Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 43 · La costura
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Capítulo 43 · La costura

La costura

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La escalerita que baja del palco a la plataforma de ofrendas tiene nueve escalones.

Los cuento. No sé por qué. Quizás porque es lo único que puedo hacer: contar, con la cabeza apoyada en su hombro, mientras las cadenas me queman por dentro y el mundo se mece con cada paso que da.

Uno. Dos. Tres.

Agarro el cuello de su chaqueta con los dedos. Con lo poco que me queda en las manos. Lo agarro fuerte.

No sueltes.

No sé qué significa. No sé si es una promesa o una despedida. Lo único que sé es que su corazón late contra mi mejilla, rápido, muy rápido, más rápido de lo que lo he escuchado nunca. Más rápido que en el altillo.

Seis. Siete. Ocho. Nueve.

La lengua de piedra negra es estrecha. Un metro de ancho, como el Puente de Ceniza. Sin baranda. A los dos lados, el vacío. Abajo, muy abajo, la oscuridad viva de la Fosa, que sube hacia mí como el calor de una chimenea. Que me huele. Que me llama.

Nadie levanta la cabeza. Débil. Quemada. Pero la levanta.

Theron camina por la piedra negra, paso a paso, sin mirar abajo. Se detiene a tres pasos de la punta.

A tres pasos de la Reina.

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Me deja en el suelo.

Con cuidado. Arrodillándose primero, apoyándome después sobre la piedra fría, de costado, con la cabeza sobre su brazo. Como si me estuviera acostando en una cama. Las cadenas chisporrotean contra sus manos al soltarme. Tiene las palmas rojas, en carne viva, con ampollas.

No se queja.

Retira el brazo de debajo de mi cabeza. Despacio. Y se pone de pie.

Y no se aparta.

Se queda ahí. De pie. Entre ella y yo. Con la espalda hacia mí y la cara hacia la Reina. Con los puños quemados a los costados.

—Apártate, comandante —dice la Reina. Con suavidad. Con paciencia. Como se le habla a un niño que no entiende una orden simple.

—No.

Lo dice bajo. Pero en la Fosa, con quince mil personas calladas, se escucha hasta en la última grada.

Un murmullo. Un murmullo enorme, de asombro, que sube y baja como una ola.

La Reina inclina la cabeza.

—¿No?

—Le traje lo que me pidió —dice Theron—. Hasta aquí. Hasta donde le dije que la iba a traer. —Una pausa—. Ni un paso más.

Y la Reina se ríe.

Una risa clara, preciosa, como campanitas de cristal. Echa la cabeza hacia atrás y se ríe, con el sol en la cara y la Fosa a la espalda.

—Ay, Theron. —Se seca un ojo con un dedo—. Mi Verdugo. Mi niño de la celda. ¿Y qué vas a hacer? ¿Pelear conmigo? A la hora desnuda, tu lobo es un gato. —Mira a Vesper, encogida a los pies de Theron, erizada—. Y además, es mío.

Levanta una mano.

Y su sombra se mueve.

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La sombra pálida de la Reina, la sombra gris y casi borrada que tiene a los pies, se estira.

No como se estira una sombra cuando baja el sol. Como se estira un hilo. Un hilo gris, finito, que se despega de sus zapatos y corre por la piedra negra, rápido, como una serpiente, hasta los pies de Theron.

Hasta Vesper.

Y se le mete adentro.

Vesper chilla. Un chillido que no es de lobo, que es de algo atrapado en una trampa. Se le ponen los ojos blancos. Blancos como los de Oma. Y empieza a crecer.

A la hora desnuda. Con el sol encima. Crece. Porque no es su fuerza; es la de la Reina, que le entra por el hilo gris como agua por una cañería. El tamaño de un perro. De un caballo. Las alas se le despliegan, enormes, temblando, con las membranas tensas como velas en una tormenta.

Y se vuelve hacia mí.

Con los ojos blancos. Con los colmillos al aire.

—Si no me la traes tú —dice la Reina, con calma—, me la trae ella. Y ella no la va a cargar con tanto cuidado.

Vesper da un paso hacia mí.

Y se detiene. Le tiembla todo el cuerpo. Las patas se le clavan en la piedra. La cabeza se le sacude, de un lado al otro, como un perro que intenta sacarse un collar. Está peleando. Lo veo. Está peleando contra el hilo con todo lo que tiene.

Otro paso. Arrastrado. Como si la empujaran por la espalda.

Los ojos de Vesper, blancos, se clavan en los míos.

Y en el fondo de lo blanco, muy al fondo, veo el rojo. La brasa. Pidiéndome perdón.

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—Mara.

Theron. Sin darse vuelta.

—¿Te acuerdas del campo verde?

No entiendo. No entiendo nada. Vesper está a dos pasos con los colmillos al aire y él me pregunta por...

—Dormí sin ella —dice—. Toda la noche. Por primera vez desde los ocho años. Y dormí bien.

Y entonces entiendo.

—No —digo—. Theron, no.

Se lleva la mano al pecho.

No a la insignia. Más abajo. Al esternón. Al lugar exacto donde le besé la cicatriz, la noche de su cuarto. La cicatriz larga, blanca, vieja, que le cruza el pecho de arriba abajo como una costura.

Como una costura.

Te la cosí al alma con mis propias manos.

La Reina deja de sonreír.

—Theron. —Por primera vez, la voz no le sale suave—. No.

Theron se abre la chaqueta del uniforme de gala con una mano. Botones de plata que saltan sobre la piedra negra y caen al vacío. Debajo, la camisa. Se la abre también. Y ahí está. La cicatriz.

Y la cicatriz no es blanca.

Ahora no. Ahora, con el hilo gris de la Reina tirando de Vesper, la cicatriz está negra. Negra y viva. Hecha de puntadas. Puntadas de sombra, apretadas, una debajo de la otra, desde la clavícula hasta el ombligo, como las de un saco cosido a mano.

—Ningún jinete ha roto un vínculo —dice la Reina, y la voz le tiembla—. Nunca. En trescientos años. Te mata. Te mata antes de la mitad.

Theron mete los dedos debajo de la primera puntada.

Y tira.

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El sonido.

No voy a olvidar el sonido mientras viva. Aunque el corazón me quite todo lo demás, no me va a quitar el sonido. Como una tela que se rasga. Como un hueso que se rompe. Como un grito que sale de dos gargantas al mismo tiempo, la de él y la de Vesper, un solo grito partido en dos.

Theron cae de rodillas.

Vesper cae de rodillas.

La primera puntada cuelga suelta, negra, de su pecho. Debajo, la piel se abre en una línea fina de sangre.

Mete los dedos debajo de la segunda.

—¡Detenlo! —grita la Reina. A los Velados. A todos—. ¡DETENLO!

Los Velados no se mueven. No pueden. Están en el palco, del otro lado de nueve escalones y de una lengua de piedra de un metro de ancho, y entre ellos y Theron está Vesper. Vesper con los ojos blancos, con el cuerpo enorme temblando, que se pone de pie, de golpe, y se da vuelta.

No hacia mí.

Hacia ellos. Hacia el palco. Abre las alas y ruge, con los ojos blancos y la boca roja, y el rugido hace temblar el mármol, y los Velados retroceden.

Vesper está peleando contra el hilo. Y está ganando. Porque Theron está cortando el otro extremo.

Y en la escalerita, entre los Velados y nosotros, en el quinto escalón, aparece alguien más.

Una mujer de pelo gris cortado como el de un soldado, con la manga izquierda vacía prendida al hombro con un alfiler y una espada corta en la única mano que le queda. No sé de dónde salió. No sé cómo bajó de la grada de la Ciudadela hasta aquí.

Hesk se planta en la escalera de espaldas a nosotros, de cara al palco.

—El primero que baje un escalón —dice, con la voz de dar órdenes en el Foso—, se cae. Y yo no tengo buena vista con el sol de frente. Puede que no vea quién lo empujó.

La segunda puntada.

Theron grita. Se dobla hacia adelante. Le sale sangre por la boca.

La tercera.

Yo me arrastro. No sé cómo, con las cadenas, con el fuego por dentro, con las piernas que no me responden. Me arrastro por la piedra negra hacia él. Hacia su espalda. Un metro. Medio.

La cuarta. La quinta.

En las gradas, la gente grita. Alguien llora. Una mujer reza en voz alta a la Madre, una y otra vez, la misma oración.

La sexta.

Lo alcanzo. Le pongo la mano en la espalda. Está empapado de sudor. Tiembla como una hoja. Lo siento respirar, cortado, roto.

—Theron. Para. Por favor, para...

—No puedo —dice. Con la voz llena de sangre—. Si paro a la mitad, ella la recupera.

La séptima.

Le quedan dos. Lo veo por encima de su hombro. Dos puntadas negras, abajo, cerca del ombligo, apretadísimas, las primeras que le hicieron. Las más viejas. Las de los ocho años.

Theron se vuelve. Apenas. Me mira por encima del hombro. Tiene la cara blanca como el papel y los labios rojos de sangre y los ojos grises, sin hielo, sin nada, solo él.

—Eras mi elección —dice.

Y arranca las dos últimas.

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La luz cambia.

No el sol. El sol sigue arriba, a plomo. Es otra cosa. Es como si el mundo entero se hubiera movido un dedo hacia un lado.

Vesper se despega.

No de la sombra de Theron. De Theron. Lo veo: algo negro que sale de su pecho, de la herida abierta, como humo, como agua, como un ala que se despliega. Y se va. Se va hacia el lobo enorme de pie sobre la piedra negra, y el lobo lo absorbe, y deja de temblar.

El hilo gris se rompe.

Se rompe con un chasquido seco, como una cuerda de arpa, y la Reina grita, un grito agudo, y retrocede un paso hacia el borde, y se agarra el pecho con las dos manos. Su sombra pálida vuelve corriendo hacia sus pies, encogida, temblando.

Y Vesper abre los ojos.

Rojos. Rojos como brasas.

Libres.

Es más grande de lo que la vi nunca. Más grande que en el pantano, que en el puente.

Al mediodía, bajo el sol, sin sombra que la contenga, sin dueño, sin cadena.

Un lobo del tamaño de una casa, con alas de murciélago que tapan el sol sobre la plataforma de ofrendas.

Quince mil personas gritan al mismo tiempo.

Y Vesper no los mira.

No mira a la Reina. No mira al palco.

Se da vuelta, despacio, y camina sobre la lengua de piedra hasta nosotros. Hasta mí, arrodillada en la piedra negra con la mano en la espalda de Theron. Y se echa. Sobre mí. Las patas delanteras a un lado, las traseras al otro, las alas abiertas sobre mi cabeza, como en el Puente de Ceniza.

Como un escudo.

Y le ruge a la Reina.

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Theron se cae hacia atrás.

Despacio. Como un árbol. Lo atajo como puedo, con los brazos encadenados, y cae sobre mis rodillas, con la cabeza en mi regazo y el pecho abierto al sol.

La herida ya no es negra. Es roja. Una línea larga, limpia, del esternón al ombligo, que sangra despacio. Sin puntadas. Sin nada.

Tiene los ojos abiertos. Me mira.

—Theron.

Mueve los labios. No le sale nada.

—Theron, mira. Mira, está libre. Vesper está libre. Lo lograste. Lo lograste, ¿me escuchas? Theron...

Sonríe.

Es la primera vez que lo veo sonreír de verdad. Entero. Sin torcer la boca. Sin que le cueste. Una sonrisa de chico, de niño, de alguien que dejó en el suelo algo que llevaba cargando quince años.

Y después cierra los ojos.

—No. No, no, no. Theron. Theron, abre los ojos.

Le pongo dos dedos en el cuello. Bajo la mandíbula. Como me enseñó mi abuela con los mineros heridos. Como hice en el campo verde, del otro lado del Cerco, con el sol en la nuca y las flores amarillas al lado de mi mano.

Busco.

Busco.

No lo encuentro.

Pego la oreja a su pecho. A la herida. A la sangre. Y escucho, con todo lo que tengo, con todo lo que soy, por encima de los gritos de quince mil personas y del rugido de Vesper y del viento de la Fosa.

Silencio.

Su corazón, el que latía tan rápido contra mi mejilla en la escalera, el que latía contra mi espalda bajo las estrellas, se ha callado.

Y a sus pies, sobre la piedra negra, bajo el sol de la hora desnuda, Theron Vask no tiene sombra.

Ninguna.

Como yo.

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No grito.

No lloro.

Me quedo ahí, con su cabeza en mi regazo, con mi mano sobre su pecho quieto, con las cadenas de luz quemándome hasta el hueso. Y algo, muy adentro, se rompe. No como antes. No como una hoja que se arranca.

Como una represa.

Y abajo, en el fondo de la Fosa, en la oscuridad más honda, donde nunca ha llegado la luz, donde la Primera Sombra dejó su corazón hace trescientos años para que nadie lo encontrara...

Algo abre los ojos.