25. Trinidad
Trinidad
El papel estaba doblado en tres y tenía un sello seco en la esquina, y era lo único que llevaba encima que dijera quién era.
Había llegado a Trinidad el veintinueve de septiembre, ocho días después de salir de la cárcel, en el tren de la tarde, con un baúl pequeño, un chal, veintitrés dólares y el papel.
Los veintitrés dólares eran la venta de un reloj de su padre y de dos piezas de plata de la casa, hecha en Las Vegas el día antes de tomar el tren. Elias no lo supo hasta que ella ya iba por Raton.
Le dejó una nota de tres renglones en la mesa de la cocina de la casa de madera. Que se iba. Que no la buscara todavía. Que el traspaso no se anulaba con ella delante y que un indulto que molesta a un gobernador se revoca.
Esa última frase se la había puesto Grady en la boca sin querer, y era la única cosa útil que le había dado aquel hombre.
En doce días había preguntado en once sitios.
El hombre de la mesa lo desdobló y lo leyó entero, porque estaba en inglés y porque no era largo.
Después lo volvió a doblar y se lo devolvió por encima del tablero.
—Aquí no necesitamos esto.
—Me lo han pedido en dos sitios.
—En dos sitios le habrán dicho que no. Yo necesito manos para la temporada y las manos no traen papeles. —Mojó la pluma—. Nombre.
Rosaura tenía la mano derecha con dos uñas partidas de la semana anterior, cuando había estado descargando sacos en la estación por veinte centavos el vagón.
Aquel papel decía Rosaura Otero de Ward y decía la palabra indulto en el segundo renglón.
En Las Vegas el caso había salido dos veces en el periódico, en mayo y en septiembre. De Las Vegas a Trinidad hay ciento veinte millas, y dos veces por semana sube el mismo tren con los mismos periódicos dentro.
—Lynch —dijo—. R. Lynch.
El hombre lo escribió sin levantar la cabeza.
—Setenta y cinco centavos el día. Se entra a las seis y se sale cuando se acaba la partida. Los domingos no.
—¿Qué es lo que hay que hacer?
—Abrir vellones y quitar lo que no es lana.
Empezó aquella misma mañana.
Le dieron un delantal de arpillera, un banco y el sitio cuarto de la fila de la izquierda.
El lavadero era una nave larga de tabla y adobe con dos filas de pilas de agua, cuatro calderas al fondo y una prensa de husillo junto a la puerta grande.
La lana entraba sucia, con la grasa del animal y con lo que el animal se hubiera traído encima del monte. En las mesas de la entrada, doce mujeres abrían los vellones a mano y sacaban la tierra, la paja, las bolitas de estiércol y las espigas. Lo que quedaba pasaba a las pilas.
El agua de las pilas primeras estaba a temperatura de mano y el agua de las últimas quemaba. En octubre, a las seis de la mañana, entrar la mano en la pila primera era lo peor del día, y a las once era lo mejor.
A los tres días tenía las yemas blandas y agrietadas por los bordes. A las tres semanas tenía las manos de las otras once.
La que tenía enfrente se llamaba Encarnación Barela, era de Mora y llevaba en Trinidad desde el setenta y seis. Tenía cuarenta y tantos años, dos hijos en la mina de Engle y unas manos que abrían un vellón en el tiempo que las otras tardaban en agarrarlo.
El primer día le enseñó a Rosaura a sacar la tierra sacudiendo desde el lomo del vellón y no desde la punta.
El segundo le preguntó de dónde era.
—Del sur.
—Eso ya se le oye. ¿De dónde del sur?
—De cerca de Las Vegas.
La Chona Barela no volvió a preguntar en dos años, y eso fue lo que hizo que Rosaura le contara al tercero.
Aprendió los nombres de las doce mujeres en cuatro días. Aprendió que la lana de Nuevo México se pagaba peor que la del norte y que la razón era la tierra. La de allá abajo trae arena fina, y la arena fina no se va del todo ni con agua hirviendo.
Y aprendió, porque no podía no hacerlo, el peso de las cosas.
Un vellón bueno del valle del Purgatorio pesaba cinco libras y media en sucio. Uno de Nuevo México, entre cuatro y cinco. Después del lavado quedaba menos de la mitad, y esa diferencia era el negocio entero, porque el lavadero compraba en sucio y vendía en limpio.
El primer invierno fue lo más duro y no fue por la lana.
La pensión era una casa de la calle de atrás donde dormían nueve mujeres en tres cuartos, a dólar y medio la semana con la cena. La mujer que la llevaba se llamaba Dorotea y no preguntaba nada a nadie, que era por lo que estaba llena.
De setenta y cinco centavos al día, con seis días de trabajo, salían cuatro dólares y medio a la semana. Uno y medio la pensión. Setenta y cinco centavos entre el jabón, la vela y el hilo. De lo que quedaba guardaba dos y se gastaba veinticinco centavos.
En febrero tenía cuarenta y un dólares en una bolsa de lona atada por dentro del jergón.
En noviembre empezó a apuntarlo.
No en un libro, porque no tenía libro, sino en la parte de dentro de las tapas de un almanaque del año anterior que encontró en la pensión.
Apuntaba la partida, el origen, el número de sacos, el peso de entrada y el peso de salida. Lo hizo dos meses seguidos sin decírselo a nadie, porque contar es lo que hacía con las manos cuando no las tenía en el agua.
En enero le salió una cosa que no cuadraba.
Las partidas que llegaban por el ferrocarril rendían, después del lavado, entre el cuarenta y uno y el cuarenta y cuatro por ciento. Las que llegaban en carro desde el sur rendían entre el treinta y siete y el treinta y ocho.
La diferencia era siempre la misma y era demasiado limpia para ser del animal.
Lo miró tres semanas más y en febrero lo entendió, y lo entendió porque una tarde vio pesar un saco vacío.
Los sacos de arpillera del ferrocarril pesaban dos libras y tres cuartos. Los sacos de los carreteros del sur pesaban cuatro y media, porque eran de otra tela y venían húmedos del camino.
La casa Brannan descontaba a todos la misma tara, cuatro libras por saco, por costumbre y por no discutir.
Al de la carretera del sur le pagaban de menos media libra por saco. Al del ferrocarril le pagaban de más una y cuarto.
En la temporada del ochenta y uno habían entrado por aquella puerta catorce mil doscientos sacos.
Rosaura hizo la cuenta en la tapa del almanaque tres veces y las tres le salió lo mismo.
El lunes veinte de febrero se quedó después de la salida y esperó en el pasillo del escritorio.
El dueño se llamaba Jared Brannan, tenía sesenta años y llevaba veintidós comprando lana.
—Usted es la de la mesa cuatro.
—Sí, señor.
—¿Qué quiere?
—Enseñarle una cuenta.
Le puso la tapa del almanaque encima de la mesa y se la giró para que la viera del derecho.
Brannan la leyó de pie. Después se sentó y la leyó otra vez.
—¿Quién le ha dicho a usted el peso de los sacos?
—Nadie. Los pesé.
—¿Cuándo?
—En seis días distintos, a la hora de comer. Cuarenta sacos del norte y cuarenta del sur. Los números de arriba son los que me salieron a mí.
—¿Y esto de abajo?
—Es lo que le han cobrado de más al ferrocarril y lo que le ha quitado usted a los carreteros del sur. En dos temporadas.
Brannan se quedó con el almanaque en la mano.
—¿Usted sabe lo que pasa si esto sale de aquí?
—Que los del sur dejan de traerle lana y se la llevan a Las Vegas.
—Eso es.
—Por eso se lo he traído a usted y no a ellos.
El dos de marzo la pasaron de la mesa cuatro a la báscula de entrada. Un dólar y diez al día, y la orden de pesar cada saco vacío de cada partida nueva y de apuntar la tara real.
El primero que no lo aceptó fue un carretero de Mora que se llamaba Ramón Vialpando y que llevaba nueve años vendiendo en aquella casa.
Llegó el catorce de marzo con ciento sesenta sacos y se encontró en la báscula a una mujer con un libro.
—Yo esto lo arreglo con el señor Brannan.
—El señor Brannan está dentro y le va a decir lo mismo.
—A mí siempre me han descontado cuatro libras por saco y nunca me he quejado.
—Ya lo sé. Por eso ha perdido usted dinero nueve años.
Vialpando se quedó parado.
—¿Qué dice?
—Que sus sacos pesan cuatro y media y le descontaban cuatro. Traiga uno vacío.
Lo pesaron delante de los dos hijos del hombre y de tres mozos de la nave. Cuatro libras y siete onzas.
—Ciento sesenta sacos, media libra de más por saco. Ochenta libras. A once centavos y medio son nueve dólares y veinte.
—¿Y eso me lo paga quién?
—Esta casa, hoy, en esta partida. Lo de los nueve años no se lo paga nadie.
Vialpando volvió en mayo con doscientos diez sacos y preguntó por ella en la puerta, por el nombre.
En mayo le dieron el libro de entradas.
El veintiséis de junio bajó del tren de la mañana un comprador de una casa de comercio de Las Vegas, de los que suben dos veces al año a ver precios. Iba con Brannan por la nave, entre las pilas, mirando partidas.
Rosaura lo vio desde la báscula y lo conocía de la mesa larga de una boda.
Se agachó, abrió la portezuela de la báscula y se estuvo cinco minutos limpiando una cuña que no tenía nada. Cuando se levantó, los dos hombres estaban al fondo, junto a las calderas.
Aquella tarde sacó el papel del sello seco del fondo del baúl, lo metió en un sobre y lo guardó debajo del forro.
No lo volvió a enseñar en tres años.
En agosto de 1882, cuando se cerró la temporada, Brannan la llamó al escritorio y le puso delante un pliego escrito a máquina de escribir, que era la primera que ella veía en su vida.
Era una contrata de pesada. La casa Brannan le pagaba cuarenta dólares al mes y un octavo de centavo por libra limpia de todo lo que entrara y saliera por aquella báscula.
A cambio ella respondía del peso delante de los vendedores y delante de los compradores, y era su nombre el que iba en los certificados.
—Léalo entero.
Lo leyó entero. Tardó veinte minutos y pidió que le cambiaran dos cosas.
Que el octavo de centavo se contara sobre el peso limpio y no sobre el sucio, porque el sucio lo fija el que trae la lana. Y que si la casa vendía o cerraba, la contrata durase hasta el final de la temporada en curso.
Brannan aceptó las dos y lo escribió al margen.
—¿Dónde aprendió usted a leer una contrata?
—En una casa de campo.
—¿De quién era la casa?
—De mi padre.
Era verdad y no era toda la verdad, y hacía un año que decía las cosas así.
Ella firmó abajo, despacio, con la letra menuda y derecha de siempre.
R. Lynch.
En diciembre dejó la pensión de la calle de atrás y se pasó a dos cuartos encima de una talabartería, con puerta propia a la escalera y una ventana que daba al oeste y a la sierra.
Compró una mesa, una silla, un catre, un cajón de cuatro divisiones y una lámpara de petróleo. Todo de segunda mano menos la lámpara.
La primera noche se sentó a la mesa con la lámpara encendida y sin nada que hacer, que era algo que no le había pasado desde octubre del año anterior.
Sacó una hoja y puso arriba la fecha y debajo dos columnas.
En la de la izquierda escribió lo que tenía. Cuarenta dólares al mes, la participación, ciento noventa dólares ahorrados, dos cuartos y una contrata firmada por dos partes.
En la de la derecha no escribió nada.
Dobló la hoja y la guardó en la segunda división del cajón, que fue donde empezó a guardar las cuentas que no eran del lavadero.
En diez meses había pasado de setenta y cinco centavos al día a cuarenta dólares al mes y una participación, y el camino entero había sido aritmética.
Escribía a Fidencio Aragón dos veces al año, por San Juan y por Navidad.
Cuatro renglones, sin poner el nombre de la casa donde trabajaba, solo la ciudad.
Preguntaba por el rosal de su abuela y por las cuatro familias que quedaban arriba.
Fidencio le contestaba por medio del padre Isidro, que era el que escribía por él.
La primera carta de Elias llegó al lavadero en enero de 1882, a nombre de Rosaura Otero, sin más señas que Trinidad, Colorado.
La segunda en abril. La tercera en agosto. La cuarta en noviembre.
La quinta llegó en diciembre, el día que se mudó a los dos cuartos de encima de la talabartería. La subió ella misma en el bolsillo del delantal, junto con la contrata firmada.
Las cuatro primeras las había guardado en el baúl sin abrirlas, y no había tenido que pensarlo ninguna de las cuatro veces.
El sobre traía la letra de él, que hace la ene con un rabo que se le va para abajo. Traía también el matasellos de Las Vegas y la fecha de doce días antes.
Guardó la contrata en la primera división del cajón. El cajón tenía una llave de gancho que no valía para nada y que ella dejaba siempre puesta.
En la cuarta división puso las cinco cartas, una encima de otra y por orden de llegada.
Ninguna de las cinco estaba abierta.