24. Indulto no es inocencia
Indulto no es inocencia
Lo primero que hizo Elias Ward en Santa Fe fue sentarse a contar lo suyo. Lo escribió en una hoja, en la pensión de la calle Galisteo, la noche del trece de mayo.
La casa de madera y las ocho hectáreas de alrededor. Las dos suertes de abajo con sus dos jueves de agua. Cuarenta y una mulas y cuatro carros. El contrato de acarreo con Fort Union hasta junio del ochenta y dos. Lo que le debían y lo que debía.
Al pie puso el total y le salió algo menos de doce mil dólares.
Se dio cuatro meses.
El cálculo era sencillo y lo hizo esa misma noche, debajo del total. Diez años son ciento veinte meses. Si en cuatro perdía la mitad de lo que tenía y la sacaba, salía barato. Si en cuatro no conseguía nada, habría perdido cuatro y le quedarían ciento dieciséis por delante para seguir intentándolo.
Lo que no escribió en la hoja, porque no hacía falta escribirlo, es que en esos cuatro meses iba a nacer la criatura.
En cuatro meses hizo, por este orden, todo lo que un hombre honrado hace antes de hacer lo otro.
Lo hizo despacio y lo hizo mal. Era un hombre de acarreo y de ganado metido en una ciudad de expedientes, y las cosas que allí se arreglan en una conversación de pasillo él las pedía por escrito y esperaba contestación.
Habló con Pardee, que le explicó que una apelación se resuelve en dos años y que el territorio la tendría presa esos dos años igual.
Pagó a un abogado de Santa Fe llamado Whitcomb para que redactara una petición de clemencia. Para esa petición se juntaron ciento nueve firmas en tres semanas. Las recogieron Fidencio Aragón y el padre Isidro, yendo de casa en casa por el valle y por Tecolote.
De las ciento nueve firmas, setenta y una eran cruces con el nombre puesto al lado.
Fidencio hizo el valle en once días, a caballo y casa por casa. En cada una tuvo que explicar lo mismo desde el principio, porque allí se sabía que la señora estaba presa y no se sabía por qué ni con qué papeles.
El padre Isidro hizo Tecolote y la parte de abajo y consiguió menos firmas y tardó más.
Hubo nueve casas que dijeron que no. Dos de ellas eran de gente que le debía dinero a la casa Otero desde el setenta y ocho.
La petición entró en el despacho del gobernador el veinticuatro de junio.
El gobernador se llamaba Sheldon y llevaba en el cargo desde la primavera. En agosto contestó por medio de un secretario que el expediente se estudiaría en su momento.
Elias fue tres veces a la antesala del palacio.
La primera lo recibió un secretario de veintitantos años que le dijo que la petición estaba registrada y le enseñó el número.
La segunda lo dejaron dos horas sentado y le dijeron a las doce y media que el señor gobernador había salido.
La tercera ni siquiera subió, porque el portero le dijo en la puerta que aquello no se despachaba así.
Entendió lo que quería decir aquello la segunda vez.
Lo entendió del todo cuando, esperando en la antesala, vio entrar sin anunciarse y salir a los veinte minutos a un hombre de barba corta y gris al que conocía.
Fue a ver a Lucius Grady el jueves ocho de septiembre, a las diez de la mañana, y no pidió cita.
Hollis lo hizo pasar en el momento. Los dos sabían que iba a ser así.
Grady tenía la barba más gris que en el setenta y nueve y la misma manera de sentarse.
—Señor Ward.
—Vengo a saber el precio.
—Siéntese primero.
—Prefiero de pie.
Grady abrió el cajón de la derecha, sacó una carpeta que ya estaba preparada y la dejó delante de él sin abrirla.
—Su señora está condenada por homicidio y tiene diez años. Un indulto del gobernador no es un recurso y no lo pide un abogado. Lo firma un hombre porque le conviene firmarlo, y le conviene cuando quien se lo lleva es alguien que le hace falta.
—¿Usted le hace falta?
—En este territorio hay cuatro personas que le hacen falta y yo soy una.
—El precio.
—La merced.
Elias no dijo nada durante un rato largo.
—Entera.
—Entera. Con el agostadero alto, con el ojo de agua y con las dos leguas de abajo. Su casa no la quiero y sus mulas tampoco.
—La merced no es mía.
—Ya lo sé. —Grady puso un dedo sobre la carpeta cerrada—. Eso lo arreglamos aquí.
—¿Cómo lo arreglan?
—Con papel, señor Ward. Como se arregla todo.
—Mi mujer tiene una escritura de bien propio inscrita en noviembre del año pasado. Ahí dice que nada de esa merced se mueve sin su firma. Esa escritura la redactó un escribano de Las Vegas y la pagué yo.
—Lo sé. La he leído.
—¿Cuándo la ha leído usted?
—En marzo. —Grady juntó las manos encima de la carpeta—.
Señor Ward, le voy a decir una cosa y después no se la repito.
Su mujer va a cumplir diez años en un cuarto de tres pasos.
Usted puede salir por esa puerta con la conciencia entera y volver dentro de dos años con una apelación perdida.
O puede hacer lo que hace todo el mundo en este territorio desde hace treinta años, que es pagar con tierra lo que no se puede pagar con otra cosa.
—Eso no lo decide usted.
—Eso no lo decide nadie. Eso ya está decidido desde que el juez dijo diez años.
Elias le pidió el día y se lo dieron. Fue andando hasta el río, se sentó en la orilla y estuvo allí hasta media tarde.
Lo que pensó no fue lo que él creía que iba a pensar.
No pensó en la merced. Pensó en un día de aquel febrero, en una era, con una muchacha de diecisiete años contando fanegas en voz alta y equivocándose a propósito para ver si el otro la corregía.
Se acordó de eso y de nada más útil. Cuando el sol le dio en la nuca llevaba cuatro horas sentado en una orilla. En cuatro horas no se había preguntado ni una vez si la merced valía lo que le pedían por ella.
Volvió al día siguiente a las nueve y media y dijo que sí.
Puso dos condiciones y Grady aceptó las dos sin discutirlas, que fue como supo que eran pequeñas.
Que las ciento cuatro familias tuvieran seis meses para salir y no treinta días. Y que el campamento de invierno del pie de la mesa no se tocara hasta marzo, porque allí había gente con niños y en septiembre no se muda nadie a ninguna parte.
Los papeles se firmaron el lunes doce de septiembre, en el despacho de Grady, delante de dos pasantes.
Eran tres pliegos. El traspaso de la merced de Mesa Colorada, con todos sus anejos y derechos de agua, a favor de una sociedad de Santa Fe en la que Grady figuraba de apoderado y no de dueño. Un convenio de cancelación de cargas. Y un recibo.
Elias firmó donde le dijeron que firmara, que fue en dos sitios, como marido.
El pasante mayor le fue poniendo el dedo en cada línea y él las fue leyendo todas antes de firmar.
Leía despacio y moviendo los labios, que es como lee un hombre que aprendió tarde y no se avergüenza de ello.
Tardó cincuenta minutos en tres pliegos y nadie en aquel cuarto dijo una palabra en cincuenta minutos.
En el primer pliego, arriba del todo, encima de donde firmó él, ya había una firma.
Decía Rosaura Otero de Ward y estaba puesta con letra menuda y derecha, y él la miró el tiempo que se mira una firma que se espera encontrar.
—Esto lo ha firmado ella.
—Eso está en regla.
—Ella está presa en Las Vegas y yo estuve allí hace cinco semanas.
—Señor Ward. —Grady no levantó la vista del pliego—. Si usted quiere preguntar algo, pregúntelo entero o no lo pregunte.
Elias se quedó con la pluma en la mano.
No lo preguntó.
El indulto lo firmó el gobernador Sheldon el viernes dieciséis de septiembre de mil ochocientos ochenta y uno. Elias lo recogió el sábado por la mañana en la secretaría. Era un pliego doblado en tres, con un sello seco en el ángulo.
Grady lo acompañó hasta la escalera, cosa que no hacía.
—Un consejo, y no se lo cobro. La clemencia de un gobernador se defiende mejor cuando el indultado no está delante. Si su señora sale de este territorio antes del invierno, nadie va a escribir una línea sobre esto en dos años.
—¿Eso es parte del trato?
—Eso no es nada. Es cómo funciona.
Antes de salir de Santa Fe hizo dos cosas más.
Pasó por la casa de banca y firmó una obligación a un año por tres mil dólares, sobre las cuarenta y una mulas y los cuatro carros. Era lo único suyo que seguía libre.
Y dejó dicho en el despacho de un corredor de la calle San Francisco que le avisara en cuanto la sociedad de Santa Fe sacara a la venta la primera parcela de Mesa Colorada. Cualquiera que fuese, y al precio que fuese.
El corredor le preguntó si quería alguna en concreto.
—La primera que salga.
—Eso se paga caro, señor Ward. El que compra sin escoger paga lo que le pidan.
—Ya lo sé.
Elias llegó a Las Vegas el lunes diecinueve de septiembre a las cinco de la tarde y fue derecho a la cárcel.
Trujillo lo dejó pasar al cuarto y cerró la puerta del pasillo.
No era la hora de visita y no hizo falta decirlo. En cuatro meses aquel hombre había visto llegar a Elias Ward cuatro veces, unas con permiso y otras sin él, y le había abierto las cuatro.
Rosaura estaba sentada en el catre, vestida, con el pelo recogido. Llevaba cinco semanas levantándose a la misma hora y cinco semanas sin decir una palabra del catorce de agosto.
Elias había estado allí el jueves dieciocho de agosto, cuatro días después, y lo que se dijeron aquel día cabía en dos frases y las dos las dijo ella. Que había sido una niña. Que no quería hablar de eso.
Desde entonces él le había escrito tres veces y ella no había contestado ninguna, y eso él no se lo había reprochado ni se le había ocurrido reprochárselo.
Él se quitó el sombrero, sacó el pliego del abrigo y se lo puso en las manos.
Ella lo desdobló despacio y lo puso de manera que le diera la luz de la ventana alta. A esa hora de septiembre entra en diagonal y dura veinte minutos.
Leyó el encabezamiento.
Había una palabra en el segundo renglón y la leyó y no pasó de ahí.
Indulto.
Se quedó con el pliego abierto sobre la falda y levantó la cabeza.
—Esto no dice que yo no la maté.
—No.
—Esto dice que me perdonan.
—Dice que sales mañana.
—¿Mañana?
—A las diez. Lo tiene el alguacil mayor desde esta tarde. He pasado antes por allí.
—Salgo mañana condenada. —Rosaura dobló el pliego por donde venía doblado—. ¿Qué le diste?
Elias no tardó nada en contestar, porque llevaba cuatro días preparándolo y porque no se le había ocurrido mentir.
—La merced.
—¿Toda?
—Toda.
—¿A Grady?
—A una sociedad de Santa Fe donde Grady es el apoderado.
—¿Cuándo?
—El lunes pasado.
Rosaura se levantó y fue hasta la ventana alta, que es lo único que se puede hacer en aquel cuarto cuando hace falta ir a alguna parte.
Desde allí preguntó lo otro.
—¿Y quién firmó por mí?
—Estaba firmado cuando llegué.
—¿Con mi nombre?
—Con tu nombre.
—¿Y tú qué preguntaste?
Elias tardó en contestar esa.
—Nada.
—Nada.
—Había dos pasantes delante y un hombre esperando con el tintero, y en la mesa estaba el pliego con tu nombre puesto.
Si yo pregunto allí de quién es esa firma, se acaba la mañana, se acaba el indulto y tú te quedas donde estás.
—Hablaba sin levantar la voz y sin apartar la vista—.
Así que no pregunté. Y lo vuelvo a no preguntar mañana si hace falta.
—Ya sé de quién es.
—No me lo digas hoy.
Ella se volvió.
Llevaba tres domingos sin ver a ninguna de las mujeres que subían con gallinas y con pan. Había preguntado el jueves y Trujillo le había dicho que estaban cargando carros, y no le había dicho de dónde, porque no hacía falta.
Las ciento cuatro familias llevaban en aquella merced desde que el gobernador de la provincia firmó el papel en mil setecientos sesenta y dos, y no tenían escritura ninguna, porque la merced era de todos y eso nunca se había puesto por escrito.
Rosaura lo entendió todo a la vez y en el mismo sitio de pie.
Que la perdonaban sin decir que era inocente. Que lo habían pagado con la tierra. Y que la tierra tenía gente encima.
—Devuélvemelo.
Elias la miró.
—No puedo.
—No te he preguntado si puedes.
—Rosaura.
—Devuélvemelo. Es lo único que te voy a pedir en mi vida.
Él siguió plantado en medio del cuarto, con el sombrero en la mano, y no contestó, porque no tenía con qué y porque no era hombre de prometer cosas para salir de un cuarto.
Sacó del bolsillo de dentro el otro papel, que era la copia del traspaso, con los tres pliegos cosidos y el sello de la casa de Santa Fe.
Lo había traído desde el lunes. Había pensado dos veces en dejarlo en la alforja.
Lo dejó encima de la repisa de la ventana, al lado del indulto, para que los tuviera los dos.
Eran dos pliegos del mismo tamaño y del mismo papel, y desde la puerta no se distinguía cuál era cuál.
Después se puso el sombrero y salió al pasillo, y desde el pasillo le dijo la hora de la mañana siguiente, porque era lo que le quedaba por decir.
—A las diez.
Ella no contestó.
Estuvo un rato más ahí parado, en el pasillo, delante de una puerta abierta, sin entrar otra vez y sin acabar de irse.
Bajó los cuatro escalones de la cárcel, desató el caballo y se fue a su casa a preparar un cuarto que llevaba siete meses cerrado.