La deuda de Mesa 18. La escritura
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18. La escritura

La escritura

El escribano de Las Vegas se llamaba Baird y cobraba dos dólares por pliego y uno por la copia, y tardó tres semanas en hacer un papel de dos hojas.

No tardó por trabajo. Tardó porque lo mandó dos veces a consultar.

—Es que no es corriente —dijo la tercera vez, con la pluma en el aire—. Lo corriente es lo contrario.

—Ya me lo ha dicho.

—Lo corriente es que el marido administre. Eso no es quitarle nada a nadie, señor Ward, es lo que hay. Y usted lo que quiere es renunciar por escrito a administrar lo de su mujer y que quede constando que la merced es bien propio de ella, de antes del matrimonio, y que no entra en nada de lo suyo.

—Eso quiero.

—¿Y si mañana necesita usted un crédito?

—Pues no lo pido sobre esa tierra.

—¿Y sus herederos?

—No tengo herederos.

—Los tendrá.

—Pues ponga que los obliga a ellos también.

Baird lo miró por encima de las gafas un momento y después escribió.

Lo que renunciaba, en números, Elias lo había echado antes de ir a ver a Baird, porque las cosas se deciden mejor sabiendo lo que cuestan.

La merced, treinta y ocho mil hectáreas confirmadas, con casa, capilla, corrales y derechos de agua, valía aquel otoño entre catorce y diecisiete mil dólares.

Valdría más cuando el ferrocarril llevara tres años.

El hato, quinientas treinta y una propias y nueve mil repartidas.

La administración de todo aquello, que era lo que las capitulaciones le daban, era en la práctica la firma.

Con esa firma, un hombre puede hipotecar, vender, pleitear y comparecer, y no tiene que pedirle permiso a nadie.

A eso renunciaba. Lo puso en una hoja, lo miró un rato y la quemó en el fogón de la pensión de Las Vegas.

Lo inscribieron el nueve de noviembre. La inscripción costó tres dólares con cincuenta y el índice se llevó otros setenta y cinco centavos. El empleado del registro era el mismo que dos años antes le había sellado la compra del vencimiento de los Sandoval, y le preguntó si estaba seguro.

—Estoy seguro. Lo he pensado desde junio.

—Es que esto no se deshace.

—Ya lo sé que no se deshace.

—Se lo digo porque viene gente y al año vuelve. Con una donación a la mujer, cuando se tuercen las cosas, siempre vuelven.

—Yo no voy a volver.

—Eso también lo dicen.

Baird le entregó los dos ejemplares y la copia el diez por la mañana, con el cordón y el sello, y le cobró once dólares con veinticinco por todo, incluidos los tres dólares y medio de la inscripción y las dos veces que había rehecho el pliego, que no se las cobró.

—Una cosa más, señor Ward. Esto lo va a leer alguien algún día.

—Eso espero.

—Digo que lo va a leer alguien que quiera lo de su mujer. Y cuando lo lea, va a ver que la firma de ella hace falta para todo. Para vender, para hipotecar y para dar un palmo.

—Para eso lo hago.

—Pues téngalo presente, porque el que no puede comprar una firma a veces la copia.

Elias se guardó los pliegos y no contestó a eso.

Volvió el diez por la tarde, con los dos pliegos en el bolsillo de dentro de la chaqueta y la copia en la alforja. Llegó a la casa a las cinco, ya de noche, porque en noviembre a las cinco es de noche.

Por el camino, en la parte larga que va entre los dos cerros, estuvo pensando en lo que iba a decir. A mitad de cuesta se dio cuenta de que lo que le daba miedo no era que ella se fuera.

Lo que le daba miedo era lo de después.

Un hombre que tiene algo que dar sabe siempre qué hacer al día siguiente.

Saca el heno, firma el acarreo, compra el vencimiento del vecino, paga lo que se debe.

Él llevaba veinte años sabiendo qué hacer al día siguiente.

Desde el nueve de noviembre, si ella se quedaba, se quedaba por nada.

Y entonces él no tenía ni una sola cosa que poner encima de ninguna mesa, y no sabía qué hacía un hombre así por las mañanas.

Cenaron a las seis. Su madre habló del acarreo de invierno, de que el paso de Glorieta llevaba tres días malo y de que el cocinero seguía con los huevos. Él contestó lo que había que contestar.

Rosaura habló poco. Llevaba desde junio hablando poco en aquella mesa, y en aquella casa nadie se lo había preguntado.

Prudence recogió su tomo a las siete y veinticinco, como todos los días, y dijo buenas noches en inglés, y subió la escalera parándose en el cuarto escalón.

A las siete y media, cuando se levantó la mesa y Prudence se subió con su tomo, Elias puso los papeles encima del mantel.

—Tengo que enseñarle una cosa.

Rosaura se volvió a sentar.

Él desdobló el primer pliego, lo giró para que quedara del derecho delante de ella y le acercó la lámpara. No dijo nada mientras ella leía, que fue lo único que le salió bien de toda la noche sin proponérselo.

El papel decía tres cosas.

Que Elias Ward, casado con Rosaura Otero, reconocía que la merced de Mesa Colorada, con sus casas, corrales, capilla, derechos de agua y ganados, procedía de la herencia de la susodicha.

Y que era bien propio suyo de antes del matrimonio.

Que renunciaba, por sí y por sus herederos, a la administración que las capitulaciones de doce de septiembre de mil ochocientos setenta y nueve le atribuían sobre dichos bienes.

Y que cualquier acto de disposición sobre ellos requería la firma personal de ella y ninguna otra.

Debajo estaba la firma de él, la del escribano Baird y la de dos testigos, y en el ángulo, el sello de la inscripción con la fecha.

Rosaura lo leyó dos veces. Después lo leyó una tercera con el dedo en el segundo párrafo, que es como leía ella los papeles desde que tenía diecinueve años.

Lo leyó también en la otra columna, porque el pliego venía en las dos lenguas. En la inglesa comprobó dos cosas: que ponía sole and separate property, que es la fórmula, y que no ponía ninguna palabra de más.

—¿Esto lo ha hecho Baird?

—Baird lo escribió. Se lo mandé dos veces a rehacer.

—¿Por qué dos veces?

—La primera lo puso como una donación. La segunda puso que yo le cedía la administración, que tampoco es. Lo que hay que poner es que nunca fue mía.

—Esto es renunciar a administrar.

—Sí.

—¿Y lo ha inscrito?

—El nueve. Ahí está el sello.

Ella dejó el papel y se quedó con las manos en el borde de la mesa.

—¿Por qué?

Elias había preparado tres maneras de contestar a eso en el camino desde Las Vegas y ninguna de las tres le pareció, allí sentado, más que una manera de sonar bien.

—Porque el dieciocho de octubre del año pasado usted se casó conmigo por un papel de tres mil doscientos pesos —dijo—. Y mientras yo tenga sobre usted una sola cosa escrita, usted no va a poder saber nunca por qué se queda.

—Yo sé por qué me quedo.

—Yo no. Y no lo puedo saber mientras haya un papel de por medio.

Ahí estaba, y le salió más seco de lo que quería.

—Hay otra cosa —dijo, y sacó el segundo pliego.

Este estaba doblado en cuatro y tenía los pliegues gastados y blancos de haber estado plegado por los mismos sitios durante dieciséis meses. Lo puso encima de la mesa y no lo desdobló él.

Rosaura lo abrió.

Era media hoja, escrita con letra de él, que es una letra grande y derecha, de las que aprenden los hombres que empiezan escribiendo albaranes.

Concedía prórroga del vencimiento del pagaré de la merced hasta el dieciocho de octubre de mil ochocientos ochenta y uno, sin aumento de interés.

La deudora pagaría entretanto lo que quisiera y en la especie que pudiera.

Estaba firmado por él. Tenía un hueco debajo para la firma de ella, en blanco.

Y estaba fechado el siete de julio de mil ochocientos setenta y nueve.

Rosaura miró la fecha mucho rato. La miró tanto que él pensó que no la había entendido, y la había entendido a la primera.

—Siete de julio.

—Sí.

—Usted subió a mi casa el ocho.

—Subí el ocho.

—Con esto en el bolsillo.

—Con eso en el bolsillo.

—Y no me lo dio.

—Había ochenta personas en el corredor esperando un desalojo y metí la mano en la chaqueta y dos hombres dieron un paso adelante. —Elias se miró las manos—. Si saco ese papel allí, ese papel es una orden. Da igual lo que ponga.

—¿Y después?

—Después su madre cruzó el vado en agosto.

Rosaura dejó el pliego encima del otro, muy despacio, y los dos papeles se quedaron uno encima del otro en el centro de la mesa, entre los dos.

—Si me lo hubiera dado usted el ocho de julio —dijo—, yo no me habría casado.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabe desde entonces?

—Lo sé desde agosto.

—¿Desde que vino mi madre?

—Desde esa tarde.

Rosaura se quedó muy quieta.

—¿Y usted qué le contestó?

—Que sí.

—Así, sin más.

—Así, sin más.

Rosaura se miró las manos, abiertas sobre el mantel.

—Mi madre no me preguntó si quería —dijo—. Me lo dijo el dos de septiembre en la cocina, mientras escurría el queso, y después se puso a hablar de cuántas reses había que matar.

—Eso no lo sabía.

—Ahora ya lo sabe.

—Y no le pregunté yo tampoco, ni entonces ni después. Eso es mío y no de ella.

Se quedaron callados. En la cocina, una de las mujeres movió un cacharro y se hizo otra vez el silencio.

Rosaura puso las dos manos encima de los dos papeles, una en cada uno, y se quedó así un momento.

—¿Lo sabe su madre?

—Lo sabe desde el martes. Se lo dije antes de ir a Las Vegas.

—¿Y qué dijo?

—Que era mi dinero y que ya era mayor de edad. Y que le parecía bien.

—¿Eso dijo?

—Eso dijo, y no dijo más, y llevaba el libro del acarreo en la mano y no lo soltó.

—No me debe usted nada —dijo Elias—. Ni un peso ni un día. La tierra es suya y consta en el registro, y si mañana quiere irse a su casa con sus baúles, se va, y no hay papel en este territorio que la pueda traer de vuelta ni que le quite una vara de terreno.

—¿Eso es lo que quiere usted?

—No.

—Dígalo entero.

—No quiero que se vaya.

—¿Entonces?

—Es lo que tenía que estar escrito antes de que usted contestara a nada.

Elias se levantó.

Lo hizo porque no sabía qué hacer con las manos. Y empezó a decir lo que le quedaba, que es lo que hace un hombre al que le acaban de quitar lo único que sabía poner sobre una mesa.

—El heno de la troje lo tiene usted igual. El acarreo de la lana se lo sigo haciendo al precio que le hago, que es el mío. Y si quiere que le compre esas tierras a su nombre, se las compro y se las escrituro, y el jueves del agua queda de quien usted diga.

—Elias.

Nunca le había dicho el nombre.

—Ven aquí.

Y nunca lo había tuteado.

Elias se quedó de pie al lado de la silla. Tenía treinta y cuatro años, había cruzado ochocientas millas de llano a los quince y aquella noche no fue capaz de andar dos pasos hasta que ella se levantó y los anduvo.

Ella lo cogió por la camisa, a la altura del pecho, y cerró la mano.

—Lo único que has hecho esta noche es quitarme la última excusa —dijo—. Sube.

—Espera —dijo él, y fue a coger los papeles de la mesa.

—Déjalos ahí.

Los dejó ahí, con la mano encima un segundo más, y después la apartó.

Subieron.

Ella cerró la puerta y echó el pestillo, que no lo había echado nunca, y él se quedó mirando cómo lo echaba.

Lo que pasó después no se pareció a marzo.

En marzo ella había decidido y él había obedecido despacio, con cuidado, midiendo.

Aquella noche no hubo nada que medir. Rosaura lo desnudó ella, de pie, sin prisa y sin preguntar.

Cuando él fue a ayudarla con lo suyo le apartó las manos y se desnudó sola delante de él, y él se quedó quieto donde lo había dejado.

—¿Quieres? —dijo ella.

—Sí.

—Dilo entero.

—Quiero.

Lo llevó a la cama de espaldas, con las dos manos en el pecho, y lo tumbó y se puso encima.

Elias Ward llevaba veinte años calculando lo que valía cada cosa que veía. Aquella noche lo intentó dos veces, por costumbre, y las dos se le fue. Después de la segunda dejó de intentarlo, y fue la primera vez en su vida adulta que estuvo en un sitio sin saber lo que costaba.

Ella le puso las manos en la cara y le dijo que la mirara. Él la miró.

Tenía las manos frías de noviembre y la cara caliente. Las dos cosas juntas fue lo que él se llevó de aquella noche.

Fue despacio y fue de ella. Le dijo cuándo y le dijo cómo. Las dos veces que él quiso incorporarse, ella se lo impidió con la mano abierta en el esternón, sin fuerza ninguna.

Él la llamó por su nombre dos veces y no dijo ninguna otra palabra.

Al final, cuando ella acabó y se quedó quieta encima de él con la frente contra su cuello, Elias se dio cuenta de una cosa. Tenía las dos manos abiertas sobre la cama, a los lados, sin agarrar nada. Las dejó así.

Mucho después, cuando ella ya dormía, se levantó a apagar la lámpara del pasillo, que se la habían dejado encendida.

Al volver, antes de acostarse otra vez, se estuvo un momento de pie en el cuarto a oscuras. Hizo una cosa que no había hecho nunca en aquella casa. No miró por la ventana para ver si había luz en la otra orilla.

Abajo, en el comedor, encima del mantel, los dos papeles se quedaron toda la noche donde los habían puesto.