Capítulo 40 · Cuatro en la plataforma
Cuatro en la plataforma
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La plataforma vieja del ala este no la usa nadie desde hace cincuenta años.
Tiene el piso agrietado, la baranda rota en dos partes y un poste de hierro oxidado en el centro, donde antes amarraban a las bestias jóvenes para que no se tiraran al vacío.
Es donde Theron y yo hablamos por primera vez sin mentirnos.
Es el único lugar de la Ciudadela donde estoy segura de que no hay nadie escuchando.
A la hora larga, somos cuatro.
Yo, con la espalda contra el poste. Seren, sentada en la baranda rota con las piernas colgando sobre cuarenta metros de nada, como si fuera un banco del parque.
Dalia, de pie, con los brazos cruzados y Escarcha posada en el hombro, del tamaño de un cuervo normal, mirando a todos con el mismo desprecio.
Y Theron, apoyado en la pared de la torre, lejos.
A tres metros de mí. Como si hubiera medido otra vez la distancia.
Lleva la muñeca vendada con un paño limpio. Huele a miel.
No le digo nada.
—Bueno —dice Dalia—. ¿Alguien me va a explicar qué hace la heredera Veyl, que se supone que te odia, sentada en una baranda contigo? ¿Y qué hace el Verdugo aquí, que se supone que no habla con cadetes? ¿O tengo que adivinar?
—Adivina —dice Seren, sin mirarla.
Dalia la mira. Seren la mira de vuelta. Dos estatuas de mármol, midiéndose.
—Kip —digo, antes de que se maten.
Las dos se vuelven hacia mí.
—Lo van a tirar a la Fosa en el Juicio. Con cadenas de luz. No lo van a colgar; eso es para el pueblo. —Respiro—. Y nosotros cuatro vamos a impedirlo.
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Tardo una hora en contárselo todo a Dalia.
No todo; lo suficiente. Lo de las cadenas.
Lo de los once. Lo de que la Reina me quiere a mí y Kip es el anzuelo.
No le cuento lo del corazón, ni lo de mi madre, ni lo del papel doblado en tres que llevo en el bolsillo.
Hay cosas que todavía no sabría cómo decir en voz alta.
Dalia escucha sin interrumpir. Cuando termino, se queda un rato mirando la Fosa, allá abajo, en el centro de la ciudad: el ojo cerrado, el círculo negro.
—Mi padre está en el Consejo del Borde —dice al fin—. Va a estar en el palco, a tres sillas de la Reina. Si me ve haciendo algo, lo que sea, me mata él antes que ella.
—Lo sé.
—Lo dudo. —Acaricia el pecho de Escarcha con un dedo, sin mirarla—. No sabes lo que es Cassian Morn cuando está enojado. Fuera de la Casa no lo sabe nadie. —Se calla un segundo—. Ninguno de nosotros lo dice.
No pregunto. Veo cómo aprieta la mandíbula. Veo, por primera vez, una cicatriz delgadísima en el borde de su oreja, casi invisible bajo el pelo negro.
—No tienes que venir —le digo.
—Ya sé que no tengo que venir, Veyl. —Me mira con fastidio—. Te estoy diciendo lo que me cuesta. Para que después me lo agradezcas como corresponde.
Seren, desde la baranda, suelta algo que en otra persona sería una risa.
—¿Dónde aprendiste a respirar así? —le pregunto—. En el Duelo. Dentro, cuatro. Fuera, seis.
Dalia no me mira a mí. Mira a Theron, apoyado en la pared de la torre, lejos.
—Tenía doce años —dice—. Escarcha me había roto la muñeca porque yo no sabía pararla, y mi padre me encerró en las caballerizas hasta que aprendiera.
Tres días. —Se encoge de hombros, como si contara el clima—.
La segunda noche entró alguien. No me dijo su nombre.
Se sentó en la paja, del otro lado de la puerta, en la oscuridad, y me enseñó a contar.
Theron no levanta la vista del suelo.
—Nunca se lo agradecí —dice Dalia—. Los Morn no agradecemos.
—Ya lo sé —dice él.
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El problema, dice Theron, son las cadenas.
Es lo segundo que dice en toda la tarde. Se despega de la pared, se agacha, y dibuja con un trozo de carbón sobre la piedra agrietada. Un círculo: la Fosa. Un rectángulo en el borde norte: el palco real. Unas líneas debajo del palco: las celdas.
—Las cadenas de luz queman a cualquier umbría que las toque.
Las forjan los Velados en la Sala de la Medida, con el mismo fuego de las lámparas.
Ninguna bestia puede acercarse a ellas. —Dibuja una línea desde las celdas hasta el borde—.
Lo van a sacar por aquí, por la escalera de la Orden, hasta la plataforma de ofrendas.
Seis Velados alrededor. Y lo van a tirar a la hora desnuda.
—¿Por qué a la hora desnuda? —pregunta Dalia.
—Porque al mediodía las sombras son más chicas. —Theron levanta la vista—. Todas las umbrías de Valcarne van a estar del tamaño de un gato. La mía también. La Reina no quiere bestias grandes en su Juicio. No quiere que nadie pueda hacer nada.
Silencio.
Y entonces sonrío.
No me doy cuenta hasta que los tres me están mirando.
—¿Qué? —dice Dalia.
—La mía no se achica —digo.
Theron se queda quieto.
—Al mediodía. En la Prueba del Mediodía.
Todas las umbrías se encogieron menos la mía.
—Me acuerdo del patio, del sol cayendo a plomo, de mi sombra prestada quieta en la piedra, entera, mientras las demás se volvían charcos—.
La Reina eligió la hora en que nadie puede hacer nada. Pero Nadie sí puede.
Dalia me mira como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Le pusiste Nadie a tu umbría?
—Es una historia larga.
—Es un nombre horrible.
—Es un nombre perfecto —dice Seren desde la baranda, muy seria. Y por un segundo, solo uno, cruza una mirada conmigo que tiene seis años y huele a canela.
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El plan lo armamos entre los cuatro. Despacio. Peleando cada parte.
Cuando Kip caiga, Nadie lo atrapa. Como en el patio, el día que se cayó del halcón de Varn: una mano de sombra que sale de la pared de la Fosa y lo agarra en el aire.
Las cadenas la van a quemar. Lo sé. Lo siento ya, como una advertencia detrás del esternón.
Pero Nadie no es una bestia como las otras. Aguanta. Tiene que aguantar.
—¿Y después? —pregunta Dalia—. ¿Lo sube? ¿Delante de diez mil personas y de la Reina? Te ven en un segundo.
—No lo sube —dice Seren.
Abre el cuaderno rojo sobre las rodillas. Pasa páginas. Lo gira hacia nosotros.
Un dibujo de la Fosa vista de costado. Con la pared cortada como un pastel, y adentro de la pared, líneas. Pasillos. Escaleras. Y en el muro norte, unos treinta metros debajo del borde, justo debajo del palco real, una espiral.
—La Puerta de los Velados —dice Seren—. La abuela la encontró en un mapa del Archivo.
Antes de que hubiera Fosa, ahí había un lago, y en la orilla un templo, y debajo del templo, túneles.
Cuando se abrió la herida, los túneles quedaron cortados por la mitad.
Algunos dan a la pared de la Fosa. —Pone el dedo sobre la espiral—.
Este da justo debajo de la plataforma de ofrendas.
—Nadie lo mete por ahí —digo despacio.
—Y adentro lo esperamos nosotras. —Seren mira a Dalia—. En la oscuridad. La abuela escribió que las cadenas de luz se apagan en la oscuridad de los Velados. Que no saben qué hacer ahí. Le sacamos las cadenas y nos vamos por los túneles hasta donde den.
—¿Y dónde dan? —pregunta Dalia.
Seren pasa la página. Un mapa. Un pasillo larguísimo, dibujado con líneas de puntos, que sale de la Fosa hacia el oeste. Que cruza por debajo de los anillos de Valcarne. Que termina en un bosque dibujado con árboles muy juntos.
—El Bosque Mudo —dice Theron—. Donde las umbrías no entran.
—Donde no nos pueden seguir —dice Seren.
Dalia se queda mirando el mapa mucho rato.
—Las espirales se abren con la mano de tu hermana, imagino —dice al fin, seca—. Porque nada en esta historia puede ser fácil.
—Sí —digo.
—Y la Puerta está en la pared de la Fosa, por dentro, a treinta metros del borde.
—Sí.
—Así que alguien tiene que bajar por los túneles antes del Juicio para que la abras.
—Esta noche —dice Theron.
Todos lo miramos.
—Los túneles de abajo de las celdas existen —dice—.
He estado ahí. Al final del pasillo más hondo, donde ya no hay presos, hay una puerta de piedra con una espiral tallada.
Sellada desde hace trescientos años. Los Velados dicen que está maldita.
Ni siquiera la vigilan. —Me mira, por primera vez en toda la tarde, directo—.
Yo te llevo. Esta noche. Por la sombra. Y te traigo de vuelta.
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Queda la última parte. La peor.
La Reina me quiere a mí. Kip es el anzuelo. Si no aparezco en el Juicio, si Theron no me lleva al palco como le ordenaron, la Reina va a saber que algo pasa antes de que Kip llegue al borde. Va a cambiar todo. Va a mandar más Velados. Va a esconderlo.
Alguien tiene que estar delante de ella mientras pasa todo lo demás. Mirando. Para que ella mire también.
—Yo —digo.
—No.
Theron. Lo dice antes de que termine la palabra. Sin levantar la voz.
—Ella me quiere ver en el palco. Me vas a llevar al palco. Como te ordenó. —Lo miro—. Y desde el palco, a veinte metros de la plataforma de ofrendas, yo puedo ver a Kip caer. Y Nadie puede alcanzarlo.
—No te voy a poner delante de ella.
—No me pones tú. Me pongo yo.
Se queda callado. Le veo la lucha en la cara: la mandíbula, los puños cerrados, la muñeca vendada que tiembla. Quiere decir que no. Quiere agarrarme y subirme a Vesper y llevarme al otro lado del Cerco, a un altillo que huele a verano, y no volver nunca.
Y no lo hace. No dice nada.
Porque esa es la diferencia, pienso. La diferencia entre él y todos los demás que han decidido cosas por mí.
Mi madre. La Reina. Incluso Seren, en el borde.
Theron Vask, que podría encerrarme en una torre con una sola orden, que podría cargarme en su lobo sin preguntarme, está ahí parado, con la cara rota de miedo, dejándome elegir.
—Está bien —dice al fin. Ronco—. Pero si algo sale mal, si algo cambia, si la Reina se mueve un dedo hacia ti...
—Haces lo que tengas que hacer.
—Hago lo que tenga que hacer.
Dalia nos mira a los dos. Mira a Seren.
—Ah —dice, muy despacio—. Ah. Ya entiendo por qué el Verdugo está aquí.
Ninguno le contesta.
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Las celdas de la Orden huelen a cera quemada y a miedo.
Theron me lleva por la sombra, a medianoche, desde la escalera de la capilla hasta el pasillo de abajo: un paso en la oscuridad de la Ciudadela, un tirón en el estómago, y otro paso en la oscuridad de las celdas.
Me suelta la mano en cuanto llegamos. Después, cuando los pasillos se vuelven más estrechos y la luz azul de las lámparas de los Velados se queda atrás, me la vuelve a ofrecer.
Sin decir nada. Con la palma hacia arriba, en la oscuridad.
La tomo.
No significa nada, me digo. Solo que no veo dónde piso.
Pasamos frente a una fila de puertas con barrotes. Celdas vacías. Después, al fondo de un pasillo lateral, una puerta distinta: de metal blanco, sin barrotes, con una línea de luz azul que se filtra por debajo. Dos Velados delante, con las caras cubiertas.
La celda de luz.
Theron me aprieta la mano. Seguimos de largo, pegados a la pared, en la sombra.
Pero al pasar, algo se mueve en mi pecho. Nadie estira algo de sí misma, un hilo, una antena, hacia la puerta blanca. Hacia la sombra pequeña, temblorosa, que hay del otro lado. Una sombra con alitas de murciélago, del tamaño de una rata.
Migaja.
Y a través de ella, como a través de una pared delgada, escucho.
Alguien canta. Muy bajito. Desafinado. Una canción de mineros que me cantó la primera semana, en el comedor, para que dejara de llorar.
Abajo, abajo, donde no llega el sol...
Me muerdo el labio hasta que me sangra para no gritar su nombre.
En cambio, le hablo a Migaja. A través de Nadie. Sin palabras, como ella me habla a mí. Una imagen: mi cara. Una mano de sombra. Una caída que no termina en el fondo.
No tengas miedo cuando caigas.
Al otro lado de la puerta, la canción se corta.
Un segundo de silencio.
Después sigue. Un poco más fuerte. Un poco menos desafinada.
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La puerta del fondo es exactamente como la describió Theron.
Piedra gris, antigua, más antigua que todo lo demás, al final de un pasillo que se hunde en la tierra como una garganta. Con una espiral tallada en el centro, tan grande como la del Cerco.
Pongo la mano.
No pasa nada.
Un segundo. Dos. Theron, a mi espalda, no respira.
Y después las líneas de la espiral se hunden bajo mi palma, despacio, como si la piedra suspirara, y la puerta se abre hacia adentro con un sonido de algo que no se ha movido en trescientos años.
Del otro lado hay un túnel. Bajo, estrecho, que baja en espiral, con las paredes cubiertas de tallas.
No espirales esta vez. Figuras. Gente sin rostro, de pie alrededor de un círculo de agua.
Un lago. Y en el centro del lago, una figura enorme, hecha solo de líneas, con los brazos abiertos. Como una madre.
Caminamos. Theron con una vela. Yo con la mano en la pared, siguiendo las tallas con los dedos.
El túnel baja y baja. Y al final, se abre. A una grieta en la roca. Y la grieta da al vacío.
A la Fosa.
Estamos dentro de la pared. Treinta metros bajo el borde. Arriba, por la grieta, se ve un círculo de cielo nocturno y nubes, y el borde de la plataforma de ofrendas, negro contra el gris. Abajo, oscuridad. La oscuridad viva, líquida, que conozco. Que me conoce.
Nadie se estira hacia ella como una planta hacia el agua.
—Aquí —digo—. Aquí lo traigo.
Theron no contesta. Está mirando algo en la pared, junto a la grieta. Acerca la vela.
Entre las tallas viejas de los Velados, hay algo más. Algo más nuevo. Rayado con una piedra, con prisa, con una mano que temblaba.
Una polilla.
Pequeña. Con las alas abiertas. Dibujada exactamente igual que las polillas de las esquinas de las cartas que me mandaban para mis cumpleaños desde las Cumbres de Hierro.
Las cartas de Ilian.