11. Hablar de ganado
Hablar de ganado
Elias se quedó abajo hasta las diez, en el despacho, con la lámpara encendida y el contrato de Fort Union delante, y no leyó una línea en hora y media.
El contrato era de ciento veinte mil libras de harina y grano de Las Vegas a Fort Union entre noviembre y marzo, a ochenta y cinco centavos las cien libras y las cien millas.
Le daba, quitando mulas, forraje, herraje y hombres, unos trescientos dólares limpios si el invierno no cerraba el paso más de dos semanas.
Si lo cerraba tres, se quedaba en ciento treinta.
Si lo cerraba un mes, perdía y seguía pagando jornales.
Eso lo sabía sin la lámpara encendida.
La casa se fue apagando por partes. Primero la cocina. Después el comedor. A las nueve y media oyó a su madre subir, que sube despacio y se para en el cuarto escalón, y oyó la puerta de su cuarto.
Después ya no se oyó nada, y eso era lo malo.
Aquella casa la había levantado él en el setenta y siete con dinero de acarreo, y la había levantado de tabla porque la tabla se pone en tres meses y el adobe tarda un año.
La tabla tiene una cosa. Se oye todo. Un pino de doce pulgadas cepillado y machihembrado cuesta lo que cuesta y suena como una caja.
Aquella tarde, cuando bajaron el escritorio a la troje, lo había mirado mientras los peones lo dejaban en el suelo del almacén.
Era de pino pintado de oscuro, con dos cajones y la tapa gastada en el sitio donde se apoya el brazo. No valía quince dólares. En una subasta de Las Vegas, con suerte, siete. Encima de aquella tapa, durante veinte años, un hombre había firmado todo lo que perdió.
Subió a las diez y cuarto.
Ella estaba sentada en el borde de la cama, vestida, con las manos en las rodillas. Se había quitado los zapatos y nada más. Encima del baúl, dentro de su paño, estaba el libro.
—Señor Ward.
—Señorita.
Se dio cuenta al decirlo y no supo arreglarlo, y ella no lo arregló tampoco.
En el cuarto había una silla, y en la silla una manta doblada, de las de lana cruda del país, que venía de su casa y que alguien había subido con los baúles.
La vela estaba encendida en la cómoda y quedaba poco pábilo. Por la ventana del oeste no se veía nada. Por la del norte, cruzando el río, había una luz pequeña que seguía encendida a aquella hora. Era la cocina de la casa grande.
Ella miró un momento hacia allí y después dejó de mirar.
Elias cogió la manta.
Corrió la silla hacia la ventana y se quitó las botas. Echó la manta doblada en dos en el suelo, junto a la pared de fuera, y se tumbó encima con la chaqueta hecha un rollo debajo de la cabeza.
Ella no dijo nada. Él tampoco.
Al otro lado del tabique, su madre movió una vez el colchón.
—Un carnero de cría bueno vale dieciocho dólares —dijo Elias.
Lo dijo en voz alta. No gritando. En el tono en que se habla en una cocina con la puerta abierta.
Se hizo un silencio de dos o tres respiraciones.
—Dieciocho —repitió—. Un merino de Vermont, en Las Vegas, puesto.
El año pasado costaba veintidós y el que viene va a costar quince, porque están entrando muchos.
Lo que pasa es que el merino aquí aguanta mal el invierno y hay que encerrarlo.
El churro no hay que encerrarlo y da la mitad de lana y peor.
Así que uno cruza, y a la tercera cruza tiene un animal que ni aguanta como el churro ni da como el merino, y entonces vuelve a empezar.
Desde la cama no llegó ninguna respuesta.
Elias siguió.
Habló del precio de la lana en Filadelfia y de por qué en Las Vegas se paga siempre tres centavos menos.
Esos tres centavos son el flete, el riesgo y la cara del que compra.
Habló de lo que come una oveja al día en invierno, cuando no hay pasto y hay que echarle heno, que son dos libras y media.
Habló de lo que cuesta el heno en enero, que es el doble que en septiembre porque en enero ya no lo hay.
Habló de un hombre de Mora que en el setenta y tres compró cuatrocientas cabezas a crédito, las perdió en la nevada de febrero y estuvo nueve años pagando animales muertos.
Cuando llevaba media hora, oyó que el colchón se movía y que ella se tumbaba.
No se destapó. Se tumbó encima de la colcha, vestida. Eso lo supo por el ruido.
—¿Por qué hace usted esto?
Lo preguntó desde la cama, a oscuras, sin levantar la voz.
Elias se quedó mirando el techo, que no se veía.
—Un buey de tiro de cuatro años vale cuarenta y cinco dólares —dijo—. Una mula buena, setenta. Por eso aquí se carretea con mulas y en Misuri con bueyes.
No hubo más preguntas.
—El acarreo —dijo Elias— se paga por cien libras y por cien millas. Yo empecé con quince años llevando lana de aquí a Kansas City. Ochocientas millas. Cuatro meses de ida y vuelta si no llueve.
—¿Con quince años?
Fue la primera cosa que dijo ella en toda la noche.
—Con quince.
—¿Solo?
—Con un carro y con mi tío, que bebía. A los dieciocho llevaba yo el carro y él iba detrás.
Se calló un momento, por si ella preguntaba otra cosa, y como no preguntó, siguió con lo del flete.
Explicó cómo se calcula lo que cuesta cada milla contando la mula, el forraje, el herraje y el hombre. Explicó que el que gana dinero en el acarreo no es el que lleva la carga sino el que tiene el almacén donde la carga espera. Explicó por qué compró la troje antes que la casa.
Habló del partido, que es la cosa que no entienden los de fuera.
Dijo que un hombre presta trescientas cabezas y al cabo de cuatro años le devuelven trescientas.
Y que si en esos cuatro años ha cobrado el veinte por ciento de la cría, ha ganado sin trabajar y sin arriesgar más que el primer día.
Dijo que por eso los de hato grande prestan y los de hato chico piden.
Al cabo de dos generaciones el que prestaba tiene el valle y el que pedía tiene una deuda.
Dijo también, igual de llano, que en la casa de ella aquello estaba montado al revés de como se monta cuando se quiere ganar dinero. Los plazos eran largos, los atrasos se perdonaban y el veinte por ciento se cobraba en lana y no en cabezas, que es la mitad.
—Eso no da beneficio —dijo—. Eso sostiene gente.
A la una la oyó respirar de otra manera.
Bajó un poco la voz y no la bajó del todo, porque lo que llenaba el silencio no era lo que decía, era que se oyera a alguien hablando.
—¿Su madre ha puesto ella el tabique? —preguntó Rosaura.
—Lo puso el carpintero en el setenta y siete. Arriba había dos cuartos grandes y ella quiso tres.
—¿Y usted dónde dormía antes?
—En el del este, el que ahora es de ella.
—¿Y se cambió?
—Me cambié en septiembre.
Hubo un silencio.
—Cuando se acordó la boda —dijo ella.
—Cuando se acordó la boda.
A las dos, su madre tosió al otro lado del tabique. Fue una tos corta y despierta.
Elias siguió hablando de precios. Del cuero, que se paga por libra y no por pieza. De la sal, que sube en primavera. De lo que vale un buen perro de pastor, que no vale nada porque nadie los vende, y de por qué el que tiene uno bueno no lo presta ni por dinero.
—¿Cuánto pagó usted por el pagaré? —dijo ella, de pronto.
Elias tardó en contestar y contestó la verdad, porque era una cifra y las cifras se dicen.
—Tres mil doscientos.
—El nominal.
—El nominal.
—Nadie paga el nominal por un papel de una casa que no puede pagar.
—Ya.
—Eso no contesta nada.
—La lana basta este año se paga a once centavos —dijo Elias—. En el setenta y siete se pagó a dieciocho.
Ella no volvió a preguntar aquella noche y él supo, por cómo se quedó el silencio después, que no se lo había creído y que lo había dejado estar, que son dos cosas distintas.
Hacia las tres se quedó él callado sin darse cuenta, y en el silencio ella se movió.
Volvió a empezar.
Contó lo de la ventisca del setenta y cinco sin decir que era la ventisca del setenta y cinco. Dijo que el que se hiela no siente los pies como si le doliera nada, y que ese es el problema. Y que la grasa de oveja caliente con brea es mejor que cualquier cosa que venda una botica.
—El veinte por ciento en lana no es la mitad —dijo ella, con la voz de alguien que lleva un rato despierto y callado—. Es el sesenta.
—¿El sesenta?
—Una cabeza de cría vale dos pesos y medio. La lana de esa cabeza en un año vale medio peso. Si cobro en lana, cobro menos en dinero. Pero el animal se queda en el hato del partidario y al cuarto año me devuelve trescientas en vez de doscientas cuarenta, porque no ha tenido que vender para pagarme.
Elias se quedó callado el tiempo que tardó en hacer la cuenta.
—Eso es verdad —dijo.
—Ya lo sé que es verdad.
—Nunca lo había oído contar así.
—Porque nunca se lo ha contado nadie que críe a partido en tierra de merced. Se lo cuentan los que compran.
Del otro lado de la cama no llegó ningún ruido.
Hacia las cuatro habló de la tierra, que era de lo que no había hablado en toda la noche.
Dijo que un hombre que compra tierra en este territorio compra dos cosas al mismo tiempo, el papel y la gente, y que el papel se paga una vez y la gente se paga todos los años y para siempre.
Dijo que él había visto tres mercedes medidas por agrimensores con cadena y que en las tres el dibujo final era más pequeño que lo que la gente de allí llevaba pastando desde siempre.
De su propio trabajo en aquello no dijo nada. Dijo lo que había visto y no dijo dónde estaba él mientras lo veía.
A las cuatro y media empezó a aclarar por la ventana del este.
Elias se quedó callado un rato largo y nadie se movió. Después dijo, en voz normal, lo último que dijo aquella noche.
—El heno de este año lo tengo comprado desde agosto. Ochenta toneladas. Si el invierno viene malo, de esa cantidad le sobra a esta casa la mitad.
Esperó.
—Y lo que sobre está en la troje, y la troje está a dos millas del corral de esquila de la merced.
Ella no contestó. Estaba dormida o no lo estaba, y de las dos maneras la contestación era la misma.
A las cinco menos cuarto Elias se levantó del suelo.
Le dolía la cadera derecha, como le pasa a un hombre de treinta y tres cuando duerme dos horas sobre tabla.
Con la primera luz se veía el cuarto entero. La cómoda, de roble, catorce dólares en Las Vegas. El armario, de la misma partida. La jofaina y el jarro, de loza inglesa, que los compró su madre. La cama de hierro, treinta y uno con el colchón.
Encima del baúl, envuelto en un paño, seguía el libro de asientos de la merced de Mesa Colorada, que no costaba nada y que era lo único de aquel cuarto que no se podía comprar.
Cogió la manta, la sacudió con las dos manos junto a la ventana, la dobló en cuatro por los pliegues que traía y la dejó encima de la silla.
Después cogió las botas y salió del cuarto en calcetines, cerrando la puerta despacio.
Antes de salir se paró un momento en el pasillo, delante de la puerta del cuarto cerrado con llave. Allí están las cosas que trajo su madre de Ohio y que no caben en ninguna parte. La llave la tiene ella. Él nunca se la ha pedido.
Se lavó abajo, en la cocina, con el agua de la bomba, que a esa hora sale de la tierra más caliente que el aire del cuarto.
En la despensa, colgadas de la viga, había catorce ristras de chile que habían llegado de Las Vegas en octubre y que costaron tres dólares con veinte, y a él se le ocurrió, mientras se secaba las manos, que en la casa de enfrente el chile no se compra porque lo siembran en la vega y lo secan en el corredor.
Salió a los corrales a las cinco y media y estuvo con el mozo de las mulas hasta las siete, que fue cuando el cocinero llegó por el camino del río con el burro.
El mozo se llamaba Onésimo y llevaba con él desde el setenta y seis. Estaba con la castaña, que venía coja de la cuartilla desde el jueves.
—Es el casco, no la pata —dijo Elias.
—Eso digo yo.
—Pues déjala tres días y no la hierres.
Estuvieron con eso hasta las siete. Elias limpió él mismo la cuartilla y sintió el frío del agua del cubo hasta los codos, y le vino bien.
A las siete y media entró a desayunar.
Su madre ya estaba en la mesa, con el café servido y los tres tomos de los libros al lado, porque los lunes cuadraba la semana anterior.
Le dio los buenos días en inglés. Le preguntó por el contrato de Fort Union.
Le dijo que el cocinero había traído huevos y que había que decirle que no trajera tantos.
—Las mujeres han subido a hacer el cuarto de arriba —dijo Prudence, con el lápiz en la mano y la vista en la columna.
—Está bien.
—Han bajado las sábanas.
—Está bien.
Prudence sumó una columna entera antes de volver a hablar.
—El sábado viene el pastor presbiteriano de Las Vegas y se queda a comer. Se lo digo con tiempo por si su mujer prefiere comer en la cocina.
—Mi mujer come en la mesa.
—Eso he dicho yo, que se lo digo con tiempo.
No le preguntó nada más y no lo miró de otra manera.
Cuando terminó el café, Elias se levantó para ir a coger el sombrero al perchero del zaguán.
En el zaguán, encima de la silla que hay al lado del perchero, estaba la manta de lana cruda.
Doblada en tres, no en cuatro.