Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 36 · Lo que hay bajo las estrellas
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Capítulo 36 · Lo que hay bajo las estrellas

Lo que hay bajo las estrellas

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Cuando el sol baja, la sombra de Theron se alarga hacia el norte.

Hacia el Cerco. Como la aguja de una brújula que apunta a casa. Y en el borde, donde la sombra es más fina, a veces, cada tanto, se mueve. Un temblor. Una oreja que se levanta y se esconde.

—Está ahí —dice Theron, sentado en el umbral de la casa de Oma, mirándola—. Del otro lado. Tratando de llegar.

—Mañana volvemos.

—¿Cómo?

No sé cómo. Tengo la piedra de Oma en el bolsillo, apretada en el puño, y no sé cómo. Pero Oma dijo mañana, en su lengua vieja, cuando le pregunté, señalando el sol y después el muro. Y Oma no parece una mujer que diga mañana por decir.

—Confía en mí —le digo.

Theron me mira. Tiene la herida de la frente limpia y cerrada con un emplasto verde que huele a menta. Tiene ojeras. Tiene la cara de alguien que pasó el día entero con un brazo amputado y fingiendo que no le duele.

—Confío en ti —dice—. Es lo único en lo que confío.

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Oma nos da el altillo del granero para dormir.

Se sube por una escalera de madera. Arriba hay paja seca, limpia, que huele a verano, y mantas de lana de esas cabras de cara tonta. Y una ventana redonda, sin vidrio, que da al norte.

Cuando se hace de noche, por esa ventana entran las estrellas.

Me quedo de pie frente a ella con la boca abierta.

En Vhal casi no hay estrellas. Hay una bruma alta, siempre, de día y de noche, un velo gris que los Velados dicen que es el aliento de la Fosa: deja pasar el sol y la luna, pero se traga todo lo pequeño.

A veces, en el invierno, se abre un hueco, y se ve una, o dos, y la gente de las Tierras Grises sale de las casas a mirarlas y les pide deseos.

Aquí hay miles.

Millones. Tantas que el cielo no es negro; es plateado, con un río de luz que lo cruza de punta a punta, como si alguien hubiera derramado leche sobre un paño oscuro.

—Mi abuela me decía que existían —digo, sin darme vuelta—. Que había más estrellas que granos de ceniza en las Tierras Grises. Yo pensaba que era un cuento para dormir.

Theron se pone detrás de mí. No me toca. Está tan cerca que siento el calor de su pecho en la espalda.

—Mara.

—Mm.

—Es después del Vuelo.

Me quedo quieta.

Tiene razón. Se lo prometí. Me sienta, me cuenta todo, y yo lo escucho. Aunque no quiera.

Me doy vuelta. Me siento en la paja, con la espalda contra la pared de tablas, bajo la ventana. Las estrellas detrás de mi cabeza. Y él se sienta frente a mí, con las piernas cruzadas, a un metro. A un metro exacto. Como si hubiera medido la distancia para no tocarme mientras habla.

—La Reina me ordenó vigilarte —dice.

Sin rodeos. Mirándome a los ojos.

—Desde antes de que cayeras. Y esa misma noche, cuando saliste, me llamó otra vez, antes de que te subieran a la Ciudadela, para decírmelo con su boca: quería saber todo. Dónde duermes. Con quién hablas. Qué comes. Si sueñas. Si tu sombra hace algo. Un informe cada dos días. Escrito. Sellado.

No digo nada.

—Le escribí cuatro —sigue—. Los cuatro eran verdad.

Después del puente dejé de escribir. Y cuando me obligaron a volver a hacerlo, le mentí en cada línea.

Le dije que no había nada. Que eras una chica del cuarto anillo con suerte.

Que la Fosa te escupió porque no vales ni para comida.

Que no tenía sentido seguir vigilándote.

—Traga saliva—. No me cree. Pero no te ha tocado. Todavía.

El corazón me late en la garganta.

Pienso en la plataforma vieja. En mi mano en la frente de Vesper. En el niño de rodillas bajo la lámpara azul, y en la voz de canción para dormir que le hablaba mientras le abrían el pecho.

—Yo también tengo algo que decirte —digo.

Theron frunce el ceño.

—La noche que toqué a Vesper. No me mostró solo la sala.

Me mostró lo que ella te dijo, mientras el Velado cortaba.

—Me miro las manos—. Vas a buscar y vas a encontrar.

Y cuando encuentres lo que estoy buscando, me lo vas a traer.

Nunca te lo dije. Tuve miedo de entenderlo.

De que lo que buscaba fuera yo. Y de que tú ya lo supieras.

Hay un silencio largo.

—Lo sé desde el puente —dice al fin—. Que eras tú.

Se pasa las manos por la cara.

—Quince años buscando para ella. Once nombres en el brazo. Y cuando por fin encontré lo que buscaba... —Una risa corta, rota, incrédula—. Te escondí. Es lo único que he hecho bien en mi vida, y es lo único que ella nunca me va a perdonar.

Me mira. Algo se le afloja en los hombros.

—Hay más —dice.

Lo sé. Lo veo en cómo aprieta la mandíbula.

—Hay una orden que no he cumplido. Y que no voy a cumplir, Mara.

Nunca. La tengo escrita. Está en mi cuarto, en la Ciudadela, en el doble fondo del cajón del escritorio.

—Se inclina hacia delante—. Cuando volvamos, quiero que la leas tú.

Con tus ojos. No con mi voz. Para que nunca, nunca en la vida, puedas pensar que te la cambié al contártela.

—¿Tan mala es?

No me contesta. Y eso es una respuesta.

Pero no se aparta. No baja la vista. Se queda ahí, a un metro, dejándome verlo entero, sin hielo, sin lobo, sin uniforme de comandante. Esperando a que yo decida.

Y yo pienso en el Puente de Ceniza. En su mano sobre la mía, contra su mejilla, en el barro del pantano. En sus brazos alrededor de mi cabeza mientras caíamos al otro lado del mundo.

No sueltes.

—No la cumpliste —digo.

—No.

—Y no la vas a cumplir.

—Aunque me cueste la vida.

Le creo. No porque sea ingenua. Porque lo he visto elegir, una y otra vez, cuando nadie lo miraba. Y la gente es lo que elige cuando nadie la mira.

Cruzo el metro que nos separa.

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—Mara —dice contra mi boca—. Espera.

Me aparto un poco. Estoy de rodillas en la paja, entre sus piernas, con las manos en su cara.

—Tengo que decirte algo más. No es malo.

—¿Qué?

Se queda callado. Me mira como me miró esta mañana, desde la silla, cuando creía que yo dormía.

—Te amo.

Lo dice en voz baja. Sin adornos. Como quien dice que está lloviendo.

—Te amo desde la Fosa. Desde que saliste de ese agujero mirándonos a todos como si fuéramos nosotros los que teníamos que tener miedo.

No lo sabía. Pensé que era rabia. Que me molestabas.

—Se le tuerce la boca—. Después pensé que era miedo.

Y era miedo. Es miedo. Tengo un miedo que no he tenido nunca, Mara.

Ni en la Fosa. Ni cuando me dieron a Vesper. Porque si te pasa algo...

No termina.

No lo dejo terminar.

Lo beso. Despacio. No como en la campana rota, ni en la sala de armas, ni como anoche, con prisa, con hambre, como si nos fuera a faltar el tiempo.

Lo beso como si tuviéramos toda la noche.

Porque la tenemos. Por primera vez, la tenemos: no hay Ciudadela, no hay Reina, no hay prueba mañana al amanecer.

Hay un altillo que huele a verano y un millón de estrellas en la ventana.

—Yo también —le digo—. Te amo.

No me lo esperaba. Que fuera tan fácil decirlo. Que saliera solo, como el aire.

Theron cierra los ojos. Le tiembla algo en la cara.

Y después me besa como si se le acabara el mundo.

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Anoche fue hambre. Dos meses de hambre, de miradas en el patio, de manos que no se tocaban, rompiéndose de golpe en una cama de soldado.

Esta noche es otra cosa.

Esta noche me desnuda como si tuviera todo el tiempo del mundo y quisiera gastarlo entero en mí.

La túnica, despacio, por encima de la cabeza.

Las botas. El pantalón, bajando por mis piernas mientras él baja con él, beso a beso, hasta los tobillos.

Y cuando termina, se queda de rodillas en la paja, a mis pies, mirándome a la luz de las estrellas.

—Anoche no te vi —dice—. No así. Tenía demasiada prisa.

—¿Y ahora?

—Ahora no tengo ninguna.

Me pongo roja. Lo siento subir desde el pecho hasta las orejas.

Y no me tapo. Me quedo ahí, desnuda, acostada en la paja con los brazos a los costados, dejándolo mirar.

Y me doy cuenta de que me gusta. De que me gusta muchísimo cómo se le oscurecen los ojos, cómo se le acelera la respiración, cómo aprieta los puños sobre los muslos como si le costara no tocarme.

—Desnúdate —le digo.

Arquea una ceja.

—¿Es una orden, cadete?

—Sí, comandante.

Algo le cruza la cara. Algo oscuro, divertido, peligroso. Y obedece.

Se saca la camisa rota por la cabeza. Se desabrocha el cinturón. Despacio. Sin dejar de mirarme. Y cuando está desnudo, de rodillas frente a mí, con la luz plateada de las estrellas sobre los hombros, sobre las cicatrices, sobre la línea fina del esternón, sobre todo lo demás, se me seca la boca.

Es hermoso. No como los nobles de los retratos. Hermoso como un arma. Como algo hecho para hacer daño que ha decidido no hacerlo.

—Ven —digo.

—Todavía no.

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Me toca como si estuviera aprendiendo a leer.

Con las yemas de los dedos, primero. Las clavículas. El hueco del cuello, donde me late el pulso. La curva de los pechos, sin llegar a tocarlos, rodeándolos, una y otra vez, hasta que me arqueo hacia su mano y él la retira.

—Theron.

—Mm.

—Estás haciendo esto a propósito.

—Todo lo que hago es a propósito.

Baja los dedos por mi vientre. Por la cicatriz larga y blanca de la cintura, la que me dejó la Fosa.

Se inclina y la besa entera, de punta a punta, con la boca abierta.

Y sigue bajando. El hueso de la cadera. El interior del muslo.

Me abre las piernas con las dos manos, despacio, y se queda mirando, y yo tendría que sentir vergüenza y no siento nada más que calor.

—Estás temblando —dice.

—Es el frío.

Se ríe contra mi muslo.

—Mentirosa.

Y me toca. Por fin. Con dos dedos, despacio, de abajo arriba, y un sonido se me escapa de la garganta que no reconozco como mío.

—Así —murmura, mirándome la cara—. Así quería verte. Sin prisa. Quiero ver cada cosa que te hago.

Me toca hasta que estoy aferrada a la paja con las dos manos. Hasta que tengo que morderme el brazo para no gritar, porque abajo duerme Oma, porque hay niños en la aldea, porque...

—Aquí no te oye nadie —dice contra mi piel—. Y si te oyen, que te oigan. Que sepa todo el mundo, de este lado del muro y del otro, cómo suenas cuando te toco.