La deuda de Mesa 12. Cuarenta años oyéndolo
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12. Cuarenta años oyéndolo

Cuarenta años oyéndolo

Contaron el hato de la casa el primer lunes de diciembre, en el corral de abajo, pasándolo por el portillo de tres en tres.

Rosaura contaba en el libro y Refugio Tafoya contaba con piedras en el bolsillo, que era como lo hacía su padre, y al final se comparaban las dos cuentas.

—Mil ciento cuarenta —dijo ella.

—Mil ciento cuarenta y una.

—Vuelve a contar las tuyas.

Refugio sacó las piedras, las puso en el pretil y las fue pasando. Le salieron mil ciento cuarenta.

—Se me había caído una.

En mayo eran mil doscientas. Habían muerto treinta y una entre el verano y el otoño, se habían vendido veinte y se habían comido nueve entre la boda y las fiestas. Las cuentas cuadraban, y cuadrar no era lo mismo que estar bien.

El agostadero de arriba daba para dos mil quinientas y ella tenía que invernar tres mil cuatrocientas contando las de los partidos que pastaban en común.

Novecientas de más, y eso lo sabía desde junio, y desde junio lo había ido pasando de semana en semana como se pasa por encima de un asiento que no se quiere leer.

Los partidarios habían ido pasando por el corral toda la mañana con el parte de cada hato, como se hace todos los diciembres.

Eusebio Madrid traía las suyas bien y lo dijo en cuatro palabras.

Aniceto Lucero traía ciento noventa y dos de las trescientas, y las traía flacas, y se le notaba en la manera de quitarse el sombrero antes de empezar.

Los de arriba, los de la mesa de San Antonio, habían perdido catorce en una tormenta de octubre y traían los cueros para probarlo, que nadie se los había pedido.

Rosaura apuntó los tres partes y no le dijo nada a ninguno de los tres, porque en diciembre solo se apunta.

El invernadero del pie de la mesa era la única salida.

Son unas mil hectáreas al abrigo de la ceja, por donde el aire no baja y la nieve cuaja menos, con agua del ojo de los álamos que no se hiela nunca del todo. Allí caben novecientas cabezas sin tocar el heno hasta febrero.

Lo había visto tres veces en su vida y siempre en verano, cuando aquello es un secarral con álamos.

Fueron el martes, con Refugio y con dos muchachos, a ver cómo estaba el pasto.

Hacía frío de verdad por primera vez aquel año.

El camino de la ceja estaba con escarcha en las vaguadas y el caballo iba buscando el paso.

Tardaron dos horas y media en lugar de dos, porque a la yegua nueva hubo que llevarla del ronzal en el tramo de la piedra suelta.

Rosaura subió los últimos doscientos pasos a pie, con las riendas en una mano y la falda en la otra, y llegó arriba con las botas mojadas por dentro.

Cuando llegaron al filo y se asomaron, se veía el valle con la niebla baja metida en el río, y abajo, en el abrigo, cuatro humos.

Cuatro, no uno.

—Están todos —dijo Refugio.

—¿Todos quiénes?

—Los de Casimiro. Bajan cuando se echa el tiempo, patrona. Siempre.

—En junio estaban en el ojo de agua.

—En junio bajan tres jacales por el agua y se vuelven a subir con las primeras aguas. En noviembre bajan enteros y se están hasta marzo. —Refugio se remetió la bufanda—. Lo de junio es por beber. Lo de ahora es por vivir.

Rosaura no apartó la vista de los cuatro humos.

—¿Cuánta gente?

—Treinta y tantos, con los chicos.

—¿Y ganado?

—Caballos. Ocho o nueve, y flacos. No tienen ovejas ni las han tenido nunca. Este año más, porque ha venido el hermano con los suyos.

—Nunca me lo había dicho nadie.

—Nunca ha preguntado usted en diciembre.

Bajaron.

El sendero del abrigo baja en dos vueltas y está hecho de hace mucho, con las piedras grandes apartadas a los lados, que es cosa que no hace la lluvia.

Los perros los oyeron antes de que llegaran y salieron a media ladera, cuatro, ladrando sin acercarse. Alguien los llamó desde abajo y volvieron.

El campamento estaba puesto en dos filas al abrigo de un talud, con los jacales bien cerrados de ramaje y tierra, dos corrales de ramas con caballos flacos y una zanja abierta para el agua.

Había ropa tendida. Había carne secándose en varas.

Se veía que aquello llevaba puesto un mes y que se iba a quedar cuatro.

Un hombre joven salió a recibirlos y se quedó a tres pasos, sin hablar, hasta que Casimiro lo llamó desde el fondo con dos palabras. Entonces se apartó y volvió al trabajo suyo, que era abrir una zanja corta desde la zanja grande hacia el segundo jacal.

Casimiro estaba descarnando un cuero de venado, sentado en un tronco, con el cuchillo corto. No se levantó. Dejó el cuchillo encima del cuero, como hacía siempre.

—Patrona.

—Casimiro.

—¿Viene por la sal?

—La sal se la mandé en agosto.

—Llegó. Los cueros están ahí y son doce, y esperaba que viniera alguien a por ellos en septiembre.

—No mandé a nadie. Lo siento.

—No lo sienta. Están mejor aquí que en su troje.

Uno de los muchachos se rió y Refugio lo calló con la mirada.

Detrás del segundo jacal había tres mujeres trabajando en una piel grande extendida en el suelo, y un poco más allá cuatro o cinco criaturas de todas las edades mirando los caballos. Una de las mujeres le dijo algo a otra en su lengua y las dos siguieron raspando.

—Ha venido mi hermano con los suyos —dijo Casimiro, sin que se lo preguntara—. Son nueve más este año.

—¿De dónde vienen?

—Del norte. Allí les pusieron alambre en septiembre.

—Una cosa le pido —dijo Casimiro—. El rodeo de marzo que lo hagan por el lado del arroyo y no por aquí. El año pasado bajaron los de la merced con los perros sueltos y se nos fueron dos caballos dos días.

—Eso se hace.

—Y que avisen. Fidencio avisa. Los otros no.

—Fidencio ya no está en el rodeo de marzo, está en la esquila. Aviso yo.

—Pues avise usted.

Rosaura se bajó del caballo.

—Casimiro, voy a hablarle claro. Tengo novecientas cabezas que no caben arriba y tengo que meterlas aquí en enero.

Casimiro volvió a coger el cuchillo y siguió pasándolo por el cuero, a favor del pelo, sin prisa.

—Aquí no caben las ovejas y nosotros.

—Ya lo veo.

—Las ovejas se comen la hierba corta y la arrancan de raíz.

Donde pasan mil ovejas no hay conejo, ni hay venado, ni hay nada que baje a beber.

—Lo dijo sin levantar la voz y sin mirarla—.

En el setenta y uno metieron aquí las de su padre y estuvimos dos inviernos yéndonos al Cañón del Oso, que es peor, y se nos murieron dos criaturas el segundo.

—Eso no lo sabía.

—No.

—¿Se lo dijeron a mi padre?

—Se lo dijo mi padre a él, en el segundo invierno, con el niño todavía sin enterrar. Su padre le dio dos vacas.

—¿Y su padre las cogió?

—Las cogió. Teníamos hambre y él tenía vacas. —Casimiro se encogió de hombros una sola vez—. Eso no arregla nada y tampoco lo estropea. Es lo que pasó.

Rosaura se quedó donde estaba, con las riendas en la mano.

—Hay sitio en el cañón de arriba —dijo—. Es más estrecho, pero hay agua.

—Hay agua tres meses.

—Puedo mandarles heno.

—Nosotros no tenemos animales que coman heno.

—Puedo mandarles harina y sal para el invierno, y carne si hace falta, hasta marzo.

Casimiro dejó el cuchillo otra vez.

Se limpió las manos en los muslos y la miró por primera vez desde que había llegado, y lo que tenía en la cara no era rabia ni era paciencia. Era la cara de un hombre al que le están diciendo una cosa que ya ha oído.

—Yo tengo sesenta y un años —dijo—. Nací aquí abajo, en el mes de las cabras. Llevo cuarenta años oyendo a los Otero decir que esto es suyo.

Lo dijo igual que había dicho lo del venado.

—Su bisabuelo lo decía y nos compraba los cueros. Su abuelo lo decía y nos dejaba el agua. Su padre lo decía también, y nos mandó al Cañón del Oso dos inviernos, y luego trajo al cura para que nos bautizara a los niños y nos devolvió el sitio. Usted lo dice y me ofrece harina.

—Yo no he dicho que esto sea mío.

—Ha dicho que tiene que meter aquí novecientas cabezas en enero. Es la misma cosa dicha de otra manera.

Rosaura abrió la boca para contestar.

Le vinieron tres cosas a la cabeza, una detrás de otra, y las tres eran verdad.

Que el pergamino de mil setecientos sesenta y dos ponía el ojo de agua como lindero del oriente.

Que ella no había echado a nadie de ninguna parte en su vida.

Que si no metía las novecientas en algún sitio, en marzo habría ciento cuatro familias con menos.

Las tres se le quedaron en la boca porque ninguna de las tres contestaba a lo que aquel hombre había dicho.

No contestó.

Se quedó allí de pie un rato, delante del cuero medio descarnado, y después le dijo que mandaría a un muchacho a por los doce cueros el sábado, y Casimiro dijo que bueno.

Antes de montar, Casimiro le dijo una última cosa, y la dijo mirando el cuero.

—Los Lucero tienen las borregas en el llano de abajo y las dejan solas de noche desde el verano. Por eso se le mueren. No es la parición.

—¿Y usted cómo lo sabe?

—Porque las oigo. Están a media legua y las oigo todas las noches.

Subieron por el camino del arroyo sin hablar. A mitad de la cuesta, Refugio se puso a su altura.

—Patrona.

—No.

—Yo no he dicho nada.

—Iba a decir que su padre los echó y no se hundió el mundo.

Refugio se quedó callado dos pasos.

—Iba a decir eso —admitió.

—Pues ya me lo ha dicho.

Elias llegó el jueves por la noche, de Las Vegas, con el contrato firmado y con las manos frías.

Cenaron los tres. Después, en el zaguán, mientras él se quitaba el abrigo, se lo dijo ella misma antes de que se lo contara otro.

—He estado en el pie de la mesa. Están los de Casimiro con cuatro jacales y treinta y tantas personas.

—Lo sé. Bajan en noviembre.

—¿Usted lo sabía?

—Desde el setenta y cinco.

Rosaura se paró agarrada al pasamanos de la escalera.

—Tengo novecientas cabezas que no caben arriba.

Elias colgó el abrigo. Tardó en contestar lo que tarda un hombre en decidir si dice una cosa o se calla.

—En la troje hay ochenta toneladas de heno y me sobra la mitad.

—Ya me lo dijo.

—Se lo digo otra vez y no se lo vuelvo a decir.

—Gracias.

—Eso no es un sí.

—No —dijo ella—. No lo es.

Él asintió una vez y se fue a su despacho, y no se habló más del asunto en aquella casa.

Aquella tarde Rosaura mandó recado a Bergmann y a la tienda de Moore ofreciendo trescientas cabezas de vientre para entrega inmediata. Diciembre es el peor mes del año para vender ganado de cría. Todo el mundo sabe que el que vende en diciembre vende porque no tiene con qué darles de comer.

Contestó la tienda de Moore que no compraba ganado. Contestó Bergmann el viernes, en persona, en el porche de aquella casa, con el sombrero en las manos y mirando el río.

—Dos pesos por cabeza.

—Dos y cuarto.

—Dos. Y se las llevo yo el lunes, que es lo que le hace falta a usted.

—Dos y cuarto y se las lleva el lunes.

—Señora Ward. —Bergmann se puso el sombrero—. Su marido tiene heno en aquella troje para dar de comer a esas trescientas hasta abril, y todo el valle lo sabe, y usted está aquí regateándome veinticinco centavos.

—Dos y cuarto.

—Dos.

Aceptó los dos. Dos pesos por cabeza. En mayo habrían valido dos y medio.

Seiscientos pesos por trescientas cabezas, y con eso el hato que quedaba cabía arriba, y el invernadero del pie de la mesa no hacía falta hasta el año siguiente.

El sábado mandó al muchacho de los Vigil a por los doce cueros y con él mandó media arroba de sal, que no le habían pedido.

El muchacho volvió al mediodía con los cueros en el carro y con un recado de dos frases que repitió palabra por palabra, porque se lo habían hecho repetir antes de salir.

—Dice Casimiro que la sal se la pagan en marzo y que él no ha pedido nada.

—Está bien.

—Y dice que el rodeo por el arroyo.

—Está bien.

Se las llevaron el lunes. Trescientas de vientre, contadas en el portillo de tres en tres, con Refugio poniendo piedras en el pretil y sin decir una palabra en toda la mañana.

Seiscientos pesos. Era la primera vez desde marzo del setenta y siete que la casa tenía tanto dinero junto.

De esos seiscientos, ciento veinte se fueron en la semana.

El jornal atrasado de dos meses de los muchachos de la esquila.

La compostura de la compuerta de la acequia, que llevaba desde septiembre con una tabla puesta.

Y una carga de harina para los Lucero, que ella apuntó como adelanto a cuenta del partido y que todo el mundo entendió como lo que era.

Los otros cuatrocientos ochenta los metió en una bolsa de lienzo dentro del baúl de los papeles.

Esa noche abrió el libro verde encima del baúl, de rodillas en el suelo, porque seguía sin tener mesa.

Apuntó la venta con la fecha, el precio y el nombre del comprador, como apuntaba siempre, y al lado, en el margen estrecho de la derecha, puso una cruz pequeña, que era la marca que usaba desde marzo del setenta y siete para las cosas que había tenido que hacer y que no habría hecho de poder elegir.

En tres años de libro había once cruces.

Apuntó el hato que quedaba, ochocientas cuarenta cabezas de la casa.

Apuntó los doce cueros recogidos el sábado y lo que le habían dado por ellos en Las Vegas.

Del campamento no apuntó nada. Seguía sin saber en qué columna se apunta eso.