Capítulo 38 · Orden y elección
Orden y elección
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—¿Estabas ahí?
Mi voz suena rara. Plana. Como si fuera de otra persona que habla desde el otro lado de una pared.
Theron no se mueve de la puerta.
—Sí.
—En el borde. La mañana que me tiraron.
—Sí.
—En el palco real. Contra la pared. En la sombra.
Cierra los ojos un segundo.
—Sí.
—Me viste caer.
No lo pregunto. Lo digo. Y él no lo contesta, porque no hace falta.
El papel me tiembla en la mano. Lo dejo sobre el escritorio, con cuidado, junto a las plumas y el mapa del pantano, como si fuera a romperse. Como si fuera a explotar.
—Te quedaste mirando —digo.
—Me quedé mirando.
—No hiciste nada.
—No hice nada.
Y entonces algo se me rompe adentro. No el corazón; eso sería demasiado limpio. Algo más abajo, más viejo. El lugar donde guardaba la mañana de la Fosa, toda junta, envuelta, para no tener que mirarla. Se abre. Y sale todo.
El frío de la Fosa subiéndome por las piernas. Los brazos de Seren. Su voz contra mi pelo, perdóname. Sus manos en mi pecho, empujando. Y el vacío. El vacío que duró una eternidad, cayendo, cayendo en la oscuridad, sabiendo que iba a morir.
Y él estaba ahí.
Él, que me besó la cicatriz de la cintura anoche. La cicatriz que me hice en esa caída.
—Por los medios que considere necesarios. —Lo recito sin mirar el papel. Lo tengo grabado—. ¿Eso también, Theron? ¿La campana rota? ¿La sala de armas? ¿Tu cuarto? ¿El granero? ¿Las estrellas? ¿Te amo? ¿Eso era un medio necesario?
Las sombras del cuarto se mueven.
No las mías; yo no tengo. Las suyas. La de la silla, la de la cama, la del escritorio, la de la puerta.
Tiemblan contra las paredes como llamas de vela en una corriente de aire.
Se estiran hacia mí. Detrás de mi esternón, Nadie se ha puesto de pie, y está furiosa, y por primera vez su furia y la mía son la misma cosa.
Theron mira las sombras. No retrocede.
—No —dice.
—¿Cómo sé que no?
—No lo sabes. —Abre los ojos. Me mira—. No tienes forma de saberlo. Y yo no tengo forma de probártelo. Por eso guardé el papel, Mara. Para que lo leyeras tú. Para que no fuera mi voz la que te lo contara.
—Muy noble.
No contesta. Se lo merece y lo sabe.
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Algo se mueve en el suelo, entre nosotros.
La sombra de Theron se despega de las tablas. Sube. Se hincha. Y Vesper sale de ella, pero no entera: solo la mitad. Lo que cabe en el cuarto. La cabeza enorme, el lomo, las alas plegadas contra las paredes. Ocupa todo el espacio entre la puerta y la ventana. Entre él y yo.
Y se echa.
Se echa en el suelo, de lado, con la panza hacia mí. Como un perro que se rinde. Pone la cabeza a mis pies, sobre mis botas, y suelta ese sonido largo, quebrado, que le escuché en la plataforma la noche que me ofreció su lomo.
Theron lo mira. Algo le pasa por la cara.
—Ella tampoco hizo nada esa mañana —dice en voz baja—. Estaba en mi sombra, en el borde. Y cuando caíste, Mara, cuando te vi caer... ella gritó. Por dentro. Toda la caída. No dejó de gritar hasta que el agua te tragó. Y yo la sostuve. Con todo lo que tengo. Para que no saltara detrás de ti.
No quiero escucharlo. Pero lo escucho.
—¿Por qué?
—Porque si saltaba, la Reina lo sabía. Y si la Reina lo sabía, ya no tenías ninguna posibilidad.
Ni de abajo, ni de arriba. —Traga saliva—.
Había visto once caer, Mara. Once. Ninguno salió.
Pensé que tú ibas a ser la doce. Que lo único que podía hacer por ti era quedarme mirando, para que alguien supiera cómo te llamabas. Para agregar tu nombre a los otros.
Los once nombres. Los que recita de noche, en voz baja, cuando cree que nadie lo escucha.
—Y después saliste.
Se le quiebra algo en la voz. Por primera vez desde que entró.
—Saliste por la Escalera del Borde, a la hora corta, cojeando, descalza, con una sombra que no era tuya pegada a los pies, mirándonos a todos como si fuéramos nosotros los que deberíamos tener miedo.
Y el Sumo Velado gritó herejía. Y yo tenía dos órdenes, Mara.
La de él, que era matarte en el borde. Y la de ella, que era guardarte.
—Señala el papel con la barbilla—. Elegí la de ella. Porque era la única que te dejaba viva.
—Y viniste caminando hacia mí con cara de verdugo.
—Tenía que parecerlo. Había diez mil personas mirando.
Me acuerdo. El lobo enorme que salió de su sombra. Que se detuvo frente a mí. Que retrocedió.
La Fosa la eligió.
—La ley no te obligaba a decir eso —digo despacio—. Podrías haberme llevado a la Reina esa misma noche. Encadenada. Sin que nadie preguntara nada.
—Sí.
—¿Por qué no lo hiciste?
Se queda callado mucho rato.
—Porque me miraste —dice al fin—. Desde el borde. Con el pelo lleno de polvo de hueso y sangre en los brazos. No como me miran todos. Como si me vieras. Y pensé: si la llevo a ella, la mato. Más lento, pero la mato. —Se pasa la mano por el pelo—. Y ya había matado suficiente.
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—Si muestras lo que llevas dentro, te mato yo.
Le devuelvo sus palabras. Las primeras que me dijo a solas, en mi cuarto, la primera noche.
—Te dije eso para que me tuvieras miedo —dice—.
Para que te escondieras. Para que no le dieras a ella nada que informar.
—Una sonrisa amarga, torcida—. Si hubiera querido tu confianza por orden, Mara, la habría tenido en una semana.
Soy muy bueno en lo que hago. Llevo dos meses intentando que me odies.
Y fallé. Es lo único que he hecho mal en mi vida, y no me arrepiento.
Miro a Vesper. Sigue echada sobre mis botas. Me mira desde abajo con sus ojos de brasa, sin parpadear.
Miro el papel sobre el escritorio.
Cuando despierte, entréguela al corazón.
—¿Qué es el corazón?
—No lo sé.
—Theron.
—No lo sé. Te lo juro por los once. —Da un paso hacia mí, el primero, y se detiene en seco, al borde del cuerpo de Vesper—. Se lo pregunté hoy. A ella. En la cara. Es la primera vez en quince años que le hago una pregunta.
Levanta la muñeca vendada. La venda está empapada de sangre.
—Esta fue la respuesta.
Se me revuelve el estómago.
—¿Qué te hizo?
—Nada que no me haya hecho antes. —Baja la mano—.
No importa. Lo que importa es lo que me dijo después.
Lady Corisande le llevó las copias de Ezra.
Las comparó con mis informes. Sabe que le mentí.
Sabe lo del puente, lo del pantano, lo del mediodía.
Sabe que el Cerco se abrió esta mañana. —Me mira fijo—. Y me dio una orden nueva.
No necesito preguntar. Lo sé antes de que lo diga.
—En seis días. En el Juicio. Delante de todo Valcarne. Te llevo a ella. —Pausa—. O el chico de las cocinas cae a la Fosa con una cuerda al cuello. Y después caigo yo.
—Y si me llevas...
—No sé qué pasa si te llevo. Por eso no te voy a llevar.
Lo dice igual que dijo te amo en el granero. Sin adornos. Como quien dice que está lloviendo.
—Esa mañana, en el borde, era mi orden —dice—. Quedarme mirando. No intervenir. Era mi orden, Mara. Nunca fue mi elección. Y voy a cargar con eso hasta que me muera, porque me quedé ahí parado, y eso sí lo elegí yo, y no hay forma de deshacerlo.
Un paso más. Vesper se aparta, despacio, arrastrándose, para dejarlo pasar.
—Pero tú sí fuiste mi elección. Desde el borde.
Cada día. Cada vez que podía entregarte y no lo hice.
Cada informe que falsifiqué. Cada noche que me quedé despierto en el pasillo de tu torre porque algún Morn había dicho algo en la cena que no me gustó.
—Está a un paso de mí. No me toca—. No te pido que me perdones.
No tengo derecho. Solo te pido que me creas una cosa.
—¿Qué?
—Que si tengo que elegir entre ella y tú, no es una elección.
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No lo beso.
Quiero. Esa es la parte que más me asusta: que quiero. Que lo tengo a un paso, con el labio partido y la muñeca sangrando y los ojos más desnudos que anoche, y todo mi cuerpo se inclina hacia él como una planta hacia la luz.
Pero no lo beso.
—No te perdono —digo.
No se inmuta. Asiente, despacio. Como si lo esperara. Como si lo agradeciera, incluso.
—Todavía no —añado—. No sé si algún día. No sé cómo se perdona a alguien por verte caer.
—Lo sé.
—Pero no voy a dejar que cuelguen a Kip por mí. —Respiro hondo—. Y no voy a dejar que te maten por mí. Tampoco. Aunque ahora mismo me den ganas de hacerlo yo.
Algo que casi es una sonrisa. Casi.
—Así que mañana vamos a sentarnos a hablar como dos personas que tienen seis días para sacar a un amigo de una celda debajo del palco real —digo—. Y lo otro... lo nuestro... va a esperar. Hasta que Kip esté a salvo. Hasta que yo sepa qué siento.
—Lo que necesites.
—No es lo que necesito. Es lo que hay.
Agarro el papel del escritorio. Lo doblo en tres. Me lo guardo en el bolsillo, junto a la piedra de Oma y a la insignia de plata que le saqué del cuello en el campo verde.
—Esto me lo quedo yo.
—Es tuyo.
Paso a su lado. No lo rozo. Abro la ventana. El aire de la noche entra frío, con olor a ceniza. Al olor de Vhal.
Con una pierna en el alféizar, me detengo. No me doy vuelta.
—Theron.
—¿Sí?
—Lávate esa muñeca. Con agua hervida. Y ponte miel antes de vendarla.
Un silencio.
—Así lo hacía mi abuela con los mineros —digo—. No lo hago por ti.
—Ya sé —dice, y en su voz hay algo que casi me hace volver.
Casi.
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Vuelvo por la cornisa, por el tejado de la capilla, por la pared de mi torre, grieta por grieta, como la primera noche.
Con los ojos ardiendo y la cabeza llena de palcos y de caídas y de once nombres que ahora, de pronto, son doce.
Porque él ya tenía el mío preparado. Porque esa mañana lo pronunció, seguro, en voz baja, cuando el agua me tragó.
Mara Veyl. La número doce.
Y la única que volvió.
Entro a mi cuarto por la ventana. Está oscuro.
No está vacío.
Hay alguien sentado en mi cama. Muy derecha. Con las manos en el regazo y el pelo suelto sobre los hombros, brillando apenas en la luz gris que entra conmigo. Con una serpiente blanca enroscada en el tobillo, quieta, con las alas de polilla plegadas sobre el lomo.
Seren.
Tiene un cuaderno en las rodillas. Uno que no he visto nunca. De tapas rojas.
Levanta la cara. Tiene los ojos hinchados de haber llorado mucho, y hace mucho, y ya no.
—Encontraste la orden —dice. No es una pregunta—. Lo sé por tu cara.
Me quedo de pie junto a la ventana.
—¿Cómo sabes que existe?
Seren abre el cuaderno rojo. Saca de entre las páginas un papel. Grueso. Color crema. Con medio sello de lacre rojo.
La otra mitad del sello.
—Porque yo estaba en la sala cuando mamá firmó la suya —dice mi hermana—. Y es hora de que sepas lo que hice esa noche, Mara. Para salvarte.