La deuda de Mesa 20. La firma de un muerto
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20. La firma de un muerto

La firma de un muerto

Los sábados por la tarde cuadraban las dos en el comedor, cada una con su libro, desde noviembre.

No era una costumbre que hubieran acordado. Empezó el sábado siguiente a la escritura. Prudence sacó los tres tomos a la hora de siempre, y Rosaura bajó con el suyo y se sentó enfrente sin preguntar. No hablaron. A la semana siguiente volvieron a hacerlo.

Aquel febrero Elias estuvo fuera veintitrés días de veintiocho, con el último acarreo del invierno a Fort Union, que es el que deja el dinero y el que rompe las mulas.

Rosaura estaba de tres meses y medio y ya se le notaba.

Había dejado de montar el primero de febrero, por consejo de Petra Madrid y contra su propia opinión.

Cruzaba el vado en la carreta chica dos veces por semana, con Onésimo llevando.

Le costaba una hora más y la ponía de mal humor toda la mañana.

Su madre no había vuelto a la casa de madera desde agosto del setenta y nueve. Ni una vez. Se veían en la casa grande, los martes y los jueves, y hablaban de la matanza, del rodeo de marzo y de la esquila, y de nada más.

El veintiséis de febrero Prudence estaba con el tomo del acarreo y con una caja de latón que Rosaura no había visto nunca.

—¿Qué es eso?

—Los papeles del pagaré de su casa. Los mandó la casa de banca con el endoso en junio del setenta y nueve y llevan aquí desde entonces.

—¿Y qué hace con ellos?

—Archivarlos. El pagaré está cancelado desde octubre del setenta y nueve y esto lleva un año y pico encima del armario. Todo papel muerto tiene que acabar en una caja con una fecha fuera.

La caja era de las de galleta, con la tapa abollada y una etiqueta pegada donde ponía, con la letra de Prudence, Mesa Colorada, 1872 a 1879.

Fue sacando y apilando. La solicitud de crédito de mil ochocientos setenta y dos, con la firma de don Anselmo Otero, que ocupaba dos renglones y se salía del margen. El resguardo de la cancelación. Dos recibos de interés del setenta y seis. Un requerimiento del setenta y ocho.

Y una hoja doblada en tres, de papel de barba, con el membrete de la casa de banca.

—Esta no la había visto —dijo Rosaura.

—Yo sí.

—¿Cuándo?

—En julio del setenta y nueve, cuando llegó el endoso y miré la caja entera. Y la he tenido ahí arriba desde entonces.

Prudence la desdobló, la puso encima del tomo y no la soltó.

Rosaura levantó la cabeza porque el ruido de la casa cambió. En un comedor en el que dos mujeres llevan una hora pasando hojas, que una de las dos deje de pasarlas se oye.

—¿Qué es?

—La renovación.

—¿Qué renovación?

—La de noviembre del setenta y cuatro. Dos mil pesos.

Rosaura dejó la pluma.

Prudence puso la hoja en mitad de la mesa, entre las dos, y la giró para que ella la viera del derecho, y después abrió su propio tomo por la parte de atrás, donde guarda los recibos de acarreo cosidos por años.

—Mire esto.

Eran tres recibos de porte. Setenta y seis, setenta y siete y otro del setenta y siete. Lana de la merced de Mesa Colorada llevada a Las Vegas por la casa Ward, tres viajes, y al pie de cada uno la firma del que entregó la carga, que era don Anselmo Otero.

La misma firma de siempre. Dos renglones y fuera del margen.

Después Prudence puso el dedo en la firma de la renovación del setenta y cuatro.

Era pequeña. Cabía en un renglón. Y en el trazo final de cada letra se iba hacia la derecha.

—Esa firma no es de ese hombre —dijo Prudence—. Y no hace falta ser perito.

Rosaura no contestó.

No contestó porque no había nada que contestar. Llevaba desde marzo del setenta y siete sabiéndolo. En cuatro años había pasado por encima de esa hoja del libro verde unas doscientas veces sin leerla.

Rosaura alargó la mano y giró la hoja un poco más hacia la luz.

La letra del cuerpo del documento era de escribiente de banco, redonda y sin personalidad, la misma que tenían los otros papeles de la caja.

La firma no. La firma estaba puesta con una pluma peor y con prisa.

Era pequeña y cerraba las aes por arriba.

Al final de cada palabra se torcía a la derecha, como se tuerce una carreta con el eje flojo.

Rosaura había visto esa letra por primera vez a los diecinueve años. Fue en marzo del setenta y siete, tres semanas después de enterrar a su padre, en la hoja de noviembre del setenta y cuatro del libro verde.

—¿Usted lo sabía? —preguntó Prudence.

—Sabía que el asiento del libro de mi casa de aquel noviembre está escrito con la letra de mi madre. La firma no la había visto nunca.

—¿Desde cuándo lo sabe?

—Desde que murió mi padre.

Prudence asintió una vez, despacio, como quien apunta una cifra que ya se esperaba.

—Yo lo vi en julio del setenta y nueve —dijo—. Cuando llegó la caja. Miré los papeles uno por uno, porque mi hijo acababa de pagar tres mil doscientos dólares por un papel que valía menos y yo quería saber qué había comprado. Y vi esa firma.

—¿Y no dijo nada?

—No dije nada.

—Año y medio.

—Año y medio largo. —Prudence juntó las manos encima del tomo—.

Le voy a decir por qué, y lo voy a decir una vez.

Porque no era asunto mío. Porque el que había pagado era mi hijo y a mi hijo no le hacía ninguna falta saberlo.

Y porque en agosto de aquel año su madre cruzó ese vado y se sentó en mi sala, y a la semana siguiente estaban hablando de una boda, y si yo enseño este papel entonces, esa boda no se hace.

—Usted quería que se hiciera.

—Yo quería que mi hijo tuviera una casa. —Prudence no bajó la voz—. Y usted no lo sabe todavía, pero cuando tenga usted un hijo va a hacer cosas peores que callarse.

Rosaura se puso la mano en el vientre sin darse cuenta.

—¿Y ahora?

—Ahora es distinto y usted sabe por qué.

Lo sabía.

Ahora la merced era bien propio suyo y constaba inscrito desde noviembre. Ahora, si aquella renovación era falsa, el préstamo de mil ochocientos setenta y cuatro estaba viciado. Y con él todo lo que se colgó de él después. La mitad de los papeles de la casa Otero se podían mirar con lupa.

Y ahora, sobre todo, Prudence Ward tenía en la mano la prueba de que la señora de su hijo venía de una casa donde se falsificaba.

—El martes va el correo a Santa Fe —dijo Prudence—. Voy a ir yo, y voy a llevar esto a la casa de banca y al abogado que nos lleva lo del acarreo. No al de Grady. A otro.

—No.

—Señora Ward.

—Deme dos semanas.

—¿Para qué?

—Para hablar con mi madre.

Prudence cerró el tomo.

—Yo ya le di dos años a su madre.

Y ahí empezó.

Empezó en voz normal y en inglés. A la segunda o tercera vuelta se salió de la mesa y las dos se pusieron de pie. Lo que vino después duró un cuarto de hora y se oyó en toda la casa. Aquella casa es de tabla y se oye todo, y ninguna de las dos bajó la voz ni una sola vez.

Prudence le dijo que aquel papel no era de ella ni de su madre, que era de la casa que lo tenía archivado y que esa casa era la suya.

Rosaura le dijo que llevar ese papel a Santa Fe era meter a su madre en la cárcel a los cuarenta y nueve años.

Prudence le respondió que su madre había metido a otros en cosas peores.

Rosaura contestó que dos semanas no le cambiaban nada a ella y le podían cambiar todo a una casa entera.

Prudence le contestó que dos semanas es lo que se tarda en quemar un papel.

Rosaura le recordó que llevaba dieciséis meses en aquella casa y que no había tocado un papel que no fuera suyo.

Prudence dijo que su madre tampoco los tocaba, que los escribía.

Rosaura le dijo que si pensaba eso de ella, se lo dijera a la cara y con esa palabra.

Prudence se lo dijo a la cara y con esa palabra.

Y entonces Rosaura, que llevaba tres meses y medio de embarazo y treinta horas sin dormir bien y cuatro años pasando por encima de una hoja, dijo lo que dijo. Lo dijo en castellano, que era lo que no se hacía en aquella mesa, y lo dijo alto.

—Ese papel no sale de esta casa mientras yo viva aquí.

Se oyó en el zaguán, en la cocina y en el corral chico.

En el zaguán estaba Bernarda Tafoya, que llevaba en aquella casa desde el siete de enero. Estaba doblando ropa encima del arcón.

En la cocina estaba Serafina Griego, que llevaba con Prudence desde el setenta y ocho y era una de las dos que vinieron con ella del pueblo. Estaba pelando.

Y en la puerta de fuera, con un cubo en cada mano, estaba Onésimo, el mozo de las mulas. Había ido a por agua y se quedó parado en el escalón, porque no se entra en una casa cuando dentro hay dos mujeres gritando.

Los tres estaban donde estaban por casualidad y ninguno de los tres se movió.

La discusión se acabó como se acaban estas cosas, sin acabarse. Prudence recogió sus tomos y subió. Rosaura se quedó en el comedor hasta que oyó cerrarse la puerta de arriba y después salió al porche y estuvo fuera hasta que le entró frío.

Cenaron las dos esa noche, solas, porque Elias estaba en Fort Union con el último acarreo del invierno. Cenaron en la misma mesa y se pasaron la sal.

El domingo veintisiete, Prudence fue a la comida del pastor presbiteriano, que aquel mes se hacía en Las Vegas, y volvió a las siete.

Aquella tarde Rosaura estuvo sola en la casa con las tres mujeres.

Trajeron de la botica lo de la señora, que se había encargado el jueves, y lo subió Bernarda, y Rosaura no se enteró y no tenía por qué enterarse.

Aquella mañana Onésimo había cruzado el vado con la carreta chica a llevar la ropa de la colada, como se hace los domingos, y volvió a las doce.

Lo que se gritó en aquel comedor el sábado lo sabía la casa grande antes de la comida del domingo.

Una merced de ciento cuatro familias no tiene más correo que ese.

Eso lo supo después, y lo supo en un juzgado.

El lunes veintiocho, por la mañana, Prudence se lo dijo en el zaguán, con el sombrero ya puesto y de camino a la cocina.

—Salgo el miércoles en el correo de las siete. Se lo digo para que no se entere por otro.

—Se lo agradezco.

—No me lo agradezca.

Fue lo último que hablaron.

El martes primero de marzo Rosaura cruzó el vado a las ocho y media, como todos los martes, y estuvo en la casa grande hasta las cuatro. Volvió con barro en las botas y con dos quesos. Cenó sola, porque Prudence cenó arriba, y se acostó a las nueve y media.

La encontró Serafina el miércoles dos de marzo a las seis y media de la mañana, cuando subió con el agua caliente. Estaba en su cama, vestida con el camisón, con la lámpara apagada y la mano derecha fuera de la sábana.

En la mesilla había un vaso con dos dedos de agua y un frasco de láudano de tres onzas, destapado y vacío.

Prudence Ward tomaba láudano para la cadera desde el invierno del setenta y siete, quince gotas por la noche. Lo encargaba a la botica dos veces al año. Eso lo sabía toda la casa y lo sabía el valle.

Rosaura subió cuando la llamaron. Le tocó la mano, que estaba fría, y le cerró los ojos, como se hace. Después mandó a Onésimo a Las Vegas, a por el médico y a por el alguacil, y a que avisaran a Elias en Fort Union.

El médico llegó de Las Vegas a las cuatro de la tarde. Era un hombre de unos cuarenta años, de apellido Merrill, y estuvo arriba veinte minutos.

Dijo lo que se dice. Que a esa edad y con esa dosis, si la señora tenía costumbre, podía ser un descuido de la noche, porque el láudano se toma a oscuras y se cuenta mal.

Dijo también que el frasco era nuevo y que estaba vacío, y que un frasco de tres onzas no se vacía por descuido, y esas dos cosas las dijo seguidas y sin darles más peso a una que a otra.

El alguacil no vino ese día. Vino a la mañana siguiente un diputado, que miró el cuarto de arriba, apuntó lo que había en la mesilla y se llevó el frasco envuelto en un pañuelo.

Hizo tres preguntas, y las tres las contestó Serafina, que era la que la había encontrado y la única de la casa que había entrado en aquel cuarto por la mañana.

Cuando el médico se fue, Rosaura se sentó en la silla del comedor con la caja de latón delante, que seguía en la mesa y seguía abierta.

Sacó los papeles y los fue poniendo en fila sobre la tabla, como se ponen los naipes cuando se cuenta una mano.

La solicitud de crédito del setenta y dos.

El resguardo de cancelación. Los dos recibos de interés del setenta y seis.

El requerimiento del setenta y ocho. La carta del agente Tilden. Seis papeles.

El sábado eran siete. Los había contado ella misma mientras Prudence los iba apilando, porque contar es lo que hace con las manos cuando está esperando a que otro hable.

Volvió a meterlos y volvió a sacarlos. Miró debajo de la caja, detrás del armario y entre las hojas de los tres tomos del acarreo, uno por uno y de atrás adelante.

Subió al cuarto de arriba, abrió el escritorio de Prudence, que no estaba cerrado con llave, y no encontró más que sellos, un dedal y cartas de una hermana de Ohio.

El cuarto cerrado con llave lo dejó cerrado.

La llave estaba en el llavero, encima de la cómoda, a dos pasos de la mano, y no la cogió.

Allí dentro estaban las cosas de Ohio de una mujer que llevaba cuatro horas muerta, y esa puerta era la única de aquella casa que Rosaura no se creyó con derecho a abrir.

La hoja de papel de barba con el membrete del banco de Santa Fe no estaba en la casa.

Bajó y no se lo dijo a nadie, porque no se le dice una cosa así a un hombre que acaba de firmar un parte y quiere volverse al pueblo antes de que anochezca.

Del veintiocho de febrero al dos de marzo hay tres días.