22. El intérprete
El intérprete
Encima de la mesa del fiscal había tres cosas y estuvieron allí los cuatro días.
Un frasco de vidrio marrón de tres onzas, vacío, con la etiqueta de la botica todavía pegada.
Una hoja del libro de esa botica, copiada y certificada por el boticario.
Y cosido a la hoja, un vale de once renglones escrito con letra de mujer.
El juicio empezó el lunes nueve de mayo de 1881, en la sala grande del juzgado de Las Vegas, y duró hasta el jueves.
La traían cada mañana a las nueve menos cuarto, andando, desde la cárcel, que está detrás y son cuarenta pasos. Iba de negro, con un vestido que le había mandado hacer Elias en marzo y que en mayo ya no le cerraba por delante. Estaba de seis meses.
La sentaban en una silla y no en el banco, por eso mismo. Lo mandó el juez el primer día, sin que se lo pidiera ninguna de las dos partes.
El juez se llamaba Deming y venía de fuera del condado. El fiscal se llamaba Hoyt. El abogado de ella era un hombre de cincuenta años, de Las Vegas, de apellido Pardee, que había llevado pleitos de tierras durante veinte años y ningún proceso criminal en once.
Pardee no sabía castellano, y lo había dicho el primer día que se sentaron a hablar, sin apuro y sin disculparse, como quien dice que no monta a caballo.
De los doce del jurado, cinco eran del valle o de Tecolote y siete no. Los cinco entendían las dos lenguas. Los siete entendían una.
El intérprete del juzgado se llamaba Teódulo Rael, tenía cincuenta y tantos años y llevaba catorce en el cargo. Juró el lunes por la mañana, con la mano en el libro, traducir fielmente lo que se dijera en la sala.
Traducía rápido y sin pararse nunca a pensar, que era por lo que lo tenían.
Cobraba por día de sala y vivía de eso. En catorce años había traducido pleitos de acequia, de linderos, de reses marcadas y de heridas de cuchillo, y lo hacía bien para lo que se le pagaba, que era para que la sala no se parara.
Rosaura lo había visto trabajar dos veces, de niña, cuando su padre iba al juzgado por lo del agua.
Su padre decía de él que era un hombre honrado y que había que oír bien lo que ponía en boca de uno.
Las dos cosas las decía seguidas, sin darse cuenta de que la segunda desmentía a la primera.
Rosaura tenía once años y lo que entendió entonces fue que a los juzgados se va acompañado de alguien que habla por uno.
Le pareció normal, porque a esa edad todo lo que hacen los mayores parece normal.
El fiscal Hoyt armó su caso en dos días y lo armó con papeles y con gente de la casa.
Primero el médico Merrill, que dijo lo que había dicho en marzo y añadió, porque se lo preguntaron, que quince gotas son quince gotas y que tres onzas son cerca de mil quinientas.
Después el diputado que había recogido el frasco. Después el boticario Kessler, que esta vez sí vino. Declaró que el frasco de dos onzas se le había acabado en enero y que despachó el de tres porque era el último de los dos que le quedaban en el estante. Eso, dijo, no se lo consultó a nadie.
Pardee le sacó esa respuesta y la repitió dos veces, y fue lo mejor que hizo en cuatro días.
Después Serafina Griego. Después Onésimo.
Y el miércoles por la mañana, Bernarda Tafoya.
Iba de oscuro y llevaba el pelo recogido igual que en marzo. Juró y se sentó y esperó a que le preguntaran.
Hoyt le pidió que repitiera lo que había oído desde el zaguán el sábado veintiséis de febrero.
Bernarda lo dijo en castellano, despacio y alto.
—Ese papel no sale de esta casa mientras ella viva.
Rael lo pasó al inglés y el escribiente lo escribió.
Pardee se levantó y le preguntó, por medio de Rael, si estaba segura de las últimas cuatro palabras.
Bernarda contestó que sí. Le preguntó si la pared del zaguán era de tabla.
Contestó que sí. Le preguntó cuánto llevaba en aquella casa.
Contestó que desde el siete de enero. Le preguntó quién la había tomado. Contestó que la señora vieja.
Pardee se sentó. No preguntó dónde trabajaba su padre.
Rosaura se lo había escrito en un papel el lunes por la noche, con la fecha del partido y el nombre de Refugio, y Pardee lo había leído y lo había dejado encima de la carpeta.
—No lo puedo usar.
—Es una fecha.
—Es una fecha de un libro que ahora lleva su madre de usted. Si yo saco eso, el fiscal trae a su madre a esta sala, y su madre viene a declarar sobre la letra de un libro verde. Piénselo.
Lo pensó. Dijo que no lo sacara.
La defensa de Pardee fue que la señora Ward se había quitado la vida, y la levantó sobre tres cosas.
Que tenía sesenta y dos años y la cadera destrozada.
Que llevaba cuatro años tomando aquello todas las noches.
Y que el martes siguiente se iba a Santa Fe a entregar un documento que hundía a la familia de su nuera y a la casa de su nieto.
Hoyt la deshizo en veinte minutos con una pregunta que le hizo a Serafina. Si la señora había mandado planchar ropa de viaje el lunes. Serafina dijo que sí, dos vestidos y una capa, y que los dejó doblados en el arcón.
Nadie plancha ropa de viaje la víspera de matarse. Eso lo entendieron los doce.
En la sala, detrás, había sitio para unas sesenta personas y los cuatro días estuvo llena.
Del valle fueron muchos. Fidencio Aragón los cuatro días, en el último banco, con el sombrero en las rodillas.
Aniceto Lucero y los dos Madrid, que habían estado en el jurado de la pesquisa y ahora estaban de mirones.
Las mujeres de las tres familias, por turnos, porque alguien tenía que quedarse con los animales.
Refugio Tafoya no fue ninguno de los cuatro días.
Su madre tampoco.
Rosaura declaró el jueves por la mañana, que fue el cuarto día.
Declaró en castellano. Podía haberlo hecho en inglés y su abogado le dijo el martes que lo pensara, y ella lo pensó una noche entera y dijo que no. Lo dijo así: que en aquella sala la iban a entender mal de las dos maneras, y que si la entendían mal, prefería que fuera en su lengua.
Rael iba pasando al inglés frase por frase, y el escribiente escribía lo que decía Rael, porque el acta es del condado y el condado escribe en inglés.
Contó la discusión del sábado. Contó lo de la renovación de mil ochocientos setenta y cuatro y lo de la firma. Contó que el papel no estaba en la caja el miércoles. Contó lo del vale del jueves veinticuatro y que ella escribía los vales de las dos casas desde hacía dieciséis meses.
Hoyt la dejó acabar y después le hizo la pregunta con la que llevaba dos días esperándola.
—¿Desde cuándo sabe usted que el asiento de noviembre de mil ochocientos setenta y cuatro del libro de su casa está escrito con otra letra?
—Desde marzo de mil ochocientos setenta y siete.
—Cuatro años.
—Cuatro años.
—¿Y a quién se lo dijo usted en cuatro años?
—A nadie.
—¿Ni al juez de pruebas cuando se abrió la testamentaría de su padre?
—A nadie.
Eso también lo pasó Rael entero y sin quitar nada, y fue lo peor que se oyó de ella en cuatro días, y lo dijo ella misma.
Hoyt esperó a que acabara y empezó por donde tenía que empezar.
—¿Qué quiso decir usted con esa frase?
—Quise decir que mientras yo viviera en esa casa, ese papel no se llevaba a Santa Fe.
Rael dijo:
—Que mientras ella viviera, ese papel no iba a Santa Fe.
El escribiente escribió esa. Dos de los cinco del valle se miraron. Ninguno de los siete se movió.
Hoyt siguió.
—¿Sabía usted que su suegra se proponía salir el martes primero de marzo para Santa Fe con ese documento?
—Lo sabía. Me lo dijo ella misma el lunes en el zaguán.
—¿Y usted qué pensaba hacer?
—Yo iba a impedirlo.
Rael dijo:
—Yo iba a impedírsela.
El escribiente lo escribió.
Rosaura tenía las dos manos encima de la baranda y no las movió.
Oyó las dos frases y oyó lo que le habían hecho a las dos. En la primera le habían quitado tres palabras. En la segunda le habían cambiado una cosa por una persona.
Podía decirlo. Estaba a tres metros del juez y sabía las dos lenguas mejor que nadie de los que estaban sentados delante, y le bastaba con decir en inglés que el intérprete se había equivocado.
Y entonces sería una mexicana acusada de matar a una mujer de habla inglesa, en un juzgado de habla inglesa, diciéndole al juez que el funcionario jurado del condado no sabía su oficio.
Y lo diría en inglés, con lo cual quedaría probado delante de los doce que llevaba dos días haciéndose traducir sin necesitarlo.
Miró a Pardee. Pardee estaba tomando notas y no había levantado la cabeza en ninguna de las dos frases, porque no tenía con qué.
Se quedó callada.
Hoyt preguntó dos cosas más.
—¿Le contó usted a alguien que la señora Ward iba a llevar ese documento a Santa Fe?
Rosaura tardó en contestar lo que se tarda en respirar dos veces.
—No.
Rael lo pasó al inglés y esa vez lo pasó bien, porque no tenía nada que pasar.
—¿A nadie?
—A nadie.
Hoyt asintió y se sentó.
Aquella respuesta la tuvo Rosaura encima siete meses, y después cinco años, y no se la quitó ningún indulto. Lo del intérprete se lo hicieron a ella. Lo de la pregunta del martes primero de marzo se lo hizo ella sola, en voz alta, delante de doce hombres y con la mano puesta en el libro.
De los cinco hombres del jurado que entendían las dos lenguas, tres tenían tierra de riego en aquel mismo condado y dos trabajaban para casas de comercio de Las Vegas.
Ninguno de los cinco pidió en cuatro días que se repitiera una traducción.
No hay ley que diga que un jurado no puede pedirlo, y tampoco hay ley que diga que puede, y el que preside no lo explica y el que traduce menos todavía.
Así que las dos frases quedaron como quedaron, escritas en inglés y firmadas por dos funcionarios del condado.
El resumen del fiscal duró una hora y cuarto y en él esas dos frases se dijeron otras cuatro veces, ya en inglés y ya sin ella dentro.
El jurado salió el jueves a las dos y veinte y volvió a las siete y diez de la tarde.
Cuatro horas y cincuenta minutos para doce hombres es mucho tiempo, y quiere decir que discutieron.
La sala no se vació en todo ese rato. Encendieron los quinqués a las seis y media. Fidencio salió dos veces a fumar al pie de la escalera y las dos veces volvió a entrar antes de acabar el cigarro.
El presidente del jurado se puso de pie con el papel en la mano y lo leyó sin levantar la voz.
El veredicto fue de homicidio y no de asesinato.
En la sala no hubo ruido. Una mujer de las de Tecolote dijo algo en voz baja y la hicieron callar desde el banco de al lado.
Hoyt había pedido la pena de muerte por asesinato en primer grado.
Lo que hizo caer eso fue el frasco. El vale era del jueves veinticuatro y la discusión fue el sábado veintiséis, y un hombre no encarga el jueves el veneno de una pelea que va a tener el sábado.
Kessler lo había dicho. Pardee lo había repetido dos veces.
El juez Deming le puso diez años.
Dijo también, porque había que decirlo, que el territorio no tenía todavía penitenciaría propia y que la condenada cumpliría en la cárcel del condado hasta que la hubiera.
Rosaura oyó los diez años en inglés y los entendió sin Rael.
Elias estuvo en la sala los cuatro días, en el segundo banco, sin hablar con nadie. Cuando leyeron el veredicto no se levantó ni dijo nada, porque en aquella sala él era el marido de la acusada y cualquier cosa que hiciera iba a contarse en el valle esa misma noche.
Bajaron a Rosaura al cuarto de abajo mientras preparaban el traslado. Le dejaron ver a su marido diez minutos, con el diputado Cleaves en la puerta.
Él se sentó enfrente y le puso las dos manos sobre las rodillas.
—Usted no lo hizo.
Le salió el usted. Era la primera vez desde noviembre.
—No.
—Ya lo sé. No lo he dudado ni un minuto y no lo voy a dudar. —Se levantó—. Tengo que irme.
—¿Adónde?
—A Santa Fe. Salgo esta tarde.
—¿A qué?
—A ver a un hombre.
—Elias.
—No te lo voy a contar hasta que esté hecho.
Salió a las cuatro y veinte de aquella misma tarde, a caballo y con una muda, y no fue a la casa.
El valle se enteró esa noche y de dos maneras.
Los de las tres familias lo contaron como lo habían visto. Que a la señora la habían condenado por una frase que ella no dijo, y por un frasco que despachó un boticario sin preguntarle a nadie.
El almacén y la línea del correo lo contaron de la otra manera.
A la semana siguiente, el martes, se presentó en la cárcel una mujer de Tecolote con dos gallinas, y dijo que se las mandaba su suegra, y no quiso decir el nombre de la suegra. Después vinieron otras. Nunca fueron muchas y nunca dejaron de venir.
A Rosaura le dieron esa noche una copia del acta, porque la pidió y porque Pardee dijo que tenía derecho.
Eran cuarenta y una páginas en inglés.
Su declaración ocupaba cinco y media. La leyó entera dos veces, sentada en el catre, con la vela que le dejaban hasta las nueve.
Estaba todo, y estaba bien escrito, y no había en aquellas cinco páginas y media una sola palabra suya.
Cogió el lápiz que le habían dejado para las cuentas de la casa. En el margen de la página treinta y uno apuntó dos números, que eran los dos renglones, y al lado de cada uno escribió en castellano lo que había dicho.
Luego contó las palabras que faltaban, porque contar es lo que hacen sus manos cuando no hay otra cosa que hacer.
Tres en la primera. Una en la segunda.
Cuatro palabras, diez años.