La deuda de Mesa 14. Dos mujeres y un libro
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14. Dos mujeres y un libro

Dos mujeres y un libro

La lana salió de la merced el cuatro de febrero, doscientas dos arrobas prensadas en cuarenta y un sacos, y Rosaura pesó los cuarenta y uno ella misma antes de que los cargaran.

Cinco mil cincuenta libras netas. Lo apuntó, lo firmó el carretero y ella guardó la copia.

La lana de aquel febrero se pagaba a catorce centavos en Kansas City, tres más que en la esquila de mayo. El mercado se había movido y el ferrocarril empezaba a quitarle sitio a la carreta. Sobre el papel, aquel embarque valía setecientos siete dólares antes de descuentos.

Iba por cuenta del acarreo de la casa Ward hasta Las Vegas y de allí por el ferrocarril a Kansas City. El ferrocarril, desde el mes anterior, llegaba ya a Lamy y a Santa Fe. En el valle se comentó tres días y a nadie le cambió la vida todavía.

De las doscientas dos arrobas, ciento veinte eran de la casa y ochenta y dos de los partidarios.

Entregan el veinte por ciento en lana desde que ella lo cambió en el setenta y nueve.

Los sacos de los partidarios iban marcados con pintura roja en la costura, uno por familia, porque a cada uno hay que liquidarle lo suyo y no a bulto.

Cargaron desde las seis. Fidencio pasaba los sacos y los dos muchachos los subían al carro. Refugio Tafoya llevaba la cuenta en voz alta para que la oyeran los dueños, que estaban allí mirando, como están siempre que sale la lana.

—Lucero, cuatro. Madrid, seis. Tafoya, cinco. Casa, veintiséis.

Cuando el carro arrancó, la mujer de Eusebio Madrid se quedó mirándolo irse hasta que dobló. Eso lo hace la gente cuando en ese carro va todo lo que tiene hasta la esquila siguiente.

La liquidación llegó el veintiséis.

Venía en un pliego doblado con el membrete del almacén de Las Vegas y traía tres partidas de descuento. Comisión de venta. Acarreo del valle a Las Vegas. Flete y transferencia hasta Kansas City.

El martes anterior, en la casa grande, su madre le había preguntado por la liquidación y ella le había dicho que aún no había llegado.

—Cuando llegue, la miras dos veces —dijo Casilda.

—La miro dos veces siempre.

—Míralas tres este año. El primer año de una casa nueva es cuando se prueba lo que se puede quitar sin que se note.

Era de las pocas cosas útiles que le decía su madre desde octubre, y Rosaura la oyó y no le contestó, porque desde octubre le costaba contestarle sin que le saliera otra cosa.

Rosaura hizo la cuenta en el cuarto de arriba, sentada en el suelo, con el libro verde encima del baúl.

Le salió que le faltaban ochenta y siete dólares.

La hizo otra vez. Le salió lo mismo. La hizo una tercera con las cifras del almacén en una columna y las suyas en otra, que es como se busca un error cuando uno ya sabe que existe. La diferencia siguió siendo ochenta y siete dólares con veinte centavos.

Aquel febrero había sido el mes más largo de su vida y no por el frío.

La rutina de la casa Ward era exacta y no la había puesto ella.

Desayuno a las siete. Comida a la una. Cena a las seis.

Los sábados, el pastor presbiteriano de Las Vegas, que comía, bendecía la mesa en inglés y hablaba de Ohio.

Los domingos, nada, porque en aquella casa el domingo no se iba a ninguna parte y en la merced se iba a misa.

Ella cruzaba el vado los martes y los jueves y estaba en la casa grande de nueve a cuatro, con su madre, con Fidencio y con el libro. Cuando volvía traía barro en las botas y le duraba el olor de su cocina hasta la cena.

De noche, detrás del tabique, se oía todo. Se oía la silla, se oía el cajón, se oía la vela. Elias dormía en el suelo cuando estaba, y estaba tres noches de cada siete.

Bajó con el pliego a las once de la mañana.

Antes se estuvo un minuto parada en el descansillo de la escalera, con la hoja de las dos columnas en la mano, haciendo lo que hace cualquiera antes de una conversación que no quiere tener, que es repasar lo que va a decir y quitarle una frase.

Prudence Ward estaba en el comedor, con los tres tomos abiertos, cuadrando enero.

Los libros de la W torcida son tres. El primero, acarreo.

El segundo, ganado y lana. El tercero, casa.

Cada partida con su fecha, cada gasto con su justificante detrás, y las sumas comprobadas dos veces en columnas distintas.

—Necesito ver el libro del acarreo de este mes.

Prudence no levantó la cabeza.

—Estos libros los llevo yo desde el setenta y siete. Los tres.

—No he dicho que los lleve mal. He dicho que necesito verlos.

—No se enseñan. Ni este ni los otros dos.

—¿Ni a la mujer del dueño?

—Ni al dueño, si viene a mirar por encima del hombro. —Prudence pasó una hoja—. Y no es cosa de usted. Es cosa mía. Una casa donde cualquiera abre los libros es una casa donde al año siguiente nadie sabe quién puso el número.

Rosaura no se sentó.

Podía irse. Podía esperar a que llegara Elias el viernes y decírselo a él. Él le diría a su madre que le enseñara el libro y su madre se lo enseñaría. Y a partir de aquel día en esa casa habría dos bandos, y ella estaría en el que gana por marido.

—Le digo por qué no me voy a buscar a su hijo —dijo—. Porque si lo hago, mañana usted y yo no discutimos por un libro, discutimos por él, y eso no se arregla nunca.

Prudence levantó la cabeza por primera vez.

—Eso es cierto.

—Y porque el error, si lo hay, es de mi lana y lo tengo que encontrar yo.

—Eso también.

Puso el pliego delante de Prudence y al lado puso su hoja con las dos columnas.

—Cinco mil cincuenta libras netas, pesadas por mí el cuatro.

El almacén liquida sobre cinco mil cincuenta, así que el peso está bien.

La comisión está bien, es el cinco por ciento de costumbre.

El flete a Kansas City está bien, lo he comparado con el del año pasado y ha bajado tres centavos, lo que tenía que bajar.

—¿Y entonces?

—Entonces me sobra un acarreo.

Prudence dejó el lápiz.

—Explíquese despacio.

—Aquí. —Rosaura puso el dedo en la tercera partida—.

Flete y transferencia. Y aquí, en la segunda, acarreo del valle a Las Vegas.

Son treinta y dos millas de carro, las mismas millas, y me las están cobrando dos veces con dos nombres distintos.

Trece dólares con setenta. En los tres embarques del año son cuarenta y uno.

—Eso es que usted no sabe lo que es una transferencia.

—Puede ser. Dígame lo que es.

Prudence Ward se quedó un momento callada.

Después hizo una cosa que a Rosaura le costó entender en el momento y que entendió esa noche. Apartó su propio tomo hacia un lado, sin cerrarlo, y dejó sitio libre en la mesa.

—Siéntese.

Rosaura se sentó en la silla que quedaba a la derecha de Prudence, que era la de Elias, y las dos tuvieron que girarse un poco para mirar el mismo papel.

Estuvieron dos horas.

La transferencia, explicó Prudence, es lo que cobra el ferrocarril por pasar la carga del carro al vagón en el apeadero, y son dos dólares por tonelada, y son legítimos.

La cuestión era si el almacén, al facturar la transferencia, había metido dentro el trayecto de carro, cosa que hacían desde el setenta y ocho porque antes el carro llegaba solo hasta el río.

—¿Dónde aprendió usted a llevar libros? —preguntó Rosaura, mientras la otra buscaba en el tomo de noviembre.

—En la tienda de mi padre, en Zanesville. Tenía nueve años y me ponía de pie en un cajón.

—¿Y su marido?

—Mi marido no sabía sumar dos columnas seguidas sin equivocarse, y era el hombre más honrado que he conocido.

Las dos cosas son verdad. —Prudence pasó el dedo por un renglón—.

Cuando se murió, en el setenta y cinco, yo tardé cuatro meses en saber lo que teníamos, porque lo llevaba todo en la cabeza y en papeles sueltos en una lata.

—¿Y qué tenían?

—Tres mulas y una deuda de ciento cuarenta dólares con un almacén de Cincinnati.

—¿Y lo pagó?

—Lo pagué en dieciocho meses y me vine aquí con lo que sobró. —Prudence levantó la vista—. Por eso no se enseñan los libros, señora Ward. No por desconfianza. Porque el que los lleva responde, y el que no los lleva opina.

Sacaron los papeles de tres embarques anteriores. El de noviembre estaba bien. El de septiembre estaba bien. El de diciembre tenía la misma partida doble y nadie la había visto, porque en diciembre el envío era pequeño y la diferencia eran nueve dólares.

—Nueve dólares —dijo Prudence—. Eso se pierde y nadie lo nota.

—Nueve dólares es lo que come una familia en dos semanas.

—Ya lo sé lo que es.

—Perdone.

—No he dicho que se equivoque. He dicho que lo sé. —Prudence pasó otra hoja—. En el setenta y seis, en esta casa, hubo cuatro meses en que las cuentas se llevaban a nueve dólares.

A la una menos cuarto probaron otra cosa. Prudence sumó las millas facturadas en los cuatro embarques del año y las comparó con las reales. Son sesenta y dos hasta Las Vegas y setecientas treinta de allí a Kansas City.

—Aquí facturan setecientas noventa y dos —dijo.

—Setecientas noventa y dos son las dos cosas juntas.

—Y arriba, en la segunda partida, vuelven a estar las sesenta y dos.

—Eso es.

—Entonces no es un error de suma. Es la manera de facturar.

—Es la manera de facturar desde diciembre —dijo Rosaura.

A la una y media llegaron a la hoja del almacén con el desglose de la transferencia de febrero. Era la única que no habían mirado, porque venía al dorso y en letra pequeña.

La leyeron las dos a la vez, cada una desde su lado de la mesa.

Allí estaba. Dentro de la transferencia, en letra de imprenta de cuerpo seis, iba incluido el porte desde el valle, treinta y dos millas, a razón de lo mismo que ya se cobraba arriba.

Rosaura levantó la cabeza. Prudence la levantó en el mismo momento.

Se miraron. Fue corto y no fue amable. Fue el modo en que se miran dos personas que acaban de comprobar, cada una por su lado y al mismo tiempo, que la otra sabe hacer una cosa difícil.

—Ochenta y siete con veinte —dijo Prudence.

—Ochenta y siete con veinte.

—Y nueve de diciembre.

—Noventa y seis con veinte en total. Y lo de diciembre lo reclamamos igual, aunque sean nueve.

—Se reclama igual. Si no, en el ochenta y uno son cuarenta.

Prudence cogió papel de carta y escribió la reclamación allí mismo, en inglés, en doce renglones. Citaba el número de embarque, la fecha, el peso neto y las dos partidas, y pedía el abono en la liquidación de marzo y no en la de abril. Se la pasó al otro lado de la mesa para que la leyera.

—Va dirigida al dueño del almacén y no al encargado —dijo, y le puso el dedo encima del membrete para que lo viera—. Al encargado se le reclama y contesta que lo revisará. Al dueño se le reclama y despide al encargado o paga, y las dos cosas nos valen.

Rosaura la leyó entera.

—Aquí pone «la señora Ward». ¿Cuál de las dos?

—Usted. La lana era suya y la reclamación es suya. —Prudence recuperó la hoja y firmó debajo como testigo—. Fírmela usted arriba.

Rosaura firmó con su letra pequeña y derecha, sin inclinación ninguna.

Cuando terminaron eran casi las dos y no habían comido. Una de las mujeres entró a preguntar y Prudence le dijo que trajera café.

Trajo dos tazas y el azucarero, y tardó en traerlos lo bastante para que se notara que en aquella casa no se servía café a media tarde.

Prudence tomaba el café sin azúcar. Rosaura le puso dos cucharadas al suyo y removió, y en ese rato no habló ninguna, y no hizo falta.

Prudence le puso una delante a Rosaura, sin decir nada, y la empujó dos dedos hacia ella con el reverso de la mano. Después juntó sus tres tomos, los puso de canto por años y se levantó.

—Mañana llega el pastor de Las Vegas a comer —dijo, desde la puerta, en inglés—. Se lo recuerdo por lo de la lengua. En esta mesa se habla inglés.

—Ya lo sé.

—Se lo recuerdo igual. El año pasado vino y estuvimos cuarenta minutos en silencio.

—Este año hablo yo del tiempo.

—Hable usted de lo que quiera, en inglés.

Elias llegó el viernes a las siete, de Las Vegas, con la barba de cuatro días y con hambre.

Cenaron los tres. Su madre le contó que el cocinero había subido el precio de los huevos y que había que hablar con él. Rosaura le contó que la parición tardía había empezado bien en el llano alto y que en marzo habría que bajar el hato antes de lo de siempre.

Ninguna de las dos le dijo una palabra de los noventa y seis dólares.

No fue de acuerdo. No se miraron, no hubo ningún gesto y no había nada que ocultar, porque la carta estaba escrita, firmada por las dos y ya puesta en el correo del jueves. Sencillamente no salió en la conversación y ninguna de las dos lo sacó.

Cuando él se levantó a por el tabaco, Prudence recogió su plato. Al pasar por detrás de la silla de Rosaura le dejó delante, sin decir nada, el recorte del almacén con el desglose en letra pequeña. Era el papel que lo probaba todo.

—Guárdelo usted —dijo—. Es de su lana.

Esa noche Rosaura subió, abrió el libro verde encima del baúl y apuntó el asiento: reclamación al almacén de Las Vegas, noventa y seis dólares con veinte, presentada el veintiséis de febrero de mil ochocientos ochenta.

En el margen estrecho de la derecha no puso nada.

Aquello no era de las cosas que había tenido que hacer sin querer hacerlas.