Capítulo 42 · El Juicio de la Reina
El Juicio de la Reina
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—Hace trescientos años —dice la Reina—, esta tierra era un páramo.
No grita. No le hace falta. Su voz sale de las piedras, de las gradas, del aire mismo, y llega a cada oído de la Fosa como si te la susurraran desde muy cerca. Quince mil personas la escuchan sin moverse. Ni un niño llora. Ni un perro ladra.
—Un páramo de oscuridad, habitado por los Desalmados. Y la primera Ysolde bajó a la Fosa con once guerreros, y la Madre Abismo la eligió. Le dio la primera umbría. Le dio esta tierra. —Abre los brazos—. Ustedes conocen la historia. Se la cuentan a sus hijos antes de dormir.
De rodillas en el mármol, envuelta en cadenas, la escucho repetir la mentira que me enseñaron en el templo del cuarto anillo a los cinco años. La misma, palabra por palabra.
Las cadenas me queman. No el cuerpo; el cuerpo solo siente un frío terrible, como si me hubieran metido en un río en invierno. Lo que queman es lo de adentro. Nadie, acurrucada detrás de mi esternón, tan pequeña como no la había sentido nunca, temblando, con cada borde de su forma ardiendo.
—Pero hay algo que no les contamos —sigue la Reina—. Algo que solo saben los Velados y la Corona. Que la Madre, ese día, no solo dio. También guardó. Guardó su corazón, dormido, en el fondo de la Fosa. Esperando el día en que naciera alguien digno de llevarlo.
Se vuelve. Me señala con una mano larga, pálida, cargada de anillos.
—Ese día es hoy.
El murmullo sube por las gradas como una marea.
—Ustedes la vieron caer en el Descenso, y la vieron volver.
La vieron cruzar el Puente de Ceniza mientras las bestias de guerra se arrodillaban.
Y hoy la vieron detener la mano de la Madre sobre un traidor, sin sombra, a la hora desnuda.
—Sonríe hacia la multitud, tan dulce, tan maternal—.
No es una vacía, pueblo de Vhal. Es una vasija.
La Madre nos ha devuelto su corazón. Y hoy, frente a ustedes, la Corona lo va a recibir.
Para que Vhal tenga otros trescientos años de paz.
Alguien aplaude en las gradas. Después otro. Después miles.
El aplauso cae sobre mí como lluvia.
Y yo pienso en Oma, arrodillada en el barro, con la frente en el suelo delante de mis botas. Ithe. Pienso en la vieja diciendo cadena cuando Theron intentó explicarle qué era una umbría.
Pienso: ellos aplauden, y no saben que están aplaudiendo un asesinato.
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Cuando la Reina se agacha frente a mí, el aplauso todavía no se ha apagado.
Se agacha despacio, con el vestido gris extendiéndose alrededor como un charco. Me toma la barbilla con dos dedos helados. Me levanta la cara.
De cerca, la piel de las sienes es transparente de verdad. Se le ven las venas. Grises, como la sombra.
—No te creas una sola palabra de lo que acabo de decir —susurra. Solo para mí. Con la boca casi pegada a mi oído, mientras quince mil personas aplauden—. Es para ellos. A ti no te voy a mentir, niña. Te lo has ganado.
—Usted no es la nieta de nadie —digo. Me sale ronco. Las cadenas me aprietan la garganta.
Algo le brilla en los ojos claros. Diversión.
—No. No soy la nieta de nadie. Ni la hija. —Me suelta la barbilla. Me acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja, como haría una madre—. Soy la que bajó.
Trescientos años.
La misma mujer. La misma cara, en todos los retratos.
—Usted la mató —susurro—. A la Primera Sombra. No era un páramo. Era un lago.
Por un segundo, la sonrisa se le congela.
Después vuelve. Más ancha.
—Así que la vieja Veyl llegó hasta ahí. —Suspira, casi con cariño—. Siempre fue una mujer muy curiosa, tu abuela. Le costó caro. —Inclina la cabeza—. No la maté. La despedacé. No es lo mismo. Nada que tenga corazón está muerto del todo, mientras el corazón siga latiendo en alguna parte.
Se toca el pecho. Con dos dedos, sobre el vestido gris.
—Yo me quedé con un pedazo. El más grande que pude cargar.
Y me ha mantenido viva todo este tiempo.
Pero un pedazo se gasta, niña. Se seca. —Mira su sombra, pálida, casi borrada sobre el mármol—.
Ya ves. Me queda poco. Y el corazón se escondió en el fondo, donde no lo puedo alcanzar, a esperar un cuerpo vacío donde caber.
Me pone la palma helada en el pecho. Sobre el esternón. Justo donde está Nadie.
Nadie se encoge tanto que casi desaparece.
—Y te encontró a ti —dice la Reina, con una ternura que me revuelve el estómago—.
Once veces lo intenté. Once sin sombra. Ninguno le sirvió.
Y tú, la hija menor de una Casa caída, la que sirve el vino en el palco, la que nadie miraba...
tú le serviste. —Me aprieta el pecho—. Ahora solo falta que despierte del todo.
Y cuando despierte, me lo voy a beber. Entero. Y voy a vivir otros trescientos años.
—¿Y yo?
La Reina me mira como se mira a un niño que pregunta algo tonto.
—Tú vas a quedar vacía, Mara. Como naciste.
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Intento.
No sé cómo, pero intento. Busco a Nadie adentro de mí, en ese rincón donde se esconde, y la llamo. Con todo lo que tengo. Como en el puente. Como en el pantano. Sal. Por favor. Sal.
Nadie se mueve. Sube. Empuja contra las cadenas.
Y las cadenas se aprietan.
La luz azul se vuelve blanca. El frío se vuelve fuego. Grito; esta vez sí grito, un grito que se pierde en el aplauso de la multitud. Y algo se me rompe adentro. No en el cuerpo. Más adentro. Como una hoja que se arranca de un cuaderno.
Cuando dejo de gritar, estoy en el suelo, de costado, con la mejilla contra el mármol.
Y hay algo que no está.
Lo busco. Busco en mi cabeza como se busca algo en un bolsillo. Había alguien. Un chico. En el pantano. Que murió en el pantano. Tenía orejas de soplillo y hablaba sin respirar y tenía una umbría que era un... un...
No me acuerdo de su nombre.
Me lo dije a mí misma cien veces en el pantano, con las manos llenas de sangre, como él me enseñó. Se lo dije a su padre en el borde. Y ahora es un hueco. Un agujero con la forma de un chico, en el lugar donde antes había un nombre.
—No pelees —dice la Reina, de pie sobre mí—. Cada vez que peleas, el corazón se gasta un poco de ti para defenderse. Y lo que se gasta no vuelve. —Se arregla los anillos—. Tu abuela también escribió eso, imagino. En alguna página que no leíste.
Me quedo quieta.
Siento a Nadie gemir. Como un animal herido. Como si me pidiera perdón.
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La Reina se aparta. Camina hasta el borde del palco. Le hace una seña a mi madre.
Mi madre se pone de pie.
No la había mirado desde que subí. Ahora no tengo otra opción. Está a tres pasos de mí, con su vestido violeta y su espalda recta y su cara de mármol. Mirando cómo su hija se retuerce en el suelo, envuelta en luz.
—Lady Veyl. —La Reina no se vuelve—. ¿Dónde está su hija mayor? Esperaba verla hoy en el palco. Junto a usted.
Un temblor. Pequeñísimo. En la comisura de la boca de mi madre.
—Indispuesta, Majestad. Desde anoche. Fiebre.
—Qué pena. —La Reina sonríe hacia la Fosa—. Tantas fiebres en su familia, Lady Veyl. Su hijo también murió de fiebre, ¿no?
Mi madre se pone blanca.
Y yo la miro desde el suelo, y por primera vez en mi vida veo algo debajo del mármol. Algo que se rompe y se vuelve a pegar en un segundo. Miedo. No por ella. Miedo como el que siente una madre.
Por Ilian.
Aunque Ilian esté muerto.
—Mamá —digo.
Es la segunda vez en once años que la llamo así. La primera fue en un pasillo de la Ciudadela, y no me sirvió de nada.
Mi madre baja los ojos hacia mí.
—Ilian —susurro—. Yo sé lo que le pasó a Ilian.
Algo le cruza la cara. Tan rápido que casi no lo veo.
—No sabes nada de Ilian —dice. En voz tan baja que solo yo la escucho—. Nada. Y es mejor que siga así.
Después se vuelve a sentar. Con la espalda recta. Mirando al frente.
Y la Corona olvida lo que sabe.
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—Comandante Vask.
La Reina lo dice sin volverse. Está en el borde del palco, de cara a la Fosa, con el sol sobre la cabeza y la sombra pálida encogida a sus pies.
Theron sigue de pie donde lo dejaron. Rodeado de cuatro Velados con lanzas de luz. La espada en el suelo, a sus pies. Vesper, del tamaño de un gato, pegada a su tobillo, con el pelo erizado y los ojos de brasa clavados en mí.
—Majestad.
Su voz suena plana. Muerta. La voz del Verdugo.
—El corazón no va a despertar del todo aquí arriba. Necesita estar cerca de su casa. Necesita oler el fondo. —La Reina señala la plataforma de ofrendas: la lengua de piedra negra, estrecha, que se mete sobre el vacío—. Allí. En la punta. Donde cayó el traidor.
Camina hacia la escalerita que baja del palco a la plataforma. Los Velados le abren paso. Baja, despacio, con el vestido arrastrándose por los escalones, y avanza por la lengua de piedra hasta la punta. Sobre el vacío. Se da vuelta.
Y desde ahí, con la Fosa a la espalda y quince mil personas mirándola, le habla a él.
—Mis Velados no la pueden tocar. Las cadenas los protegen, pero lo que lleva adentro los mataría al primer roce.
Lo sentí hoy, cuando se tiró por la pared.
—Sonríe—. Solo hay una bestia en Vhal que esa cosa no quiere matar.
Lo vi en el Puente de Ceniza. Lo vi en el pantano.
Lo sé por tus informes, los que me mentiste.
Señala a Vesper con un dedo.
—Esa.
Theron no se mueve.
—Yo te la puse adentro, Theron. —La voz de la Reina se vuelve suave, casi maternal—. A los ocho años. ¿Te acuerdas? Te la cosí al alma con mis propias manos. Eras un niño sin sombra en una celda, y te di un lobo con alas, y un nombre, y un lugar. Todo lo que eres, te lo di yo.
Theron cierra los ojos.
—Así que ahora vas a hacer lo único para lo que te hice.
Levanta una mano. La palma hacia arriba. Como se llama a un perro.
—Tráemela.
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Los Velados bajan las lanzas.
Se apartan de Theron. Le dejan el paso libre. Entre él y yo no hay nada: diez pasos de mármol blanco, quemados por el sol.
Theron abre los ojos.
Y camina hacia mí.
Un paso. Otro. Con las botas sonando en el mármol. Con la cara de piedra. Con el uniforme de gala, negro sobre negro, y en el cuello la insignia del lobo alado que le prendí yo esta mañana con mis propias manos.
Hoy tienes que parecerlo.
No me mira a los ojos.
Pienso en la mañana del borde. En la figura alta y oscura en las sombras del palco real, contra la pared. Inmóvil. Mirando.
No intervendrá.
Pienso: era su orden. Nunca fue su elección.
Pienso: y si esta vez sí lo es.
Se detiene sobre mí. Se agacha. Vesper, a sus pies, del tamaño de un gato, se acerca a mi cara y me huele, y suelta ese gemido largo, quebrado, el del pantano.
Theron me pasa los brazos por debajo. Por debajo de las rodillas, por debajo de la espalda. Con cuidado. Con el cuidado del altillo, de la paja, de las estrellas. Las cadenas de luz le queman las manos; las oigo chisporrotear contra su piel; huele a carne quemada. No las suelta.
Me levanta del suelo. Me apoya contra su pecho.
Y camina hacia la escalerita. Hacia la plataforma de ofrendas. Hacia la Reina, que espera en la punta de la lengua de piedra, con la mano todavía extendida, con la Fosa abierta a su espalda como una boca.
Quince mil personas contienen el aliento.
Apoyo la cabeza en su hombro. No tengo fuerzas para otra cosa.
Y entonces, contra mi pelo, tan bajo que no lo escucha nadie más en el mundo, Theron habla.
No dice perdóname.
Dice:
—No sueltes.