Capítulo 33 · Lo que no pregunté #2
Grito su nombre. Le agarro el pelo con las dos manos y no sé si lo estoy apartando o empujando contra mí.
El calor sube desde el centro de mi cuerpo como la luz que sube desde la Fosa, cada vez más, cada vez más apretado, hasta que no cabe, hasta que se rompe, y me arqueo sobre la manta temblando entera, con los muslos apretados contra su cara, sin aire, sin nombre, sin nada.
Él no se detiene hasta que dejo de temblar.
Después sube por mi cuerpo, beso a beso, y se apoya sobre mí. Me aparta el pelo sudado de la frente.
—Hola —dice. Y sonríe. Torcido. Satisfecho. Insoportable.
Lo empujo de espaldas sobre la cama.
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No sé de dónde saco la fuerza. Lo empujo y me subo encima de él, a horcajadas, como la noche de la luna en la plataforma, y él me deja. Me mira desde abajo con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer que esto le está pasando a él.
—Te gané —le digo, sin aire.
Se ríe. Una risa ronca, rota.
—Una vez.
—Una vez es más que cero.
Le desabrocho el pantalón. Me tiemblan los dedos. Él levanta las caderas para ayudarme, y cuando por fin está desnudo debajo de mí, duro, caliente contra mi muslo, me quedo quieta. Mirándolo.
Nunca había visto a un hombre así. Nunca había tocado a uno.
Lo toco.
Theron echa la cabeza hacia atrás contra la almohada y suelta el aire entre los dientes, como si le doliera. Le paso la mano de arriba abajo, despacio, aprendiendo. Siento cómo late en mi palma. Siento cómo se le tensan los muslos debajo de mí, cómo se le clavan los dedos en la manta.
—Mara. —Casi suplicando. Theron Vask, suplicando—. Mara, por favor.
Me gusta. Me gusta demasiado cómo suena mi nombre así.
Le tomo las manos. Se las pongo en mis caderas.
—Ahora —digo.
Y bajo sobre él.
Despacio. Muy despacio. Sus manos firmes en mis caderas, sin empujar, dejándome decidir cada centímetro.
Duele, un poco, al principio. Una presión que me llena, que me abre, que me corta el aire.
Él lo ve en mi cara y se queda completamente quieto debajo de mí, con los dientes apretados y el cuello tenso, temblando del esfuerzo de no moverse.
—¿Paro?
—No. —Respiro. Dentro, cuatro. Fuera, seis. Me río sin aire, porque es absurdo, porque me enseñó a respirar para otra cosa—. No te atrevas.
Bajo un poco más. Y un poco más. Hasta que lo tengo entero dentro de mí, y ya no duele. Ya es otra cosa.
Theron abre los ojos. Me mira. Y lo que veo en su cara no lo voy a olvidar nunca.
—Eres... —empieza, y se le quiebra la voz.
Me muevo.
Y se le olvida lo que iba a decir.
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Al principio no sé cómo. Después sí. Mi cuerpo sabe antes que yo. Me muevo sobre él, despacio, buscando, y cuando encuentro el ángulo, el ritmo, el lugar exacto donde todo se enciende, se me escapa un gemido largo y él me clava los dedos en las caderas.
—Ahí —jadea—. Así. Madre, Mara, así.
Se incorpora. Se sienta en la cama conmigo encima, envolviéndome con los brazos, piel contra piel, su pecho contra el mío, mi cara en su cuello.
Y empieza a moverse conmigo. Hondo. Cada vez más hondo.
Me dice cosas al oído que no sabía que se podían decir.
Que estoy hecha para él. Que es mío. Que me ha imaginado así cada noche desde la plataforma y que ninguna de esas noches se parece a esto.
Y después me da vuelta.
De un movimiento, sin salir de mí, me tumba de espaldas sobre la manta y se pone encima. Me agarra las muñecas con una mano y me las sube por encima de la cabeza, contra la almohada. Me mira. Me pregunta con los ojos.
Le contesto rodeándole la cintura con las piernas.
Y ahí se le termina la paciencia.
Me toma fuerte. Duro. Con un ritmo que hace crujir la cama de soldado contra la pared de piedra, con su boca en mi boca, en mi cuello, en mis pechos, con mi nombre saliendo de él como si se lo arrancaran.
Y yo lo recibo entero, levantando las caderas para encontrarlo, arañándole la espalda sobre las cicatrices, pidiéndole más, más, no pares, no te atrevas a parar.
Y en algún momento, en medio de todo, miro hacia la pared.
La luna nos proyecta sobre la piedra.
Y ahí no hay dos sombras. Hay una sola. Enorme. Negra. Moviéndose con nosotros. Y en ella, si miras bien, hay puntos de luz plateada, como estrellas. Y algo más. Algo que se mueve entre las estrellas, enorme, con alas.
Nadie y Vesper.
Juntas.
Enroscadas una alrededor de la otra en la pared, como dos animales que se encuentran después de mucho tiempo y se reconocen.
Theron me suelta las muñecas. Me toma la cara con las dos manos. Apoya la frente en la mía, sin dejar de moverse, cada vez más rápido, cada vez más desesperado.
—Está en silencio —susurra contra mi boca—. Todo. Adentro. Por primera vez.
Y mete una mano entre los dos. Me toca, justo ahí, mientras se hunde en mí una y otra vez. Y yo me rompo por segunda vez, más fuerte que la primera, apretándome alrededor de él, gritando su nombre en el silencio que él mismo creó.
Y él se rompe conmigo. Con un gemido ronco, roto, hundido en mi cuello. Temblando entero. Diciendo mi nombre como si fuera lo único que le queda en el mundo.
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Después, nos quedamos quietos mucho rato.
Estoy acostada sobre su pecho, con la oreja sobre su corazón. Late despacio ahora. Él me pasa los dedos por el pelo, una y otra vez, muy suave, como se acaricia algo que da miedo romper.
El silencio que creó sigue ahí. No lo ha soltado. Solo existe su respiración y la mía, y la luna moviéndose despacio por la ventana estrecha.
—¿Mara?
—¿Mm?
—Nada.
Se queda callado. Su mano sigue en mi pelo.
Siento que se me cierran los ojos. Estoy tan cansada. Tan cansada y tan llena de algo que no sé nombrar. Nadie se ha dormido. De verdad. Enroscada, tibia, ronroneando muy bajito, como un gato al lado del fuego.
Y yo me estoy durmiendo también.
Lo último que siento antes de dormirme es su boca en mi pelo.
Y lo último que escucho, tan bajo que no sé si lo soñé, es su voz. Rota. Un susurro contra mi cabeza, en el silencio que él mismo creó, donde nadie, nunca, puede escuchar.
—Perdóname.