Capítulo 39 · Lo que hizo Seren
Lo que hizo Seren
✦
No me siento.
Me quedo de pie junto a la ventana, con la espalda contra el marco y el frío de la noche en la nuca, y saco del bolsillo la orden de Theron. La despliego. La pongo sobre la cama, al lado del papel de Seren.
Los dos sellos se tocan por el borde roto.
Encajan.
No como dos sellos iguales. Como uno solo, partido en dos.
Las líneas del lacre siguen de un papel al otro sin cortarse: la corona de siete puntas, el ojo abierto, la letra de la Reina.
Alguien apiló los dos documentos, uno encima del otro, y les estampó el mismo sello en el borde.
Como se hace con los contratos. Para que cada parte tenga su mitad, y nadie pueda decir después que no firmó.
—El acuerdo de mamá —digo.
—Su copia. —Seren no aparta la vista de los papeles—. Se la robé de la caja fuerte de su escritorio el día que entré a la Ciudadela. Nunca se dio cuenta. Nunca la vuelve a leer. Ya cobró.
Tomo el papel de mi madre.
La letra es la misma. Inclinada, elegante, sin prisa. Pero lo que dice es otra cosa.
La Casa Veyl entrega a la Corona a su hija menor, Mara, nacida sin sombra, para el uso que la Corona disponga.
A cambio, la Casa Veyl regresa al anillo interior de Valcarne, con su asiento en el Consejo del Borde. La hija mayor, Seren, será admitida en la corte como dama de la Reina al terminar su formación.
Y la Corona olvida lo que sabe.
Lo leo dos veces. Me detengo en la última línea.
—¿Qué sabe?
—No lo sé. —Seren por fin me mira—. Te juro que no lo sé, Mara. Mamá no me lo contó todo. Hay algo más. Algo que la tiene agarrada del cuello desde antes de que nosotras naciéramos. Lo veo en cómo se pone cuando llega una carta con el sello de la Corona. Pero no sé qué es.
Para el uso que la Corona disponga.
Como quien vende una mula.
Me siento en la cama. No porque quiera. Porque las piernas ya no me sostienen.
✦
—Yo estaba en la sala —dice Seren.
Habla bajo, mirándose las manos. Lirio se le ha subido por la pierna y le rodea la cintura, como un brazo que la sostiene.
—La noche antes del Descenso. Mamá me llevó al palacio. Me dijo que era para presentarme a la Reina, porque yo iba a ser la heredera. Me puso el vestido azul. Me peinó ella misma. —Una risa sin aire—. No me peinaba desde los seis años.
—Seren...
—Déjame terminar. Si paro, no voy a poder.
Me callo.
—Nos hicieron pasar a una sala pequeña, detrás del trono.
Con las ventanas tapadas. Estaba la Reina.
Estaba Lady Corisande. Y estaba él, de pie en un rincón, como una estatua.
El Verdugo. —Traga saliva—. La Reina firmó dos papeles.
Mamá firmó uno. Después la Reina le pasó el otro a él, y él lo leyó, y no dijo nada.
Ni una palabra. Solo dobló el papel y se lo guardó en el pecho.
Theron, en un rincón, leyendo mi muerte. Doblando el papel.
No intervendrá.
—Y después la Reina explicó cómo iba a ser —sigue Seren—.
La ofrenda de ese año no iba a llegar al borde.
Mamá ya se había encargado de eso. —Traga saliva—.
La chica del puente, Mara. La de la acequia, debajo de nuestra cocina.
Y al día siguiente, en medio del Descenso, cuando la Madre se quedara sin ofrenda, los Velados te iban a sacar del palco.
Te iban a poner cadenas de luz. Y te iban a bajar encadenada hasta la mitad de la pared, y te iban a soltar.
—Se le quiebra la voz—. Como a los once.
Las manos se me cierran solas sobre el papel.
—Pero nunca llegaron a encadenarme —digo despacio—. Yo caí antes. Libre. Delante de todos.
Seren levanta la cara.
Y la miro de verdad. Por primera vez desde la Fosa. Su cara, que es mi cara. Los ojos hinchados. La boca apretada. La misma cara que vi encima de mí en el borde, recortada contra el amanecer, un segundo después de que sus manos me empujaran.
Perdóname.
—Tú —susurro.
—Yo.
✦
—La abuela lo escribió —dice Seren—. En el tercer cuaderno. El que no tenías.
Abre el cuaderno rojo. No es de la abuela. Es su letra. Páginas y páginas de la letra redonda y obediente de Seren, copiando la letra inclinada de nuestra abuela, con dibujos, con espirales, con flechas.
—Lo copié todo —dice—. A los doce. Por si me quitaban los originales. Me aprendí esto de memoria antes que las oraciones de la Orden.
Pasa las páginas. Se detiene en una. Me la muestra.
Una espiral, dibujada con cuidado. Y debajo, con la letra de mi hermana imitando la de mi abuela:
La Madre no recibe lo que llega encadenado. Lo que cae atado, cae solo, y se ahoga solo. Solo lo que cae libre encuentra el fondo.
—Los once cayeron con cadenas —dice Seren—. Todos. Ilian también. Y ninguno salió. —Me mira—. Lo leí a los doce. Lo entendí en esa sala, con el vestido azul puesto, mientras la Reina hablaba de ti como de un caballo.
—Así que me empujaste.
—Antes de que pudieran encadenarte. En medio del Descenso, antes de que los Velados llegaran al palco.
Delante de diez mil personas. —Las palabras le salen rápidas ahora, como si se le hubiera roto un dique—.
Porque una ofrenda que cae delante del pueblo es de la Madre.
No se puede arrojar dos veces. La Reina no podía sacarte del fondo y volver a tirarte con cadenas, no delante de todos.
Si me equivocaba, morías libre en vez de morir encadenada.
Pero si tenía razón... si la abuela tenía razón...
No termina.
No hace falta. Tenía razón.
Salí.
—¿Por qué no me lo dijiste? —La voz se me rompe—. Dos meses, Seren. Dos meses pensando que me odiabas. Que me empujaste porque mamá te lo pidió. Me abofeteaste delante de todos...
—Porque Lady Corisande estaba mirando. —Seren se inclina hacia adelante, feroz—.
Porque todo el tiempo hay alguien mirando, Mara.
Porque si la Reina sospecha que te empujé para salvarte, que sé lo que dice ese papel, que leí los cuadernos, yo no llego a la corte.
Yo no llego a ningún lado. Desaparezco. Y entonces no queda nadie adentro.
—¿Adentro de qué?
—Del palacio. De la corte. Al lado de ella.
—Cierra el cuaderno—. Esa era la misión de la abuela.
Llegar adentro. No pudo; la silenciaron antes.
Me la dejó a mí, con cuatro cuadernos envueltos en un chal.
Cuida a tu hermana. Y cuando llegue el momento, ponte al lado de la Reina, y no te muevas de ahí.
Me quedo mirando a mi hermana.
A los siete años, con un chal lleno de secretos. A los doce, copiando de noche. A los diecinueve, con un vestido azul, en una sala con las ventanas tapadas, decidiendo en un segundo si su hermana iba a morir de un modo o de otro.
Y eligiendo empujarme ella misma. Para que fueran sus manos. Para que el último recuerdo que tuviera de alguien de mi sangre no fuera una cadena.
—La página —digo de pronto—. La del carruaje. La que encontré en el bolsillo cuando me llevaban a la Ciudadela.
—La puse yo. En tu bolsillo. Cuando te abracé. —Se encoge de hombros, un gesto chico, infantil—. Necesitaba que supieras que no estabas loca. Que lo que te pasaba tenía nombre.
✦
Lirio se desenrosca de la cintura de mi hermana.
Baja por la cama. Cruza la manta. Se me sube por el brazo, despacio, fría, suave, hasta enroscarse en mi cuello. Las alas de polilla se le abren un poco, pegadas a mi mejilla, y las antenas me rozan la oreja.
En mi pecho, Nadie ronronea.
—Me dijiste que le caía bien desde antes de salir de la Fosa —digo—. No entendí.
Seren mira a su umbría.
—Cuando bajé, ese mismo día, una hora después de empujarte, la Fosa estaba llena de bestias.
Grandes. Hermosas. Venían hacia mí y yo esperaba a que una me eligiera.
—Sonríe apenas—. Ninguna me eligió. Me eligió ella.
Un hilito blanco, del tamaño de un dedo, que salió de una grieta de la pared.
Y cuando se me enroscó en la muñeca, me mostró algo.
—¿Qué?
—Tu cara.
Me quedo sin aire.
—No me eligió para mí, Mara. Me eligió para ti.
Para que te cuidara. Tú ya estabas allá abajo, en algún lugar, viva, y ella lo sabía antes que nadie.
—Le pasa un dedo por el lomo a la serpiente, que tiembla—.
Por eso siente las verdades. Por eso tiene alas de polilla, como el escudo de los Veyl, como el broche de la abuela.
Es un pedazo de lo que hay allá abajo. De lo que te estaba esperando.
Afuera, el viento sopla contra la torre. Lirio me roza la mejilla con la cabeza, una vez, como un beso.
—Ithe —digo, sin pensarlo.
Seren se pone rígida.
—¿Dónde escuchaste eso?
—Del otro lado del Cerco. Una vieja ciega se arrodilló en el barro y me llamó así. —Trago—. Corazón.
Seren cierra los ojos.
—La abuela también te llamaba así —dice, muy bajo—.
En el tercer cuaderno hay una página con la fecha del día que nacimos.
Dos nombres, el mío y el tuyo. Y al lado del tuyo, una sola palabra, subrayada tres veces.
—Abre los ojos—. Lo supo desde el primer día, Mara.
Desde que la partera dijo que habías nacido vacía.
Nos quedamos calladas. Las dos. Con la vela consumiéndose en la mesa y la serpiente blanca entre nosotras.
Y entonces hago lo que no hice en los barracones, ni en la capilla, ni en los baños, ni en el borde.
La abrazo.
Seren se queda rígida un segundo. Después se deshace. Entera. Como un castillo de arena cuando llega la ola. Se me agarra de la espalda con las dos manos y llora contra mi hombro como lloraba a los seis años, cuando nos castigaban por separado y nos encontrábamos de noche en la despensa.
—Perdóname —dice. Otra vez. Como en el borde—. Perdóname, perdóname, perdóname.
—Ya está —le digo—. Ya está. Me salvaste.
Y es raro. Es tan raro. Porque esta noche, en otro cuarto, le dije a alguien no te perdono, y lo dije en serio. Y aquí, con la mujer que me empujó con sus propias manos, ni siquiera tengo que pensarlo.
Quizás porque ella eligió empujarme.
Y él eligió quedarse quieto.
✦
Cuando se calma, Seren se seca la cara con la manga. Se pone derecha. Y en un segundo vuelve a ser la Seren de siempre, la de la cara de mármol. Pero ahora sé lo que hay detrás.
—Hay algo más —dice—. Y no te va a gustar.
—Nada de esta noche me ha gustado.
—Kip.
Se me para el corazón.
—Lirio lo escuchó esta tarde. En el palacio, en el pasillo de las damas. Lady Corisande hablando con el Sumo Velado. —Me toma las manos—. No lo van a colgar en el Juicio, Mara. Eso es lo que dicen para el pueblo.
—¿Entonces?
Seren me aprieta los dedos.
—Lo van a arrojar a la Fosa. Delante de todos. Con cadenas de luz.
Como a Ilian. Como a los once.
—Para que se ahogue solo —susurra mi hermana—. Mientras la Reina mira hacia las gradas. Esperando a ver si tú saltas detrás de él.