10. Inglés en la mesa
Inglés en la mesa
Los dos carros cruzaron el vado el lunes a las nueve, con los baúles y con el escritorio de don Anselmo atado de lado. Rosaura cruzó detrás a caballo, con el libro verde envuelto en un paño y metido en las alforjas.
La despedida había sido corta porque las dos lo quisieron corto.
Su madre le apretó el brazo en el zaguán y le dijo que mandara recado el jueves. Fidencio cargó él mismo el baúl grande y comprobó dos veces la cincha del caballo, que estaba bien. Las mujeres de la cocina salieron al corredor y se quedaron allí hasta que el primer carro pasó el linde.
Nadie lloró. En una casa que está a media legua no se llora.
—El jueves mando a un muchacho con las cuentas de la semana —dijo Rosaura.
—El jueves —dijo Fidencio.
El agua estaba baja y fría. Las mulas la pasaron sin mojarse más que las cuartillas.
Del otro lado el camino sube derecho hasta la casa de madera, sin cuesta ni cerros de por medio, y desde abajo se ve entera.
Dos pisos, tejado de tabla, la veleta y un porche corrido que da al río.
Se ve también todo lo que hay detrás: el corral de las mulas, la troje nueva y una casa chica donde duermen los peones.
En el porche había cuatro personas esperando.
Prudence Ward bajó los escalones y le dio la mano. Detrás iban dos mujeres con delantal blanco, y detrás Elias.
—Welcome —dijo Prudence.
—Gracias.
—Le he preparado el de arriba, el que da al norte. Es el que tiene mejor luz.
Entraron. El zaguán olía a madera y a cera de muebles, no a adobe, y ese olor fue la primera cosa que Rosaura no supo cómo colocar.
Prudence le enseñó la casa antes de nada, empezando por abajo y acabando arriba, y se la enseñó como se enseña un inventario.
La sala, con el piano. El comedor, con la mesa de nogal y el aparador donde estaban los libros de cuentas en tres tomos, de pie, por años.
La despensa, con las estanterías rotuladas a lápiz.
La cocina, que tenía fogón de hierro y no de leña abierta, y una bomba de agua dentro, que Rosaura no había visto nunca dentro de una casa.
El despacho de Elias, que era un cuarto pequeño con una mesa y nada en las paredes.
—Aquí no entra nadie a limpiar sin que él lo pida —dijo Prudence.
—¿Ni usted?
—Yo menos que nadie.
De esa casa comían diez personas. Las dos mujeres del servicio, el cocinero no, que venía por días, cuatro peones en la casa chica, un mozo de mulas y los tres de la familia. Diez.
Rosaura hizo la cuenta sin querer, mientras subían, y después hizo la otra, que era ciento cuatro familias contando a los viejos y a los que todavía no andaban. Las dos cuentas eran de cosas distintas y no se podían restar, y le salieron igual.
Arriba había tres cuartos. El de Prudence, el que iba a ser de ellos y uno cerrado con llave que no le enseñó y del que no dijo nada.
Subieron los baúles dos peones. El escritorio de su padre no cabía por la escalera, y estuvieron veinte minutos con él, y al final lo dejaron en la sala, al lado del piano.
—Ahí no puede quedarse —dijo Prudence.
—Es de mi padre.
—Ya lo veo. Pero esa pared es la del piano y el piano no se mueve.
—El piano lleva dos años cerrado.
Prudence la miró un segundo más de lo cortés.
—Lo bajamos a la troje y se busca sitio la semana que viene —dijo Elias.
Lo dijo desde la puerta, sin entrar del todo, y ninguna de las dos le contestó. El escritorio se quedó donde estaba hasta la noche y a la noche lo bajaron a la troje.
Las dos muchachas que había mandado su madre llegaron a media mañana, en la carreta chica, con sus hatillos. Eran las pequeñas de los Lucero, de dieciséis y de diecisiete años, y venían asustadas y contentas. Rosaura las conocía desde que nacieron.
La mayor, que se llamaba Perfecta, se puso enseguida a deshacer el baúl de la ropa y a preguntarle dónde quería cada cosa. La pequeña se quedó en la puerta de la cocina mirando la bomba de agua sin atreverse a tocarla. Una de las criadas le dijo, en español, que se lavara las manos antes de entrar.
A la una ya no estaban.
Se lo dijo Elias en el porche, con la cara de un hombre que trae un recado que no es suyo.
—Mi madre las ha mandado de vuelta.
—¿Por qué?
—Dice que ya hay dos mujeres en la casa y que tres son estorbo.
—Son cuatro las que hay contando las de fuera, y en esta casa entra menos gente que en la mía.
—Dice también que no le gusta el servicio que no ha puesto ella.
Rosaura se quedó mirando el río.
—¿Y usted qué dice?
Elias tardó.
—Que la casa la lleva mi madre desde el setenta y siete.
Encontró a Prudence en la despensa, contando frascos, con un lápiz detrás de la oreja.
—Las muchachas de los Lucero se han ido sin cobrar la semana.
—No han trabajado una semana.
—Han venido desde el otro lado del río con su ropa.
—Y han vuelto con ella. —Prudence anotó una cifra en el papel—.
Señora Ward, le explico cómo funciona esta casa y después no volvemos a hablar de esto.
Aquí se trabaja por jornal escrito y se paga los sábados.
Las dos que hay llevan conmigo dos años, saben lo que tienen que hacer y no hay que decírselo dos veces.
Si usted mete a dos niñas que no saben servir una mesa, alguien tiene que enseñarles, y esa alguien soy yo, y yo tengo sesenta años y los libros de una casa de acarreo.
—Esas niñas saben trabajar.
—Sabrán trabajar. No saben servir. No es lo mismo y usted lo sabe igual que yo.
Rosaura no le discutió eso, porque era verdad, y porque discutir una verdad para tapar lo que duele es el modo más rápido de perder.
—La próxima vez me lo dice a mí primero.
—La próxima vez se lo digo a usted primero —contestó Prudence, y volvió a sus frascos.
Esa tarde cruzó el vado otra vez, sola, y llegó a la casa de los Lucero cuando ya estaba oscureciendo.
Aniceto salió al camino. Detrás, en la puerta, estaban las dos muchachas, ya con la ropa de diario.
—Patrona.
—Vengo a pagar la semana.
—No han hecho la semana.
—Han hecho el viaje. —Rosaura le puso en la mano cuatro pesos, que eran cuatro de los veintisiete que le quedaban—. Y no ha sido cosa de ellas.
Aniceto miró las monedas y no las cerró en la mano enseguida.
—Patrona, con todo respeto. ¿Nos va a hacer falta preguntar, de ahora en adelante, quién manda en aquella casa antes de mandarle a usted a nadie?
—No.
—Es que allí han dicho que las mandaba la señora vieja.
—Se lo digo otra vez. No.
Al final del recorrido, Prudence se sacó del bolsillo el llavero, lo miró un momento y se lo volvió a guardar.
—Las llaves las llevo yo —dijo—. Si necesita algo de la despensa, me lo pide y se lo doy.
—Está bien.
—No lo diga así. Dígalo cuando le parezca bien de verdad.
—Entonces no lo digo.
—Mejor.
Volvió de noche. En el vado el caballo se paró a beber y ella lo dejó, porque no tenía ninguna prisa por llegar.
Comieron a las seis.
La mesa era larga y estrecha, de nogal, con mantel blanco y cuatro sitios puestos aunque eran tres. Sopa, carne asada, pan de trigo. La comida era buena y era comida de otra parte.
Una de las mujeres le acercó la fuente por la izquierda y Rosaura le dio las gracias en español, porque se dan las gracias en la lengua en que se piensa.
—In this house we speak English at the table —dijo Prudence.
Rosaura dejó la cuchara.
Lo primero que le vino a la cabeza fue contestarle en inglés, que le salía bien, con las erres irlandesas que le venían del padre de su madre, un tal Lynch que llegó al valle con un carro y se quedó, y decirle que hablaba inglés desde antes de saber coser.
Lo segundo fue que decir eso era aceptar la regla y presumir de cumplirla, y que entonces la regla quedaba puesta para siempre y encima con su firma.
—¿Y con las mujeres que sirven? —preguntó, en inglés.
—También.
—Esas dos mujeres son de Las Vegas y hablan las dos lenguas. Si yo le hablo a una de ellas en español y ella me contesta en español, nadie de esta mesa se queda fuera.
—La regla no es por si alguien se queda fuera. La regla es que en mi mesa se habla inglés.
—Su mesa.
—Mi mesa.
Elias no levantó la vista del plato, y eso fue lo que Rosaura se llevó de aquella cena y no lo demás.
Ella pensó que no era cobardía. Era un hombre de treinta y tres años sentado entre las dos únicas personas del mundo a las que les debe algo, y que no sabe hacer las cuentas de eso porque no vienen en ninguna columna.
—El acarreo del invierno —dijo Prudence, al cabo de un rato, en inglés—. Su marido tiene tres contratos y dos van a Fort Union. Quiero saber si su casa va a mandar lana en enero o en febrero.
—En febrero. En enero no se puede subir a la mesa.
—Febrero entonces. ¿Cuántas arrobas?
—Ciento ochenta o doscientas. Depende de lo que aguanten los de arriba.
—Doscientas. Lo apunto y si son menos, mejor. —Prudence dejó el tenedor—. Es la primera cifra razonable que oigo de esa casa en cuatro años.
—Tampoco ha preguntado usted antes.
—No tenía por qué.
Prudence dobló la servilleta y la dejó al lado del plato.
—¿Quién lleva los asientos de esa casa?
—Yo. Desde marzo del setenta y siete.
—¿En un libro o en papeles sueltos?
—En un libro.
—¿Con columnas?
—Con las columnas que hacen falta.
—Eso no es una contestación.
—Es la que le doy hoy —dijo Rosaura.
Prudence estuvo un momento callada y después hizo con la boca una cosa muy corta que en otra mujer habría sido una sonrisa.
Ella tampoco dijo nada más. Terminó la sopa, contestó dos preguntas sobre la parición y pidió permiso para levantarse.
Elias salió detrás de ella al porche.
Se quedaron los dos de pie, mirando el río, que a esa hora no se ve y se oye.
—Mañana le busco una mesa —dijo él.
—No he pedido una mesa.
—La va a necesitar.
—Lo que necesito es saber si en esta casa lo que yo diga vale algo o no vale nada.
Elias se agarró a la barandilla y se quedó así.
—Mi madre llegó aquí en el setenta y seis, viuda, con lo puesto, a una casa de un hijo que no había visto en ocho años —dijo—. Levantó esto. Yo estaba de camino a Kansas nueve meses al año.
—Eso no contesta lo que le he preguntado.
—No.
—¿Y la contestación?
—La contestación es que lo suyo vale. —Soltó la barandilla—. Pero se lo tiene que decir usted a ella, porque si se lo digo yo, usted no manda, mando yo.
Rosaura se quedó con eso. No le gustó y tampoco pudo decir que fuera mentira.
Aquella noche, antes de subir, se acordó de que no había mandado recado a la casa grande. El jueves estaba a dos días. Se lo apuntó en la última hoja del cuaderno de la esquila, con la fecha, porque las cosas que se apuntan se hacen y las que se recuerdan no.
Antes de subir pasó por la sala. El piano seguía cerrado. Le levantó la tapa del teclado y vio que estaba limpio por dentro, sin una mota de polvo entre las teclas, y eso quería decir que alguien lo limpiaba todas las semanas sin abrirlo nunca.
El cuarto de arriba era grande y tenía dos ventanas. Por una de las dos se veía, cruzando el río, la mancha oscura de la mesa colorada y una luz pequeña que era la casa grande.
Había una cama.
Era ancha, de hierro, con colchón de lana buena y dos almohadas, y estaba hecha con sábanas nuevas que olían a jabón y a plancha caliente.
La pared del fondo no era pared. Era un tabique de tabla machihembrada, pintado, de los que se levantan cuando se divide un cuarto grande en dos. Detrás de ese tabique estaba el cuarto de Prudence Ward.
Rosaura lo supo antes de que nadie se lo dijera, porque al dejar el baúl en el suelo se oyó al otro lado una silla que se arrastraba.
Se estuvo quieta a propósito, para comprobarlo.
Oyó la silla otra vez. Oyó un cajón. Oyó a Prudence Ward soplar la vela, y después oyó el colchón, y después nada durante un rato largo, y después una tos corta de las que se tapan con la mano.
Todo eso se oía. Lo que se oyera de este lado se iba a oír igual.
La vela de la cómoda la habían puesto nueva y era de esperma, no de sebo. Ardía sin humo y sin olor, y daba una luz blanca y quieta que Rosaura no había tenido nunca para escribir.
Deshizo el baúl chico ella sola, que era el de los papeles.
La copia del pergamino, la hoja con la nota de las ocho palabras, los recibos del año, el cuaderno de la esquila y el libro verde.
En la casa grande todo aquello vivía encima del escritorio, abierto, con el tintero al lado.
Cualquiera que entrase en la sala lo veía y sabía que allí alguien llevaba unas cuentas.
Aquí no había mesa.
Miró el cuarto. Había una cama, una cómoda, una silla, una jofaina y un armario. Sitio para poner ropa, todo el que quisiera. Sitio para abrir un libro de asientos y escribir de pie o sentada, ninguno.
Dejó los papeles dentro del baúl, cerró la tapa y puso el libro verde encima, envuelto en su paño.
Se sentó en el borde de la cama y contó lo que había en aquel cuarto que fuera suyo.
El libro verde, los dos baúles y el peine de plata de su abuela. Tres cosas.