La deuda de Mesa 21. Bernarda
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21. Bernarda

Bernarda

Elias llegó de Fort Union el tres de marzo a las once de la noche, con las mulas reventadas y sin comer desde Watrous.

Subió a ver a su madre antes de quitarse el abrigo y estuvo arriba quince minutos. Después bajó al comedor, donde seguía la caja de latón abierta con los papeles apilados al lado, y se sentó con las manos encima de la tabla.

Rosaura le puso un plato delante y él no lo tocó.

—Cuéntemelo desde el sábado.

Se lo contó desde el sábado. La renovación de noviembre del setenta y cuatro.

La firma pequeña que se iba hacia la derecha al final de cada palabra.

Los tres recibos de porte firmados por su padre, con los dos renglones que se salían del margen.

Lo que dijo Prudence de julio del setenta y nueve y de los dos años y medio de silencio.

La discusión entera, sin quitarse nada, con la frase en castellano y con el tono en que la dijo.

Y que el miércoles, cuando bajó del cuarto de arriba, la hoja ya no estaba en la caja.

Elias escuchó sin moverse.

—¿La ha buscado?

—Dos veces. La caja, el armario, los tres tomos y el escritorio de arriba.

—¿Quién sabía que estaba ahí?

—Su madre y yo.

Era verdad y no era toda la verdad, y ella lo supo mientras lo estaba diciendo.

El martes primero de marzo había cruzado el vado, como todos los martes, y había estado en la casa grande de nueve a cuatro. A las tres apartó el libro y se quedó sola con su madre.

Le contó lo que había salido de la caja de latón. Le dio la fecha, el importe y la descripción de la firma. Le dijo que Prudence Ward salía el martes siguiente para Santa Fe con el papel en la mano y que iba a enseñárselo a un abogado que no era el de Grady.

Casilda la escuchó de pie, junto a la ventana, con un trapo doblado sobre el brazo.

—¿Y tú qué le has contestado a esa mujer?

—Que me diera dos semanas.

—Dos semanas.

—Sí.

Su madre no preguntó nada más. Se metió el trapo en el delantal, salió a la cocina y volvió a los diez minutos hablando de la matanza y de los cueros. Comieron. A las cuatro Rosaura se fue.

Eso fue el martes. Prudence Ward amaneció muerta el miércoles.

La enterraron el viernes por la mañana en el alto de detrás de la casa, donde ya estaba el marido desde el setenta y cinco.

Vino el pastor presbiteriano. Habló ocho minutos en inglés.

Estuvieron las tres mujeres de la casa, Fidencio Aragón con dos hombres de Mesa Colorada, los Griego, el agente del almacén y unas quince personas más. De la otra orilla no fue nadie.

Al bajar del alto, el juez de paz del precinto se puso al lado de Elias y anduvo un rato con él sin decir nada.

Se llamaba Amador Baca. Tenía sesenta y un años, era juez de paz desde el setenta y tres y hacía también de pesquisidor, porque en el precinto no había otra cosa y porque nadie más quería el cargo. Llevaba doblado en el bolsillo del chaleco el parte del médico Merrill.

—Esto lo cierro en una mañana —dijo—. Pero lo tengo que abrir.

—Ábralo.

—El lunes a las diez, en su comedor, que es donde pasó. Seis hombres y el médico. Siento el día.

—El día da lo mismo.

El lunes siete, a las diez, había seis hombres sentados en el comedor de la casa Ward y un séptimo de pie junto al aparador, que era el escribiente y era de Las Vegas.

Tres eran del valle. Aniceto Lucero, que había regado con el agua del segundo jueves.

Un primo de los Madrid. Un herrero de Tecolote que se llamaba Ildefonso Griego y era tío de Serafina, y eso lo dijo él mismo antes de sentarse, y Baca lo apuntó y lo dejó sentado igual, porque con seis hombres no se puede escoger.

Los otros tres eran de la parte de arriba del camino. El agente del almacén, un tratante de mulas y un hombre de la línea del correo.

Baca preguntaba en castellano a los que hablaban castellano y en su inglés a los otros. El escribiente lo pasaba todo al inglés en el acta, porque el acta es del condado.

El médico habló primero y dijo lo mismo que había dicho el miércoles, con las mismas dos frases seguidas y sin darle más peso a ninguna. Que a esa edad, con esa costumbre y a oscuras, el láudano se cuenta mal. Y que un frasco de tres onzas no se vacía por descuido.

Uno de los seis le preguntó cuál de las dos cosas creía él.

—Yo no creo. Yo vi lo que había en la mesilla.

Serafina Griego contó que subió a las seis y media con el agua caliente y que la señora estaba fría.

Le preguntaron por el sábado. Dijo que hubo voces en el comedor un cuarto de hora largo y que ella estaba pelando.

De las voces no entendió las palabras, porque la señora y la nuera hablaban en inglés y ella de inglés no tiene.

Onésimo dijo que se quedó en el escalón con los dos cubos y que no entró. Le preguntaron si oyó algo.

—Oí papel. Y oí que la señora habló en mexicano al final.

—¿Qué señora?

—La joven.

—¿Y eso qué tiene?

—Que en esa mesa no se hablaba mexicano. Nunca.

Bernarda Tafoya entró la última y no se sentó hasta que Baca le señaló la silla.

Tenía veintiún años. Llevaba el pelo recogido como se lo recogía para servir la mesa y las manos delante, una encima de la otra. Miró a Rosaura al sentarse, una vez, y después ya no.

Contó que estaba en el zaguán doblando ropa sobre el arcón, que oyó la discusión desde el principio y que el zaguán está pegado al comedor por el tabique.

—¿Entendió usted lo que decían?

—El inglés no. La última cosa sí, porque esa fue en castellano y fue a gritos.

—¿Y qué fue lo que dijo?

Bernarda lo dijo despacio y en voz alta, como se dice una cosa aprendida.

—Ese papel no sale de esta casa mientras ella viva.

En el comedor no pasó nada. El escribiente escribió. Aniceto Lucero se miró las manos. El tratante de mulas le pidió a Baca que lo repitiera y Baca lo repitió.

Rosaura oyó la frase entera y oyó la diferencia, que eran tres palabras y estaban en el sitio donde cambia todo.

Ella había dicho mientras yo viva aquí. Era una mujer diciendo que no se movía de su casa.

Bernarda había dicho mientras ella viva. Era otra cosa y todo el mundo en aquel cuarto sabía cuál.

Podía levantarse y decirlo. Podía decir que la muchacha que acababa de hablar era la hija de Refugio Tafoya, que la conocía desde que las dos ataban vellones en el mismo corral, y que se equivocaba en tres palabras.

Y entonces habría dos mujeres contando la misma frase de dos maneras delante de seis hombres, y los seis hombres tendrían que escoger a cuál creer.

Miró a los seis. Tres eran del valle y tres no. Los tres del valle sabían de quién era el pleito de Mesa Colorada, de quién era la casa y de qué apellido era la mano que lo había heredado todo.

Se quedó sentada.

Bernarda se levantó cuando Baca le dijo que ya estaba. Para salir tuvo que pasar por detrás de la silla de Rosaura, porque el comedor es estrecho y no hay otro camino. Al pasar se recogió la falda con las dos manos para no rozarla.

En el zaguán la esperaba su padre, de pie y sin apoyarse en nada.

Salieron juntos al patio y montaron, y Refugio Tafoya no entró a saludar a la señora, que era lo que había hecho todos los días de los once años anteriores.

Baca le preguntó a ella la última.

Confirmó la discusión. Confirmó el cuarto de hora, el motivo y la hora. Dio su versión de la frase, y el escribiente la escribió debajo de la otra, y las dos quedaron en el acta una encima de otra, que es la peor manera de quedar.

—¿Qué papel era ese?

—Una renovación de un préstamo de mi casa, de noviembre del setenta y cuatro.

—¿Lo tiene usted?

—No.

—¿Lo tiene alguien?

—Estaba en esa caja el sábado y el miércoles ya no estaba.

Baca no levantó la cabeza del papel cuando lo apuntó, y eso fue lo único que hizo en toda la mañana que se pareciera a una opinión.

A las doce menos cuarto entró el diputado del alguacil mayor con una hoja doblada que había traído a caballo desde Las Vegas.

Era una hoja del libro de la botica de Kessler, copiada y certificada por el boticario, con las tres entradas de la semana del veinte de febrero. La tercera decía: un frasco de láudano, tres onzas, casa Ward, entregado el veintisiete, cargado en cuenta de Mesa Colorada.

Y cosido a la hoja, el vale.

El vale lo había escrito ella el jueves veinticuatro por la mañana, en la casa grande, entre otros once.

Los vales de las dos casas los escribía ella desde hacía dieciséis meses.

Los bajaba el carro de Mesa Colorada, que era el que hacía el viaje.

Decía: sírvase entregar lo de la señora Ward.

Y debajo, su letra, que era la letra más comparada de aquel valle.

Baca le pasó la hoja. Rosaura la leyó y la devolvió.

—¿Es suyo?

—Es mío.

—¿Tres onzas?

—Las onzas no las puse yo. Yo puse lo de siempre.

—Aquí pone tres.

—Aquí pone lo que puso el boticario.

Y el boticario estaba en Las Vegas, a treinta y dos millas, y no lo había llamado nadie, porque en una pesquisa de precinto no se llama a nadie de treinta y dos millas. Vino la hoja y no vino el hombre. Eso pasa siempre con los papeles y ella lo sabía mejor que ninguno de los seis.

Los seis salieron al porche a las doce y diez y volvieron a la una menos veinte.

El veredicto lo leyó Baca de pie, en inglés y después en castellano. Que la difunta vino a la muerte por una dosis de láudano que no fue accidental. Que había causa bastante para que respondiera de ello Rosaura Otero de Ward.

Elias se levantó de la silla del fondo y no dijo nada, y eso fue peor que si hubiera dicho algo.

La orden bajó a Las Vegas el martes y subió otra vez el viernes once de marzo, a las diez y media de la mañana, en el bolsillo del mismo diputado.

Era un hombre de unos treinta años, con un abrigo que le venía largo, y se llamaba Cleaves. Se quitó el sombrero en el zaguán y lo tuvo en la mano todo el rato, lo cual no había hecho ninguno de los otros.

—Señora. Tengo que llevarla a Las Vegas.

—Ya lo sé.

—Puede llevar ropa. Y si quiere que vaya alguien detrás con un carro, se puede.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—El que le haga falta, señora. Tengo el día.

Le hizo falta cuarenta minutos y no fueron para la ropa.

Se sentó en el comedor, abrió el libro de la casa grande por marzo y cerró la semana.

Apuntó las cuentas del entierro, que eran doce dólares con el pastor y el carpintero.

Apuntó lo que faltaba de la matanza. Dejó en hoja aparte, con letra grande, lo que había que hacer con el rodeo del veintidós y con los dos hombres que hacían falta contratar para la esquila, y a quién pagarle primero si el almacén apretaba, y en qué orden.

Después llamó a Fidencio, que estaba en el patio desde las nueve porque ya se sabía todo en las dos orillas, y le puso la hoja delante.

—Esto se lee en voz alta el lunes, delante de Refugio y delante de los muchachos, y se cumple aunque venga alguien a decir otra cosa.

—Sí, señora.

—Y el libro no sale de esta casa.

Fidencio se quedó con la hoja en la mano, doblándola y desdoblándola, y luego se la metió en la camisa.

Rosaura miró la mesa y se corrigió a sí misma, que es lo que no había hecho en cuatro años.

—El libro no. El libro se lo lleva usted esta tarde a mi madre y se lo pone en la mano, y le dice que lo guarde y que lo siga llevando.

Rosaura subió, se puso el abrigo gris y bajó con un lío pequeño. Estaba de cuatro meses y se le notaba desde la puerta.

Elias la llevó del brazo hasta el carro y subió con ella. Cleaves montó delante. Nadie dijo una palabra hasta el vado, y en el vado tampoco.

La cárcel del condado de San Miguel estaba detrás del juzgado, era de adobe y tenía cuatro cuartos. A ella la pusieron en el de la ventana alta, que era el que daba al corral y el que se usaba para mujeres, y que llevaba vacío desde noviembre.

Fidencio llegó el lunes catorce, a las tres de la tarde, con un lío de ropa limpia, dos mantas y una olla.

Le contó lo del rodeo, que iba adelantado. Le contó que el almacén no había apretado todavía. Le contó que el domingo había cruzado el vado el coche de la casa grande y que su madre llevaba dos días durmiendo en Mesa Colorada.

—¿Y qué ha hecho?

—Ha mandado ensillar y ha ido al hato con Refugio.

—¿Y?

Fidencio se quitó el sombrero y se lo puso en la rodilla.

—Le ha escrito el partido, señora. Doscientas cabezas a nombre de Refugio Tafoya, caporal, con fecha del sábado. Se lo leyó delante de los muchachos y luego lo apuntó en el libro.

—¿En qué libro?

—En el suyo. En el verde.

Once años llevaba Refugio Tafoya de caporal en aquella casa, con doscientas cabezas suyas dentro del rebaño. En once años nadie se lo había puesto por escrito. A la gente de palabra no se le escribe nada hasta que hace falta que deba algo.

Fidencio se fue a las cinco.

Rosaura le pidió papel al carcelero, que se lo dio porque era la señora Ward, y apuntó las dos fechas una debajo de la otra, como se apunta una cuenta que hay que cuadrar.

Siete de marzo de 1881. Bernarda Tafoya declara.

Doce de marzo de 1881. Refugio Tafoya, caporal, doscientas cabezas al partido, escrito.

Cinco días.