15. La borrasca
La borrasca
Empezaron a juntar a las cinco de la mañana del nueve de marzo, con los perros y con seis hombres. El llano alto está a dos horas largas del corral de esquila y a tres horas de la otra orilla.
Ochocientas cuarenta cabezas, contadas la semana anterior. Había que bajarlas antes de la parición, que empezaba el veinte, y había que bajarlas por el vado de arriba, que es el único sitio por donde pasa un hato entero sin desparramarse.
Los seis hombres eran Refugio, dos de los Tafoya, Aniceto Lucero, un primo de los Madrid y Nicanor, el pequeño de Eusebio. Nicanor tenía trece años, llevaba dos perros y aquel día iba de zagal en el ala izquierda.
Los perros eran cuatro y tres de ellos valían lo que valen los perros buenos, bastante más de lo que pagaría por ellos nadie de allí.
A las siete Refugio Tafoya se acercó al caballo de Rosaura.
—No comen.
—¿Cuántas?
—Ninguna. Llevan desde ayer al mediodía sin bajar la cabeza y hoy están todas mirando al sur.
Rosaura miró el llano. Ochocientas cuarenta ovejas puestas de cara al mismo lado y quietas, que es algo que no se ve dos veces en un invierno.
—¿Cuánto tenemos?
—Poco.
—Diga un número.
—Medio día, si Dios quiere.
Empezaron a mover a las siete y veinte y no pararon a comer.
El hato tardó tres horas en cubrir lo que en septiembre se cubre en hora y media, porque los animales iban pesados y porque había que rodear el pedregal del norte.
Se mueve un hato como se mueve el agua, empujando por detrás y dejándole al animal la idea de que va donde quiere.
Van cuatro hombres a los lados, uno delante y otro cerrando.
Los perros trabajan entre medias y no se les grita más de lo justo, porque un perro al que se le grita todo el día deja de oír.
Rosaura iba a caballo por el lado del este y llevaba las cuentas de siempre en la cabeza, como hace cuando no puede hacer otra cosa. Ochocientas cuarenta. Cuatro horas al paso de oveja hasta el corral. Veinte días para la parición.
A las once el viento cambió y empezó a venir de arriba, de la mesa, seco y muy frío, y a las doce ya no era viento.
La nieve de marzo no cae. Va de lado.
A las doce y media Rosaura dejó de ver al hombre que iba a cincuenta pasos de ella. Lo llamó dos veces y a la segunda le contestó, y no supo de dónde le contestaba.
A partir de ahí fue trabajo.
Las ovejas, cuando les entra la borrasca de frente, no siguen.
Se dan la vuelta, se ponen de culo al viento y se dejan llevar.
Un hato entero puede andar así seis millas en la dirección que no es, apretado y sin balar, y meterse donde no hay que meterse.
Eso lo sabían los seis hombres y lo sabía ella, y en eso se les fue la tarde: en cortar por delante, en meter el caballo, en hacer ruido, en volver a cortar.
Lo primero que se acaba es la voz. A la media hora de gritar contra un viento así, a un hombre no le sale más que aire. Entonces hay que acercarse hasta tocar al otro para decirle una palabra de tres sílabas.
Lo segundo que se acaba son las manos. Rosaura llevaba guantes de piel de las de trabajar y aun así, a la una, no era capaz de abrir la hebilla de la alforja con los dedos y tuvo que hacerlo con los dientes.
Perdieron el paso del arroyo a la una y media. A las dos y cuarto perdieron la vista del pedregal, que era la última referencia.
A las cuatro Refugio llegó hasta ella con el caballo, se le puso al lado hasta tocarle la rodilla con la rodilla y le gritó al oído.
—¡La punta se nos ha ido por la izquierda!
—¿Cuántas?
—¡No sé! ¡Trescientas o más!
—¿Por dónde?
—¡Por donde baja al arroyo hondo!
Rosaura cerró los ojos un segundo.
El arroyo hondo, a la altura del llano alto, es una cortadura de tres varas con las paredes casi rectas. Un hato apretado que llega allí de espaldas al viento no ve el borde.
—¡Deja esas! —gritó—. ¡Deja esas y trae a la gente!
Refugio no se movió.
—¡Refugio! ¡Las que quedan son quinientas y se nos van igual!
Entonces sí se movió.
A las seis estaban los seis hombres, los perros y ella misma metidos en la vuelta del arroyo con quinientas y pico. Apretadas contra la pared de barranco, que es el único sitio de allí arriba donde el viento no entra. Allí aguantaron. No había otra cosa que hacer y hacerla costó todo lo que tenían.
Aguantar es estar quieto, y eso no lo cuenta nadie después.
Los hombres se pusieron en fila a lo largo del hato, con los caballos de cara a la pared y ellos entre el caballo y la pared, y los perros se metieron entre las ovejas. Se turnaban de dos en dos para andar treinta pasos y volver, porque el que se está quieto del todo dos horas ya no se levanta.
No se habló. Refugio pasó dos veces por delante de ella y las dos veces le puso la mano en el hombro al pasar, sin pararse.
A las siete, con lo poco que quedaba de luz, Refugio contó las cabezas de hombre.
Las contó dos veces, la segunda tocando a cada uno en el hombro con la mano, y la segunda vez la hizo despacio y sin decir nada, y Rosaura supo por cómo la hacía lo que estaba pasando antes de que llegara al final.
Faltaba Nicanor Madrid.
Tenía trece años, era el pequeño de Eusebio y de Petra, iba de zagal en la punta de la izquierda y llevaba dos perros. Nadie lo había visto desde las cuatro.
Eusebio Madrid no estaba allí. Estaba abajo, en el valle, y no iba a saber nada hasta el día siguiente.
—Voy yo —dijo Aniceto Lucero.
—Vamos tres —dijo Refugio—. Y atados.
Ataron tres cuerdas de las de las alforjas a una sola y salieron los tres con ella en la mano, para poder volver por donde habían ido.
Salieron tres. Rosaura salió también y Refugio no se lo discutió, que fue la única cosa de aquella noche que a ella le sirvió de algo.
Estuvieron dos horas.
Se busca gritando y parando a escuchar. En una borrasca de marzo no se oye nada y no se ve el suelo, y lo único que se puede hacer es no perder la línea del arroyo. El que la pierde se pierde él.
A las nueve vieron luces por el este.
Eran seis faroles de establo, atados a varas largas. Detrás venían nueve hombres a pie llevando los caballos del ronzal, y mulas, y dos de ellos traían un trineo de heno de los de arrastrar.
Elias Ward iba el tercero por la izquierda.
Cuatro de los que venían detrás eran peones de la merced y ella los conoció por el andar antes de verles la cara. Los faroles los habían traído apagados hasta el pedregal, y eso lo supo porque le pusieron uno en la mano y el vidrio estaba frío.
No se saludaron. No había tiempo y tampoco había nada que decir que no fuera un sitio.
—El chico iba en la punta de la izquierda —le gritó ella.
—¿Desde cuándo?
—¡Desde las cuatro!
Los nueve hombres que traía eran cuatro de la merced y cinco suyos, y los cinco suyos no tenían ninguna obligación de estar allí aquella noche, y estaban.
Elias mandó a los hombres en abanico desde el arroyo hacia el pedregal, con los faroles a cincuenta pasos unos de otros. Así la línea de luces se veía entera desde cualquier punto de ella.
A las dos de la mañana, en el corral chico, el caballo de Elias se le fue de lado contra un poste y lo cogió entre el poste y la silla. Se levantó solo, volvió a montar y no lo dijo.
A las diez y media, uno de los faroles del extremo se apagó. El hombre que lo llevaba se quedó parado en el sitio, que era lo correcto, y estuvo allí gritando cada poco hasta que le llevaron otro.
Rosaura iba en el segundo puesto de la línea, con el farol de Elias a cincuenta pasos a su derecha. Se le veía la luz y se le veía el bulto y nada más.
Lo encontraron a las once y veinte, a doscientos pasos del borde del arroyo hondo, metido entre dos ovejas muertas y tapado hasta el cuello con la nieve que él mismo se había echado encima.
Estaba vivo. Estaba consciente. Tenía los pies como dos piedras y no se podía levantar. Lo primero que dijo, cuando lo sacaron, fue que las ovejas se le habían ido por el barranco y que él no había podido.
—Ya lo sabemos —dijo Refugio—. Calla y no te muevas.
Lo bajaron en el trineo del heno, entre cuatro, tapado con dos mantas y con la chaqueta de Elias encima.
Aniceto Lucero iba delante abriendo camino con el farol y no lo soltó en dos horas, y cuando llegaron al barranco se lo tuvieron que quitar de la mano porque no podía abrirla.
La nieve paró a las tres de la mañana, como paran siempre, de golpe y sin aviso.
Lo que queda después es un ruido que no es ruido, el de los animales moviéndose cuando dejan de estar quietos. Los hombres empezaron a hablar otra vez, primero bajo y luego normal.
Amaneció claro y sin viento y con un palmo largo en el llano.
Hicieron lo que se hace. Contar hombres, contar perros, contar animales. Encender lumbre con lo que hubiera, que fueron dos varas de farol y una manta vieja, para que los que habían pasado la noche de pie tomaran algo caliente antes de moverse.
Aniceto Lucero tenía los dos dedos pequeños de la mano derecha blancos hasta el nudillo. Refugio se los metió debajo del brazo y se los tuvo allí veinte minutos, y volvieron.
El arroyo hondo lo vieron a las siete.
Estaban abajo, en el fondo de la cortadura, amontonadas en un tramo de unos cuarenta pasos, unas encima de otras, en tres o cuatro capas. Las de abajo habían muerto de peso y las de arriba de frío. Se les veía la lana sucia de tierra y de nieve y no se les veía otra cosa.
Rosaura bajó por el corte del este, que es por donde se puede bajar. Anduvo el tramo entero contando por decenas en voz alta, porque contar en voz alta es lo único que se puede hacer en un sitio así.
Trescientas cuatro.
Entre las de arriba había una con la marca de la casa hecha el año pasado, de las que ella misma apartó en mayo por buenas y por jóvenes. La reconoció sin querer reconocerla y siguió contando.
Se quedó abajo un rato más de lo necesario y después subió.
Arriba, en el borde, Elias la esperaba con la brida de su caballo cogida y no le preguntó el número. Esperó a que lo dijera ella.
—Trescientas cuatro.
—¿Contadas?
—Contadas de diez en diez y dos veces.
Arriba, en el borde, los hombres ya estaban trabajando.
Con un hato que ha pasado la noche apretado contra una pared, lo primero es levantarlo despacio y separarlo.
Las de abajo llevan doce horas aguantando peso y algunas no se tienen.
Sacaron catorce que no podían andar y las cargaron en el trineo del heno con el chico, y de esas catorce se salvaron nueve.
A las ocho y media empezaron a mover a las que quedaban. A las once el hato iba camino del corral de esquila, quinientas treinta y seis cabezas, con los hombres andando y los perros trabajando bien.
Rosaura hizo la cuenta a caballo, porque esa cuenta la iba a hacer de todas maneras y prefería hacerla allí que en el libro.
Trescientas cuatro cabezas de vientre. A dos pesos y medio, que es el precio de marzo y no el de diciembre, setecientos sesenta pesos.
Y con ellas, la parición de este marzo, que a un cordero por cabeza y a peso y medio el cordero, son otros cuatrocientos cincuenta y seis.
Mil doscientos dieciséis pesos en una tarde.
Dos veces lo que le habían dado por vender en diciembre para no tocar el campamento del pie de la mesa.
Por el camino, a la altura del pedregal, Refugio se puso a su lado.
—Con ochocientas cuarenta y este marzo, patrona, eso lo pierde cualquiera.
—Lo he perdido yo.
—Lo ha perdido el tiempo.
—El tiempo no decide subir el hato al llano alto en enero. Eso lo decidí yo, y lo decidí porque en diciembre vendí trescientas para no bajar a nadie de su sitio.
Refugio se quedó callado un rato largo.
—Pues las dos cosas juntas se llaman un mal año —dijo al final—. Y de un mal año se sale.
Llegaron al corral de esquila a la una.
Estaban allí Petra Madrid y Eusebio, que habían subido a mitad de camino con la carreta. Nicanor iba envuelto en ella con los pies untados de grasa caliente. Los conservó, y eso se supo esa misma tarde.
Elias mandó a sus cinco hombres de vuelta a la casa de madera y se quedó él. Hizo el camino entero al paso, por fuera del hato y del lado del viento. No habló en tres horas más que dos veces, y las dos para decirle a un hombre que cerrara por detrás.
Cuando pararon en el aguaje, a media mañana, le alargó a Rosaura una cantimplora de café frío que traía en la silla desde la noche anterior.
—Bébalo entero.
—No tengo sed.
—No es por la sed. Es por las manos.
Rosaura se miró las manos y vio que las tenía todavía medio cerradas, con la forma de la rienda.
Se lo bebió entero.
Rosaura se bajó del caballo en el portillo y le fallaron las dos piernas.
Llevaba treinta y dos horas sin dormir, ocho sin comer y tenía las manos agarrotadas alrededor de las riendas desde la madrugada. Elias estaba al lado, sujetando la cabezada, y ella se agarró a su antebrazo con las dos para no caerse.
Estuvo así el tiempo que hacía falta, con la cara contra la manga del abrigo de él, que olía a humo de farol y a lana mojada.
Y después de que hiciera falta, no lo soltó.