La deuda de Mesa 27. La carta de Petra
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27. La carta de Petra

La carta de Petra

Era la novena de aquella casa en dos años y era la primera que traía un contrato dentro.

Para entonces Rosaura ya no trabajaba para nadie.

Jared Brannan había vendido el lavadero en marzo del ochenta y cuatro a una sociedad de Pueblo, porque tenía sesenta y dos años y una hija casada en Kansas. Los de Pueblo entraron en abril y trajeron a su propio pesador, un hombre de cuarenta años que llevaba doce en el oficio.

La contrata de ella decía, por la segunda cosa que había pedido en agosto del ochenta y dos, que duraba hasta el final de la temporada en curso.

Aguantó hasta el treinta de septiembre y cobró hasta el último día.

Lo que no había previsto nadie fue lo que pasó en junio. Los de Mora y los de Tecolote dejaron de bajar a la báscula nueva. Bajaban al lavadero y descargaban, y después subían a buscarla a ella y le pedían que fuera a ver el peso. Le pagaban dos dólares por partida, de su bolsillo.

En julio fueron nueve partidas. En agosto, veintidós. En septiembre tuvo que decirles a cuatro que no podía llegar a todo.

El primero de octubre se puso por su cuenta.

Halloran y Meade compraban lana en el este y la mandaban a las fábricas de Nueva Inglaterra. Desde el ochenta y tres compraban partidas del sur de Colorado y del norte de Nuevo México.

Las compraban a ciegas, sin mandar a nadie, fiándose del certificado que venía cosido al fardo.

En veinticuatro meses no les había salido una sola reclamación de peso, y eso, en aquel negocio, no le pasaba a nadie.

El contrato tenía cuatro cláusulas y estaba escrito a máquina, con las dos copias en papel fino y un sello azul en la esquina de arriba.

La casa Halloran y Meade nombraba a R. Lynch pesador y certificador único de todo lo que comprasen en el distrito.

Cuatrocientos dólares al año fijos, más una octava parte de centavo por cada libra certificada.

Tres años. Y una cláusula de exclusiva, que decía que R.

Lynch no podía certificar para ninguna otra casa del este mientras durase el contrato.

Rosaura lo leyó dos veces la primera noche y tres la segunda.

La cuarta cláusula era la que valía dinero y era la que había que quitar.

Contestó el once de diciembre, y para contestar tardó dos días y media resma, porque escribió cuatro borradores y rompió tres.

La que mandó tenía cuatro renglones. Que aceptaba las tres primeras cláusulas. Que la cuarta la aceptaba solo respecto de las casas que comprasen en aquel distrito. Y que si querían exclusiva en todo el este, eran ochocientos al año y no cuatrocientos.

La contestación de Filadelfia llegó el treinta de diciembre y traía el contrato otra vez. La cuarta cláusula venía tachada y corregida a mano, tal como ella lo había pedido. Debajo de la firma habían añadido una línea.

Decía: estimado señor, confiamos en tener el gusto de conocerle en persona la próxima temporada.

Rosaura firmó las dos copias el treinta y uno de diciembre, en la mesa de su casa. Tuvo que encender la lámpara a las cuatro, porque en Trinidad a esa hora de diciembre ya no hay luz.

R. Lynch.

Aquella noche cerró el año.

Lo cerró como lo había cerrado siempre, con las dos columnas y sin dejar un renglón para el día siguiente.

Le salió lo que sigue.

Entradas del año, dos mil ciento cuarenta dólares. Gastos, quinientos treinta. En el banco de Trinidad, a nombre de R. Lynch, dos mil cuatrocientos setenta.

Un contrato a tres años con una casa de Filadelfia.

Cuatro casas de comercio de la plaza que la llamaban para arbitrar un peso cuando dos no se ponían de acuerdo, y que le pagaban por ir.

Los dos cuartos de encima del talabartero, con una estufa buena puesta en octubre.

Al pie de la columna de la izquierda hizo la raya y puso la suma. En la de la derecha, que es la de lo que se debe, no había nada que poner y no puso nada.

Se quedó sentada con la pluma en la mano hasta que se le secó.

En noviembre le habían ofrecido entrar en la junta de la lana de Trinidad, que eran nueve comerciantes y se reunían el primer martes de cada mes en la trastienda del banco.

El que se lo propuso fue el mayor de los Delaney, que compraba para el este y que llevaba un año mandándole partidas a certificar. Se lo dijo en la calle, sin bajarse del pescante.

—Ahí se fijan los precios de la plaza. A usted le conviene estar.

—Yo certifico pesos. Si me siento donde se fijan los precios, mi certificado vale menos.

—Eso es una manera de verlo.

—Es la única que me deja cobrar por esto.

Era verdad y era la razón que podía decir en voz alta.

La otra era que en aquella trastienda se sentaban nueve hombres que llevaban veinte años conociéndose las familias unos a otros. Tarde o temprano le habrían preguntado por la suya.

La semana de Navidad la pasó trabajando, porque en diciembre entran las últimas partidas y porque no tenía nada más.

El veinticinco por la mañana fue a misa de once a la iglesia de la plaza. No entraba en una iglesia desde el ochenta y se salió antes de la comunión, por la puerta de al lado, para no cruzar por delante de nadie.

El primero de enero comió en casa de la Chona Barela, porque llevaba tres años diciéndole que no y aquel año dijo que sí.

Eran once, con los dos hijos de la mina, las mujeres de los dos hijos, cuatro nietos y un cuñado. Comieron a las dos y estuvieron levantándose hasta las seis.

El mayor de los nietos tenía tres años y cuatro meses y se llamaba Perfecto. Se pasó la comida debajo de la mesa, saliendo por un lado y por el otro. En algún momento se agarró a la falda de Rosaura para levantarse y se quedó allí colgado un rato.

Ella le sujetó la espalda con la mano abierta para que no se cayera, y se la dejó puesta hasta que el niño se soltó solo.

A las cinco, en la cocina, con las dos fregando, la Chona le preguntó lo que no le había preguntado en tres años.

—¿Usted tiene a alguien allá abajo?

Rosaura acabó de secar el plato que tenía en la mano y lo puso en la pila de los secos.

Y se lo contó.

Se lo contó entero y seguido, en once o doce frases, como quien da un parte.

La casa, el papel de mil setecientos sesenta y dos, la letra de su madre en el libro verde.

La boda. La mujer del otro lado del vado y el frasco.

Los cuatro días de juicio y las tres palabras de Bernarda Tafoya.

Los diez años. El catorce de agosto. El indulto y lo que costó.

No lloró y no levantó la voz ni una vez, y tardó menos de cinco minutos, porque lo llevaba ordenado desde hacía tres años como se ordena una cuenta que se va a presentar.

La Chona Barela no dijo nada hasta el final.

—¿Y el marido?

—Está comprando la tierra otra vez, parcela a parcela.

—Eso es querer.

—Eso es comprar.

—Mujer, es lo que sabe hacer.

—Ya lo sé.

La Chona colgó el trapo y se limpió las manos en el delantal.

—Mi padre vendió una yunta para sacar a mi hermano de la cárcel de Mora en el sesenta y ocho —dijo—. Y mi hermano salió y se fue a Utah y no ha escrito en dieciséis años. Y mi padre volvió a comprar otra yunta, porque una yunta se compra.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que su marido lo sabe igual que usted. Que lo que se compra no es lo que se ha perdido. Lo compra igual porque tiene manos.

Rosaura no contestó a eso.

La carta llegó el jueves veintidós de enero de 1885, en el correo de la tarde, y se la subió el talabartero a los dos cuartos.

Venía de Mesa Colorada y venía con la letra del padre Isidro, que es una letra de cura, chica y muy junta, y traía dentro dos hojas.

La primera era la suya. Decía que Petra Madrid había muerto el martes seis de enero, a los sesenta y cinco años.

Que la enterraron el ocho en el campo santo de la capilla, que se abrió para eso y se volvió a cerrar el mismo día.

Decía que había asistido a cuatro mujeres más desde el ochenta y uno y que no había cobrado a ninguna.

Decía que el veintiocho de diciembre lo había mandado llamar.

Decía que estuvo con ella la tarde del veintiocho y parte de la noche, y que lo que hablaron aquella tarde no fue confesión y por eso lo podía escribir.

Decía que Petra Madrid no sabía escribir. Que le pidió que escribiera él lo que ella le dictara. Que se lo hizo repetir en voz alta dos veces para comprobar que no había puesto ni quitado nada. Y que le hizo prometer que lo mandaría cuando ella estuviera muerta y no antes.

Decía, en el último renglón, que él había cumplido el nueve de enero, que era el primer día de correo después del entierro, y que no sabía nada más de aquello ni lo iba a preguntar.

La segunda hoja era media cuartilla.

No tenía encabezamiento, no tenía fecha y no tenía firma.

Tenía cuatro palabras.

La niña está viva.

La letra era de cura y las cuatro palabras estaban en mitad de la hoja, con mucho blanco arriba y mucho blanco abajo, porque el que escribió no se atrevió a arrimarlas al borde.

Rosaura leyó las dos hojas de pie, junto a la puerta, con el chal todavía puesto.

Leyó primero la del cura entera, de arriba abajo, porque venía encima.

La media cuartilla la leyó después, y la leyó cuatro veces seguidas, y a la cuarta se dio cuenta de que la estaba leyendo en voz alta.

Después se sentó, las dejó sobre el hule y estuvo sin moverse el tiempo que tarda en enfriarse un cuarto con la estufa apagada.

No fue a buscar a nadie y no salió a la calle.

Lo primero que hizo, cuando volvió a moverse, fue leer otra vez la primera hoja entera, de arriba abajo, buscando la fecha en que Petra había mandado llamar al cura.

Veintiocho de diciembre. Nueve días antes de morirse.

Lo segundo fue ir al cajón, sacar el calendario del año que acababa y contar. Del catorce de agosto del ochenta y uno al veintiocho de diciembre del ochenta y cuatro hay tres años, cuatro meses y catorce días.

Eso fue lo que Petra Madrid tardó en decirlo, y lo dijo cuando ya no podía perder nada por decirlo.

Rosaura no le tuvo aquella noche ningún rencor a aquella mujer, y el rencor tampoco le vino después.

A las ocho encendió la lámpara y sacó del cajón el mapa del ferrocarril de Atchison, Topeka y Santa Fe. Era de tres años antes y estaba allí desde el día que lo compró en la estación.

Lo abrió del todo y puso las dos hojas a un lado.

De Trinidad a Las Vegas, ciento veinte millas. De Las Vegas a Santa Fe, sesenta y cinco. En el ochenta y uno le había costado seis dólares venir.

Debajo del mapa, en el mismo cajón, estaba el periódico del jueves anterior.

Lo sacó y buscó la página de las noticias del este.

Volvió a leer lo que ya había leído sin interés en noviembre, y otra vez, también sin interés, quince días antes.

En Washington había presidente nuevo desde noviembre y tomaba posesión el cuatro de marzo.

Era el primero de su partido en veinticuatro años.

Y cuando entra uno de otro partido, en un territorio se cambian el gobernador, el procurador, los jueces de distrito y los agrimensores, todos, y se cambian en los seis meses siguientes.

Rosaura conocía el valor de una firma y sabía quién la ponía.

Una tutela se da por un juez y un juez se nombra. Una partida se inscribe en un libro y el libro lo lleva un empleado. Un indulto lo firma un gobernador y el gobernador que firmó el suyo se iba en marzo.

Lo que había en aquel valle estaba firmado por hombres que se iban a ir.

Hizo la cuenta de lo que le hacía falta.

Cerrar la temporada de primavera, que acababa en junio.

Cobrar el fijo de Filadelfia. Dejar a la Chona Barela al frente de la báscula, que podía.

Y esperar a que el gobernador nuevo llevara dos meses sentado, ni más ni menos, porque al mes no se atreven y al año ya están comprados.

Salían primeros de julio, que era cuando el gobernador nuevo llevaría dos meses de silla y todavía no tendría la mesa llena.

Aquella misma noche del veintidós hizo la otra cuenta, que era la del dinero. Lo que iba a hacer allá abajo no se hace con dos mil cuatrocientos setenta dólares en un banco de Colorado.

Le hacían falta dos cosas. Dinero que pudiera mover sin que se supiera de dónde venía, y un nombre delante del cual la gente se levantara de la silla.

Lo primero lo tenía a medias. Lo segundo lo tenía entero y no era suyo. Lo había hecho ella en tres años, y estaba escrito en inglés en el membrete de una casa de Filadelfia.

El sábado veinticuatro de enero, a las once de la mañana, fue a la estación y compró un billete de segunda para Las Vegas, sin fecha de vuelta. Lo pagó con cinco dólares y veinte centavos, en plata, y pidió recibo.

Lo guardó en la tercera división del cajón, doblado dentro del mapa.

En la cuarta división había veintiuna cartas sin abrir. La última era de octubre y llevaba tres meses ahí.

Después cogió el lápiz y contó los días que iban del catorce de agosto de mil ochocientos ochenta y uno a aquel sábado.

Mil doscientos cincuenta y nueve.