Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 44 · Ahí estás
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Capítulo 44 · Ahí estás

Ahí estás

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La Fosa sube.

No hay otra forma de decirlo. La oscuridad del fondo, la que nadie ha visto nunca, la que se traga a los niños y escupe bestias, empieza a subir por las paredes. Despacio al principio. Como agua que llena un pozo. Negra, líquida, espesa. Y en ella, puntos de luz.

Estrellas.

Como las que vi en la pared del cuarto de Theron, la primera noche, cuando nuestras sombras se volvieron una sola. Como las del altillo, del otro lado del Cerco. Millones. Un cielo entero de estrellas, subiendo por la Fosa hacia el sol del mediodía.

En las gradas, alguien grita. Después todos. Quince mil personas que se levantan al mismo tiempo, que se empujan, que corren hacia arriba, hacia las calles, lejos del borde. Un ruido como el del mar.

Yo no me muevo.

No puedo. Tengo la cabeza de Theron en el regazo y la mano sobre su pecho quieto, y no me voy a mover. Aunque la Fosa entera me trague.

Vesper, echada sobre mí, levanta la cabeza. Mira hacia abajo, hacia la oscuridad que sube. Y por primera vez desde que la conozco, no gruñe.

Baja las orejas. Pliega las alas.

Y apoya el hocico en la piedra negra, delante de mí. Como se inclina un perro delante de su dueño.

Como se inclinó en el borde, el día que salí.

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La oscuridad llega a la plataforma de ofrendas.

Sube por los costados de la lengua de piedra, por debajo, alrededor. Se derrama sobre la superficie negra como una marea. Me toca las rodillas. Las manos. El cuerpo de Theron.

No está fría.

Está tibia. Como el agua del lago de un sueño que nunca tuve. Como un baño, en invierno, en la casa de mi abuela, cuando tenía seis años y ella me lavaba el pelo y cantaba.

Y Nadie se pone de pie.

No quemada. No pequeña. No acurrucada en un rincón. Se pone de pie como se pone de pie algo que ha estado durmiendo mucho tiempo y por fin, por fin, escucha que alguien lo llama por su nombre.

Y la oscuridad de afuera la llama.

Y ella contesta.

Las cadenas de luz se apagan.

No se rompen. Se apagan. Una por una, como velas en un cuarto donde alguien abrió la ventana. La luz azul parpadea, se vuelve gris, se vuelve nada. Caen de mi cuerpo como cuerdas viejas, sin peso, y se hunden en la oscuridad tibia sin hacer ruido.

El dolor desaparece.

Y en su lugar, entra todo lo demás.

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No sé cómo contarlo.

Mi abuela habría sabido. Ella tenía palabras para todo. Yo solo tengo estas, que no alcanzan.

Soy grande.

Soy más grande que la Fosa. Soy la Fosa.

Soy el agua oscura que sube por las paredes, y las estrellas que van dentro, y el fondo que nadie ha visto.

Y soy más: soy cada sombra de Valcarne. Cada una.

Las de las gradas, las de las calles, las de los techos de pizarra, las de los niños que corren llorando de la mano de sus madres.

Las siento a todas al mismo tiempo, como se sienten los dedos de la propia mano.

Y en cada sombra, una umbría.

Miles. Diez mil. Veinte mil. Bestias de todos los tamaños, encogidas al mediodía, temblando en las sombras de sus jinetes.

El cuervo blanco de Lord Cassian Morn. La serpiente de dos cabezas de Lady Corisande.

El halcón de humo de Varn, en las gradas de la Ciudadela.

Un jabalí. Un zorro. Mil perros, mil gatos, mil ratas con alas.

Todas me miran.

Y yo pienso, sin querer, sin palabras, solo con lo que soy ahora: silencio.

Y se callan.

Todas. A la vez. Veinte mil umbrías en una ciudad entera salen de las sombras de sus dueños, se echan en el suelo, en las gradas, en las calles, en los tejados, con las cabezas apoyadas en la piedra y las orejas bajas. Y se quedan quietas. Sin un gruñido. Sin un aleteo.

Y los jinetes se detienen en mitad de la carrera. Se llevan las manos al pecho. Se miran unos a otros, pálidos, con los ojos muy abiertos.

Porque por primera vez en sus vidas, desde el día en que bajaron a la Fosa, nada les habla por dentro.

Como yo. Toda mi vida.

Así se siente, pienso. Así se siente ser yo.

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Hay un lago.

No sé de dónde viene. No es mío. Es un recuerdo que no es mío, que sube con la oscuridad desde el fondo.

Un lago redondo en el centro de un valle verde.

El sol en el agua. Gente en la orilla, gente sin rostro, gente cuyas sombras se mueven solas, que bailan, que cantan, que se tocan unas a otras con cariño. Niños metiendo los pies en el agua.

Y en el centro del lago, algo enorme y tibio que los quiere a todos.

Y después, una mujer en la orilla. Una mujer de pelo claro, casi blanco, con una espada que brilla demasiado.

Y después, dolor.

Un dolor tan grande que me arranca el aire de los pulmones aunque no sea mío, aunque haya pasado hace trescientos años.

El dolor de algo que es partido en pedazos.

Que siente cómo le arrancan las piernas, los brazos, los ojos, uno por uno, y se los reparten.

Y que lo último que hace, antes de que le arranquen el corazón, es esconderlo.

En el fondo. Donde la herida es más honda. Para esperar.

Para esperarme.

Me ahogo. Me pierdo. El lago y las estrellas y las veinte mil umbrías y el dolor me llenan entera, y no queda espacio. No queda espacio para mí. ¿Cómo me llamo? Tenía un nombre. Tenía una abuela que cantaba. Tenía...

Mi mano está sobre un pecho.

Un pecho quieto. Con una herida larga, roja, del esternón al ombligo.

Eras mi elección.

Theron.

Me agarro a ese nombre como a una rama en un río.

Theron. Theron. Theron.

Y vuelvo.

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No sé cómo lo hago. Lo hago.

Tomo todo eso, el lago, las estrellas, la oscuridad tibia, el corazón enorme que late ahora en el centro de mi pecho como un tambor, y lo empujo. Por mi brazo. Por mi mano. Hacia abajo. Hacia la herida.

Hacia él.

La oscuridad entra en Theron como entró en mí. Por la herida abierta. Despacio. Llenándolo. Las estrellas se le meten debajo de la piel y por un segundo le brillan en el pecho, en el cuello, en los labios, como si se hubiera tragado el cielo del otro lado del Cerco.

Y debajo de mi palma, algo se mueve.

Un golpe.

Débil. Tan débil que podría ser el mío.

No es el mío.

Otro.

Y otro.

Theron toma aire. Un aire largo, ronco, como el de alguien que sale del fondo del agua. El pecho se le levanta bajo mi mano. Se le baja. Se le levanta.

No abre los ojos. No despierta. Pero respira.

Respira.

Me doblo sobre él. Apoyo la frente en la suya. Y lloro, por fin, sobre su cara, como no lloré cuando se le paró el corazón.

En algún lugar, muy al fondo, me doy cuenta de que algo se ha ido. De que hay un hueco nuevo. Busco. Busco como se busca algo en un bolsillo.

La voz de mi abuela.

Sé que cantaba. Sé que me lavaba el pelo en invierno. Sé las palabras de la canción.

No me acuerdo de cómo sonaba su voz.

No me importa. Ahora mismo, con el corazón de Theron latiendo bajo mi mano, no me importa. Después me va a importar. Después me va a doler toda la vida.

Ahora no.

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—Ahí estás.

Levanto la cabeza.

La Reina está de rodillas.

En la punta de la plataforma de ofrendas, con el vestido gris empapado de oscuridad hasta la cintura, con el pelo pálido flotando en la marea tibia como algas. Me mira. Me mira con los ojos claros llenos de lágrimas, con la boca entreabierta, con una cara que no es de odio ni de miedo.

Es hambre.

Y algo más. Algo peor. Algo que se parece al amor.

—Ahí estás —repite. Y no me habla a mí. Le habla a lo que tengo adentro. A lo que me brilla, lo siento, en los ojos—. Trescientos años. Trescientos años buscando, y ahí estás. Igual que la primera vez. Igual que en el lago.

Y entonces mi boca se abre.

Y no soy yo la que habla.

—Ysolde.

Es mi voz. Pero no es mi voz. Es una voz más grande, más vieja, hecha de agua y de piedra, que sale de mi garganta y hace temblar la plataforma de ofrendas. Y en ella no hay odio. Hay algo mucho más terrible.

Hay tristeza.

La Reina se encoge como si le hubieran pegado.

Después se recompone. Despacio. Se pone de pie, chorreando oscuridad. Se arregla el pelo. Y cuando vuelve a hablar, la voz le sale suave, controlada, la voz de canción para dormir.

—Puedes destruirme —dice. A mí esta vez. A Mara—. Ahora mismo. Lo sé. Lo siento. Con lo que tienes adentro podrías arrancarme el pedazo que robé, y yo me secaría como una hoja en una estufa. —Sonríe—. Hazlo.

No me muevo.

—Hazlo, niña. Y vas a necesitar todo. Todo lo que tienes.

Te vas a olvidar de tu nombre para hacerlo.

De tu hermana. De tu amigo el de las cocinas.

—Mira a Theron, respirando en mi regazo—.

De él. Y cuando termines, no va a quedar Mara Veyl.

Va a quedar el corazón, sentado en esta piedra, mirando la nada, sin saber por qué tiene la mano sobre el pecho de un desconocido.

Se agacha. A un metro de mí. Vesper le gruñe, bajo, ronco, y ella ni la mira.

—Y su corazón late porque tú lo sostienes. Si te olvidas de él, deja de latir. —Inclina la cabeza—. Así que dime, Mara. ¿De quién te vas a olvidar primero?

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Pienso mucho rato. O un segundo. No sé.

Y después tiro.

Tiro del corazón hacia adentro. Despacio.

Como se recoge una red. La oscuridad tibia empieza a bajar por las paredes de la Fosa, de vuelta al fondo.

Las estrellas se apagan una por una. Las veinte mil umbrías de Valcarne levantan la cabeza, confundidas, y vuelven a sus sombras, y los jinetes se doblan sobre sí mismos cuando las sienten volver.

El corazón se queda en mí. Despierto. Lo siento latir detrás de mi esternón, junto a Nadie, dentro de Nadie, como si siempre hubieran sido una sola cosa.

Pero ya no me llena. Ya me deja espacio.

—No te lo puedes llevar —le digo a la Reina.

Mi voz. Solo mía.

La sonrisa se le congela un segundo.

—Si pudieras, ya lo habrías hecho —sigo—.

Las cadenas se apagaron. Tus Velados no me pueden tocar.

Y tú estás ahí agachada, a un metro, sin tocarme.

—Respiro—. El corazón no se toma. Se entrega.

Por eso necesitabas que despertara. Por eso necesitabas que yo estuviera rota, y sola, y vacía. Para que te lo diera.

La Reina no dice nada.

Y es la respuesta.

—No te lo voy a dar —digo—. Hoy no.

—Hoy no —repite ella. Despacio. Saborea las palabras—. Hoy no. —Algo le brilla en los ojos—. Tengo tiempo, niña. Tengo mucho tiempo. Más que tú.

—Entonces vamos a hacer un trato. Como el de mi madre. —La miro a los ojos—. Vesper se lo lleva. Vivo. Lejos de aquí. Y nadie lo sigue. Ni tus Velados, ni tu Legión, ni la serpiente de Lady Corisande. Ninguno, nunca.

—¿Y a cambio?

—A cambio, voy contigo. Por mi voluntad. Sin cadenas.

La Reina me mira mucho rato.

—Sin cadenas —dice—. A mi lado. En mi palacio. Donde pueda verte todos los días.

—Sí.

—Hasta que me lo des.

—Hasta que te mueras esperando.

Y la Reina Ysolde, que despedazó a una diosa hace trescientos años, se ríe. Una risa verdadera, sorprendida, casi encantada.

—Trato —dice.

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Vesper lo carga con la boca.

Con cuidado. Con los colmillos enormes cerrados apenas sobre la chaqueta del uniforme de gala, como una loba que carga a un cachorro. Lo levanta de mi regazo. La cabeza de Theron cuelga hacia atrás, el pelo oscuro sobre la cara, el pecho subiendo y bajando, subiendo y bajando.

Me pongo de pie. Me tiemblan las piernas. Le aparto el pelo de la frente. Le doy un beso ahí, en la frente, como me dio él uno a mí la mañana del Vuelo, como quien deja algo frágil sobre una mesa.

—No sueltes —le susurro.

No me escucha.

Miro a Vesper. A los ojos rojos, libres.

No le digo nada en voz alta. Le digo con lo que soy: llévalo lejos. Cuídalo. Que no lo encuentren.

Vesper me mira un segundo más. Después abre las alas, enormes, negras, y salta desde la punta de la plataforma de ofrendas.

Cae hacia la Fosa. Por un segundo, el corazón se me para.

Después las alas se llenan de aire, y sube. Sube sobre las gradas vacías, sobre los techos de Valcarne, sobre la Ciudadela del Borde, con Theron colgando de su boca como una cosa pequeña y preciosa. Hacia el sur. Hacia las Tierras Grises.

Ninguno la sigue.

La miro hasta que es un punto. Hasta que no es nada.

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Subo los nueve escalones al lado de la Reina.

Uno. Dos. Tres.

Las gradas están casi vacías. La multitud huyó cuando la Fosa empezó a subir, y quedan los bancos de piedra cubiertos de pan pisado, de tablillas de apuestas, de zapatos perdidos.

Pero en la grada de la Ciudadela, la más cercana al palco, alguien se quedó.

Brenna Ardane, de pie, enorme, con el jabalí acurrucado contra la pierna. Liane Thal, con la cara mojada. Varn, el chico del halcón de humo. Los cadetes de primero que quedan, y algunos de tercero, y un par de instructores de la Legión. Una fila de uniformes negros entre los bancos vacíos.

Cuando paso frente a ellos, Brenna se lleva el puño al pecho. Sobre el corazón. El saludo de los jinetes a un jinete.

Después Liane. Después Varn. Después todos.

No dicen nada. No pueden; la Reina está a mi lado. Pero se quedan así, con el puño en el pecho, mirándome subir, hasta que paso.

Cuatro. Cinco. Seis.

En el palco, todos me miran. Los señores de las Casas, pálidos, con las umbrías todavía temblando en sus sombras.

El Sumo Velado, que se aparta de mi camino como si yo fuera fuego.

Lady Corisande, con los ojos entrecerrados.

Mi madre, sentada en su silla de respaldo alto, con las manos apretadas en el regazo, sin poder levantar la vista.

Y al pie de la escalera de la Orden, subiendo apurada, con un vestido gris de dama de la corte y el pelo recogido, alguien más.

Seren.

Limpia. Peinada. Sin una mancha de tierra ni de los túneles. Con la cara de mármol perfecta. Hace una reverencia profunda frente a la Reina.

—Majestad. Perdone la tardanza. La fiebre.

La Reina la mira. Mira a mi madre. Me mira a mí.

—Lady Seren. —Sonríe—. Llega justo a tiempo. Su hermana se viene a vivir con nosotras. Acompáñela a sus habitaciones. Las del ala de las polillas.

—Majestad.

Seren se acerca. Me toma del brazo. Fuerte, frío, sin mirarme, como se toma a una prisionera.

Y debajo de mi manga, donde nadie puede verlo, algo frío y suave se me enrosca en la muñeca. Una serpiente blanca, finita como un hilo. Con alas de polilla plegadas sobre el lomo.

Lirio me roza la palma con las antenas. Una vez.

Estoy aquí.

Caminamos detrás de la Reina, por el palco, hacia las puertas del palacio. Las dos hermanas Veyl. Una con la cara de mármol. La otra sin sombra.

Y a cada paso, para que el corazón no me lo quite, para que no se vaya al hueco donde se fueron el nombre del chico del pantano y la voz de mi abuela, lo repito por dentro. Una y otra vez. Como Theron repite sus once nombres de noche frente a la Fosa.

Theron.

Theron.

Theron.

Todavía me acuerdo.