Capítulo 35 · Más allá del Cerco
Más allá del Cerco
✦
Lo primero que siento es pasto.
Pasto mojado bajo la mejilla. Blando. Frío. Con olor a tierra y a algo dulce que no conozco.
En Vhal no hay pasto así. En las Tierras Grises crece un pasto duro, color ceniza, que corta los dedos. En la Ciudadela no crece nada. Esto es otra cosa. Esto es suave como el pelo de un animal.
Abro los ojos.
Verde.
Todo es verde. Un verde que me duele, que no sabía que existía. El pasto, hasta donde alcanza la vista, ondulando con el viento. Árboles en la orilla de una colina, con hojas, con tantas hojas que no se ven las ramas. Flores. Flores amarillas, chiquitas, entre el pasto, al lado de mi mano.
Y arriba, el cielo.
Azul.
No gris. No blanco de nubes. Azul, limpio, enorme, con el sol en lo alto como una moneda recién acuñada.
Me incorporo de golpe. Me duele todo. Las costillas, el hombro izquierdo, la cabeza. Tengo la ropa empapada y llena de barro. Tengo la piedra del Cerco todavía apretada en el puño derecho; no la solté. Ni en la caída la solté.
—Theron.
Está a tres metros. Tirado de espaldas en el pasto, con los ojos cerrados. Con un corte en la frente que le chorrea sangre por la sien.
No se mueve.
Gateo hasta él. Le pongo las manos en el pecho. Le busco el latido como me enseñó mi abuela con los mineros heridos, dos dedos en el cuello, bajo la mandíbula.
Lo encuentro. Lento. Fuerte.
Respiro por primera vez en lo que parece una hora.
—Theron. Despierta.
Nada.
Le toco la cara. Le aparto el pelo de la herida. No es profunda. Sangra mucho porque es en la cabeza, eso es todo; eso también me lo enseñó mi abuela.
—Despierta. Por favor.
Y entonces me doy cuenta.
El sol está alto. Las sombras deberían ser cortas, pero deberían estar. Y la sombra de Theron, en el pasto, a su lado...
Es solo una sombra.
Una mancha oscura con la forma de un hombre tendido. Plana. Quieta. Sin alas. Sin ojos. Sin el lobo que vive en ella.
—No —digo—. No, no, no.
Toco la sombra con la mano. Con toda la palma, como toqué la mía en la Prueba del Mediodía. Y es pasto. Pasto con sombra encima. Nada más.
—Vesper.
Nada.
Adentro, Nadie se mueve. Lo siento. Está ahí. Está despierta, más que nunca, tan despierta que me zumban las yemas de los dedos.
Pero Vesper no está.
✦
Theron despierta diez minutos después, con un gemido, y lo primero que hace es llevarse la mano al pecho.
No a la herida de la frente. Al pecho. Al lugar donde yo le besé la cicatriz anoche.
Se queda así mucho rato. Con los ojos abiertos, mirando el cielo azul. Respirando.
—No la siento —dice.
Le tiembla la voz. A Theron Vask le tiembla la voz.
—Lo sé.
—Desde los ocho años. —Traga saliva—. Desde los ocho años, siempre. Cuando duermo. Cuando como. Cuando... siempre está. Es como respirar, Mara. Y ahora...
Se incorpora de golpe, demasiado rápido, y se marea, y lo sostengo. Mira su sombra en el pasto. La mira como se mira a un muerto.
—¿Está...?
—No sé.
No le miento. No sé. Pero hay algo, algo que me dice Nadie desde adentro, en esa forma suya que no tiene palabras. Una imagen: una puerta cerrada. No rota. Cerrada.
—Creo que no puede pasar —digo despacio—. Creo que no puede pasar el Cerco. Que se quedó del otro lado. O dormida. Esperando.
—¿Cómo sabes?
—No lo sé. Lo siento.
Me mira. Y por primera vez desde que lo conozco, no veo hielo en sus ojos. Ni miedo controlado, ni rabia contenida, ni nada de eso. Veo a un chico perdido en un campo verde, sin su lobo.
Le tomo la cara con las dos manos.
—Estoy aquí —le digo.
Cierra los ojos. Apoya la frente contra la mía.
—Estás aquí —repite.
✦
El Cerco está a nuestra espalda.
De este lado, no es gris. Es blanco. La niebla de este lado no existe; la niebla es una cosa de Vhal, una cosa que se apoya contra la muralla por dentro. Desde aquí, la muralla se ve limpia, alta, cubierta de enredaderas verdes hasta la mitad, con las torres de techo rojo vacías en lo alto.
Y las tallas.
De este lado, el Cerco está tallado. Entero. Hasta donde alcanza la vista, a izquierda y derecha, la piedra blanca está cubierta de espirales, de figuras, de letras que no conozco. Como la pared de la Fosa. Como el cuaderno de mi abuela.
—Nunca nadie me dijo esto —dice Theron, mirando hacia arriba—. Toda una vida en la Legión. Nadie.
No corrijo el nombre. Esta vez, no importa a quién se refiere.
Caminamos. No hay otra cosa que hacer. No podemos volar. No hay puertas en el Cerco, o no las vemos. Así que caminamos hacia el sur, alejándonos de la muralla, colina abajo, hacia donde se ve humo.
Humo de chimenea. Una columna delgada, gris, que sube derecha en el aire quieto.
—Gente —digo.
—Gente que nunca ha visto una umbría —dice Theron—. Ni un jinete de la Legión.
Lo miro. Tiene el uniforme roto, embarrado, la sangre seca en la cara. Tiene las insignias de comandante en el cuello: el lobo alado, en plata.
Le saco la insignia con los dedos. La guardo en mi bolsillo.
—Ahora no —le digo.
✦
Es una aldea. Diez casas de piedra con techos de paja, un pozo, un corral con animales que no conozco: algo como cabras, pero con lana blanca y caras tontas. Niños que corren entre las casas. Una mujer colgando ropa al sol.
Nos ven bajar por la colina.
Los niños dejan de correr. La mujer deja caer una sábana. Alguien grita algo, una palabra que casi entiendo. Es nuestra lengua. Pero vieja, torcida, como la que hablan en las minas más profundas, donde la gente lleva generaciones sin subir.
Un hombre sale de una casa con una horqueta. Después otro. Después cuatro.
Theron se pone delante de mí. Por reflejo. Sin lobo, sin armas, con la frente partida, se pone delante de mí.
—Mara, si esto sale mal...
—No va a salir mal.
—No sabes eso.
No. No lo sé.
Pero salgo de detrás de él, de todos modos. Levanto las manos. Las abro. Y camino hacia los hombres de las horquetas con el sol en la espalda.
Y con el sol en la espalda, mi sombra debería caer adelante. Larga. Sobre el pasto, hacia ellos.
No cae nada.
Los hombres lo ven. Lo veo en sus caras. Uno baja la horqueta un poco. Otro se santigua, o algo parecido; se toca la frente y el pecho con dos dedos.
De la casa más grande sale una vieja.
Muy vieja. Más vieja que mi abuela cuando murió. Encorvada, con un bastón de madera blanca, con el pelo como hilo de plata trenzado hasta la cintura. Con los ojos nublados, casi blancos.
Ciega, pienso.
Pero camina derecho hacia mí. Entre los hombres, que se apartan. Por el barro, sin tropezar. Hasta quedar a un paso.
Y levanta la cara, y me mira, con esos ojos blancos, como si me viera mejor que nadie me ha visto en la vida.
Después mira el suelo a mis pies. Donde no hay nada.
Y se arrodilla.
Despacio. Con las rodillas crujiendo. Soltando el bastón, que cae en el barro. Hasta tocar la tierra con la frente, delante de mis botas.
—Ithe —susurra contra el suelo—. Ithe. Ithe va'nar.
Detrás de mí, Theron no respira.
Yo tampoco.
Porque conozco esa palabra.
La escuché dentro de las sombras, la tarde en que Theron me arrastró de la mano por la oscuridad, susurrada por mil voces como una marea. La leí en el Archivo, en la lista de palabras de los Velados que copió mi abuela, con su letra inclinada y la traducción al costado.
Ithe.
Corazón.
Una vieja ciega, del otro lado del mundo, que nunca ha visto una umbría, acaba de arrodillarse en el barro y de llamarme por el nombre que me dio la Fosa.
✦
Nos dan de comer. Pan negro, queso, una sopa con cosas verdes. Nos dan agua de un pozo tan limpia que me hace llorar, y no sé por qué. La vieja le limpia la herida a Theron con un paño y algo que huele a menta.
Se llama Oma. O eso entiendo. Habla lento, para que la entendamos, con palabras que se parecen a las nuestras como un abuelo se parece a su nieto.
No sabe qué es una umbría. Cuando Theron intenta explicarle, ella frunce el ceño y dice una palabra que entiendo perfectamente:
—Cadena.
No sabe qué es la Fosa. Pero cuando dibujo un círculo en la mesa con el dedo mojado en sopa, ella pone su mano encima, encima del círculo, muy rápido, igual que se tapa una vela.
—Herida —dice—. Herida vieja. Abierta. Por eso el muro.
—¿El muro es para que no entremos? —pregunto.
Oma se ríe. Una risa sin dientes, suave, triste.
Niega con la cabeza.
Y después me toma la mano. Me la da vuelta. Me pone algo en la palma: una piedra pequeña, lisa, blanca, con una espiral tallada. Igual que la del Cerco. Igual que la de la pared de la Fosa.
Me dobla los dedos sobre ella.
Y dice, despacio, palabra por palabra, para que no haya forma de que no la entienda:
—El muro no es para que el mundo no entre a Vhal, niña. El muro es para que Vhal no salga al mundo.
Afuera, por la ventana sin vidrio, el sol empieza a bajar.
Y la sombra de Theron, en la pared de piedra, de pronto, por un segundo, parpadea.