13. Cómo se come una merced
Cómo se come una merced
La silla de Damián estaba en el pasillo, pegada a la puerta, y eso no se lo había dicho nadie pero lo sabía todo el mundo.
El despacho de Lucius Grady ocupaba el piso de arriba de un edificio de la calle San Francisco y tenía tres cuartos.
En el primero, dos mesas grandes con dos pasantes titulados.
En el segundo, el archivo. En el tercero, Grady.
El pasillo era el pasillo, y allí había una mesa estrecha arrimada a la pared, y sobre ella un tintero, una resma y la silla.
En esa silla llevaba sentado cinco meses.
Vivía en una pensión de la calle de atrás, en un cuarto interior con una ventana que daba a un patio, por seis dólares al mes con dos comidas.
El despacho le pagaba doce. Los doce daban para la pensión, para el lavado, para el barbero una vez al mes y para poco más, y si alguna vez pedía un libro a Kansas City, ese mes no había barbero.
De los doscientos pesos que le había dado doña Casilda Pino en julio quedaban, en enero, ciento diez.
Los otros noventa se habían ido en cosas que se podían nombrar de una en una.
El viaje, catorce. Los derechos de examen, veinticinco, que se pagan por adelantado y no se devuelven.
Tres tomos de Blackstone y un diccionario, cuarenta y uno.
Una levita decente, porque no se entra en un despacho de la calle San Francisco con la chaqueta de las fiestas, diez.
Damián llevaba esa cuenta en la última hoja de un cuaderno y la había repasado más veces de las que hacía falta.
Hollis, el pasante mayor, era de Illinois y llevaba nueve años en el territorio.
Tenía la costumbre de pronunciar su apellido con la erre suave y sin acentuar la a final.
Así, Aragón se le convertía en una palabra inglesa corta y sin dueño.
No lo hacía por faltar. Lo hacía porque era más cómodo, que es una cosa distinta y peor.
—Aragon. Traduzca esto y déjelo en mi mesa antes de comer. Y en la segunda hoja hay un nombre mal escrito, corríjalo.
—Sí, señor, antes de comer.
Lo que había que traducir era un requerimiento de comparecencia de una viuda de Tecolote a la que reclamaban ochenta dólares de una tienda.
Damián lo hizo en cuarenta minutos, lo copió en limpio, lo puso en la mesa de Hollis y volvió al pasillo.
Nadie le dijo nada y él tampoco esperaba que se lo dijeran, porque una traducción bien hecha no se nota y una mal hecha sí, y en cinco meses no había hecho ninguna mal.
El trabajo era copiar y traducir. Copiaba bien, con letra recta y sin florituras, y por eso le daban las copias que iban a ir a Washington.
Traducía mejor que nadie del despacho, y no por ser de allí, sino porque había pasado doce años oyendo al padre Isidro explicar cosas difíciles a gente que no sabía leer.
De las dos cosas, la que le daban más era la de traducir.
El martes llegaron los Maes.
Eran cinco, del Ojo del Cerro, una merced del norte de Las Vegas. Llegaron a las nueve y se quedaron de pie en el pasillo hasta las once, porque nadie les dijo que se sentaran. El mayor tendría setenta años. Traían una carpeta atada con una cinta y traían la ropa de ir a misa.
A las diez, uno de los nietos le preguntó a Damián si aquello iba a tardar mucho, porque habían dejado el carro en la posada y pagaban por día.
—No lo sé —dijo Damián.
—¿Usted es de aquí?
—Soy del valle alto.
—¿De qué casa?
—De Mesa Colorada. Mi padre es el mayordomo.
El muchacho asintió despacio, como quien coloca a alguien en un sitio y se queda tranquilo, y volvió con los suyos y les dijo algo en voz baja. Después de aquello lo miraron distinto, y Damián supo, sin querer saberlo, que lo que le habían dicho era que el del pasillo era de los nuestros.
A las once Hollis abrió la puerta y les dijo que pasaran.
En el cuarto había cuatro sillas y ellos eran cinco. Se sentaron cuatro y el más joven aguantó de pie detrás. En la hora y media siguiente no se le ocurrió a nadie del despacho traer otra silla. A Damián tampoco, y eso lo estuvo pensando después.
—Dígales que el Surveyor General ha devuelto el expediente por defecto en los linderos —dijo Hollis.
Damián se lo dijo.
El viejo contestó que los linderos los sabía él y que su padre se los había enseñado andando, desde la peña hasta el arroyo y desde el arroyo hasta el cerro. Y que si hacía falta los andaba otra vez con quien quisiera venir.
—Dice que conoce los linderos y que puede mostrarlos sobre el terreno.
—Dígale que el terreno no vale. Que hace falta un plano firmado por un agrimensor y que el agrimensor cuesta seiscientos dólares.
Damián se lo dijo.
Hubo un silencio en el cuarto, de esos en los que una familia entera hace la misma cuenta a la vez y a todos les sale lo mismo.
—Pregúntele si tienen los seiscientos dólares.
No hizo falta preguntarlo.
Entonces Hollis se echó hacia atrás en la silla, muy despacio. Dijo la frase que Damián le había oído once veces en cinco meses, y la dijo en el punto exacto en que la decía siempre.
—Dígales que esta casa puede adelantar el gasto.
—Pregúnteles si prefieren perder la tierra entera.
Damián no tradujo eso. Tradujo que el despacho podía adelantar el gasto y que las condiciones se explicaban por escrito, y Hollis no se enteró, porque Hollis no sabe lo suficiente para enterarse.
Firmaron a las doce y media. El convenio era de los corrientes: el despacho adelantaba agrimensor, costas y tramitación, y cobraba sus honorarios, una vez confirmada la merced, en una porción de la tierra confirmada. La porción estaba escrita en el artículo cuarto y era la cuarta parte.
El viejo firmó con su nombre entero, despacio, con una letra grande de las que se salen del renglón.
Cuando salieron, el que se había quedado de pie le dio a Damián las gracias en español y le dijo que Dios se lo pagara.
Grady lo llamó a las cuatro de aquella misma tarde.
No lo había llamado al cuarto del fondo en cinco meses. Damián lo supo antes de entrar, porque Hollis levantó la cabeza cuando pasó por delante de su mesa, y eso no lo hacía nunca.
—Siéntese.
Se sentó. La silla de las visitas estaba delante de la mesa, no al lado.
Lucius Grady tenía cincuenta y tantos años, la barba corta y gris, y una manera de hablar castellano que era mejor que la de Hollis y peor que la de un cura. Delante tenía una carpeta cerrada.
—¿Qué le ha parecido lo de esta mañana?
—Correcto, señor.
—No le he preguntado si era correcto. Le he preguntado qué le ha parecido.
Damián tardó lo que se tarda cuando hay dos contestaciones y una es la buena.
—Me ha parecido que esos hombres han entrado con una merced y han salido con tres cuartos de merced.
—Han entrado con una merced que no existe en papel y han salido con tres cuartos de merced que va a existir. —Grady no levantó la voz—. Esa es la diferencia y es toda la diferencia.
—Sí, señor.
—Le voy a explicar una cosa y se la voy a explicar entera, porque usted tiene la cabeza para entenderla y porque lleva cinco meses en un pasillo y ya está bien.
Grady se lo explicó entero.
Le explicó que la confirmación de una merced española no la gana quien tiene razón sino quien tiene expediente.
Que un lindero descrito por parajes se puede leer de tres maneras y que la que vale es la que va dibujada en el plano.
Que el plano lo hace un agrimensor que cobra por milla medida.
Que las costas se adelantan y que el que adelanta pone condiciones.
Que las condiciones se pagan en tierra porque no hay otra cosa con que pagarlas.
Y que al final de todo eso hay un título limpio, inscrito y vendible, donde antes había ciento y pico familias y un pergamino en una capilla.
Le explicó también, con papel y lápiz, cómo se calcula lo que vale una merced antes de confirmarla, que no es por hectáreas sino por lo que se puede vender de ella en cinco años.
Le enseñó tres expedientes de los que llevaba el despacho.
En el primero, la cuarta parte. En el segundo, un tercio, porque había pleito con los colindantes.
En el tercero, la mitad. La familia había firmado en el setenta y uno un convenio con otro abogado que se había muerto, y esa deuda vieja la compró Grady en el setenta y ocho por ochocientos dólares.
—Ochocientos dólares —dijo Damián.
—Ochocientos dólares y cuatro años de paciencia.
—¿Y ahora cuánto vale?
—Doce mil, cuando se inscriba.
—¿Y eso es legal? —preguntó Damián.
—Eso es lo legal. Lo otro es la costumbre, y la costumbre en este territorio se acabó en el cuarenta y ocho.
—Ellos no lo saben.
—Ellos lo saben desde hace treinta años, y por eso vienen. —Grady puso la mano encima de la carpeta cerrada—. Lo que no saben es cuánto cuesta, y cuando lo aprenden, ya han firmado. Eso no lo he inventado yo. Yo lo único que hago es cobrarlo.
Damián se quedó callado.
Y aquí está lo que le pasó, y hay que decirlo sin adornarlo, porque él tampoco se lo adornó después.
No sintió asco. Sintió lo que siente un hombre que lleva toda la vida mirando una máquina desde fuera, con la nariz pegada al cristal, y al que de pronto le abren la puerta y le enseñan los engranajes por dentro y le dejan meter la mano.
Lo entendió todo a la primera. Le gustó entenderlo.
Le gustó, sobre todo, ser el único del cuarto que entendía las dos lenguas en que funcionaba aquello.
—Una cosa más, ya que está usted aquí —dijo Grady—.
En mayo se me adelantó alguien en un papel del norte.
Un pagaré de tres mil y pico sobre una merced confirmada, que llevaba la casa de banca y que yo tenía apalabrado.
Entró un hombre detrás de mi pasante y lo pagó entero, al nominal, en efectivo y en el acto.
Damián se quedó muy quieto en la silla de las visitas.
—¿Al nominal?
—Al nominal. Mil trescientos dólares de más por un papel que se vendía a mil novecientos. —Grady se pasó el pulgar por la barba—. Eso no lo hace un hombre de negocios. Eso lo hace un hombre que quiere una cosa concreta. Llevo desde mayo preguntándome cuál.
—¿Y lo sabe ya?
—Todavía no. Pero el que paga mil trescientos de más una vez, paga otra vez. Y el que paga dos veces acaba necesitando vender.
—¿Por qué me lo cuenta?
—Porque en septiembre se examina usted y en octubre necesito a alguien que hable con esa gente sin que salgan corriendo. —Grady se recostó—. Hollis vale para Washington. Para el norte del territorio no vale.
—El norte del territorio.
—Las mercedes del valle alto. Nueve o diez. Usted es de allí.
—Soy de allí.
—Pues eso.
Antes de salir del cuarto, Damián hizo la única cosa de aquel día que fue enteramente suya.
—Señor Grady. En el archivo hay un expediente de la merced de Mesa Colorada.
—Lo hay. Es delgado y no tiene pleito ninguno.
—¿Puedo llevarlo?
Grady lo miró un momento con algo que no era sorpresa.
—¿Por qué ese?
—Porque es el de mi casa. Mi padre es el mayordomo desde hace cuarenta años. Si alguien va a leerlo, prefiero leerlo yo.
Era verdad. Era verdad entera, y por eso pudo decirlo mirándolo a los ojos.
—¿Y la señora de esa casa? —dijo Grady—. Tengo entendido que se casó en octubre con un americano.
—Se casó en octubre.
—¿Con quién?
—Con el vecino de enfrente, el de la otra orilla. Un tratante de lana y de acarreo.
Grady dejó la mano sobre la carpeta cerrada un segundo más del que la había tenido en toda la conversación.
—Llévelo —dijo Grady—. Y devuélvalo antes de marzo.
Hollis no levantó la cabeza cuando pasó de vuelta por delante de su mesa, y esa fue la segunda cosa que Damián apuntó de aquel día.
En el archivo, el expediente de Mesa Colorada estaba en el tercer estante, en el grupo del norte, entre uno de Las Trampas y otro de Anton Chico.
La carpeta era delgada. Tenía escrito a lápiz en la solapa, con letra de Hollis, un número de orden y dos palabras en inglés que Damián leyó dos veces y que quisieron decir lo que quieren decir: sin pleito.
Volvió a la pensión a las siete, con el expediente debajo del brazo, y no lo abrió aquella noche.
En octubre su padre le había escrito cuatro renglones. Decían que la hija de don Anselmo se había casado con el americano de enfrente, el dieciocho, en la capilla, y que había sido una boda buena. Damián contestó aquella carta tres veces y no mandó ninguna de las tres.
La patrona le subió la cena al cuarto porque había llegado tarde. Comió de pie, mirando por la ventana el patio, donde no había nada que mirar.
Pensó, como pensaba dos o tres veces por semana, en el puentecillo de tablas de la acequia madre y en lo que le había dicho ella allí, que un año era mucho.
Le quedaban cinco meses de ese año. En junio se cumplía el año que le había pedido.
El examen era en septiembre, y a partir de septiembre ya podría firmar con su nombre.
Lo que no cabía en esa cuenta era el dieciocho de octubre, y por eso la cuenta la hacía siempre hasta septiembre y ahí la paraba.
Apagó la vela y se estuvo un rato con los ojos abiertos.
Se acostó a las diez.
El expediente estaba encima de la cómoda, atado con su cinta, y desde la cama se le veía el canto.
Lo llevo yo, pensó. Mientras lo lleve yo, a esa casa no le va a pasar nada.
Con eso se durmió.