Durante diecinueve años fue la vacía de una Casa caída: la hija que sirve el vino en los salones, la que nadie mira, la que su propia madre trata como un mueble.

En un reino donde el largo de tu sombra decide tu lugar en el mundo, no tener ninguna es una condena.

Los sin sombra no heredan, no se casan, no se nombran. A veces, simplemente, desaparecen.

El día del Descenso, mientras toda la ciudad se reúne al borde de la Fosa para ver a los aspirantes bajar al abismo y volver unidos a una bestia de sombra, su hermana gemela la abraza por primera vez en siete años. Y la empuja.

Mara debería haber muerto sobre trescientos años de huesos. En cambio, sube. Con una sombra que no es suya pegada a los pies y algo enroscado detrás del esternón, algo antiguo y enorme que la llama por un nombre que no es el suyo: Corazón.

En el borde la espera Theron Vask, el Verdugo de la Fosa. El hombre que silencia una ciudad entera con un gesto. El hombre que lleva once nombres grabados en el brazo, uno por cada sin sombra que arrojó al abismo. El hombre que vino a matarla.

Y que, delante de diez mil testigos, miente para salvarla.

Ahora Mara es cadete de la Ciudadela del Borde, donde los jinetes aprenden a dominar a sus umbrías y la Criba elimina sin piedad a quien falla.

Un puente de piedra sobre el vacío. Una noche en pantanos donde las bestias salvajes tienen hambre.

Duelos en los que perder dos veces significa que te arranquen el vínculo delante de todos.

Para sobrevivir tendrá que esconder lo que lleva dentro de profesores, rivales y Velados; de una heredera que la mira como si ya supiera la respuesta; de un chico encantador que hace demasiadas preguntas; y de una hermana que la odia en público y la protege en secreto.

No estará sola. Kip, el chico de las cocinas que volvió de la Fosa con una umbría del tamaño de un pan, le ofrece algo que nunca tuvo: un amigo que no pide nada a cambio.

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