Capítulo 41 · La hora desnuda
La hora desnuda
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El día del Juicio amanece despejado.
Es la primera vez desde que estoy en la Ciudadela que veo un pedazo de cielo azul sobre Valcarne.
Un hueco en las nubes, justo encima de la Fosa, redondo, como si alguien lo hubiera cortado con un cuchillo.
La gente de los anillos sale de sus casas a mirarlo.
Dicen que es una señal. Que la Madre quiere ver el Juicio con sus propios ojos.
Yo sé lo que es. Es la Reina, que quiere sol a la hora desnuda. Que quiere las sombras chicas.
El Juicio de la Reina es la séptima prueba de la Criba.
La última. La única en la que los cadetes de primer año no pelean, no vuelan, no cruzan nada.
Solo miran. Se sientan en la grada de la Ciudadela, la más cercana al palco, y miran lo que la Corona hace con los traidores.
Hesk lo dijo una vez, en el Foso, sin levantar la vista del cuaderno: la séptima es la que les enseña para quién trabajan.
Nunca la entendí hasta hoy.
Me visto despacio. El uniforme negro de cadete, limpio, planchado. Las botas lustradas. El pelo trenzado y recogido, apretado, para que no me tape la vista. En el bolsillo de adentro, la orden doblada en tres, la piedra de Oma y una insignia de plata con forma de lobo alado.
Seren y Dalia bajaron a los túneles antes del alba.
Lo sé porque Lirio vino a despedirse: entró por debajo de la puerta, se me enroscó en la muñeca un segundo, fría, y se fue.
Lo sé porque la cama de Dalia, al otro lado del pasillo, está hecha con una perfección que no es de alguien que durmió en ella.
Cuando golpean la puerta, sé quién es.
Theron está en el pasillo con el uniforme de gala de la Legión. Negro sobre negro, con bordados de plata en los puños y el cuello alto. Sin la insignia. Tiene el cuello vacío, ahí donde debería estar el lobo alado.
Me mira. No dice nada.
Saco la insignia del bolsillo. Se la prendo yo misma en el cuello, con los dedos torpes, sin mirarlo a los ojos.
—Hoy tienes que parecerlo —digo.
Se queda muy quieto mientras se la pongo. Siento su respiración en la frente.
—Mara.
—No.
—Solo quería...
—Ya sé lo que querías. —Le aliso el cuello de la chaqueta. Me obligo a soltarlo—. Después.
Traga saliva.
—Después —repite.
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Valcarne entera está en el borde.
Las gradas de piedra que rodean la Fosa están llenas hasta el último escalón, como el día del Descenso.
Diez mil personas. Quince mil. Gente de las Tierras Grises con la ropa color ceniza, comerciantes de los anillos medios, nobles de las Casas en sus balcones con toldos de colores.
Huele a pan, a sudor, a vino barato. Venden apuestas, como siempre.
Tres umbrales a que el traidor grita. Cinco a que no.
Caminamos entre la multitud. Theron delante, yo un paso detrás, a su izquierda. Como una prisionera. Como un premio. La gente se aparta al vernos. Murmura.
El Verdugo. La vacía. La sin sombra que volvió.
Y a mis pies, sobre la piedra, mi sombra prestada camina conmigo. Pequeña ya, a esta hora. Encogiéndose con el sol. La imita perfecta, Nadie, como lo imita todo: se achica igual que las sombras de los demás, para que nadie note que no se achica de verdad.
El palco real está en el borde norte. Una plataforma de mármol blanco que sobresale sobre el vacío, con un toldo de seda gris y un trono tallado en hueso.
A la derecha, unos metros más abajo, la plataforma de ofrendas: una lengua de piedra negra, estrecha, sin baranda, que se mete sobre la Fosa como un dedo que señala.
Y en el palco, todos.
El Sumo Velado, con su rostro cubierto de seda. Lady Corisande Thal, con la trenza en corona. Lord Cassian Morn, el padre de Dalia, con su pelo plateado y su cara de hielo, con un cuervo blanco enorme encogido a sus pies, del tamaño de un gato. Los señores de las Casas.
Y mi madre.
Lady Odile Veyl, sentada en una silla de respaldo alto, en el palco real. La primera Veyl que se sienta ahí en sesenta años. Con un vestido violeta. Con la espalda recta. Me ve subir la escalera. Y no aparta la vista, esta vez. Me mira con una cara que no sé leer.
No la miro más de un segundo.
Porque en el trono de hueso, en el centro, hay una mujer.
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La Reina Ysolde parece de cuarenta años. Siempre ha parecido de cuarenta años. Su madre también, dicen. Y la madre de su madre, en los retratos. Una dinastía de reinas con el mismo nombre y la misma cara.
Tiene el pelo rubio, tan pálido que parece blanco, suelto esta vez, larguísimo, cayendo por el respaldo del trono hasta el suelo. Tiene la piel tan pálida que parece transparente en las sienes. Tiene los ojos claros, casi sin color, como el agua de un pozo en invierno.
Y tiene la sombra pálida.
Lo vi en el patio de la Ciudadela, el día que me tomó las manos, y pensé que era la luz.
No es la luz. Bajo el sol de la hora desnuda, mientras todas las sombras del palco son manchas negras y apretadas a los pies de sus dueños, la de la Reina es gris.
Gris clara. Como una sombra que alguien hubiera lavado demasiadas veces. Como si se estuviera borrando.
—Viniste —dice la Reina.
Su voz es suave. Dulce. Como en el patio, el día que me tomó las manos.
No me arrodillo. Theron, a mi lado, sí. Una rodilla en el mármol, la cabeza baja.
—Majestad. Le traigo a la cadete Veyl. Como ordenó.
—Ya lo veo, comandante. —La Reina no lo mira. Me mira a mí. Sonríe—. No llevas mi broche.
—Me lo robaron, Majestad. La Orden registró mi cuarto.
—Lo sé.
Abre la mano. En la palma, la polilla de plata, con las alas abiertas. Se inclina hacia mí y me la prende ella misma en el pecho del uniforme, despacio, con los dedos fríos, sin pincharme. Como una madre que viste a su hija para una fiesta.
—Lo tenía usted.
—Lo tenía yo. Todo lo que es tuyo termina llegando a mí, niña. —Me señala una silla baja, a su izquierda, a un brazo de distancia del trono—. Siéntate a mi lado. Vamos a ver juntas cómo la Madre juzga a tu amigo.
Me siento.
Estoy a un brazo de la mujer que despedazó a la Primera Sombra hace trescientos años. Que firmó mi muerte en una sala con las ventanas tapadas. Que encadenó a once sin sombra, a mi hermano, y los miró hundirse.
Huele a lirios. A lirios y a algo debajo, algo dulzón y viejo, como flores que llevan demasiado tiempo en el agua.
Nadie no gruñe. No se mueve. Está tan quieta que casi no la siento.
Como un animal que se hace el muerto delante de un depredador.
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Tocan las campanas.
Todas a la vez, como el día del Descenso. El repique grave, lento, que sube desde la ciudad y hace temblar el mármol bajo mis pies. La multitud se calla. Quince mil personas, en silencio.
Por la escalera de la Orden, desde abajo del palco, suben los Velados.
Seis. Con las caras cubiertas. Con lámparas azules en las manos. Y entre ellos, caminando con pasos cortos porque tiene los tobillos atados, Kip.
Lo han bañado. Le han puesto una túnica blanca, de ofrenda. Está flaco, más flaco que hace seis días, con un moretón amarillo en la mandíbula y el pelo rapado. Y alrededor del cuerpo, desde los hombros hasta las rodillas, envuelto como un regalo, cadenas.
Cadenas de luz.
No brillan como el fuego. Brillan como la luna sobre el hielo. Azul pálido, frío, tan intenso que duele mirarlas, y donde tocan la túnica la tela humea. Kip camina con la cara apretada de dolor. Pero camina.
Y en su sombra, a sus pies, encogida por el sol y por la luz de las cadenas, una cosa del tamaño de un ratón, con alitas, temblando.
Migaja.
Lo llevan hasta la plataforma de ofrendas. Hasta la punta de la lengua de piedra negra, sobre el vacío.
Kip levanta la cabeza. Mira al palco. Me busca.
Me encuentra.
No hago nada. No muevo un músculo. Solo lo miro. Y él me mira de vuelta, con los ojos hundidos y la cara llena de miedo, y después, muy despacio, como si le costara la vida, sonríe.
La sonrisa torcida del comedor. La de podemos ser raros juntos.
El Sumo Velado se pone de pie. Lee la acusación en voz alta, con una voz que suena por toda la Fosa: robo de correspondencia de la Corona, traición, conspiración contra la Madre.
Lee el nombre de Kip. Su nombre completo: Kipling Bartholomew Arden, sirviente de cocina, cadete por gracia de la Fosa.
Y yo, que me reí hasta llorar con ese nombre la primera noche, con la boca llena de sopa, tengo que clavarme las uñas en las palmas para no gritar.
Cuando termina, se vuelve hacia el trono.
La Reina no se pone de pie. No hace falta. Levanta la mano, dos dedos, como quien pide más vino.
—Que la Madre decida —dice.
Y uno de los Velados pone la mano en la espalda de Kip, y empuja.
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Cae.
Y yo caigo con él.
No el cuerpo. El cuerpo se queda sentado en la silla baja, junto al trono, con las manos en el regazo y la cara quieta.
Pero todo lo demás se va. Nadie se suelta de mí como una flecha de un arco, se despega de la piedra, de la sombra prestada a mis pies, y se tira por el borde del palco.
Por la pared de la Fosa. Abajo, abajo, como agua negra que corre por la roca.
Y yo voy en ella.
Veo lo que ella ve. La pared de piedra pasando a toda velocidad. Las tallas viejas. El cuerpo blanco de Kip, cayendo, envuelto en luz azul, girando en el aire, con la boca abierta en un grito que no le sale. Diez metros. Quince. Veinte.
Ahora.
Nadie se despega de la pared. Una mano. Una mano enorme de sombra que sale de la roca, abierta, como la del patio. Y se cierra alrededor de Kip.
Y las cadenas la queman.
El dolor me atraviesa el pecho como un hierro al rojo. Como si me hubieran puesto la mano encima de una estufa y me la sostuvieran ahí. No grito. En la silla, junto al trono, mi cuerpo no grita. Pero se me llenan los ojos de lágrimas y siento algo caliente que me baja de la nariz hasta el labio.
Nadie no suelta.
Aprieta. Se quema. Aprieta más. Treinta metros. La grieta. La grieta negra en la pared, justo debajo de la plataforma de ofrendas. Y en la grieta, dos manos que se estiran hacia afuera. Una con un anillo de los Veyl. Otra con las uñas cortas y una cicatriz en los nudillos.
Nadie empuja a Kip dentro de la oscuridad.
Las manos lo agarran. Lo arrastran. Lo meten.
Y justo antes de soltarlo, a través de Nadie, a través de la sombra diminuta de Migaja que se aferra a la túnica de su dueño, escucho la voz de Kip. Rota. Viva.
Te debo una, Mara.
Nadie lo suelta.
Y desde arriba, desde el borde, desde las gradas, desde el palco, lo que se ve es esto: un muchacho de túnica blanca, envuelto en cadenas de luz, cayendo hacia la oscuridad. Y la oscuridad que lo traga a treinta metros del borde. De golpe. Sin ruido. Como una boca.
Un suspiro recorre la Fosa. Quince mil personas que sueltan el aire al mismo tiempo.
—La Madre lo tomó —dice alguien en las gradas.
—La Madre lo tomó —repite otro.
Y se extiende. Como una ola. La Madre lo tomó.
Nadie vuelve a mí. Sube por la pared como agua que se escurre hacia arriba, cruza el borde, entra en mí por los pies, se me acurruca detrás del esternón, temblando, quemada, con un dolor que siento como mío. Porque es mío.
Respiro.
Lo logramos. Está adentro. Está con Seren y con Dalia, en la oscuridad de los Velados, donde las cadenas se apagan. Está vivo.
Me limpio la sangre de la nariz con el dorso de la mano, muy despacio, para que nadie lo vea.
Y entonces me doy cuenta de que el palco está en silencio.
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Todos me están mirando.
No a la Fosa. A mí. Lady Corisande. Lord Cassian. El Sumo Velado, con la cabeza girada hacia mi silla. Mi madre, con la mano en la boca.
Y la Reina.
No me mira a la cara. Me mira los pies.
Bajo la vista.
El sol de la hora desnuda cae a plomo sobre el mármol blanco. Sobre las botas lustradas de los nobles, sobre sus sombras pequeñas y negras y apretadas.
Y sobre mis botas.
Y debajo de mis botas, nada.
Ni una mancha. Ni un hilo. Ni la sombra prestada, pequeña, encogida, que Nadie imita desde hace dos meses. Nadie se fue entera a la Fosa a buscar a Kip, y al volver, quemada, rota, se metió donde se mete cuando tiene miedo: adentro. Muy adentro. Y se olvidó de imitar.
Estoy sentada al lado de la Reina, a la hora desnuda, delante de quince mil personas, sin sombra.
La Reina sonríe.
Es una sonrisa lenta, hermosa, terrible. La sonrisa de alguien que ha esperado mucho tiempo frente a una puerta cerrada, y acaba de escuchar el clic de la cerradura.
—Qué bonito —dice en voz baja. Solo para mí—. Qué bonito lo que hiciste, niña. Lo sentí desde aquí.
Levanta dos dedos. Como para pedir más vino.
Y desde atrás del trono, desde las cortinas de seda gris, salen los Velados.
No seis. Doce. Con lámparas. Con cadenas.
No tengo tiempo de levantarme. La primera cadena me cae sobre los hombros como un chal de hielo y fuego al mismo tiempo, y Nadie grita adentro de mí, grita, grita, un grito sin voz que me deja ciega.
La segunda me envuelve la cintura. La tercera, las muñecas.
Caigo de la silla de rodillas sobre el mármol.
Huelo a tela quemada. A mi uniforme quemado.
—¡MARA!
Theron.
Lo veo a través de las lágrimas. De pie. Con la espada desenvainada, una espada que no sabía que llevaba. Vesper a sus pies, del tamaño de un gato, erizada, gruñendo, inútil bajo el sol. Y cuatro Velados alrededor de él con lanzas de luz apuntadas a su garganta.
Da un paso hacia mí. Las lanzas le tocan el cuello. Le humea la piel.
Da otro.
—Quieto, comandante. —La voz de la Reina, suave, sin levantarse del trono—. O la próxima cadena es para el cuello de ella, y no para el suyo.
Theron se detiene.
Tiembla entero. Lo veo temblar desde el suelo. La espada le tiembla en la mano.
—Theron —digo. Me sale un hilo de voz—. No.
Me mira. Con una cara que no le había visto nunca. Ni en el pantano, ni en el borde, ni en el campo verde sin su lobo.
Después, muy despacio, baja la espada.
La Reina suspira, satisfecha. Se pone de pie por fin. Camina hasta el borde del palco, con su vestido gris y su pelo pálido arrastrándose detrás como un río, con su sombra pálida, casi borrada, a los pies. Levanta los brazos hacia la multitud.
Quince mil personas contienen el aliento.
—Pueblo de Vhal —dice. Y su voz suave, de pronto, suena en toda la Fosa, en cada grada, en cada balcón, como si saliera de las piedras—. Hoy la Madre ha juzgado a un traidor.
Se vuelve. Me mira, de rodillas, encadenada, sin sombra, a sus pies.
—Y ahora —dice—, empieza el Juicio de verdad.