La deuda de Mesa 9. Las rosas
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9. Las rosas

Las rosas

Cortó las rosas ella misma a las seis y media, con las tijeras de podar de su madre, porque nadie en esa casa sabía cortar de ese rosal sin estropearlo.

El rosal lo trajo su abuela de Chihuahua en una caja de madera con tierra, en un carro, el año que se casó.

Lo plantó en el huerto de atrás, contra la tapia sur, que es el único sitio de la casa donde una planta así aguanta el invierno.

Daba rosas rosas, pequeñas, con más olor que color, y florecía dos veces al año, en junio y en octubre, y la de octubre era la buena.

Tenía tres varas secas desde mayo. Rosaura las cortó también, a ras, ya que estaba, y las echó al montón de la leña menuda.

Salieron once rosas abiertas y cuatro a medio abrir. Se quedó con las once.

En la casa llevaban desde el jueves. Habían matado dos reses y un cordero, habían traído cuatro bancos de la escuela vieja, y el horno de fuera llevaba encendido desde la noche anterior.

En el corral de esquila habían barrido. Nadie le pidió a ella una sola instrucción en tres días, que fue el modo que tuvo la casa entera de decirle que ya lo sabían todo.

Su madre salió al corredor cuando ya las tenía cortadas.

—Once.

—Once abiertas. Las otras cuatro no llegan a mediodía.

—Tu abuela cortaba nueve. Decía que nueve es lo que aguanta una mujer en la mano sin que se le caiga una.

—Yo llevo once.

—Pues lleva once.

Casilda alargó la mano y le colocó una que iba torcida en el manojo, y se quedó con los dedos ahí un segundo más del que hacía falta. Después se metió en la cocina.

Bajó al corral antes de subir a vestirse, porque quería ver el ganado una vez ese día siendo quien era hasta mediodía.

Refugio Tafoya estaba echando de comer a las de la parición tardía.

—Están gordas —dijo Rosaura.

—Las de octubre siempre engañan.

—Ya.

El caporal echó otra brazada y se limpió las manos.

—Patrona, le he dicho a mi hija que hoy no sirva el vino.

—¿Por qué?

—Porque hoy no sirve nadie de esta casa. Hoy comemos todos sentados. —Refugio lo dijo mirando el pesebre—. Se lo he dicho a los Lucero y a los Madrid y están de acuerdo.

—Entonces quién sirve.

—Los de Las Vegas, que para eso les pagan.

Rosaura se quedó un momento agarrada al travesaño del corral.

—Gracias, Refugio.

—No hay de qué. Es el modo que tenemos.

Subió a vestirse a las ocho.

El vestido era gris oscuro, de lana fina, hecho en Las Vegas en el setenta y siete para el entierro de su padre. Lo había arreglado en septiembre una de las Madrid, que le sacó las mangas y le puso un cuello nuevo. No era vestido de novia y en el valle nadie esperaba uno.

Su madre subió con una caja.

—Ponte esto.

Dentro había un peine de plata con las púas gastadas y una mantilla doblada en papel de seda. Rosaura reconoció la mantilla del inventario que había leído en agosto, escrito con letra de escribano: una mantilla de blonda, negra, de la madre de la contrayente.

—Es de tu abuela, la de Chihuahua. La llevé yo en el cincuenta y tres.

—¿Y le fue bien?

Casilda no soltó la caja.

—Me fue como me fue —dijo—. Y tuve una hija que lleva una merced.

—Eso no es una respuesta.

—Le fue que su marido se murió a los once años de casados y que ella se quedó con dos criaturas y una tienda —dijo Casilda—. Y levantó la tienda. Eso es lo que le fue.

—Y usted la trajo aquí.

—Yo la traje aquí y aquí se murió, y en veinte años no me dijo una vez que me hubiera equivocado. —Casilda le puso el peine en la mano—. Las mujeres de esta familia no nos casamos enamoradas y no se nos ha caído la casa todavía.

—Eso no es un consuelo.

—No te lo estoy dando de consuelo. Te lo estoy dando de aviso, que es otra cosa y dura más.

—Es la que hay. Ponte la mantilla.

Se la puso. Pesaba menos de lo que parecía y olía a papel de seda y a alcanfor.

Delante del espejo, con la mantilla puesta y las once rosas en la mano, Rosaura se estuvo quieta el tiempo justo para comprobar que la cara le respondía. Le respondió. Bajó.

Desde la ventana de arriba se veía llegar a la gente por los dos caminos.

Venían a pie los de cerca y en carro los de las mesas de arriba, y a las nueve y media había en la vega más carros que el día del santo.

Contó los que estaban parados delante del corral y se pasó de cuarenta, y entonces se apartó de la ventana, porque contar aquello no servía para nada.

En la capilla no cabían las ciento cuatro familias. Entraron los viejos y las mujeres con niños pequeños, los demás se quedaron en el atrio y a lo largo del camino, y el cura dejó las dos puertas abiertas para que se oyera.

Rosaura entró con Fidencio Aragón.

Eso lo había pedido ella y no lo había discutido nadie. El mayordomo llevaba el traje del entierro de don Anselmo y se había cortado el pelo. Le tembló el brazo una vez, al principio del pasillo. Ella se lo apretó y no volvió a temblar.

Del lado de él había siete personas. Prudence Ward en la primera fila, de negro, con un libro cerrado en el regazo. Dos hombres del acarreo. El resto, gente de Las Vegas que Rosaura no conocía.

Del otro lado estaba el valle.

Elias la esperaba delante del altar con la ropa buena y las manos en los costados, igual que en el andén de julio, igual que en el linde en agosto. Un hombre que no sabe qué hacer con las manos cuando no está trabajando.

El padre Isidro los casó en castellano y dijo lo que se dice, sin añadir nada por su cuenta.

En las preguntas, ella contestó con la voz clara, porque delante de esa gente no iba a contestar de otra manera.

Él contestó en castellano y dijo sí, y lo dijo una sílaba antes de tiempo, y alguien en el fondo tosió para tapar una risa.

Cuando les pusieron el lazo, Rosaura miró por encima del hombro del cura, a la izquierda, a la puerta de la sacristía. Detrás de esa puerta, en un arca de dos cerraduras, había un traslado del pergamino de mil setecientos sesenta y dos que decía cómo se había fundado todo aquello.

No hubo arras. En las capitulaciones el artículo de las arras estaba en blanco porque no había con qué llenarlo, y el padre Isidro se saltó esa parte sin que se le notara a casi nadie. A Rosaura sí. Y a dos o tres viejas de la primera fila, que se miraron.

El padre Isidro habló tres minutos después de casarlos y habló de la casa, no de ellos.

Dijo que una casa se sostiene por dos cosas, por lo que se siembra y por lo que se cumple, y que en aquel valle la gente llevaba ciento diecisiete años cumpliendo con poco.

No dijo la palabra amor ni una vez. Rosaura se lo agradeció más que ninguna otra cosa de aquel día.

Duró veinticinco minutos.

Después vino lo demás. La gente empezó a salir, se oyó el violín afuera y a los niños corriendo por el atrio, y por la puerta entró el olor del horno.

Prudence Ward le dio la mano y le dijo dos frases en inglés que Rosaura entendió enteras y que no eran desagradables.

Le dijo que la casa de enfrente llevaba las cuentas al día y que esperaba que las suyas también.

Rosaura le contestó en inglés que sí y que lo comprobara cuando quisiera, y a la mujer se le movió algo en la cara que no llegó a sonrisa.

Casilda no lloró. Estuvo en el atrio recibiendo, con la mano de una y la mano de otra, y contestando que sí a todo.

Cuando la capilla se quedó casi vacía, Elias le dijo que esperara.

Se metió la mano en el bolsillo de dentro de la chaqueta y Rosaura se acordó del corredor de julio y de los dos hombres dando un paso adelante.

Sacó el pagaré.

Era el papel de su padre. La mancha de agua en el ángulo, la firma de don Anselmo ocupando dos renglones. Cruzado encima, de lado, con tinta nueva y letra grande, ponía una sola palabra, cancelado, y debajo la fecha de ese día y la firma de Elias Ward.

—Es suyo —dijo.

Rosaura lo cogió con las dos manos.

Pesaba lo que pesa una hoja. Tres mil doscientos pesos, cinco años de la casa, el remate, la yegua de su padre, los ciento tres pesos de recargo, las cuentas de mayo hechas catorce veces encima de la báscula. Todo eso era ese papel y ahora estaba tachado con una raya.

Lo dobló y se lo guardó en la manga.

—Gracias —dijo.

—No hay de qué dar las gracias. Estaba escrito en el artículo noveno.

—Estaba escrito porque lo escribí yo.

—Ya lo sé.

Fuera, el violín empezó otra vez y alguien lo acompañó con palmas. Quedaban ellos dos y el padre Isidro, que estaba en el otro extremo recogiendo el libro y no miraba.

Rosaura se paró en la puerta, con el sol de octubre entrando de lado y la gente esperándolos a diez pasos.

Se lo dijo en inglés.

Se lo dijo en inglés porque lo que iba a decir tenía que entenderlo entero, sin que le quedara ni una palabra suelta que pudiera guardarse para más tarde y darle la vuelta a solas.

—No lo quiero a usted. Y no lo voy a querer nunca. Eso no estaba en el papel y se lo digo ahora para que no lo tenga que averiguar.

Elias Ward la miró un momento.

—Ya lo sé —contestó, en castellano.

Después le ofreció el brazo, porque afuera estaba el valle entero, y ella se lo cogió, y salieron.

En el atrio los estaban esperando con el violín parado y arrancaron en cuanto los vieron en la puerta. Alguien tiró un puñado de trigo. Un niño se metió entre los dos y su madre lo sacó tirándole del brazo, igual que en julio.

Comieron después en el corral de esquila, que era el único sitio del valle donde cabía todo el mundo sentado.

Pusieron tablones sobre las pilas de vellón y las bancas de la escuela vieja en las cabeceras.

Sirvieron los dos hombres que había traído Prudence y un cocinero de Las Vegas. De la merced no sirvió nadie.

Rosaura comió en la mesa de arriba y contestó durante dos horas.

Le preguntaron por el invierno, por la parición, por si se llevaba el hato de arriba al otro lado del río.

A esto último contestó cuatro veces y las cuatro igual: que el ganado no se movía de donde estaba y que los partidos seguían como estaban, con quien estaban.

A la quinta, un hombre de las mesas de arriba le dijo que eso decían todos y que ya se vería en marzo.

Le dieron la enhorabuena ochenta o noventa personas y de las ochenta o noventa hubo unas cuantas que le apretaron la mano más rato del que hace falta, y esas eran las que sabían contar.

Aniceto Lucero le dijo que el maíz había dado seis fanegas y media a pesar de todo.

La mujer de Eusebio Madrid le puso en la falda un paquete con dos velas de cera de la capilla vieja y no dijo nada.

Bernarda Tafoya la besó en la cara y se fue enseguida, y a Rosaura le quedó la idea de que había llorado antes de llegar y de que eso no era por ella.

A eso de las dos vio a las dos madres juntas por primera y única vez en todo el día.

Estaban de pie al lado de la mesa de los postres, a metro y medio la una de la otra.

Prudence Ward tenía las manos delante y Casilda Pino tenía la jarra.

Se dijeron cuatro o cinco frases, no más.

Rosaura estaba demasiado lejos para oírlas y no le hizo falta, porque las dos hablaban mirando al frente, hacia la gente, y no se miraron entre ellas ni una vez.

Después Prudence volvió a su sitio y Casilda siguió con la jarra.

Esa tarde Rosaura pensó que se habían medido.

Casilda tuvo la jarra en la mano las cuatro o cinco frases enteras y no le sirvió a nadie en todo ese rato. A las tres empezó el baile y ella bailó una vez con su marido, porque era lo que tocaba, y él bailaba mal y lo sabía y no se disculpó. Después bailó con Fidencio y después se sentó.

Desde donde estaba sentada veía a su madre yendo de un grupo a otro con una jarra en la mano, sin sentarse en toda la tarde, hablando con todo el mundo y quedándose poco con cada uno.

Era la primera vez en dos años que Rosaura la veía andar así, como anda una persona a la que ya no le pesa nada encima.

Los carros empezaron a irse a las siete, con faroles, y los últimos se fueron cantando por el camino de abajo. Elias Ward se despidió de ella en el corredor, delante de su madre, y se volvió a su casa esa noche. Así se había quedado, y el lunes venían los dos carros a por las cosas.

En el zaguán estaban los dos baúles de ella, atados, desde el jueves. Encima, envuelto en un paño, el libro verde, que no iba a viajar en ningún baúl.

Esa noche, cuando se apagó la última lumbre del corredor, Rosaura abrió el libro verde encima de la mesa larga y escribió el asiento.

Pagaré sobre la merced, tres mil doscientos pesos, cancelado el dieciocho de octubre de mil ochocientos setenta y nueve.

En la columna de al lado, la de lo que se entrega a cambio, se quedó con la pluma parada un rato. Después puso una raya corta, la que se pone cuando no hay cifra, y cerró el libro.