26. La noche del hotel
La noche del hotel
El certificado eran dos hojas y las firmaba ella al pie de las dos, con la fecha, el peso bruto, la tara real y el peso limpio.
Estaba poniendo el doce cuando le dijeron que había un hombre en la puerta grande preguntando por la señora de la báscula.
No levantó la cabeza hasta que acabó el renglón.
Elias Ward estaba al lado del montante, con el sombrero en la mano y con el abrigo todavía abrochado, y no había entrado en la nave.
Tenía treinta y siete años. Estaba más flaco y tenía el hombro derecho más bajo que el izquierdo, y eso no lo tenía antes.
—Tengo hasta las siete —dijo ella.
—Espero.
—En la puerta no. Hace frío y molesta.
—Entonces en la calle.
Esperó en la calle cuatro horas.
Rosaura firmó del doce al diecinueve sin equivocarse en ningún renglón, y eso lo comprobó dos veces al día siguiente, porque no se fiaba.
Desde la báscula se veía el montante y por el montante se veía la acera de enfrente. Él estuvo allí de pie hasta las cuatro y media. A las cuatro y media se metió en el portal de la herrería, que tiene techo, y desde allí ya no se le veía.
A las seis, cuando encendieron los faroles de la nave, la Chona Barela se paró al lado de la báscula con un vellón en el brazo.
—El de fuera lleva toda la tarde.
—Ya lo he visto.
—¿Es el suyo?
—Es mi marido.
La Chona movió la cabeza una vez y se llevó el vellón a la pila.
A las siete y diez ella salió con el chal y con el libro debajo del brazo, y él se separó de la pared de enfrente y cruzó.
Anduvieron hasta la esquina de la talabartería sin decir nada.
—¿Cómo me has encontrado?
—Por tu letra.
Ella se paró.
—En octubre estuve en el almacén de Las Vegas viendo unas balas de lana de Colorado. Traían el certificado de pesada cosido al fardo. —Elias hablaba despacio, como siempre—. Lo leí porque leo todos los papeles desde hace dos años. Y abajo estaba tu letra.
—Ahí pone Lynch.
—Ahí pone tu letra.
—¿Y por qué has tardado un mes?
—Porque tenía que cargar el acarreo de octubre y porque tenía que pensar qué venía a hacer.
—¿Y qué vienes a hacer?
—Todavía no lo sé.
Cenaron en una fonda de la calle del Comercio, en una mesa del fondo, y cenaron lo que había, que era carne con chile y café.
Él comió como come un hombre que lleva dos días sin sentarse a una mesa. Ella no comió casi nada y se bebió el café con las dos manos alrededor del jarro, por el calor.
Él le contó lo del valle en el orden en que ella lo preguntó, porque preguntó por todo y preguntó por partes.
Ella no preguntó por su madre y él no la nombró.
De las ciento cuatro familias quedaban arriba once. Siete de las once estaban en pleito y las otras cuatro no. Las cuatro riegan del ojo de agua, y el ojo de agua lo había comprado él en el ochenta y dos.
La capilla estaba cerrada desde marzo del ochenta y dos.
Fidencio seguía en la casa grande. Su madre seguía en la casa grande.
El rosal de su abuela estaba vivo.
—¿Quién lo riega?
—Eso pregúntaselo a Fidencio.
—Te lo estoy preguntando a ti.
—Y yo te digo que se lo preguntes a Fidencio, porque a mí no me toca contestarlo.
Rosaura no insistió. Llevaba dos años recibiendo por San Juan y por Navidad cuatro renglones escritos por el padre Isidro en los que el rosal siempre estaba vivo, y en dos años no se le había ocurrido preguntar quién lo regaba.
Refugio Tafoya se había muerto en enero del ochenta y tres, de una cosa del pecho. Las doscientas cabezas del partido se las quedó la casa, porque el papel decía a nombre de él y no decía nada de los hijos.
Aquel papel lo había escrito su madre el doce de marzo del ochenta y uno, un día después de la detención. Ella lo sabía de memoria, porque Fidencio se lo había repetido palabra por palabra en la cárcel.
Rosaura dejó el tenedor cuando oyó eso y no volvió a cogerlo.
—¿Y Bernarda?
—Sin trabajo desde febrero.
—Ahora tú —dijo él.
—Yo qué.
—Tú. Cómo vives.
Rosaura se lo contó en números, porque era la manera más corta y porque era verdad.
Cuarenta dólares al mes y un octavo de centavo por libra limpia.
Dos cuartos encima de una talabartería, a seis dólares.
Catorce mil doscientos sacos de doscientas libras limpias cada uno en la temporada del ocho y diecinueve mil en la del ochenta y tres.
Ciento noventa dólares ahorrados en el ochenta y dos y ochocientos sesenta en noviembre del ochenta y tres.
—¿Y cuánto duermes?
—Seis horas.
—Antes dormías cinco.
Eso fue lo único que le dijo él en toda la cena sobre cómo estaba ella, y fue lo único que ella no supo contestar.
Salieron a las nueve. Había helado y la calle estaba dura.
El hotel se llamaba Bergman y estaba a dos manzanas, y él tenía el cuarto once desde el martes.
En la escalera, ella iba delante.
—¿Cuánto tiempo te quedas?
—El tren de vuelta sale el sábado.
—¿Y si no te quedaras?
—Entonces me quedo.
Ella abrió la puerta del once y entró primero.
El cuarto tenía una estufa de hierro apagada, una cama, una mesa con jofaina y una silla con la ropa de él doblada encima. En el suelo, junto a la cama, estaban las botas de viajar puestas una al lado de otra, como las pone quien ha dormido en muchos sitios.
Rosaura encendió la estufa, porque estaba allí y porque hacía falta. Tardó cuatro minutos en que prendiera.
Después se levantó, se volvió hacia él y se quitó el chal.
—Quiero esto —dijo—. Lo quiero yo y lo digo yo. Y mañana no va a arreglar nada.
—Ya lo sé.
—No quiero que mañana te creas que hemos arreglado algo, y no quiero que te vayas creyendo que te he echado.
—No me lo voy a creer.
—Dilo tú.
—Lo quiero. —Elias dejó el sombrero en la mesa—. Y ya sé que no arregla nada.
Ella le puso las manos en la cara para saber si le temblaba. Eso se sabe por la mandíbula y no por los ojos.
No le temblaba.
—Te raspo —dijo ella.
—Ya lo he notado.
—Es la lejía. No se quita.
—No te he pedido que se te quite.
Lo desabrochó ella. Él la dejó hacer y tuvo las manos quietas hasta que ella se las puso donde quería tenerlas.
Ninguno de los dos tenía el cuerpo de noviembre del ochenta.
Las manos de ella eran otras manos. Tenía las yemas duras de dos años de agua caliente y de lejía, y los nudillos agrietados, y cuando lo tocaba le raspaba, y él no dijo nada de eso ni entonces ni después.
El hombro derecho de él estaba vencido de dos años de cargar solo lo que antes cargaban tres hombres. Cuando le pasó el brazo por debajo, lo hizo con el izquierdo.
Ella tenía el vientre distinto y él no lo miró de más ni lo evitó.
Tenía también la marca de las pilas. Es una línea más clara en los dos antebrazos, donde acaba el arremangado y empieza lo que no toca el agua. Eso se lo miró él con la lámpara cerca y se lo siguió con el dedo hasta el codo.
Le puso la mano encima, abierta y quieta, y esperó.
—Catorce de agosto —dijo ella.
—Ya lo sé.
—No he dicho más que eso en dos años.
—No hace falta que digas más.
Y ya no hablaron.
Fue largo y fue callado y los dos tuvieron los ojos abiertos.
Se buscaron como se buscan dos que se conocen de memoria y llevan veintiséis meses sin verse. Sin prisa por llegar y sin ganas de acabar. La estufa calentaba de un solo lado. La manta se les quedó por la cintura y ninguno la subió.
Ella se puso encima porque quiso y se quedó ahí. Él le sujetó las caderas con las dos manos y no la movió ni la apuró, y cuando ella le apartó una mano y se la puso en otro sitio, la dejó donde se la puso.
Le dijo lo que quería y se lo dijo con las palabras que se usan, dos veces, y él hizo las dos.
En un momento ella le puso la mano abierta en el pecho y paró, y él paró en el sitio, sin decir nada y sin preguntar por qué. Estuvieron así el tiempo que hizo falta. Después ella le quitó la mano y siguió.
Hubo un rato, en medio, en que Rosaura dejó de llevar la cuenta de la hora. No le pasaba eso desde el verano del ochenta.
Cuando acabó, se quedaron los dos de lado y frente a frente, sin taparse.
Él le buscó la mano y le pasó el pulgar por los nudillos partidos, despacio, una vez y otra, como se alisa algo que no se va a alisar.
Nadie pidió perdón. Nadie dijo que volvería. No se habló del indulto, ni del traspaso, ni de la firma que ella no puso, y no fue porque se hubieran puesto de acuerdo en no hablar de eso.
A la una se durmió él. Ella no.
Estuvo hasta las dos oyendo la estufa, que hacía un chasquido cada tanto al enfriarse la chapa, y mirando el hombro vencido de aquel hombre desde un palmo de distancia.
Dos años y dos meses antes, en un cuarto de tres pasos con una ventana alta, le había dicho que le devolviera una cosa. No se lo había vuelto a pedir y aquella noche tampoco. Ya sabía en qué había gastado él esos dos años y todavía no sabía qué pensar de ello.
A las dos de la mañana él se levantó, se puso los pantalones y sacó del abrigo un papel doblado en cuatro que se veía muy manoseado.
Lo abrió encima de la cama, debajo de la lámpara.
El papel estaba blando de doblarlo y desdoblarlo, con los pliegues abiertos y remendados por detrás con dos tiras de papel de estraza pegadas con engrudo.
Era una lista de dos columnas escrita con su letra, con algunas líneas tachadas y otras añadidas al margen.
—Esto es lo que llevo.
Rosaura se incorporó y se puso la manta por encima y lo leyó entero.
Veintidós parcelas. La fecha de cada compra, el nombre del que se la había vendido y el precio pagado.
El ojo de agua, en junio del ochenta y dos, por mil cien dólares.
El corral de esquila y las tres hectáreas de abajo, en noviembre del ochenta y dos, por setecientos.
La suerte del linde, que costaba cuatrocientos y que le costó novecientos veinte, porque el que la tenía sabía quién la quería.
Y al final, fuera de la cuenta y en otra letra, un renglón que no era parcela. Doscientas cabezas con la marca de la casa, compradas el año que las malvendieron y puestas a partido con un pastor de Anton Chico, con la marca sin quitar en seis años.
Al pie, dos números. Lo pagado, que eran once mil cuatrocientos y pico. Y lo que faltaba, que él había calculado en veintiséis mil y en cuatro años más.
Rosaura leyó las veintidós líneas dos veces. La segunda las leyó por las fechas, que es como se lee una cuenta cuando ya se sabe lo que suma.
Junio, noviembre, enero, marzo, marzo, abril. Dos años sin un mes en blanco de más de nueve semanas.
—El alambre del arroyo de abajo. El del invierno del setenta y nueve.
—Lo mandé poner yo. Dos hilos y doscientas varas, para ver quién se quejaba.
—No se quejó nadie.
—Se quejó Casimiro a su manera, y lo mandé quitar a la semana. Aquello fue lo primero que hice yo en esta merced.
—¿Con qué lo estás pagando?
—Con el acarreo, con las mulas y con la casa. La casa está hipotecada desde marzo.
—¿Y después?
—Después te lo pongo a tu nombre. Entero y de una vez, cuando esté entero. No a trozos.
Rosaura dobló la lista por donde venía doblada y se la puso a él en la mano.
—Elias.
—Dime.
—Esa tierra no era mía porque estuviera pagada.
Él la miró sin entender, y no fingió entender, que es lo que la mayoría hace.
—Era mía porque encima había gente con nombre, y esa gente estaba ahí porque el papel de mil setecientos sesenta y dos los puso a todos juntos —dijo ella—. Tú estás comprando el suelo. Lo de arriba lo despachó el alguacil en el ochenta y dos, y eso ya no se compra.
—Los voy a traer de vuelta.
—¿A los de Mora? ¿A los que se fueron a Tecolote? Tú no puedes comprar a Refugio Tafoya.
Elias se quedó con la lista en la mano.
—Es lo único que sé hacer.
—Ya lo sé. Eso es lo que te estoy diciendo.
Él se quedó sentado en el borde de la cama, con la lista en una mano y la otra en la rodilla.
—Entonces dime tú qué hago.
—No.
—Dímelo y lo hago.
—Eso es lo mismo otra vez, Elias. Me lo estás pidiendo a mí para poder traérmelo hecho.
No contestó. Se estuvo un rato largo así, y luego dobló la lista y la dejó encima del abrigo, en la silla, y volvió a acostarse.
Ella se acostó también, de espaldas, y le dejó que le pusiera el brazo bueno por encima.
Se vistió a oscuras, antes de las cinco, mientras él dormía con el brazo malo por fuera de la manta.
Se lavó la cara en la jofaina con el agua de la noche, que estaba helada. Se recogió el pelo de pie y sin espejo, que es como se lo recogía desde el ochenta y uno.
En la mesa, junto a la jofaina, dejó dos dólares con cincuenta, que era lo que costaba aquel cuarto la noche. Lo dejó en monedas y las puso de canto una contra otra, para que no rodaran.
Bajó la escalera sin encender.
Ya en la puerta de la calle se acordó de una cosa y volvió a subir.
Sacó el lápiz del libro de la báscula, cogió la lista de encima del abrigo y la abrió por el pliegue de abajo.
En el margen, debajo del último número, escribió una cifra sola y sin explicación.
Trece.
Eran las cartas que tenía guardadas en el cajón de su casa, y ninguna de las trece estaba abierta.