Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 33 · Lo que no pregunté
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Capítulo 33 · Lo que no pregunté

Lo que no pregunté

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Subo a la plataforma esa noche sabiendo que va a estar.

No sé cómo lo sé. Lo sé como sé que Nadie está detrás de mi esternón, o que el sol va a salir a la hora larga. Salgo por la ventana a medianoche, subo por la pared con las manos frías, y cuando asomo la cabeza por el borde, está ahí. De pie junto al poste oxidado. Sin chaqueta. Mirando la Fosa.

No se da vuelta.

—Escuchaste —dice.

No es una pregunta.

Me impulso con los brazos y subo. Me quedo de pie en el borde, a diez pasos de él.

—No pude sacarla, comandante. Usted lo vio. Lo intenté —digo—. Nuestro acuerdo sigue en pie.

Theron cierra los ojos.

—¿Qué acuerdo tienes con mi madre, Theron?

No contesta. Se da vuelta, por fin, despacio. La luna le cae de frente. Tiene la cara cansada, más cansada de lo que lo he visto nunca, ni en el pantano con tres cortes en el costado.

Y entonces dice algo que no espero.

—Pregúntame lo que quieras.

Me quedo quieta.

—Lo que quieras, Mara. Esta noche. El acuerdo con tu madre.

El encargo de la Reina. Por qué mentí en el borde, la verdad entera, no solo la parte de Ilian.

Lo que la Reina quiere de ti. Lo que la Reina quiere de mí.

—Da un paso hacia mí—. Pregúntame cualquier cosa.

Y te voy a decir la verdad. Toda. Aunque después te vayas y no vuelvas.

El viento de la Fosa sube por la pared de la torre. Me enfría la cara.

No me muevo.

Es lo que quise desde el primer día. Desde la torre, desde pregunta otra cosa, desde el porque no sabes lo que soy. Que me lo diga todo. Que me deje entrar.

Y ahora que me lo ofrece, de pie bajo la luna, con las manos abiertas a los costados, no puedo.

Me acuerdo de la cara de mi madre en el pasillo.

Hice lo que tenía que hacer por esta familia.

Del broche de plata en la caja negra. De la mano de la Reina sosteniendo la cabeza de un niño contra el suelo.

De Seren riéndose en la capilla, y después cerrándose como una puerta.

De las cartas de Ezra, se descarta relación sentimental (por ahora). De Ilian.

Estoy tan cansada de verdades.

Cada verdad que me dieron en los últimos dos meses me quitó algo. Mi madre. Mi hermano. Mi abuela. La idea de que la Reina era buena. Cada una vino con un cuchillo.

Y si le pregunto, ahora, esta noche, lo que sea que me va a decir va a venir con un cuchillo también. Lo sé. Lo veo en su cara. En cómo tiene las manos abiertas, en señal de rendición.

—Una sola cosa —le digo.

Theron espera.

—¿Me vas a hacer daño?

Se queda quieto mucho rato.

No contesta rápido. No dice no sin pensar, como diría alguien que miente. Me mira con los ojos grises bajo la luna, y lo veo pensar, de verdad, como si la pregunta le pesara.

—No —dice al fin—. Nunca. Aunque me lo ordenen. Aunque me cueste todo lo demás.

Le creo.

No sé si hago bien. Sé que le creo.

—Entonces no quiero saber nada más esta noche —le digo.

—Mara…

—Mañana. Pregúntame mañana si quiero saber. Y te voy a decir que sí. Pero esta noche no. —Me tiembla la voz—. Esta noche estoy cansada de perder cosas. Esta noche quiero… —Me detengo.

—¿Qué quieres?

No lo digo. Cruzo los diez pasos.

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Esta vez no lo agarro de la camisa. Esta vez le pongo las manos en el pecho, abiertas, sobre el corazón, como la noche de la luna, cuando caí encima de él.

Late rápido.

—Esto —le digo.

Theron no se mueve. Tiene los brazos a los costados, las manos abiertas, como si no supiera qué hacer con ellas. Como si tuviera miedo de tocarme.

—Mara. —La voz le sale ronca—. Si te quedas esta noche, sin saber… mañana me vas a odiar más.

—Puede ser.

—Yo no quiero que me odies más.

—Entonces dame algo que no pueda odiar.

Se queda mirándome. Y veo cómo algo se rompe en él. No de golpe. Despacio. Como el hielo de un charco cuando lo pisas con cuidado, que cruje y cruje y al final cede.

Levanta una mano. Me la pone en la cara. En la mejilla, despacio, como yo le puse la mía en el pantano.

—¿Estás segura?

—Sí —digo. Y esta vez no es mentira.

—Puedes cambiar de idea. Cuando quieras. En cualquier momento. Me dices que pare y paro.

—Lo sé.

—Dímelo.

—Si te digo que pares, paras.

Asiente. Una vez. Y me besa.

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No me lleva a mi torre.

Me toma de la mano, me dice no sueltes, y entramos en la sombra del poste oxidado. El frío. La oscuridad que se mueve como agua. Las voces, susurrando ithe, ithe, ithe, y Nadie, desde adentro, contestándoles con un ronroneo.

Salimos en un cuarto que no conozco.

Es pequeño. Desnudo. Paredes de piedra, una ventana estrecha por la que entra la luna, una cama angosta de soldado con una manta gris doblada en las esquinas como manda la Legión.

Un escritorio con papeles apilados en orden.

Una espada colgada en la pared. Ningún adorno. Ningún cuadro. Ningún espejo.

El cuarto de alguien que nunca pensó que tenía derecho a nada.

—Es tu cuarto —digo.

—Es donde duermo —corrige él.

Y algo en cómo lo dice me rompe un poco.

Me acerco a la cama. Toco la manta gris. Es áspera, delgada, como las mantas de los barracones de los tenues.

Cuando me doy vuelta, él está de pie junto a la ventana, con la luna en la espalda, mirándome. No se ha acercado. Me está esperando. Como esperó Nadie en el fondo de la Fosa, con mil ojos abiertos, a que le dijera que sí.

Así que soy yo la que se acerca.

Le desabrocho la camisa. Botón por botón, con los dedos torpes. Él no me ayuda. Se deja. Tiene las manos cerradas en puños a los costados y la mandíbula tan apretada que le veo latir un músculo en la sien, y me mira las manos como un hombre que lleva días sin comer mira el pan.

Cuando la camisa se abre, me quedo sin aire.

Tiene cicatrices. Las once del antebrazo. Una larga en el hombro. Las tres rayas del pantano, todavía rosadas, en el costado. Y en el centro del pecho, una que no le había visto nunca: vieja, plateada, fina como un hilo, que le baja recta desde el esternón hasta casi el ombligo.

Como una costura.

La sigo con la punta del dedo. De arriba abajo. Despacio. Siento cómo se le contrae el vientre bajo mi mano, cómo deja de respirar.

—¿Duele?

—No. —La voz le sale destrozada—. Nunca nadie la había tocado.

Me inclino y le pongo la boca encima. Arriba, sobre el esternón. Y después bajo. Beso a beso. Siguiendo la línea plateada con los labios abiertos, sintiendo su piel caliente, el sabor a sal, el temblor que le recorre el cuerpo entero.

Cuando llego abajo, al borde del pantalón, Theron me agarra del pelo.

No fuerte. Pero me agarra. Me levanta la cabeza. Y tiene los ojos tan oscuros que ya no les queda nada de gris.

—Mara. —Un gruñido. Una advertencia—. Si sigues haciendo eso, se me va a olvidar que tengo que ir despacio.

Lo miro desde abajo. Y algo que no conocía de mí, algo que no sabía que tenía, sonríe.

—¿Y quién te dijo que quiero despacio?

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Se rompe.

Lo veo romperse. El hielo, el control, el Verdugo, quince años de no tocar a nadie.

Se le cae todo de golpe. Me levanta del suelo por la cintura como si no pesara nada y me besa con la boca abierta, con los dientes, con un hambre que me arranca un gemido, y yo le rodeo el cuello con los brazos y le devuelvo el beso igual. Peor.

Me arranca la chaqueta del uniforme. Literalmente; escucho saltar un botón contra la piedra. Me saca la camisa por la cabeza y la tira, y antes de que pueda sentir el frío tengo sus manos en la piel. En la espalda. En las costillas. Subiendo.

Cuando me cubre los pechos con las palmas, se me doblan las rodillas.

—Mira —dice contra mi boca, ronco. Sus pulgares me rozan los pezones, despacio, en círculos, y se me escapa un sonido que no había hecho nunca—. Mira cómo te pones. Solo con esto.

—Cállate —jadeo.

—No. —Me muerde el labio inferior. Suave. Lo suelta—. Llevo dos meses callándome. Mirándote en el patio, en el comedor, en el Foso, sin poder decir nada. Esta noche no me voy a callar.

Baja la cabeza. Me besa el cuello, el hombro, la curva del pecho. Y después me cierra la boca encima. Caliente, húmeda, con la lengua. Chupa. Tira apenas con los dientes. Y yo le clavo las uñas en la nuca y echo la cabeza hacia atrás contra la pared de piedra y no puedo respirar. No puedo pensar.

—Theron...

—Dilo otra vez.

—Theron.

Gime contra mi piel. Lo siento vibrar.

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No sé cómo llegamos a la cama. Sé que en algún momento estoy de espaldas sobre la manta gris, áspera contra la piel desnuda, y que él está arrodillado entre mis piernas, sacándome las botas, los pantalones, todo, con una urgencia que le hace temblar las manos.

Y después se detiene.

Se queda mirándome. Desnuda, entera, bajo la luna. Con la respiración agitada y el pecho subiendo y bajando.

Nunca nadie me ha mirado así. Como si fuera algo que no se merece y que va a tomar de todos modos.

—Dime que sí —dice—. Una vez más. Y después no te lo vuelvo a preguntar hasta que me digas que pare.

—Sí.

Cierra los ojos un segundo. Igual que si rezara.

Y baja.

Me besa el interior de la rodilla. El muslo. Más arriba. Lento. Tan lento que me dan ganas de gritarle. Me sujeta las caderas contra la manta con las dos manos cuando intento moverme hacia él, y siento su risa baja, oscura, contra la piel más sensible de mi cuerpo.

—Paciencia, cadete.

—Te odio.

—Ya sé.

Y entonces pone la boca en mí.

Dejo de existir.

No hay otra forma de decirlo. Su lengua, plana y lenta primero, después precisa, cruel, justo ahí, en el punto exacto, como si me hubiera estudiado igual que estudia a un enemigo en el Foso.

Sus manos abriéndome los muslos. Un dedo que entra en mí, despacio, y después otro, curvándose, y el sonido que hago es tan fuerte que me tapo la boca con las dos manos.

Él levanta la cabeza. Tiene los labios brillantes. Me mira por encima de mi propio cuerpo.

—Saca las manos.

—Nos van a oír...

Levanta una mano. Y el mundo se apaga. El viento, la torre, la Ciudadela entera. Su silencio. El único lugar de Vhal donde no puede escuchar nadie.

—Ahora no te oye nadie más que yo —dice—. Y yo quiero oírte. Todo.

Y vuelve a bajar.

Y esta vez no me callo.