Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Epílogo · Theron
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Epílogo · Theron

EPÍLOGO

Theron

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Huele a ceniza.

Es lo primero. Antes que el dolor, antes que la luz, antes que saber dónde estoy.

Ceniza fría, húmeda, de la que cae en las Tierras Grises cuando llueve sobre las minas.

La conozco. La he olido en cien patrullas.

La olí en el pelo de ella, la primera semana, cuando todavía no se le había ido el olor de su infancia.

Abro los ojos.

Cielo gris. Bajo. El de siempre.

Estoy de espaldas en el suelo, sobre un campo de ceniza, al lado de una capilla de mineros con el techo hundido.

No sé cuánto llevo aquí. Tengo los labios partidos de sed y la boca con gusto a sangre vieja.

Me duelen las manos. Las levanto delante de la cara: están vendadas con tiras de tela negra.

Tela de mi uniforme de gala. Alguien las vendó con los dientes.

Me duele el pecho.

Me llevo la mano ahí. Por costumbre. Por quince años de costumbre.

Y no hay nada.

No la cicatriz; la cicatriz está, la siento bajo los dedos, una línea larga, gruesa, cerrada, desde el esternón hasta el ombligo.

Lo que no hay es lo otro. Lo que estaba debajo.

El peso. El calor animal. La voz sin palabras que me ha hablado cada segundo de mi vida desde los ocho años, cuando me sentaron en una silla de una celda blanca y una mujer muy hermosa me dijo esto te va a doler, niño, y después nunca más vas a estar solo.

Silencio.

Un silencio tan grande que me zumban los oídos.

Me quedo quieto mucho rato, escuchándolo.

No es vacío. Eso es lo raro. Pensé que iba a ser vacío, que me iba a sentir como un cuarto sin muebles.

No. Es otra cosa. Es como despertar en una casa que no conoces y darte cuenta, despacio, de que es tuya.

De que siempre fue tuya. De que alguien vivió en ella todo este tiempo y nunca te dejó entrar.

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Vesper está echada a diez pasos.

En la ceniza. Fuera de mí. Del tamaño de una casa, con las alas plegadas y la cabeza sobre las patas. Mirándome.

Nunca la había visto así. Desde afuera. Entera. Sin sentirla al mismo tiempo desde adentro, como se ve la propia mano. Es más hermosa de lo que sabía. Tiene una cicatriz vieja en el hocico que no sabía que tenía. Tiene los ojos rojos, quietos, sin una gota de blanco.

Me incorporo sobre un codo. Me cuesta. Todo me cuesta.

—Hola —le digo.

No me contesta. No puede. Ya no estamos atados. Ya no hay hilo por donde pase su voz.

Pero se levanta. Camina hasta mí. Baja la cabeza enorme y me empuja el hombro con el hocico, una vez, suave, como empujaba a los cachorros en los pantanos de Mirra, en los recuerdos que me mostraba de noche, antes de que la Reina la sacara de ahí y me la cosiera adentro.

Le pongo la mano vendada en la frente.

Y entonces, sin hilo, sin vínculo, sin nada, me muestra algo. No sé cómo. Quizás porque lo quiere mucho. Quizás porque algo de ella se quedó en mí, como algo de mí se quedó en ella.

Una imagen.

Una plataforma de piedra negra sobre la Fosa. Estrellas que bajan por las paredes, de vuelta al fondo. Y una chica con el uniforme quemado, subiendo nueve escalones de mármol blanco al lado de una mujer de gris.

Sin cadenas.

Con la espalda recta.

Sin mirar atrás.

Saco la mano de la frente de Vesper como si me hubiera quemado.

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No sé qué hizo.

Esa es la verdad, y la digo, porque se lo prometí a ella: decirle siempre la verdad. Aunque ella no esté para escucharla.

No sé qué hizo. No sé qué le dio. No sé qué firmó, con qué sangre, en qué sala con las ventanas tapadas. Lo último que recuerdo es su cara encima de la mía, sobre la piedra negra, al revés, con el sol detrás. Y su mano en mi pecho. Y después nada.

Y después esto. Ceniza. Silencio. Vivo.

Vivo, cuando no debería estarlo. Cuando sentí cómo se me paraba el corazón con la última puntada, como una puerta que se cierra.

Alguien la volvió a abrir.

Y sé lo que cuesta abrir una puerta así. Me lo dijo la Reina, hace años, en la celda blanca, cuando todavía creía que yo era suyo y me contaba cosas. Cada vez que el corazón se usa, se gasta un poco de quien lo lleva. Y lo que se gasta no vuelve.

Me pregunto qué se gastó.

Me pregunto si todavía se acuerda de mi nombre.

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El sol sale un momento entre las nubes.

Pasa a veces, en las Tierras Grises. Un hueco. Un minuto de luz amarilla, débil, que cae sobre la ceniza y la hace brillar como plata sucia. Los mineros salen de los túneles a mirarlo. Le piden deseos.

La luz cae sobre mí.

Y a mi lado, sobre la ceniza, aparece algo.

Una mancha oscura. Con la forma de un hombre sentado, con un brazo apoyado en la rodilla.

Me quedo mirando.

Levanto la mano.

La mancha levanta la mano.

Un poco tarde. Medio segundo, quizás. Como un niño que copia a su padre y todavía no aprendió a hacerlo al mismo tiempo.

No es Vesper. Vesper está a mi lado, de pie, enorme, con su propia sombra de lobo cayendo detrás de ella sobre la ceniza.

Esta es otra.

Es mía.

Nací sin sombra. Me lo dijo la Reina, en la celda blanca. Me lo dijo el Sumo Velado. Me lo dijo cada espejo de cada palacio cuando Vesper dormía tan hondo que mi cuerpo dejaba de proyectarla. Veintitrés años. Nunca, ni una vez, ni un día, tuve una sombra que fuera mía.

Y ahora está ahí. Torpe. Nueva. Llegando tarde a cada gesto.

Sus sombras no se forman porque esperan a su madre, dice uno de los cuadernos de la vieja Veyl. Mara me lo leyó una noche en voz alta, con la vela entre los dos. No lo entendí.

Creo que ahora sí.

Creo que algo, hace un rato, sobre una piedra negra, le enseñó a mi sombra que la madre había vuelto.

Y que tenía los ojos de Mara.

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Cuando el sol se esconde otra vez, hago lo que hago siempre.

Me pongo de rodillas en la ceniza. Mirando al norte, hacia donde está Valcarne, aunque no se ve. Hacia la Fosa.

Y digo los nombres.

Los once. En voz baja. En orden. Como todas las noches desde hace siete años.

Cuando llego al último, al once, me detengo. Como siempre.

Ilian Veyl.

El chico que hablaba toda la noche en la celda. Que me contó de una hermana chica a la que le mandaba cartas con una polilla en la esquina. Al que bajé con mis propias manos.

Y al que nunca vi llegar al fondo.

Me quedo un momento con su nombre en la boca. Pienso en una polilla rayada en la pared de un túnel, a treinta metros bajo el borde. Rayada con prisa. Con una mano que temblaba.

No sé qué significa eso tampoco. Todavía.

Durante dos meses, después de los once, hubo un nombre más esperando. Lo tenía preparado desde la sala de las ventanas tapadas. Lo dije la mañana del Descenso, al borde, mirando cómo el agua negra se la tragaba. Lo dije en voz alta, el doce, para que alguien supiera cómo se llamaba.

No lo digo hoy.

No es la doce. Nunca fue la doce.

Es la que volvió.

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Algo blanco cruza el cielo gris.

Lo veo con el rabillo del ojo. Lejos, sobre el borde del Bosque Mudo, al oeste. Un pájaro. Demasiado grande para ser un pájaro. Demasiado blanco para ser de aquí.

Un cuervo.

Da una vuelta sobre los campos de ceniza, alto, buscando. Da otra. Y después, de pronto, pliega las alas y baja hacia nosotros en picada, como baja un halcón cuando ve algo que estaba buscando.

Vesper levanta la cabeza. No gruñe.

Y en el lomo del cuervo blanco, agarradas una de la otra, veo dos figuras. Una con el pelo negro, sentada derecha como una espada. La otra, detrás, flaca, con una túnica que alguna vez fue blanca y la cabeza rapada, con algo del tamaño de una rata con alas aferrado al hombro.

Y la de atrás, cuando me ve, levanta un brazo y grita algo que el viento se lleva.

Me pongo de pie. Me cuesta. Me tiemblan las piernas. A mi lado, mi sombra nueva se pone de pie también, medio segundo tarde, torpe, aprendiendo.

Miro hacia el norte una última vez.

Hacia Valcarne. Hacia el palacio. Hacia una chica sin sombra que está, en este momento, en algún cuarto del ala de las polillas, repitiendo un nombre para no olvidarlo.

O eso quiero creer.

No sé dónde está, exactamente. No sé qué le costó. No sé si cuando me vea va a saber quién soy.

Pero sé dos cosas. Y las digo en voz alta, para mi sombra, para Vesper, para el viento que viene del norte con olor a Fosa.

La primera: que una vez, en un altillo que olía a verano, del otro lado del mundo, le dije que si tenía que elegir entre la Reina y ella, no era una elección.

La segunda: lo que le dije yo, cayendo hacia el otro lado del mundo, con sus manos agarradas a mi chaqueta. Lo que ella cumplió hasta el final.

No sueltes.

No suelto.

Voy por ti, Mara.

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Fin del Libro Uno