Capítulo 34 · El Vuelo
El Vuelo
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Cuando me despierto, la luz ya es gris y él no está en la cama.
Por un segundo me asusto. Busco a tientas a mi lado, en la manta áspera, y está fría. Pienso: se fue. Pienso: fue un error, se arrepintió, me dejó aquí sola en su cuarto para que me vaya antes de que lo vean.
Después lo veo.
Está sentado en la silla del escritorio, junto a la ventana estrecha. Ya vestido, con el uniforme negro abotonado hasta el cuello. Con los codos apoyados en las rodillas y las manos juntas. Mirándome.
No sé cuánto tiempo lleva mirándome.
—Buenos días —digo. La voz me sale ronca.
Algo le pasa por la cara. No el hielo. Algo tibio, torpe, como si no supiera qué hacer con lo que siente.
—Sombra larga —dice.
El saludo de los salones. Buen día. Lo dice como si fuera la primera vez que se lo dice a alguien de verdad.
Me río. Me tapo la cara con la manta gris.
Cuando la bajo, él sigue ahí. No sonríe. Pero tiene los ojos distintos. Más claros.
—¿Quieres saber? —pregunta.
Sé de qué habla. El acuerdo. El encargo. El perdóname que escuché anoche, o que soñé, contra mi pelo.
Me incorporo en la cama. La manta se me resbala de los hombros. Él no aparta la vista, pero tampoco la baja.
—Hoy es el Vuelo —digo.
—Sí.
—Después del Vuelo.
Se queda callado.
—Mara.
—Después del Vuelo, Theron. Te lo prometo. Me sientas en la plataforma y me cuentas todo, y yo te escucho. —Trago saliva—. Pero déjame tener esto un día más. Uno solo.
Me mira mucho rato.
—Después del Vuelo te lo digo —dice al fin—. Aunque no quieras escucharlo.
—Trato.
Se pone de pie. Se acerca a la cama. Se inclina, y me da un beso en la frente, muy suave, como quien deja algo frágil sobre una mesa.
—Vístete —dice contra mi piel—. Te llevo por la sombra a tu torre. Nadie puede verte salir de aquí.
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—La sexta prueba —dice Hesk.
Estamos en la plataforma de vuelo norte, los trece de primer año, a la hora larga.
El viento sopla fuerte desde el norte, frío, con olor a nieve.
Detrás de Hesk, en fila, esperan los jinetes de tercero con sus bestias aladas: el halcón de humo de Varn, el murciélago gigante, otras cuatro que no conozco.
—El Vuelo —sigue Hesk—. Van a volar hasta las Cumbres de Hierro. Hasta el Cerco. Van a aterrizar en lo alto de la muralla, van a sacar una piedra suelta del parapeto, y la van a traer de vuelta. Antes del atardecer.
—¿Y si no tenemos umbría con alas? —pregunta un chico de la Casa Elvane.
—Entonces vuelan con un jinete de tercero. —Hesk señala la fila—. Los que puedan volar solos, vuelan solos. Morn. Veyl, Seren.
Dalia asiente, sin expresión. Escarcha, a su espalda, despliega las alas blancas.
Seren, a mi lado, aprieta los puños. En su sombra, Lirio, la serpiente blanca que nunca se separa de su tobillo, despliega algo que no le había visto nunca: alas.
Alas de polilla, abiertas sobre la piedra, pálidas como la leche.
Hesk empieza a emparejar a los demás con los de tercero. Kip con Varn otra vez; Kip se pone verde, y Varn le pone una mano en el hombro y le dice algo que no escucho, y Kip asiente, todavía verde. Liane con una chica de tercero de la Casa Thal. Brenna Ardane con el murciélago.
Yo quedo para el final.
Hesk mira la fila de los de tercero. Los de tercero miran el suelo. Ninguno levanta la vista. Ninguno da un paso.
Desde el Puente de Ceniza, desde la Prueba del Mediodía, nadie en la Ciudadela quiere subir a la sin sombra a su bestia. Ninguna umbría de tercero quiere cargarme. Lo sé. Lo veo en cómo se esconden detrás de sus jinetes, con las cabezas gachas.
—Bien —dice Hesk, con un suspiro—. Comandante Vask.
Levanto la vista.
Está de pie al fondo de la plataforma, supervisando, como en el entrenamiento de vuelo. Con las manos detrás de la espalda.
—La cadete Veyl necesita un jinete —dice Hesk—. Y usted tiene la única bestia de la Legión que no le tiene miedo.
El murmullo recorre la plataforma.
Theron no se mueve. Me mira. Un segundo.
Después camina hacia el borde.
—Vesper —dice.
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Volar no es como lo imaginé.
En el pantano no volé. Vesper me llevó, cansada, herida, rozando la niebla. Esto es otra cosa.
Esto es el cielo.
Vesper salta desde la plataforma con un golpe de alas que me deja el estómago allá atrás, en la piedra, y por un segundo caemos, caemos hacia el patio, y yo grito y me agarro de la cintura de Theron con las dos manos. Y después las alas se abren, enormes, negras, y el aire nos atrapa, y subimos.
Subimos tanto que la Ciudadela se vuelve pequeña. Un juguete de piedra negra. Las torres como agujas. Los patios como cuadrados de tablero. Y después Valcarne, anillo tras anillo, con sus calles angostas y sus techos de pizarra, bajando hacia el centro.
Hacia la Fosa.
Desde aquí arriba, por fin, la veo entera. Un círculo perfecto de oscuridad en el medio del mundo. Con el anillo de la ciudad alrededor. Como un ojo. Como un ojo cerrado, con las pestañas de las torres.
O como una herida.
—No mires abajo —dice Theron, volviendo la cabeza.
—Ya miré.
—Siempre miras.
—Siempre.
Creo que sonríe. No le veo la cara. Pero siento cómo se le relaja la espalda bajo mis manos.
Volamos hacia el norte.
Abajo pasa todo el reino, como en el mapa de las paredes de la biblioteca.
Las Tierras Grises al sur, a nuestra espalda, con sus minas como agujeros y sus campos de ceniza.
Los Pantanos de Mirra al este, cubiertos de niebla, donde se quedó Joss, y Chispa.
El Bosque Mudo al oeste, oscuro, tan espeso que no se ve el suelo.
Y adelante, cada vez más cerca, las Cumbres de Hierro: montañas negras, afiladas, con nieve en las puntas, como los dientes de algo enorme.
Y detrás de ellas, el Cerco.
Nunca lo había visto de cerca. Nadie que yo conozca lo ha visto de cerca.
Es una muralla. Una muralla de piedra gris de cien metros de alto que sube desde las laderas de las montañas y se pierde a izquierda y derecha, curvándose, rodeando el reino entero como el borde de un plato.
Con torres de techos rojos cada pocos kilómetros. Con almenas.
Y más allá, niebla.
No como la del pantano. Una niebla blanca, densa, quieta, que se apoya contra el otro lado de la muralla como una ola congelada. No se ve nada a través de ella. Ni montañas, ni árboles, ni cielo. Solo blanco.
Más allá del Cerco: tierras de las que nadie ha vuelto.
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Vesper aterriza en lo alto de la muralla, entre dos almenas, con un golpe que hace temblar la piedra.
El viento aquí es brutal. Me tira el pelo, me corta la cara, me roba el aliento. Theron se baja primero y me ayuda a bajar a mí, con las dos manos en mi cintura, sin soltarme hasta que tengo los pies firmes.
A lo largo de la muralla, a izquierda y derecha, veo aterrizar a los otros. Escarcha, blanca, a doscientos metros. Lirio, con sus alas de polilla temblando en el viento, más allá. El halcón de humo de Varn, con Kip agarrado a la espalda de su jinete como un mono.
—Una piedra —dice Theron—. Rápido. No me gusta este viento.
Busco en el parapeto. La piedra es vieja, gris, llena de líquenes. Hay piedras sueltas por todas partes, donde el viento y los años han roto el mortero. Saco una del tamaño de mi puño. Es fría. Tiene algo tallado en un costado, muy gastado. Una espiral.
La misma espiral de la pared de la Fosa. Del cuaderno de mi abuela.
Me quedo mirándola.
—Mara.
La voz de Theron suena distinta. Levanto la vista.
Está mirando hacia el norte. Hacia la niebla blanca al otro lado del Cerco.
Y la niebla se está moviendo.
No como se mueve la niebla. Como se mueve el agua cuando algo enorme nada debajo. Se hincha. Se arremolina. Se oscurece, de blanco a gris, de gris a negro, en el centro, justo frente a nosotros. Y desde el centro de lo negro, sube algo.
Nubes.
Nubes de tormenta, negras, enormes, que suben desde el otro lado del Cerco como humo de una chimenea, rápido, más rápido de lo que suben las nubes, y se extienden por el cielo hacia nosotros. Y con ellas, el viento.
El viento cambia de golpe. Ya no sopla desde el norte. Sopla hacia el norte. Hacia la niebla. Hacia el otro lado.
Como si algo allá estuviera respirando.
Como si algo allá estuviera tomando aire.
—¡Vesper! —grita Theron.
El lobo despliega las alas sobre la muralla. Theron me agarra de la cintura y me sube a su lomo de un tirón, y se sube detrás de mí, rodeándome con los brazos.
—¡Agárrate!
Vesper salta hacia el sur. Hacia la Ciudadela. Hacia casa.
Y el viento nos agarra.
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No hay otra forma de decirlo. El viento nos agarra como una mano. Como la mano de sombra que atrapó a Kip en el patio, pero al revés: no para salvarnos. Para llevarnos.
Vesper bate las alas con todas sus fuerzas.
Lo siento debajo de mí, cada músculo tenso, cada golpe de ala como un trueno.
Y no avanzamos. Nos quedamos suspendidos en el aire sobre la muralla, a diez metros de las almenas, luchando contra algo invisible que tira de nosotros hacia atrás. Hacia el norte.
Rayos. Un rayo cae sobre la muralla, a cien metros, y el estruendo me deja sorda. Otro. La lluvia empieza de golpe, helada, a chorros, y me empapa en un segundo.
A lo lejos, por la muralla, veo a los otros. Veo el halcón de humo de Varn alzar el vuelo hacia el sur, con Kip en la espalda. Veo a Escarcha. Veo a Lirio, con sus alas de polilla, luchar contra el viento. Todos van hacia el sur. Todos se alejan.
El viento solo tira de nosotros.
De mí, pienso. Solo tira de mí.
Nadie se ha puesto de pie. No asustada. No furiosa. Atenta. Mirando hacia el norte, hacia la niebla, hacia el centro negro de la tormenta. Como un perro que escucha que lo llaman desde muy lejos, con una voz que conoce.
—¡Theron!
—¡Lo sé!
Vesper ruge. Un rugido que se pierde en el trueno. Las alas le crujen. Siento que se le resbala el cuerpo debajo de mí, que pierde fuerza, que cede.
Y el viento nos arranca del cielo.
Pasamos sobre la muralla. Sobre las almenas, sobre las torres de techo rojo, sobre cien metros de piedra gris. Y caemos hacia el otro lado. Hacia la niebla.
Lo último que veo de Vhal es el Cerco, alejándose sobre nosotros, entre la lluvia, como el borde de un pozo visto desde abajo.
Lo último que siento son los brazos de Theron, apretándome contra su pecho, cubriéndome la cabeza.
Y lo último que escucho, antes de que la niebla nos trague, es su voz en mi oído:
—No sueltes.