La deuda de Mesa 17. El regalo
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17. El regalo

El regalo

Entre marzo y junio pasaron cuatro cosas y las cuatro se apuntaron en el libro verde.

La primera fue la parición, que empezó el veinte de marzo y salió mejor de lo que tenía derecho a salir. Cuatrocientos ochenta y dos corderos vivos de quinientas treinta y una cabezas. Un noventa y uno por ciento, que no se daba en aquella casa desde el setenta y cinco.

La segunda fue que el almacén de Las Vegas pagó.

Llegó el abono en la liquidación de abril, noventa y seis dólares con veinte, sin una palabra de disculpa y con el encargado cambiado.

Prudence dejó la carta sobre el aparador del comedor, doblada por la mitad y con el importe hacia arriba, y no lo comentó, y eso en aquella casa era una fiesta.

La tercera fue el rodeo, que se hizo el catorce de abril por el lado del arroyo y no por el pie de la mesa, con aviso mandado tres días antes. Casimiro devolvió el aviso con dos palabras, que fueron que estaba bien.

La cuarta fue que Aniceto Lucero siguió dejando las borregas solas de noche en el llano de abajo, porque no tenía a quién mandar, y en abril le faltaron nueve. Rosaura le pagó a un zagal de los Vigil dos pesos al mes para que durmiera allí y se lo apuntó como adelanto. En mayo no le faltó ninguna.

La junta de junio se hizo otra vez de pie, junto a la compuerta madre, y otra vez la abrió don Simón Archuleta con la misma frase.

—Nueve días tiene la rueda. El que quiera cambiar algo que lo diga ahora y no en agosto.

Eran noventa y uno menos dos, porque Cleto Baca se había ido en abril y el viejo de la Cuesta se había muerto en mayo y su hijo no había venido. Ochenta y siete hombres y dos mujeres, contando a Rosaura y a la viuda de Sandoval.

Rosaura llevaba la hoja preparada desde el jueves, con las tres columnas de siempre.

El año venía peor que el anterior. Por la compuerta pasaban cinco pulgadas y media donde el año pasado pasaban siete y el otro catorce, y eso ya no era un año seco, era el tercero seguido.

—Quiero que el día que cedí el año pasado siga siendo de los Lucero, los Madrid y los Tafoya —dijo.

—Eso fue una cesión de un año —dijo la viuda de Sandoval.

—Eso fue una cesión y ahora pido que sea un turno.

—Un turno se le da a una tierra, no a una familia. Siempre ha sido así.

—Se le da a las tierras que ellos siembran, que son catorce fanegas entre los tres y están al final de la vega.

Hubo el ruido que hay siempre cuando alguien dice una cosa que a la mitad le parece bien y a la otra mitad le parece que abre una puerta.

—Si a esas catorce fanegas les damos turno, mañana lo pide el de arriba para las suyas —dijo uno.

—El de arriba tiene turno desde el cuarenta y nueve.

—Digo el otro de arriba.

—Ese no siembra, ese pasta.

Archuleta esperó a que se acabara.

—¿Y la casa de usted?

—La casa se queda con dos días de nueve, como el año pasado.

—Con dos días y este río no riega usted la vega grande.

—Ya lo sé. La regaré a medias y sembraré la mitad.

—¿Y de qué come el hato en septiembre?

—De lo que se pueda.

El mayordomo apuntó algo en el margen del libro y no dijo si le parecía bien.

—Aquí no se vota el agua, se reparte —dijo uno de arriba.

—Aquí se vota desde el cincuenta y tres y tú has votado once veces —dijo Archuleta—. Que lo decida la junta —dijo—. Los que estén por que las catorce fanegas tengan turno propio, que lo digan.

Lo dijeron once. De noventa y uno.

—Los que estén en contra.

Lo dijeron ocho. Los demás no dijeron nada, como hace la gente cuando no quiere quedar mal con nadie y sabe que la cosa se va a decidir igual.

—No hay acuerdo —dijo el mayordomo—. Queda como el año pasado, cesión de la merced y por un año.

Rosaura bajó la hoja y se la guardó doblada en el bolsillo del delantal, que es donde llevaba las cuentas que no habían servido de nada.

Fue entonces cuando habló Elias Ward.

Estaba al final, detrás de todos, con el sombrero en la mano, y en los tres meses que llevaba siendo parciante de aquella acequia no había abierto la boca en ninguna junta.

Era parciante desde abril. Le había comprado a Cleto Baca las dos suertes del final con su agua y sus dos jueves de cada nueve, porque Cleto se iba a Las Vegas con una hija.

—Yo tengo dos jueves —dijo.

Se volvieron todos, que era lo que no había que hacer.

—Los tengo por la compra de abril y los tengo escritos.

Esas tierras las siembro de alfalfa y con un jueves de cada nueve me llega de sobra.

—Elias habló despacio, en español, con la frase corta de siempre—.

El otro jueves lo pasan a los Lucero, a los Madrid y a los Tafoya. Desde hoy y mientras yo lo tenga.

Se hizo un silencio de los que se notan en la nuca.

Después, Eusebio Madrid se quitó el sombrero y dijo Dios se lo pague. Y detrás de Eusebio lo dijo su mujer. Y detrás Aniceto Lucero, que además dio dos pasos y le dio la mano. Y detrás dos o tres de abajo que no tenían nada que ver con aquello y que lo dijeron por decir algo.

Rosaura se quedó donde estaba, con la hoja de las tres columnas en la mano.

Vio la cara de don Simón Archuleta.

Aquel hombre tenía sesenta y dos años y llevaba seis de mayordomo.

Era el único del valle que podía decir a quién le tocaba el agua y cuándo, y lo podía decir porque lo elegían todos los eneros y porque lo apuntaba en un libro abierto en mil ochocientos veintiséis.

Se quedó de pie junto a la compuerta, con la pluma y el libro abierto sobre la tapa.

No supo qué escribir, porque en ese libro no hay un asiento para esto.

Y vio también a Aniceto Lucero, con el sombrero contra el pecho, dándole las gracias a un hombre que llevaba tres años en el valle.

—Señor Ward —dijo Rosaura, alto, para que la oyeran los noventa y uno.

Elias se volvió.

—Se lo agradezco en nombre de esas tres familias y en el de esta casa.

Lo dijo con la voz clara. Lo dijo mirándolo. Y se lo agradeció de verdad, porque catorce fanegas de maíz con agua en julio son catorce fanegas. Y porque allí, delante de todos, no había en el mundo otra cosa que pudiera decir.

Archuleta escribió el asiento y lo leyó en voz alta, como se lee todo en la acequia.

Lo leyó con la misma voz con que leía los otros, ni más alta ni más baja, y al llegar al final se paró medio segundo antes de la última palabra, y solo lo notaron dos personas de las noventa y una.

La junta se deshizo a las once. La gente se fue en grupos por el camino de la acequia y tres o cuatro se acercaron todavía a Elias antes de irse. Uno le preguntó por el precio de la lana. Otro le dijo que su hijo buscaba trabajo en el acarreo de invierno.

Eso era lo que iba a pasar a partir de aquel domingo y Rosaura lo vio empezar desde donde estaba.

Por el camino, antes de llegar al vado, se le puso al lado Refugio Tafoya, que iba a pie.

—Patrona.

—Dime.

—¿Eso lo sabía usted?

—No.

Refugio asintió y se quedó atrás sin decir nada más, y esa fue la primera vez en tres años que el caporal de su casa le preguntó algo y ella tuvo que contestar que no.

Volvieron al vado juntos y a caballo.

Ella aguantó hasta el corral, hasta que él bajó del caballo y hasta que el mozo se llevó los dos animales y quedaron solos.

—No vuelva usted a hacer eso en su vida.

Elias se paró con la mano en el poste.

—¿El qué?

—Eso. Lo de esta mañana.

—Tenían que tener agua. La tienen.

—La tienen de usted.

—La tienen.

—No. —Rosaura se puso delante de él—. Escúcheme bien, porque esto se lo voy a explicar una vez y me va a costar no gritar. Ese jueves no era un regalo. Era un turno.

—Es lo mismo. El agua es la misma.

—No es lo mismo y usted lo sabe, porque usted compra papeles para vivir.

Un turno se hereda. Un turno se pleitea.

Un turno lo apunta el mayordomo en un libro que tiene cincuenta y cuatro años y que un juez tiene que mirar si algún día alguien pregunta.

Un regalo se agradece, y se quita el día que el que lo da se cansa o se muere o vende.

Elias no dijo nada.

—Dentro de veinte años usted no va a estar. El hijo de Aniceto Lucero va a ir al juzgado a defender su agua y le van a preguntar por su derecho, y él va a decir que se lo dio a su padre el señor Ward. ¿Y sabe lo que van a escribir en el papel? Que no tiene derecho, que tenía un favor.

—Lo puedo poner por escrito.

—Póngalo.

—Mañana mismo. Y lo inscribo en el juzgado de Las Vegas.

—¿A nombre de quién?

Elias abrió la boca y la volvió a cerrar.

—A mi nombre —dijo—. El agua es de la suerte de abajo y la suerte de abajo es mía.

—Ahí está.

—Si lo pongo a nombre de ellos, tengo que venderles la tierra, y no tienen con qué comprarla.

—Ya lo sé que no tienen con qué.

—Entonces dígame qué hago.

Y aquella fue la parte que a Rosaura le dolió de verdad, porque él lo preguntó en serio. No lo preguntó para salir del paso. Lo preguntó como pregunta un hombre que quiere hacer bien una cuenta y no encuentra la columna.

—Lo que tenía que haber hecho era hablar conmigo el jueves —dijo ella—.

Y el sábado ir a ver a don Simón Archuleta a su casa, usted solo, y decirle que quería ceder un jueves y preguntarle cómo se hace eso aquí.

Y el domingo, en la junta, lo habría propuesto él, y lo habría escrito él en su libro, y esas tres familias le darían las gracias a la acequia, que es a quien hay que dárselas.

—Y nadie sabría que era mío.

—Nadie sabría que era suyo.

—Yo no lo hice para que se supiera.

—Lo sé. —Rosaura tenía la voz baja ya, y eso era peor—. Usted lo hizo para dárselo. Y para dárselo usted. Y no se le pasó por la cabeza que dar así deja al otro más pequeño de lo que estaba, porque a usted nunca le ha dado nadie nada.

—Y si mañana llega uno con dinero y le compra a usted las dos suertes de abajo —siguió ella—, ese hombre se queda el jueves y lo primero que hace es decirles a los Lucero que se acabó. Y tendrá razón. Tendrá todo el papel del mundo de su parte, porque el jueves nunca fue de ellos.

—Yo no voy a vender.

—Usted se va a morir. Todos nos vamos a morir, y lo único que queda escrito es el libro.

—Entonces lo que usted quiere es que el jueves sea de ellos de verdad.

—Lo que yo quiero es que en ese valle las cosas se ganen y se apunten, y no se regalen.

Que el agua venga del libro y no de un hombre.

Porque lo que se regala se quita. Mi padre regaló agua y pasto durante veinte años y todo el mundo lo quería mucho, y cuando se murió no había un papel en esa casa que dijera que algo era de alguien.

Elias se quedó mirándola.

—Eso último ha sido cruel —dijo.

—Sí. Ha sido cruel.

—Le voy a decir lo único que sé hacer —dijo él, al cabo de un rato—. Yo llegué aquí con un carro y dos mulas y sin nadie. Lo que he aprendido en veinte años es que si una cosa es tuya y está escrita, nadie te la quita. Y lo que hago con la gente que me importa es ponerle delante algo escrito.

—Ya lo sé.

—No sé hacer otra cosa.

—Ya lo sé. Y por eso es una grieta y no una pelea.

No se pidieron perdón ninguno de los dos.

Cenaron esa noche los tres, con Prudence, y hablaron del acarreo de julio y de si el cocinero seguía trayendo tantos huevos.

No se habló más del asunto, ni aquella noche ni en las semanas siguientes, y ahí fue donde se notó.

Hasta junio, cuando él estaba en la casa, subían los dos a la vez y se acostaban a la vez. A partir de aquel domingo, Elias se quedó abajo en el despacho hasta que se apagaba la luz del cuarto de arriba. Dos noches, tres. Subió siempre cuando ella ya estaba acostada de cara a la ventana.

No volvieron a la manta ni al suelo. No fue eso. Fue que se acabaron las conversaciones de antes de dormir, que habían empezado en marzo y que eran de precios y de ganado y que duraban media hora.

Rosaura subió a las nueve.

El libro de la acequia se lo había prestado Archuleta hasta el jueves, como todos los años, para copiar el turno nuevo. Lo abrió encima del baúl y buscó la hoja del reparto de junio de mil ochocientos ochenta.

El asiento de la casa estaba como siempre. Merced de Mesa Colorada, dos días de nueve.

Debajo, en el renglón de las dos suertes de abajo, donde durante cuarenta años había puesto Baca, ponía ahora Ward.

Y debajo de ese, con la letra grande de don Simón Archuleta, ponía: el segundo jueves lo pasan los Lucero, los Madrid y los Tafoya, cedido por gracia del señor Ward.

Por gracia.

En cincuenta y cuatro años de libro, en aquella hoja y en todas las anteriores, Rosaura no encontró esa palabra ni una sola vez más.