La deuda de Mesa 23. Catorce de agosto
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23. Catorce de agosto

Catorce de agosto

El cuarto tenía tres pasos y medio de largo por dos y medio de ancho, un catre de tablas, una silla, una palangana y una ventana alta con dos barrotes.

Por la ventana se veía el corral del juzgado y una franja de cielo, y a media mañana entraba el sol y se iba al cuarto de hora.

La primera semana pidió tres cosas. Un candil hasta las nueve, papel, y que dejaran entrar a Fidencio Aragón los sábados.

El carcelero se llamaba Trujillo, tenía cuarenta y pico años y una mujer que cocinaba para los cuatro cuartos. Le dio las tres.

Lo de Fidencio lo apuntó. En aquella cárcel se apuntaba todo el que entraba y todo el que salía, con la hora y con el nombre.

El libro era de hojas cuadriculadas, estaba en la mesa de la puerta y se llevaba así desde el setenta y cuatro.

Rosaura lo vio escribir el primer sábado, cuando Fidencio entró a las diez y cuarto, y no le dio ninguna importancia.

Lo del papel se lo dio porque se lo pidió en castellano y porque en aquella cárcel había habido, en once años, dos mujeres, y una de ellas estaba loca.

En los otros tres cuartos hubo aquel verano gente por temporadas. Un tratante de caballos de Mora. Dos muchachos de la línea del ferrocarril que se habían peleado en la calle del puente. Y un hombre de sesenta años que no sabía por qué estaba allí y se lo preguntaba a Trujillo todas las mañanas.

Del corral llegaba el ruido de la herrería del juzgado, y a las seis de la tarde, cuando aflojaba el calor, se oía a las mujeres de la calle de atrás llamando a los niños por su nombre. Rosaura se aprendió doce nombres en tres meses sin proponérselo.

Rosaura empezó a llevar Mesa Colorada desde dentro el sábado veintiuno de mayo.

Fidencio llegaba a las diez, se sentaba en la silla y contaba. Cabezas paridas, cabezas muertas, sacos de lana, jornales, lo que había entrado y lo que había salido. No sabía leer más que su nombre y una cuenta se la sabía de memoria una semana entera.

Ella lo iba apuntando en hojas sueltas y después le devolvía las órdenes, una por una, y él se las repetía en voz alta hasta que no se equivocaba.

La esquila del ochenta y uno salió a mil ochocientos treinta y dos vellones.

Se vendió mal. Se vendió a diecinueve centavos y medio la libra, cuando el año anterior se había pagado a dieciséis. Se vendió mal porque el que fue a tratar el precio fue Fidencio, y a Fidencio el almacén lo despacha en veinte minutos.

Rosaura sacó la diferencia en la hoja del sábado siguiente. Eran cuatrocientos once dólares.

Cuatrocientos once dólares es el jornal de un año de dos hombres, o el heno de un invierno, o lo que cuesta llevar una apelación hasta la mitad.

Se lo enseñó a Fidencio con el número escrito grande.

—No es culpa suya.

—Ya sé que no es culpa mía, señora.

—Es culpa de que yo estoy aquí. Guarde el papel y enséñeselo a mi madre.

Su madre vino el jueves nueve de junio, a las once de la mañana.

Fue la primera vez que la veía desde el martes primero de marzo.

Llevaba un vestido bueno y el pelo recogido como para la iglesia, y traía un cesto con pan, dos quesos y una camisa de dormir nueva. Trujillo miró el cesto, le sacó el pan y lo partió, y lo volvió a meter.

Casilda se sentó en la silla y se estuvo un rato ordenando las cosas del cesto, que no hacía ninguna falta ordenarlas.

—Estás muy delgada de la cara.

—Estoy de siete meses.

—Yo contigo estuve delgada hasta el último día y después me puse como un carro. —Dejó el cesto en el suelo—. Te he traído la camisa porque la que tienes se te va a quedar corta.

—Gracias.

—El niño no puede nacer aquí.

—Nace donde yo esté.

—Digo el apellido. —Casilda se puso las manos en la falda—. Si esa criatura se inscribe en Las Vegas con la fecha de agosto del ochenta y uno y en el renglón de la madre va tu nombre, ya está. Ya no hace falta que nadie cuente nada nunca más. Se lee el libro y se sabe.

—Se sabe qué.

—Se sabe de qué casa viene.

Rosaura no contestó enseguida. Fuera, en el corral, estaban herrando y se oía el martillo en tandas de tres.

—Esta casa se llama Otero por mi padre y por su padre y por el que trajo el papel de la merced —dijo—. Y lo que hundió esta casa cabe en un renglón de un libro verde de noviembre del setenta y cuatro. Eso no lo escribió mi hija.

Su madre no se movió.

—Ni lo escribí yo.

—Madre.

—Yo lo que he hecho ha sido sostener una casa con lo que había.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. —Casilda se levantó y recogió el cesto vacío—. Tú tienes veintitrés años y una escritura a tu nombre, y eso lo tienes porque yo te casé. Lo demás ya lo hablaremos.

Se fue a las once y veinte.

Aquella tarde Rosaura estuvo hasta las cinco haciendo la cuenta del heno de invierno, que no hacía ninguna falta hacer en junio, y le salió tres veces mal y a la cuarta le salió bien.

Un renglón de un libro es una casa entera cuando lo escribe quien lo tiene que escribir, y es una soga cuando lo escribe otro. Eso lo sabía su madre mejor que nadie del valle, y por eso había venido a hablar de un renglón y no de una criatura.

A la semana siguiente Fidencio no vino.

Vino el otro sábado y dijo que la señora le había mandado no perder el día. Dijo también que él iba a seguir viniendo y perdiéndolo, porque el sábado es suyo y con su día hace lo que quiere. Vino todos los sábados hasta agosto.

De Elias llegaron dos cartas en junio. Las traía Trujillo abiertas, porque las abría, y no se disculpaba por eso.

Escribía como hablaba, con la frase corta y sin adornos, y hacía la ene con un rabo que se le iba para abajo.

La primera tenía cuatro renglones y decía que estaba en Santa Fe, que el asunto era largo y que estuviera tranquila. La segunda tenía tres y decía lo mismo con otras palabras.

En julio no llegó ninguna.

El once de julio, un lunes, subieron tres mujeres de Tecolote con un cesto entre las tres.

No las conocía de nombre. Le dejaron pan, calabacitas y una jarra de leche cuajada, y se quedaron de pie en el pasillo porque en el cuarto no cabían.

La mayor le dijo que su marido había estado en el juzgado los cuatro días.

—¿Usted qué oyó?

—Yo no estuve. Él dice que la muchacha esa dijo ella y que usted había dicho yo.

—Eso dijo.

—Pues eso es lo que se cuenta en Tecolote.

Volvieron el lunes siguiente y el otro. Nunca fueron muchas y nunca dejaron de venir, y ninguna dijo jamás la palabra inocente, porque esa palabra la dice el que tiene dudas.

El calor entró el veinte de junio y ya no se fue. En aquel cuarto, a las dos de la tarde, no se podía estar sentada. La mujer de Trujillo le subía una jarra a mediodía y otra a las cinco, y le dejaba la puerta del pasillo abierta cuando no había hombres en los otros cuartos.

Petra Madrid venía los miércoles.

Le miraba los tobillos, le ponía las dos manos en el vientre y las dejaba quietas un rato largo, y después le decía cuatro cosas y se iba. Tenía sesenta y un años y había sacado, por su cuenta, más de trescientos niños en aquel valle, y uno de ellos era Rosaura.

En julio le dijo que venía derecho y que de eso no se preocupara.

El último miércoles de julio se quedó más de lo que solía. Recogió sus cosas dos veces y las dos veces se volvió a sentar.

—Usted está sana y la criatura está sana. Eso lo digo yo y lo firmo.

—Ya lo sé, Petra.

—Pues ya está dicho.

Se fue sin mirarla, y eso Rosaura lo recordó después y en aquel momento no lo pensó, porque Petra Madrid nunca miraba a nadie a la cara más de lo necesario.

El nueve de julio pasó por la merced una cuadrilla de agrimensores con cadenas.

Fidencio lo contó el sábado siguiente. Eran cuatro hombres y un carro, entraron por el vado de abajo, midieron tres días entre el ojo de agua y el linde del corral de esquila y se fueron por el camino de Las Vegas.

—¿Preguntaron por alguien?

—Por nadie. Traían un papel y lo miraban mucho.

—¿Hablaron con mi madre?

—Comieron en la casa el segundo día.

Rosaura apuntó la fecha en la hoja del sábado y no apuntó nada más.

Su madre volvió el martes dos de agosto, a media tarde, sin cesto.

Se sentó y esta vez no ordenó nada.

—Vengo a decirte una cosa y no quiero que me contestes hoy.

—Diga.

—Esa criatura va a nacer en una cárcel, de una mujer condenada por matar a otra mujer, y en este territorio eso se lo cuentan en el patio de la escuela a los seis años. —Casilda hablaba despacio y sin subir la voz—. Hay maneras de que crezca sin eso encima.

—¿Qué maneras?

—Hay gente que cría. Con otro apellido y sin que nadie ate una cosa con la otra.

—Usted quiere decir sin el mío.

—Quiero decir sin el que te pusieron en el juzgado el doce de mayo.

Rosaura se puso de pie, que a los ocho meses y medio le costaba, y lo hizo despacio para que no pareciera otra cosa.

—Váyase.

—Piénsalo.

—Váyase, madre.

Casilda se levantó y se estiró la falda de un tirón.

—Tú lo que quieres es tener razón. Y la vas a tener, y te vas a quedar sin nada, igual que tu padre.

Fue lo último que le dijo antes de agosto.

En las dos semanas siguientes Rosaura hizo tres cosas.

Le pidió a la mujer del carcelero dos varas de lienzo y se las pagó con el dinero que le dejaba Fidencio de los jornales. Cosió y dobladilló seis piezas, que es lo justo para un recién nacido y no más.

Le mandó recado a Pardee y Pardee vino el jueves once, con la carpeta debajo del brazo y sin nada dentro que sirviera.

—¿Cuánto tarda una apelación?

—En este territorio, dos años. Y si sale bien, lo que se gana es que la vuelvan a juzgar.

—¿Sobre qué se apela?

—Sobre el derecho. No sobre los hechos. El jurado ya dijo los hechos y eso no se toca.

—El acta está mal.

—El acta está firmada por el intérprete del condado y por el escribiente del condado.

—Yo tengo las dos frases apuntadas.

—Usted tiene un lápiz y un margen, señora.

—Pardee lo dijo sin ninguna dureza, que fue lo que lo hizo peor—.

Para que eso sea algo hace falta que otra persona que estuviera en la sala diga lo mismo.

Y en esa sala las dos lenguas las tenían cinco hombres del jurado, y los cinco votaron con los otros siete.

Le preguntó cuánto costaba. Pardee dijo la cifra. Ella la apuntó debajo de los cuatrocientos once dólares de la lana y no añadió nada.

Y el sábado seis le dio a Fidencio la orden del rodeo de agosto y la del destete, y le hizo repetir las dos hasta que salieron limpias.

—Una cosa más.

—Diga.

—Las cuatro familias de arriba riegan del ojo de agua y no de la acequia madre. Si vuelven esos hombres con las cadenas, quiero saber si miden el ojo de agua o si lo rodean.

—¿Y si lo miden?

—Entonces me manda usted recado el mismo día y no el sábado.

Fidencio lo repitió y se lo llevó.

Elias vino el domingo siete de agosto por la tarde. Estuvo veinte minutos.

Estaba más flaco y traía las botas de viajar. Le dijo que seguía en Santa Fe y que volvía el martes. Le preguntó por el niño y por cómo dormía. No le contó a qué iba ni por qué llevaba tres meses yendo.

Antes de irse se paró en la puerta, dándole vueltas al sombrero.

—En septiembre esto se arregla.

—¿Qué es esto?

—Lo tuyo.

—Lo mío son diez años, Elias.

—Ya lo sé.

Y se fue.

Los dolores le empezaron el sábado trece de agosto a las once de la noche.

A las once y media Trujillo mandó a un muchacho a caballo por Petra Madrid, que aquella semana estaba en Las Vegas con una hija. Mandó a otro al valle, que era la orden que tenía. En la casa de madera no había nadie, porque Elias llevaba en Santa Fe desde el martes.

Petra llegó a la una y media y se quedó. Entró también la mujer del carcelero con agua y con trapos, y no entró nadie más en todo el día.

Fue un parto largo y fue un parto normal.

Duró dieciséis horas. Petra la tuvo andando por el pasillo hasta las siete de la mañana, agarrada a la pared con las dos manos, y después la subió al catre y la dejó allí. Petra no pidió médico y Trujillo no lo mandó buscar.

A las dos de la tarde Rosaura dejó de contar las horas, y llevaba contándolas desde la una de la noche.

La niña nació a las tres y diez de la tarde del domingo catorce de agosto de mil ochocientos ochenta y uno.

Rosaura la oyó llorar.

Petra la envolvió en una de las piezas de lienzo y salió con ella del cuarto.

La mujer de Trujillo se llevó las sábanas y trajo otras.

Rosaura preguntó por la niña dos veces y no le contestaron.

A las cuatro y veinte entró Merrill, que estaba en el pueblo por otro asunto y al que fueron a buscar cuando ya no hacía falta. Se lavó las manos en la palangana y se las secó despacio.

Dijo que la criatura había nacido muerta.

Rosaura dijo que la había oído llorar.

Merrill dijo que eso pasa y que era una niña y que estaba bien formada.

Ella pidió verla.

Merrill dijo que ya se la habían llevado a enterrar en sagrado, como se hace siempre, y que el papel lo firmaba él esa misma tarde.

Rosaura preguntó por Petra. Le dijeron que Petra se había ido a las tres y media.

La puerta se cerró a las cinco menos veinte.