Capítulo 32 · Lady Odile Veyl
Lady Odile Veyl
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Mi madre llega a la hora corta, en un carruaje alquilado.
Lo sé porque lo veo desde el pasillo de la muralla: un carruaje negro, con la pintura descascarada y un caballo flaco, que se detiene frente al portón principal de la Ciudadela.
No es el carruaje de los Veyl. Los Veyl no tienen carruaje desde que yo nací.
Lo alquiló para hoy. Para que nadie la viera llegar a pie.
Baja vestida de violeta oscuro, el color de la Casa, con el velo recogido sobre el pelo y los guantes de cuero gris.
Detrás de ella bajan dos hombres que no conozco, anchos, con espadas en el cinto y caras de no haber sonreído nunca.
No son sirvientes de la casa. Nunca hemos tenido sirvientes con espadas.
Los alquiló también.
Me quedo mirándola desde arriba, con las manos apoyadas en la almena.
Ella no levanta la vista. Cruza el patio con la espalda derecha y la barbilla alta, sin mirar a los cadetes que se dan vuelta a su paso, sin mirar las torres, sin mirar nada.
Como cruzaba el mercado del cuarto anillo cuando yo era chica, con la cesta en el brazo, regateando cada ceniza.
Como si el mundo entero le debiera algo.
Nadie se levanta. No furiosa. Inquieta. Como un perro que reconoce a alguien que le pegó.
—Shh —le digo—. Es mi madre.
Nadie no se acuesta.
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Me llaman a la sala del comandante media hora después.
Es una habitación grande, en lo alto de la torre central, con ventanas que dan a la Fosa y un escritorio enorme de madera oscura, lleno de papeles.
Detrás del escritorio, el comandante de la Ciudadela, el viejo de barba blanca y medallas, se pasa un pañuelo por la frente.
A su lado, de pie, Hesk, con el cuaderno bajo el brazo y la cara de piedra.
Junto a la ventana, con las manos cruzadas, el Sumo Velado.
Y sentada frente al escritorio, con los guantes sobre el regazo, mi madre.
No se da vuelta cuando entro.
—Cadete Veyl —dice el comandante, sin levantarse—. Su madre ha presentado una petición formal ante la Ciudadela.
—¿Qué petición?
El comandante mira un papel sobre el escritorio. Tiene el sello de la Casa Veyl, la polilla, en lacre violeta.
—La Casa Veyl solicita retirar a su hija de la Criba —lee— por razones de salud.
Alega que la cadete sufrió una conmoción grave durante su caída a la Fosa, que desde entonces presenta conductas erráticas, y que su permanencia en la Ciudadela pone en riesgo su vida y la de sus compañeros.
—Levanta la vista—. La ley del Borde permite a una Casa retirar a un cadete antes de la última prueba, con el consentimiento del comandante de la Ciudadela.
—Yo no estoy enferma.
Mi madre no se da vuelta.
—Hija —dice, con su voz de salón, suave y triste—. No es tu culpa. Caíste trescientos metros. Nadie sale de algo así entero.
El Sumo Velado asiente bajo su velo, despacio.
—Las conductas erráticas han sido documentadas —dice, con su voz aguda—. Una sombra que se mueve sola. Una sombra que no mengua. Una sombra que atrapa a un cadete en el aire. La Orden coincide con Lady Veyl. La cadete no está bien. Necesita reposo. Lejos de aquí.
Lejos de aquí. Pienso en Ilian, en las Cumbres de Hierro, con otro nombre.
Pienso en las celdas debajo de la Sala de la Medida.
—No quiero irme —digo.
—No es tu decisión, hija —dice mi madre—. Eres menor de veintiún años y no estás casada. Tu Casa decide por ti.
El comandante se vuelve a pasar el pañuelo por la frente. Mira a Hesk. Hesk no lo mira.
—Profesora Hesk —dice el comandante—. ¿Alguna objeción?
Hesk se queda callada mucho rato.
—La cadete Veyl ha completado cinco pruebas de la Criba —dice al fin—. Con resultados que nunca he visto en veinte años de enseñanza. —Me mira, un segundo—. Si está enferma, profesor, yo quiero la misma enfermedad.
El Sumo Velado hace un ruido de impaciencia.
—Eso no es una objeción legal, Hesk.
—No —admite Hesk—. No lo es.
El comandante suspira. Moja la pluma en el tintero.
Y yo me quedo mirando la punta de la pluma, que baja hacia el papel con el sello violeta, y pienso: así se acaba. No en el Puente. No en el pantano. No en el Duelo. En una oficina, con una firma.
Detrás del esternón, Nadie empieza a empujar.
No, le digo. Esta vez no. Esta vez lo hago yo.
—Ley del Borde, artículo primero —digo.
La pluma se detiene a un dedo del papel.
No grito. No me tiembla la voz. Lo digo como lo dijo él, el primer día, en el borde: como quien da la hora. Diecinueve años sirviendo vino en salones me enseñaron una cosa, y es que la gente poderosa no escucha a quien grita. Escucha a quien no tiene apuro.
—Lo que la Fosa devuelve con sombra, la Fosa lo eligió —recito—. Lo dijo el comandante de la Legión delante de toda Valcarne. Y el Sumo Velado no lo contradijo.
—Eso no tiene nada que ver con...
—Tiene todo que ver. —Me vuelvo hacia la ventana, hacia el velo negro—. Sumo Velado, una pregunta. Solo una. El día del Descenso, mi hermana me empujó al abismo y diez mil personas lo celebraron como una ofrenda. Usted estaba en la plataforma. Usted no lo detuvo. ¿Fue una ofrenda, o no?
El velo se queda quieto.
—Si fue una ofrenda —sigo, despacio—, entonces la Casa Veyl me entregó a la Madre. Y lo que se entrega a la Madre no se devuelve. No soy de la Casa Veyl. Soy de la Fosa. Y la Casa Veyl no puede decidir por mí nada, ni mi salud, ni mi lugar, ni mi vida.
Mi madre se ha puesto muy derecha en la silla.
—Y si no fue una ofrenda... —Me encojo de hombros—. Entonces la Casa Veyl intentó matar a su hija menor delante de diez mil testigos. Y me cuesta creer, comandante, que la ley del Borde le dé la custodia de mi salud a la Casa que intentó matarme.
El silencio que viene después no es el de Theron. Es uno peor. Es el silencio de cuatro adultos poderosos que acaban de darse cuenta de que la chica que sirve el vino sabe leer.
El Sumo Velado no contesta. No puede. Si dice que no fue una ofrenda, la Orden aplaudió un intento de asesinato. Si dice que sí, le acaba de regalar a una vacía la única protección que la Orden no puede quitarle.
Me acerco al escritorio. Me agacho junto a la silla de mi madre, a su altura, como me agaché junto a la cama de Seren en los barracones. Y le hablo tan bajo que solo ella me escucha.
—Y si quiere que hablemos de quién está enferma en esta familia, señora, podemos empezar por la acequia de la calle de las Lámparas.
Mi madre no parpadea.
Pero se le cierran los dedos sobre los guantes, en el regazo, tan fuerte que la piel gris cruje.
Se pone de pie. Estira la mano por encima del escritorio. Y antes de que el comandante pueda decir nada, toma ella misma el papel con el sello violeta, lo dobla en dos y lo guarda en la manga.
—La Casa Veyl retira su petición —dice, con la voz de salón intacta—. Mi hija parece encontrarse mejor de lo que me informaron.
Hesk hace un ruido que no es una tos.
—Eso, comandante —dice—, sí es una objeción legal.
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La puerta se abre.
No llama nadie. Se abre, simplemente, y el ruido de la sala se apaga: el rasgueo de la pluma, la respiración del comandante, el viento contra las ventanas.
Theron Vask entra con el uniforme negro de la Legión abotonado hasta el cuello, la respiración un poco agitada, como alguien que subió una torre corriendo. Abre la boca para hablar.
Y se detiene.
Mira al comandante, con la pluma seca en la mano. Mira a mi madre, de pie, con el papel en la manga. Mira al Sumo Velado, inmóvil como una estatua junto a la ventana.
Me mira a mí.
El sonido vuelve.
—Llega tarde, comandante Vask —dice Hesk, sin mirarlo—. La cadete se defendió sola.
Theron no dice nada. Se queda en la puerta, mirándome, un segundo largo. Y en su cara, en esa cara de piedra que no le he visto mover delante de nadie, pasa algo que no es alivio, ni sorpresa.
Se parece mucho al orgullo.
—Ya veo —dice.
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Mi madre me pide hablar a solas.
Nos dejan en un pasillo, junto a la escalera de la torre central, con una ventana que da al patio. Los dos hombres de las espadas se quedan al fondo, lejos. Hesk se queda al otro lado de la puerta. El Verdugo, no sé.
Mi madre se pone los guantes. Uno, y después el otro. Dedo por dedo. Igual que Lord Morn en el Foso.
—Vuelve a casa —dice, sin mirarme.
—No.
—Mara. —Ahora sí me mira—. No sabes lo que está pasando. No sabes lo que hay detrás de esto. Ven a casa, y te escondo. Te mando al norte. Te consigo otro nombre, otra vida. Lejos de la Reina, lejos de la Orden, lejos de todo.
—Como a Ilian.
Se queda quieta.
No palidece. No le tiemblan las manos. Lady Odile Veyl no tiembla. Pero algo se le cierra en los ojos, como una ventana.
—Sí —dice—. Como a Ilian.
—A Ilian lo encontraron.
—Lo sé.
—Lo vendió alguien. En las Cumbres. Alguien que sabía su nombre falso.
Mi madre no dice nada.
Me acerco. Bajo la voz.
—La ofrenda del Descenso —le digo—. La chica de las Tierras Grises. La encontraron degollada en la acequia, bajo el puente de la calle de las Lámparas. Detrás de nuestra casa. La noche antes del Descenso.
Nada. Ni un parpadeo.
—Esa mañana me dijiste que nos sentábamos en el segundo anillo. Que hoy cambiaban muchas cosas para la familia. —Me tiembla la voz—. ¿Qué cambiaba, mamá? ¿Qué vendiste?
Es la primera vez en once años que le digo mamá.
Ella lo escucha. Lo veo. Algo le pasa por la cara, rápido, y se va.
Después me mira. De arriba abajo. Como en la cocina, la mañana del Descenso, cuando me miró de verdad por primera vez y calculó cuánto pesaba algo antes de venderlo.
—Hice lo que tenía que hacer por esta familia —dice—. Lo que hice siempre. Lo que nadie más estaba dispuesto a hacer.
No lo niega.
No lo confirma.
Se acomoda el velo sobre el pelo. Se da vuelta hacia la escalera.
—Cuando quieras volver a casa —dice, de espaldas—, la puerta va a estar abierta. Siempre lo estuvo.
Y baja.
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No la sigo.
Me quedo de pie junto a la ventana del pasillo, mirando el patio de abajo, con las manos apretadas en el alféizar. Veo a mi madre salir de la torre central con sus dos hombres de espada. Veo que cruza el patio hacia el portón, con la espalda derecha y la barbilla alta.
Y veo que, junto al portón, apoyado contra la pared, en la sombra, está el Verdugo.
Mi madre lo ve también.
Cambia de dirección. Camina hacia él. Se detiene a su lado, sin mirarlo, con el pretexto de acomodarse un guante. Los dos hombres de las espadas se quedan atrás.
Y siento a Nadie estirarse.
No se lo pido. Lo hace sola. Se estira hacia abajo, por la pared de la torre, por la sombra que el sol de la mañana proyecta sobre las losas del patio, rápida, silenciosa, hasta el portón. Hasta la sombra de la pared donde está apoyado él.
Y de pronto, escucho.
No con los oídos. Con algo más. Como cuando escuché las voces en el fondo de la Fosa. Como cuando escuché Ithe dentro de la sombra. Escucho lo que dice mi madre, a cincuenta metros de distancia, a través de las sombras que se tocan.
Habla bajo. Sin mover casi los labios. Con su voz de salón, la que usa con la gente del segundo anillo.
—No pude sacarla, comandante. Usted lo vio. Lo intenté.
Theron no se mueve. No la mira.
Mi madre se termina de acomodar el guante. Dedo por dedo.
—Nuestro acuerdo sigue en pie, comandante.