio.
—¿Corriente dónde?
—En la práctica. Se pone para que no quepa duda de la fecha.
—Cabe la duda de qué fecha exactamente.
—Señorita.
—Diga usted la fecha entonces. En voz alta, delante de mi madre, del señor cura y del mayordomo de esta casa. Diga usted qué día se cancelan los tres mil doscientos pesos según su artículo noveno.
Grady no lo dijo.
Rosaura mojó la pluma otra vez.
Tachó y consumado con una raya sola, recta, sin volver encima, y tachó lo mismo en la columna inglesa. Debajo, en el hueco, escribió con la misma letra pequeña y derecha:
El pagaré quedará cancelado y entregado el día de la celebración del matrimonio, con independencia de cualquier otro hecho.
Volvió a soplar la tinta. Después le dio la vuelta a la hoja sobre la mesa, hacia el otro lado, igual que le daba la vuelta al libro verde cuando un partidario tenía que firmar.
Elias se inclinó y lo leyó.
Tardó en leerlo mucho más de lo que se tarda en leer dos renglones. Rosaura lo vio llegar al final, y lo vio volver al principio y leerlo otra vez, y en la segunda lectura al hombre se le puso en la cara una cosa que no era enfado.
Entendió. Eso ella lo supo enseguida y le sirvió de poco.
Lo que a ella le pareció que él entendía, allí, con el cura y el mayordomo mirando, fue una cosa sola. Que aquella mujer había tenido que coger una pluma delante de siete personas para dejar escrito que su cuerpo no formaba parte del pago.
—Está bien así —dijo.
Firmó donde había que firmar. Debajo firmó ella, y debajo Grady como redactor, y los testigos al margen.
El padre Isidro firmó el último y lo hizo despacio, y al terminar aguantó la pluma en la mano un momento más de la cuenta.
—¿Pasa algo, padre? —dijo Casilda.
—Que he casado a doscientas cuarenta parejas en este valle y es la primera vez que firmo un papel de estos antes de la boda.
—Es lo corriente en las casas con tierra.
—Será.
—Señor Grady —dijo Rosaura—. Una pregunta antes de que se vaya.
—Las que quiera.
—¿Quién le paga a usted lo de hoy?
El abogado sonrió como si le hubieran preguntado la hora.
—La parte que me llamó.
—Mi madre no tiene dinero.
—Mi minuta por unas capitulaciones es pequeña y se cobra con la inscripción.
—Ya. ¿Y cuando el trabajo es grande?
—Cuando el trabajo es grande hablamos antes y nos entendemos. A veces en dinero. A veces de otra manera.
—¿De qué manera?
—De la manera que convenga a las dos partes, señorita. —Grady cerró la carpeta—. Nunca he cobrado de un cliente nada que un cliente no me haya ofrecido.
Grady guardó las dos copias en carpetas distintas y le dio una al pasante. Antes de cerrar la suya, miró la hoja del artículo séptimo, la de la letra de ella, y la miró el tiempo justo para leer un renglón dos veces.
—Tiene usted muy buena letra, señorita Otero —dijo.
—Gracias.
—Se lee a la primera. Eso en un papel vale dinero.
Cuando el pasante recogió los papeles, Rosaura se levantó y se puso a recoger los vasos, porque había que recogerlos.
Comieron en el corredor, con el sol ya de lado, y su madre estuvo hablando todo el rato del número de reses y de quién traía el vino. Estaba contenta. No lo disimulaba y no tenía por qué.
Elias Ward comió poco y se levantó el primero. Cuando fue a coger el caballo, Rosaura salió al patio detrás de él, porque había una cosa que quería dejar dicha ese día y no el siguiente.
—Señor Ward.
Él se paró con la mano en la cincha.
—Señorita.
—Lo del artículo noveno no lo escribió usted.
—No.
—Lo sé. Se lo digo para que sepa que lo sé.
Elias asintió despacio.
—Hay una cosa que yo le quería preguntar a usted —dijo—. Desde julio.
Rosaura esperó.
Él no soltó la cincha y estuvo así el tiempo que se tarda en contar hasta cinco. Después apretó la hebilla, que no hacía falta apretarla.
—Que si las mulas se las va a quedar su mayordomo —dijo—. Por saber si le mando las mías en octubre.
—Se las queda Fidencio.
—Está bien.
Montó y se fue por el camino de abajo.
Del doce de septiembre al dieciocho de octubre iban treinta y seis días.