19. Lo que te pagó mi madre
Lo que te pagó mi madre
Lo supo el catorce de diciembre y esperó cuatro semanas a estar segura, porque una cosa así no se dice dos veces.
Petra Madrid se lo confirmó el diez de enero, en la cocina de la casa grande, después de mirarle las manos y preguntarle tres cosas.
—Para agosto —dijo—. Mediados.
—¿Segura?
—Segura de la cuenta. De lo demás no hay nadie seguro.
Rosaura salió al corredor y se quedó un rato con la mano en el poste, mirando el corral de esquila, que en enero está vacío y parece más grande.
Aquel invierno había sido el primero bueno en cuatro años.
La parición del ochenta había salido al ochenta y nueve por ciento.
El heno se pagó a precio de agosto y sobró.
La lana de febrero se liquidó limpia, y el almacén no volvió a facturar dos veces la misma milla.
En diciembre, por primera vez desde que llevaba el libro, Rosaura cerró el año sin ningún atraso en la columna de la derecha.
En la casa de madera las cosas iban de otra manera y no peor.
Prudence Ward le había dado en noviembre la llave de la despensa.
Se la puso en la mano sin ceremonia y sin decir por qué.
Desde entonces las dos cuadraban los sábados en la misma mesa, cada una con su libro.
Hablaban lo justo. De lo del acarreo doble no volvieron a hablar nunca. En la mesa se seguía hablando inglés.
A aquella mujer no hubo que decirle nada.
El viernes siete de enero, tres días antes de que Petra le mirara las manos, Prudence subió al pueblo en el coche. Volvió por la tarde con una muchacha y un lío de ropa.
La muchacha era Bernarda Tafoya, la hija de Refugio, que había servido el vino en la boda y que sabía almidonar.
Rosaura las vio bajar desde el corredor.
—Hace falta gente —dijo Prudence, y se quitó los guantes uno a uno—. La casa está grande.
—La casa lleva grande desde que yo llegué.
—Pues ya ve.
Y subió, y no se habló más del asunto.
Rosaura llevaba desde el catorce de diciembre sin decírselo a nadie, y aquella mujer ya había ido a buscar a la tercera. Las dos cosas eran ciertas a la vez y ninguna de las dos las dijo.
Decidió decírselo a Elias el sábado.
Lo decidió así porque el sábado volvía del pueblo y porque llegaría cansado, y a aquel hombre las cosas se le decían mejor cansado, cuando no le quedaban fuerzas para ponerse a calcular. Se lo iba a decir de pie junto al fogón, mientras cenaba, y después iba a subir y se acabó.
Damián Aragón llegó el jueves.
Llegó a la casa grande a las once de la mañana, a caballo y solo, con abrigo de ciudad y con guantes. Lo primero que hizo fue entrar a ver a su padre en la casa del mayordomo, y allí se estuvo media hora.
Fidencio salió a los veinte minutos y se fue derecho al corral chico a hacer una cosa que no hacía falta hacer, que era mirarle la boca a una mula. Se estuvo allí hasta que su hijo salió de la casa.
Padre e hijo no se despidieron.
Después cruzó el patio y pidió verla.
Rosaura estaba en la sala, con el escritorio de su padre, que había vuelto de la troje en noviembre y que ahora tenía los dos cajones llenos otra vez. Llevaba dos meses de embarazo y todavía no se le notaba con el vestido de trabajo.
—Rosaura.
—Damián.
Se había hecho más ancho de hombros y llevaba el pelo más corto. Tenía en la cara una cosa que ella tardó un momento en reconocer. Era cansancio de escritorio, que no se parece al otro.
—Me examiné en septiembre —dijo él—. Aprobé.
—Ya lo sabía. Lo sabe el valle.
—Trabajo con Grady.
—Eso también.
Se quedaron los dos de pie, porque ella no lo invitó a sentarse y porque él no lo pidió.
—Vine en junio —dijo Damián—. En San Juan.
—No lo vi.
—No entré. Me quedé en la posada dos días y me volví.
—¿Por qué?
—Porque el veinticuatro de junio del ochenta se cumplía un año y usted ya llevaba ocho meses casada, y yo venía a cobrar un plazo que no existía.
Fue la primera vez que le habló de usted, y a ella le sonó como una bofetada dada con la mano abierta y sin ganas.
—Damián, si viene a eso, se puede ir.
—No vengo a eso.
Sacó un papel del bolsillo de dentro. Rosaura lo vio hacer el gesto y se acordó de otro hombre haciendo el mismo gesto en el linde, en julio del setenta y nueve, con ochenta personas delante.
—Vengo a devolverle esto.
Era un recibo. Media hoja de las de carta, escrita con letra de pasante, recta y pequeña.
Recibí de doña Casilda Pino de Otero la cantidad de doscientos pesos, en calidad de ayuda para mis estudios y examen en Santa Fe, y quedo obligado a lo tratado entre los dos.
—Ese lo tengo yo —dijo Rosaura—. Lo encontré en agosto del setenta y nueve en el arca de mi madre.
Damián se quedó quieto.
—¿Lo tiene usted desde entonces?
—Desde entonces.
—¿Y no me escribió?
—¿Para decirle qué? ¿Que me había enterado de que cobró usted por irse? Eso ya lo sabía yo leyendo el papel.
—Ese no es el mío. El mío es el que firmé yo. El que tiene usted es la copia que se quedó ella.
—¿Y para qué lo quería ella? —preguntó Rosaura.
—Para tenerlo.
—¿Contra usted?
—Contra mí no. Yo no valgo nada en un juzgado. —Damián dobló el papel por donde estaba doblado—. Lo guardó por si algún día hacía falta enseñarle a alguien que yo cobré. Su madre guarda papeles como otros guardan grano.
Rosaura no dijo nada.
—Se lo devuelvo porque he pagado los doscientos pesos —siguió Damián—. En noviembre, en Santa Fe, a un hombre de su madre que fue a cobrarme otra cosa. Se los devolví y me hice dar recibo.
—Muy bien.
—No lo digo por que me diga muy bien.
—¿Entonces por qué lo dice?
Damián tardó.
—Porque lo que le tengo que contar no lo puedo contar debiendo ese dinero.
Rosaura se sentó. Se sentó porque llevaba de pie desde las seis y porque acababa de entenderle el tono, que era el de un hombre que ha ensayado una cosa muchas veces en el camino.
—Antes de que empiece —dijo ella—. ¿Esto lo sabe Grady?
—No.
—¿Seguro?
—Grady sabe que la señora de Mesa Colorada se casó en octubre del setenta y nueve con un tratante de lana, porque se lo dije yo en enero del ochenta y no sabía lo que estaba diciendo. Lo demás no lo sabe.
—¿Y por qué se lo dijo?
—Porque me preguntó y porque yo quería quedar bien. —Damián se pasó la mano por la cara—. Ese es el otro motivo por el que estoy aquí.
—Cuente.
—Su madre no fue a verme para pagarme los estudios.
Fue a verme el nueve de julio, en la casa de mi padre, y estuvimos hablando una hora en el corral.
Y lo que me dijo, con estas palabras, fue que la casa estaba perdida, que el pagaré vencía en octubre y que había una manera de salvarla, y que esa manera era un hombre.
—El americano.
—Todavía no lo nombró. Dijo un hombre. Dijo que había un hombre con dinero que llevaba cuatro años mirando esta casa y que estaba dispuesto.
Rosaura se quedó con las manos en las rodillas.
—Eso fue el nueve de julio —dijo.
—El nueve.
—Usted me pidió un año el veinticuatro de junio.
—Quince días antes.
—Y cobró el once.
—Cobré el once.
Hubo un silencio en la sala que ella no supo cuánto duró.
—¿Y qué le dijo usted a mi madre?
Damián se miró los guantes, que tenía en la mano.
—Le dije que si en esta casa hacía falta un hombre con dinero, el que tenía que traerlo era yo, y que me diera dos años.
—¿Y ella?
—Ella me dijo que en dos años yo sería pasante con deudas y que la casa se habría vendido en subasta. Y después me dijo que si me quedaba y usted se casaba conmigo, las ciento cuatro familias se iban a la calle y el valle entero iba a saber de quién había sido la culpa.
—Y usted cogió los doscientos pesos.
—Y cogí los doscientos pesos.
Lo dijo sin bajar la voz y sin adornarlo, y eso fue lo único de toda aquella mañana que a Rosaura le pareció digno.
—¿Por qué me lo cuenta ahora?
—Porque llevo un año y medio diciéndome que me fui a estudiar.
Y en el despacho donde trabajo yo veo todos los martes a una familia firmar un papel que les quita la cuarta parte de lo suyo, y se lo traduzco yo, y después me voy a comer.
—Damián levantó la cabeza—. Y un día de noviembre, saliendo de comer, me di cuenta de que yo hice lo mismo.
Me pagaron por traducirle a su madre lo que ella quería hacer, y yo le dije que sí, y encima me convencí de que era por los libros.
Rosaura estuvo callada mucho rato.
Luego hizo la pregunta que había que hacer, y la hizo despacio, porque quería oír la contestación entera.
—Una cosa más —dijo ella—. ¿Usted sabía en julio quién era el hombre?
—No.
—¿Lo sospechaba?
—En el valle había dos hombres con dinero. Uno era el de la tienda, que tiene sesenta años y mujer. El otro era el americano del otro lado.
—Entonces lo sabía.
—Entonces lo sabía y preferí no saberlo, como hace todo el mundo.
—¿Mi madre habló con el señor Ward antes o después de pagarle a usted?
—Después.
—¿Cuándo?
—No lo sé. A mí me pagó en julio y de lo de después no me dieron cuenta.
—Entonces el nueve de julio, cuando le dijo a usted lo del hombre con dinero, todavía no había hablado con él.
—Todavía no.
—Lo tenía pensado y no hablado.
—Eso es.
Rosaura se levantó y fue hasta la ventana.
Pensó en su madre en la cocina el dos de septiembre, escurriendo el queso, diciéndole que había una salida y que la escuchara una sola vez. Pensó en el nueve de julio, dos meses antes, en un corral, con el hijo del mayordomo.
Y pensó también, porque las dos cosas le vinieron juntas y no pudo separarlas, en un hombre que la noche del diez de noviembre puso dos papeles encima de un mantel y le dijo que podía irse mañana.
Las dos cosas eran verdad al mismo tiempo. Su matrimonio lo había arreglado su madre como se arregla una venta de ganado, hablando con los dos por separado y sin preguntarle a la res. Y ella quería a su marido.
No había manera de que aquello cuadrara y no cuadró nunca.
—Váyase, Damián.
—Rosaura.
—No estoy enfadada con usted. Llevo un año y medio sabiendo lo del dinero y se me pasó hace mucho. Váyase porque estoy embarazada de dos meses y hoy no me cabe más dentro.
Damián se quedó parado en el medio de la sala.
—Si alguna vez necesita usted un abogado —dijo.
—Si alguna vez necesito un abogado, no va a ser uno de Grady.
—Rosaura.
—No.
—Solo una cosa. Su madre, aquel día, no me habló como quien compra. Me habló como quien está desesperada y ha hecho cuentas.
—Eso ya lo sé.
—Se lo digo porque cuando usted se lo eche en cara, y se lo va a echar en cara algún día, le va a contestar exactamente eso y va a tener razón, y eso es lo peor de todo.
Se fue a las doce y cuarto. Cruzó el patio, saludó a Fidencio con la mano desde el caballo y se metió por el camino de abajo.
Aquella tarde su madre entró en la sala a las cuatro con la lista de la matanza y se la puso delante.
—Ha estado aquí el hijo de Fidencio —dijo Casilda.
—Ha estado.
—¿Y qué quería?
Rosaura cogió la lista y le pasó el dedo por la columna de la izquierda, como si estuviera comprobando algo.
—Devolverme un papel.
—Ya.
—Sí.
Su madre esperó un momento más por si había otra frase. No la hubo. Se fue a la cocina, y desde allí estuvo dando voces sobre la sal de la matanza el resto de la tarde.
Elias llegó el sábado a las siete, de Las Vegas, con las manos frías.
Rosaura le dijo lo del niño en la cocina, de pie, mientras él cenaba, tal como lo había decidido. Él dejó la cuchara, se levantó y se quedó de pie delante de ella sin saber qué hacer con los brazos, y al final le puso las dos manos en los hombros y las dejó ahí.
—¿Para cuándo?
—Agosto. Mediados.
—¿Se lo ha dicho a su madre?
—No.
—¿Se lo ha dicho a alguien?
—A Petra.
No le contó nada de lo del jueves.
No fue por miedo. Fue por esto, y ella lo supo esa misma noche, acostada y despierta.
Si se lo contaba, aquel hombre iba a cruzar el vado a la mañana siguiente.
Le iba a preguntar a su madre, de frente y sin levantar la voz, qué fue lo que habló con el hijo de Fidencio el nueve de julio.
Y su madre le iba a contestar la verdad, porque su madre no miente, explica.
Y entonces habría dos casas rotas en vez de una, y un niño en agosto.
Esa noche, cuando él ya dormía, Rosaura bajó, encendió el candil y abrió el libro verde por la hoja de enero.
Apuntó la compra de sal para el campamento, dieciséis centavos. Apuntó los jornales de la semana. Apuntó dos tablas de pino para el corral chico y la herradura de la mula ruana.
Después pasó a la hoja de atrás, que es la de las cosas que no son gasto. Puso la fecha del diez de enero, el nombre de Petra Madrid y lo que Petra Madrid había dicho.
Debajo, sin nombre y sin explicación, puso la del catorce de diciembre, que era la suya.
Y antes de cerrar metió entre las hojas de atrás la prórroga de julio del setenta y nueve, doblada en cuatro por los mismos pliegues de siempre. Llevaba año y medio en el cajón del escritorio porque nadie había sabido dónde ponerla.
Del diez de enero a mediados de agosto contó doscientos diecisiete días.