Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 37 · El doble fondo
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Capítulo 37 · El doble fondo

El doble fondo

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La mujer que baja de la torre tiene la capa más blanca de todas.

La vi dos veces, las dos al lado de la Reina.

Pero la conozco. La conoce todo Vhal, aunque nadie la haya visto de cerca: alta, delgada, con el pelo castaño claro recogido en una trenza que le da dos vueltas a la cabeza como una corona.

Con una serpiente de plata de dos cabezas en el broche del cuello.

Con los mismos ojos verdes de Ezra, pálidos y rápidos, pero sin nada de su dulzura.

Lady Corisande Thal. El Ojo de la Reina.

Los guardias se apartan para dejarla pasar. Se detiene frente a Theron. Ni siquiera me mira.

—Comandante Vask. Su Majestad se alegra de que haya sobrevivido. —Lo dice en el tono en que se comenta el clima—. Y desea escuchar, de inmediato, su informe sobre lo que vio del otro lado del Cerco.

Theron no se mueve.

—La cadete Veyl está herida. Necesita...

—La cadete Veyl tiene enfermería, comandante. Usted tiene una Reina. —Lady Corisande sonríe, apenas—. De inmediato, dije.

Dos guardias se ponen a los costados de Theron. No lo tocan. No se atreven, con Vesper todavía erizada a su espalda. Pero están ahí.

Theron me mira.

No dice nada en voz alta. Solo mueve los labios. Una palabra.

Cajón.

Después se da vuelta y se va con ellos, escaleras abajo, sin mirar atrás. Lady Corisande lo sigue. En la puerta de la torre, se detiene. Gira la cabeza. Y me mira, por fin, de arriba abajo, una sola vez, igual que se mira una pieza de carne en el mercado.

Después desaparece.

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—Ezra —dice Dalia.

Estamos en la escalera de la torre de los de primero, entre dos pisos, donde no hay ventanas. Me tiene agarrada del brazo todavía. No me ha soltado desde la plataforma.

—Ezra se dio cuenta de que le faltaban las copias. Las cartas. Las que le escribía a su madre sobre ti. —Dalia habla bajo, rápido, sin respirar—. Fue a su madre. Su madre fue a la guardia. Y la guardia revolvió la Ciudadela entera mientras tú estabas del otro lado del mundo. Cocinas incluidas.

La baldosa. La baldosa de la cocina.

—Las encontraron —digo.

—Las encontraron. Y Kip no dijo de dónde las sacó. Ni para qué. Ni para quién. —Me aprieta el brazo—. Lo interrogaron cuatro horas, Mara. Varn lo vio cuando lo sacaron. No dijo tu nombre. Ni una vez.

Me tengo que apoyar en la pared.

Kip. Kip, que se pone verde en el aire. Kip, que canta canciones de minero desafinado. Kip, que me dijo, debajo de la mesa, apretándome la mano: si hubieran encontrado esas cartas en tu cuarto...

Las escondió él para que no las encontraran en el mío.

—Robar correspondencia de la Corona es traición —sigue Dalia—. Y la traición se paga en la Fosa. En el Juicio de la Reina. La séptima prueba, Veyl. La última de la Criba. La que no se pelea: se mira.

—¿Cuándo?

—En seis días.

Seis días.

Me suelto de su mano. La miro. Dalia Morn, con su pelo negro y su cara de mármol, con las ojeras de quien no ha dormido. Con los nudillos todavía blancos.

—¿Por qué me lo cuentas tú?

Dalia aparta la vista.

—Porque en el pantano tus estrellas nos sacaron de la niebla —dice—. Y yo no le debo nada a nadie, Veyl. Nunca. Odio deber.

Se da vuelta. Sube un escalón. Se detiene sin mirarme.

—Y porque Kip me cae bien. No se lo digas.

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Encuentro a Ezra en la biblioteca.

Dónde más. En la mesa del fondo, la de siempre, bajo la ventana alta. Con un libro abierto que no está leyendo. Con las manos juntas sobre las páginas.

Levanta la vista cuando me oye. Se pone pálido. Más pálido de lo que ya está.

—Mara. Estás viva. Gracias a la Madre, estás...

Me siento frente a él.

No digo nada. Solo lo miro. Como me miró su madre en la puerta de la torre.

Ezra traga saliva.

—No tuve opción —susurra—. Mara, por favor. Escucha. Mi madre revisa mis copias cada luna. Cada luna. Si llegaba y no estaban, si yo no sabía dónde estaban... —Le tiemblan las manos—. No sabes lo que es ella. No sabes lo que hace con la gente que pierde cosas.

—Kip no perdió nada.

—Lo sé.

—Kip las escondió para protegerme. De ti.

Ezra cierra los ojos.

—Lo sé —repite.

—Lo van a colgar en la Fosa, Ezra.

Y Ezra Thal, que me prestó libros, que me contó chismes de los Velados, que me hizo reír la semana en que no podía dormir, se tapa la cara con las manos y llora en silencio, con los hombros temblando.

No siento nada. Me sorprende lo poco que siento.

Lo espero.

Cuando baja las manos, tiene los ojos rojos, pero la voz firme. La voz de un Thal.

—Te voy a decir algo —dice—. No para que me perdones. No me vas a perdonar, y está bien. Te lo digo porque es verdad.

Se inclina sobre la mesa.

—A la Reina no le importa Kip. A mi madre no le importa Kip. Podrían haberlo colgado anoche, sin juicio, en el patio, y nadie habría dicho nada. —Me mira fijo—. Lo guardan para el Juicio. Para que sea público. Para que todo Valcarne sepa dónde y cuándo.

No entiendo. Y después sí.

—Es un anzuelo.

—Es un anzuelo. —Ezra asiente—. Y tú eres el pez, Mara. Siempre fuiste tú.

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Theron no vuelve en toda la tarde.

No vuelve a la hora de la cena. No vuelve a la hora larga. Hesk da la clase de táctica en su lugar, con cara de no haber dormido, y no menciona el Vuelo ni el Cerco ni a Kip, como si nada de eso hubiera pasado.

Cuando cae la noche, salgo por la ventana.

Ya conozco el camino. Por la cornisa, por el tejado de la capilla, por la ventana del pasillo de los oficiales que nunca cierra bien. Por el corredor de piedra, de puntillas, contando las puertas.

La suya es la última.

No está cerrada con llave.

Adentro está oscuro, y frío, y huele a él. La cama está hecha, la manta gris estirada con precisión militar, como si anoche, la otra noche, la primera, no hubiera pasado nunca. La silla está junto a la ventana, donde la dejó después de mirarme dormir.

El escritorio.

Abro el cajón. Hay papeles, plumas, un cuchillo pequeño, un mapa doblado de los Pantanos de Mirra. Lo saco todo. Lo dejo sobre la mesa en orden, para poder volver a ponerlo igual.

El fondo del cajón es de madera oscura. Lo toco. Lo empujo en las esquinas. En la de atrás, a la izquierda, cede. Un clic suave.

La tabla se levanta.

Abajo hay un solo papel.

Doblado en tres. Grueso, color crema, del que solo usa la Corona. Con un sello de lacre rojo, partido por la mitad.

El mismo sello de la página arrancada del cuaderno de mi abuela.

Lo despliego con los dedos fríos. Me acerco a la ventana, a la luz gris de la luna detrás de las nubes.

La letra es elegante. Inclinada. La letra de alguien que nunca ha tenido prisa en su vida.

Al Comandante Theron Vask, de la Legión de la Fosa.

Por mandato de la Corona.

Mañana, durante el Descenso, la hija menor de la Casa Veyl será entregada a la Fosa en lugar de la ofrenda, con cadenas de luz, conforme a lo acordado con su madre, Lady Odile Veyl. Usted estará presente. No intervendrá.

Leo esa línea tres veces.

No intervendrá.

Si la niña no sale, el asunto quedará cerrado y la Casa Veyl recibirá lo pactado.

Si la niña sale, usted la tomará a su cargo. La vigilará día y noche. Se ganará su confianza por los medios que considere necesarios. Informará a esta Corona de cada señal.

Me tiemblan las manos. El papel cruje.

Por los medios que considere necesarios.

Y abajo, debajo de la firma, con una tinta distinta. Más fresca. Con la misma letra inclinada, pero escrita más rápido, igual que se añade una nota al margen de una lista de compras:

Cuando despierte, entréguela al corazón.

La orden tiene fecha de hace dos meses.

Del día antes del Descenso. De la noche en que Seren no durmió.

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No sé cuánto tiempo me quedo ahí.

De pie, junto a la ventana, con el papel en la mano. Leyendo. Leyendo otra vez. Como si las palabras pudieran cambiar si las miro lo suficiente.

No cambian.

Me acuerdo de la Fosa. De la mañana en que me tiraron. De las caras en los palcos, a la luz baja de la hora larga, mirándome caer. Nunca pude recordarlas. Estaba demasiado asustada. Solo recuerdo los brazos de Seren, y la luz, y el vacío.

Ahora intento. Me obligo. Cierro los ojos y vuelvo al borde.

Y ahí, al otro lado del abismo, en las sombras del palco real, contra la pared, donde la luz no llega nunca, con las manos detrás de la espalda...

Una figura alta. De negro. Inmóvil.

Con un lobo con alas en la sombra.

Mirando.

No intervendrá.

Abro los ojos. Tengo la cara mojada y no me di cuenta de cuándo empecé a llorar.

Nadie no gruñe. No se encoge. Está quieta. Tan quieta como estaba aquella primera vez, en el fondo de la Fosa, cuando la encontré en la oscuridad.

Esperando a ver qué hago.

Entonces escucho la puerta.

No la de la habitación. La del final del corredor. Pasos. Pasos que conozco: largos, firmes, que no hacen ruido cuando no quieren hacerlo. Pero ahora sí lo hacen. Ahora suenan pesados. Cansados. Arrastrando un poco el pie izquierdo.

Se detienen frente a la puerta.

No me escondo. No guardo el papel. No me muevo de la ventana.

La puerta se abre.

Theron está en el umbral. Con el labio partido y un moretón nuevo en el pómulo. Con la camisa abierta y una venda manchada de sangre alrededor de la muñeca derecha. Con los ojos grises hundidos de una forma que no le había visto nunca.

Me ve.

Ve el cajón abierto. Ve el papel en mi mano.

Y no dice puedo explicarlo. No dice no es lo que piensas. No dice nada.

Cierra la puerta despacio detrás de él. Apoya la espalda contra ella.

Y me mira, como mira un hombre que ha estado esperando este momento durante dos meses.

—Lo leíste —dice.