Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 36 · Lo que hay bajo las estrellas #2
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Capítulo 36 · Lo que hay bajo las estrellas #2

Y baja la boca.

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Me deshago dos veces antes de que me deje tocarlo.

La primera con su boca, con su lengua lenta y cruel y sus manos sujetándome las caderas contra la paja, con las estrellas de la ventana redonda borrándose sobre mi cabeza.

La segunda con sus dedos dentro de mí y su boca en mi pecho, mientras me dice al oído exactamente lo que quiere hacerme después, palabra por palabra, en voz baja, con una calma que es peor que cualquier caricia.

Cuando por fin puedo respirar, lo empujo de espaldas en la paja.

—Mi turno.

—Mara...

—Mi turno, comandante.

Se calla.

Lo beso. El cuello. El pecho. La cicatriz del esternón, de arriba abajo, como anoche. Y sigo bajando. Por su vientre, que se le contrae bajo mis labios. Más abajo. Siento cómo deja de respirar.

Lo tomo en la mano. Después en la boca.

No sé lo que hago. Lo aprendo de él. De cómo se le tensa el cuerpo entero, de cómo me hunde los dedos en el pelo, de los sonidos que hace, roncos, rotos, de cómo dice mi nombre como si fuera una blasfemia.

Lo aprendo de cómo, al rato, me agarra del pelo y me levanta la cabeza, con los ojos negros y la respiración destrozada.

—Para. Para, o esto se termina ahora.

—¿Y eso sería tan malo?

—Sí. —Me sube por su cuerpo hasta tenerme encima, cara a cara—. Porque quiero estar dentro de ti cuando pase.

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Me da vuelta. Me acuesta en la paja, debajo de él. Entrelaza los dedos con los míos y me sujeta las manos a los dos lados de la cabeza.

Y entra en mí.

Despacio. Sin dejar de mirarme. Hasta el fondo. Hasta que no queda espacio entre los dos.

Y se queda quieto.

Solo eso. Quieto. Dentro de mí. Respirando conmigo, con la frente contra la mía. Siento cómo late. Siento cómo tiembla del esfuerzo de no moverse.

—Mara —dice. Como si mi nombre fuera una oración.

—Muévete.

—Todavía no.

—Theron, te juro por la Madre...

Se mueve.

Una vez. Lento. Hondo. Hasta el fondo, y se me escapa el aire de golpe. Y otra. Y otra. Sin apuro. Con una paciencia que me vuelve loca, que me hace clavarle los talones en la espalda para atraerlo más rápido, y él se ríe contra mi boca y no me hace caso.

Y cada vez que se hunde en mí me dice algo al oído.

Que soy hermosa. Que soy valiente. Que estoy hecha para él, que encajo en él como si me hubieran tallado a su medida.

Que le di miedo desde el primer día y que nunca quiere dejar de tenerme miedo.

Que es mío. Que no le importa la Legión, ni la Reina, ni la Fosa, ni el mundo de este lado o del otro, mientras yo esté debajo de él, así, abierta, diciéndole que sí.

—Sí —le digo—. Sí. Más.

Y me da más.

Cambia el ritmo. Más fuerte. Más hondo. Me suelta las manos para agarrarme de las caderas, para levantarme hacia él, para cambiar el ángulo, y el nuevo ángulo me arranca un grito que ya no intento callar.

La paja cruje. Las tablas del altillo crujen.

Y yo me aferro a sus hombros y lo recibo entero, una y otra vez, con el cuerpo encendido de punta a punta.

A la luz de las estrellas, de reojo, veo nuestras sombras en la pared de tablas.

Solo una. La suya. Una sombra de hombre, plana, quieta, sin lobo, inclinada sobre la nada que soy yo.

Por primera vez no hay nadie mirando. Ni Vesper ni la otra. No hay bestias. Solo nosotros. Solo dos cuerpos que se buscan en la oscuridad como cualquier hombre y cualquier mujer del mundo, sin cadenas.

Eso me deshace más que todo lo demás.

Me rompo por tercera vez con él dentro, apretándome alrededor de él, gritando su nombre contra su hombro, llorando, sin saber por qué lloro.

Y él no se asusta. Me abraza más fuerte, se hunde en mí una vez más, dos, y me sigue, con un gemido largo y ahogado contra mi cuello, temblando entero como tiembla un ala.

Después nos quedamos así. Enredados. Sudados. Con la paja pegada en todos lados y su peso encima de mí, que no quiero que se quite nunca.

—Te amo —dice otra vez, contra mi pelo. Como para practicar.

—Ya sé.

—Te lo voy a decir mucho.

—Bien.

Y esta noche no susurra perdóname cuando me duermo.

Esta noche, lo último que escucho es su respiración, lenta, tranquila, la de un hombre que duerme sin lobo por primera vez desde los ocho años.

Y duerme bien.

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Al amanecer, Oma nos lleva al Cerco.

Camina delante, con su bastón blanco, sin tropezar. Nos lleva por un sendero que sube entre los árboles hasta la muralla, hasta un lugar donde la piedra blanca tiene tallada una espiral más grande que las demás. Tan grande como una puerta.

Se da vuelta. Me toma la mano. Me la pone, abierta, en el centro de la espiral.

—Ithe —dice.

Y la piedra se abre.

No como se abre una puerta. Como se abre un ojo. Las líneas de la espiral se separan, se hunden, y del otro lado está la niebla. La niebla blanca de Vhal. Fría. Esperando.

Theron me mira. Mira la piedra. Me mira otra vez.

No pregunta nada. Me toma la mano libre.

Cruzamos.

Y del otro lado, en la niebla, antes de dar tres pasos, Theron cae de rodillas con un grito ahogado, las manos en el pecho, porque algo enorme y negro y alado se le acaba de estrellar contra el alma como una ola.

Vesper.

Así que volvemos. Volamos. Vesper agotada, Theron con la cara húmeda y sin intentar esconderla, yo agarrada a su cintura, con la piedra de Oma en el puño, viendo crecer la Ciudadela en el horizonte gris.

Hay gente en la plataforma norte.

Mucha gente.

Capas blancas. Lanzas. La guardia de la Corona, en fila, frente a la puerta de la torre. Y Hesk, delante, con la cara cenicienta. Y Dalia, a un costado, con los brazos cruzados y los nudillos blancos.

Vesper aterriza. Theron me ayuda a bajar.

Ninguno se mueve. Ninguno dice están vivos. Ninguno dice los dimos por muertos.

Dalia es la única que camina hacia mí. Me agarra del brazo. Fuerte. Y me habla al oído, muy rápido, muy bajo, con una voz que nunca le había escuchado: la voz de alguien que tiene miedo.

—Se llevaron a Kip. Anoche. Por traición a la Corona.

Me aprieta más fuerte.

—Y lo van a colgar en la Fosa.