16. Lo que decide ella
Lo que decide ella
Llegaron a la casa de madera a las seis de la tarde, con el hato ya encerrado y con Nicanor Madrid en su casa. Lo primero que hizo Rosaura fue sentarse en el escalón del porche, porque no podía subirlo.
El camino desde el corral de esquila hasta el vado lo hicieron en media hora y no hablaron en todo el camino, y no por nada, sino porque no tenía voz ninguno. Ella se había quedado ronca a las dos de la tarde del día anterior y él a las cuatro.
En el vado, el caballo de ella se paró a beber y el de él también. Se quedaron los dos en medio del agua, uno junto al otro, el rato que tardaron los caballos.
Prudence salió con un cubo de agua caliente y una silla.
—Las botas. Siéntese.
—Puedo yo.
—Puede usted mañana. Hoy me deja.
Le sacó las botas allí mismo, en el porche, delante de dos peones que tuvieron el buen juicio de no mirar. Los calcetines estaban pegados y hubo que mojarlos antes de tirar. Debajo, los pies estaban blancos y arrugados y no tenían ninguna mancha oscura, y eso era todo lo que había que comprobar.
—No hay nada —dijo Prudence—. Cene y acuéstese.
—Tengo que mandar recado a mi madre.
—Lo he mandado yo a las cuatro, en cuanto llegó el muchacho de los Madrid con la noticia. Le he dicho lo que sabía, que eran trescientas y pico y que usted venía viva.
—Gracias.
—No me las dé. Si no lo mando yo, en dos horas su madre cruza el vado de noche.
Cenó en la cocina, de pie, sopa y pan, y no supo a qué sabía. Se le cayó la cuchara una vez y la recogió una de las mujeres.
Prudence se sentó enfrente con el lápiz y el cuaderno de la casa y le hizo las preguntas que había que hacer, en el orden en que había que hacerlas.
—¿Cuántas?
—Trescientas cuatro.
—¿De vientre?
—Todas de vientre.
—¿Y el chico?
—En su casa. Los pies los conserva.
Prudence apuntó las tres cosas y no dijo ni que lo sentía ni que podía haber sido peor, que son las dos frases que dice la gente cuando no sabe qué decir.
—El heno de la troje se lo mando mañana al corral de esquila —dijo—. Doce toneladas para empezar.
—No hace falta.
—Con quinientas treinta y una cabezas y sin pasto hasta mayo, hace falta. —Prudence cerró el cuaderno—. Y no se lo mando yo. Se lo mando a nombre de la merced y se apunta en su libro como compra a pagar en la esquila. Al precio de agosto, no al de marzo.
Rosaura levantó la cabeza.
—Eso lo acepto.
—Ya sabía yo que eso lo aceptaba.
Las manos las tenía peor que los pies. Las palmas en carne viva por dentro de los dedos, de las riendas mojadas, y dos uñas negras. Se las lavó con jabón y aguantó sin decir nada, y después se las untó con la grasa de carnero que había traído Petra Madrid para el chico y que había sobrado.
Elias llegó a la casa media hora después que ella, porque se había quedado en el corral de esquila hasta que encerraron. Cenó en la cocina de pie, igual que ella, y no se sentaron a la mesa ninguno de los dos aquella noche.
Cuando pasó por detrás de su silla, camino de la escalera, se paró.
—El heno lo manda usted mañana —le dijo a su madre.
—Ya está hablado.
—¿A qué precio?
—Al de agosto.
—Está bien.
Y eso fue todo lo que se dijo de los ciento ochenta dólares de heno que salían de su casa y entraban en la de ella, y que a partir de aquella noche iban apuntados en un libro que él no administraba.
Antes de subir sacó el libro verde y lo abrió sobre la mesa de la cocina, porque hay asientos que no se pueden dejar para el día siguiente.
Escribió la fecha. Escribió trescientas cuatro cabezas de vientre perdidas en el arroyo hondo del llano alto. Escribió las catorce que se sacaron vivas y las nueve que se salvaron.
Le salió la letra grande y torcida, que no era la suya, porque no podía cerrar bien la mano.
En el margen de la derecha puso una cruz.
A las ocho subió.
Elias estaba en el cuarto de arriba, de espaldas, quitándose la camisa por la cabeza.
En el costado izquierdo tenía un cardenal del tamaño de una mano, de cuando el caballo se le fue contra el poste del corral a las dos de la mañana.
Se volvió al oírla entrar y se quedó parado con la camisa en la mano.
—Perdón.
—Es su cuarto también.
—Ya.
—Y ese golpe hay que verlo mañana con luz.
—No es nada. Fue el poste.
Se puso otra camisa.
Después hizo lo que hacía siempre, que era ir a la silla, coger la manta de lana cruda y empezar a doblarla en dos para echarla en el suelo junto a la pared de fuera.
—Deje eso —dijo Rosaura.
Él se quedó con la manta en las manos.
—Hace frío en el suelo y usted lleva sin dormir lo mismo que yo —dijo ella—. Duerma en la cama.
—Puedo bajar al despacho.
—No he dicho que baje al despacho. He dicho que duerma en la cama.
Elias dejó la manta en la silla, despacio, como se deja una cosa que se ha estado usando cinco meses para otra cosa.
Se acostaron cada uno de su lado, vestidos con la ropa de dormir, sin tocarse, con la vela apagada.
Él se quedó boca arriba y muy al borde, tanto que se le oía la respiración más cerca del suelo que de ella. No se movió en un cuarto de hora, el tiempo que tarda un hombre en decidir no moverse.
Rosaura llevaba la cuenta de esas cosas sin querer llevarla. Tres noches de cada siete en la casa, porque las otras cuatro estaba de camino. Cinco meses. Sesenta y cinco noches largas, más o menos, y sesenta y cinco veces la manta doblada en dos en el suelo y recogida antes de las cinco.
Una vez, en enero, ella se despertó a las tres y lo oyó toser. A la mañana siguiente la manta amaneció en la silla doblada en cuatro y con otra debajo, que él había subido de la troje y que no dijo que había subido.
Al otro lado del tabique se oía a Prudence Ward moverse todavía.
Rosaura se quedó con los ojos abiertos en el techo que no se veía.
La cama de hierro tenía el colchón bueno y dos almohadas. Ella llevaba cinco meses durmiendo sola en la orilla del lado de la ventana, sin ocupar el otro lado ni para dejar la ropa.
Llevaba cinco meses en aquella casa. En cinco meses había aprendido tres cosas de aquel hombre y ninguna se la había dicho él.
Que subía de noche a un llano con faroles sin que nadie se lo pidiera.
Que no explicaba nunca por qué hacía las cosas, y que si le preguntabas contestaba con un precio.
Y que llevaba cinco meses durmiendo en el suelo de tabla a dos pasos de ella sin pedir nada ni una sola vez.
Había también lo otro, que era más difícil de poner en una columna.
Que en octubre, en la capilla, le había dicho a aquel hombre la cosa más dura que había dicho en su vida.
Y que él contestó dos palabras y le ofreció el brazo para salir.
Que en cinco meses no se lo había echado en cara.
Ni de frente ni de lado, ni el día que ella le dijo delante de su madre que la casa grande no se tocaba.
Y que aquella mañana, en el borde del arroyo hondo, no le había preguntado cuántas.
Había esperado a que lo dijera ella.
Esa era la cuenta y estaba cuadrada. No había ninguna partida suelta.
Se volvió hacia él.
—Señor Ward.
—Dígame.
—¿Está usted despierto?
—Sí.
Rosaura se incorporó sobre un codo. En la oscuridad se le veía el bulto del hombro y nada más.
—Le voy a decir una cosa y quiero decirla entera antes de que conteste. —Esperó—. Hace cinco meses le dije en la puerta de la capilla que no lo quería y que no lo iba a querer. Eso lo dije con lo que sabía entonces y no me desdigo, porque lo que dije era verdad el dieciocho de octubre.
—Lo sé.
—No he terminado.
—Perdón.
—Hoy ha subido usted a un llano de noche por un chico de trece años que no es suyo y por un hato que no es suyo. Y lo hizo sin decírmelo y sin cobrármelo.
Elias no dijo nada.
—Yo no sé si esto es querer. Nadie me lo ha explicado nunca y en mi casa no se hablaba de eso. —Rosaura tragó—. Lo que sé es lo que quiero esta noche, y lo quiero yo, y usted no me lo ha pedido.
Elias tardó en contestar más de lo que tardaba en contestar nunca.
—¿Qué es lo que quiere?
—A usted. Aquí. Y quiero decirlo yo y que quede dicho por mí, porque hay un papel en Santa Fe en el que está escrito que esto era parte de un pago, y yo taché esa palabra delante de siete personas para que no lo fuera. Si esto pasa esta noche, pasa porque lo he decidido yo.
Hubo un silencio corto.
—¿Está segura?
—Sí.
—Dígamelo otra vez.
—Estoy segura. Y si mañana me arrepiento, será cosa mía y tampoco se lo voy a echar encima.
Elias se incorporó. Tardó en hacerlo, y no fue por duda, sino porque le dolía el costado.
—Tengo las manos como una lija —dijo ella.
—Yo también.
—Entonces ya está. No se va a notar.
Lo besó ella. Se acercó y lo besó, y él la cogió por la cintura con las dos manos y las dos manos le dolieron a ella en la espalda y no le importó.
Era un hombre de treinta y tres años que no había tocado a una mujer en once y que no sabía deshacer un botón de otro.
Lo primero que pasó fue que se le enredaron los dedos en el cordón del cuello del camisón.
Rosaura le apartó los dedos, se lo desató ella y se lo sacó por la cabeza.
Después le cogió una mano y se la puso donde la quería.
Eso fue lo que decidió toda la noche. No la primera vez que lo besó. La segunda, cuando le cogió la mano y se la colocó.
A partir de ahí él aprendió deprisa, porque era un hombre acostumbrado a que le enseñaran un trabajo una vez.
Tenía las manos grandes y ásperas, con la piel de las palmas partida por el frío de la víspera.
Cuando le pasó una por el pecho, ella sintió cada grieta.
Le dijo que más despacio y él fue más despacio.
Cuando ella le puso la boca en el hombro, él se quedó quieto y contuvo el aire.
Rosaura entendió entonces, con una claridad que no se le olvidó nunca, que a aquel hombre no lo habían tocado por gusto en toda su vida.
Le dijo lo que quería en voz baja, porque detrás de la tabla dormía su suegra y la casa entera se oía.
Esa fue la otra cosa que hizo aquella noche distinta a cualquier otra.
Todo se dijo con la boca pegada al oído del otro y nada se pudo decir alto.
Tuvieron que preguntarse y contestarse a dos dedos de distancia, sin poder tapar nada con ruido.
—Así no.
—¿Así?
—Sí. Así.
Él le preguntó dos veces si seguía, y las dos veces ella dijo que sí, y la segunda se lo dijo apretándole el brazo con la palma en carne viva.
Cuando entró en ella, Rosaura se agarró al hierro de la cabecera y él se paró. Ella le dijo al oído que no era eso, que era la mano, y se rió sin ruido. Él escondió la cara en su cuello y se estuvo quieto un momento.
Después fue despacio y fue largo. Ella le llevó el ritmo con la mano en la cadera, y cuando quiso otra cosa se lo dijo y él la hizo. Hacia el final fue ella la que le tapó la boca para que no se le escapara ningún ruido. Él le mordió la palma y ella no la quitó.
Acabaron los dos, ella primero.
Él esperó a que ella acabara y esperó después un poco más, y eso también lo notó Rosaura y también lo apuntó donde apuntaba aquella noche las cosas.
Se quedaron quietos mucho rato porque la cama era de hierro y crujía.
Detrás del tabique no se oyó nada en ningún momento, ni antes ni después. Las dos mujeres de aquella casa no hablaron nunca de aquella noche.
Al rato ella se levantó a por agua, porque tenía la boca seca desde el llano alto. Bebió del jarro de la jofaina sin vaso, se lo llevó a él y él bebió también.
Volvió a la cama por el lado que no era el suyo y se quedó en ese.
Le dolían las manos más que antes, de haberlas tenido cerradas, y se las untó otra vez con la grasa de carnero a oscuras. El cuarto se quedó oliendo a eso, que no es un olor agradable, y ninguno lo mencionó.
Después, cuando ya estaban los dos boca arriba y se les había secado el sudor, Elias habló.
—En febrero del setenta y cinco, cuando estaba en su casa, yo me despertaba antes de que fuera de día y me quedaba en el banco de la cocina esperando a que bajara usted, porque sabía que en cuanto bajara iba a ponerse a contar en voz alta.
Rosaura esperó.
Sabía lo que venía detrás de una frase así, porque lo había oído empezar otras dos veces en cinco meses y siempre se paraba en el mismo sitio.
Detrás venía por qué. Detrás venía qué hacía un carretero de veintinueve años comprando durante cuatro años cosas que habían sido de una casa en la que estuvo dieciséis días.
Esperó una frase más. Estuvo esperándola hasta que la respiración de él cambió y se durmió.