Capítulo 31 · Nadie rompió todo
Nadie rompió todo
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Registran mi torre al día siguiente, mientras estoy en clase de historia.
Me entero cuando vuelvo, a la hora corta, y encuentro la puerta abierta de par en par. El baúl volcado. El colchón rajado de punta a punta con un cuchillo, la lana desparramada por el suelo como nieve sucia. La palangana rota. Mi ropa, toda, tirada sobre la piedra, pisoteada. El candelabro doblado.
Y sobre la cama destrozada, abierta, la caja de madera oscura con la cinta de seda negra. Vacía.
El broche de la Reina no está.
Me quedo de pie en la puerta, sin poder moverme.
No es por el broche. No me importa el broche. Es lo otro. Lo que estaba debajo del colchón. Lo que ya no puede estar, porque el colchón ya no existe.
El cuaderno de mi abuela.
Me arrodillo en el suelo y busco entre la lana. Entre la ropa. Debajo del baúl. Debajo de la cama. Busco con las manos temblando, sin respirar, mientras Nadie se pasea de un lado a otro como un perro encerrado.
No está.
No está la última página de mi abuela, con su sello de la Reina partido. No está la lista de palabras en la lengua de los Velados. No está lo que escribí de Ilian, la polilla con espada, la polilla volando hacia la vela.
Hacia la luz, aunque queme. Pero no tanto, Mara. No tanto.
Me siento en el suelo de piedra, en medio de la lana desparramada, y me tapo la cara con las manos.
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—La Orden —me dice Kip, en el comedor, en voz muy baja—. Seis Velados. Por orden del Sumo Velado. Buscaban pruebas de herejía.
—¿Y las cartas de Ezra?
—Las tengo yo. Debajo de una baldosa de la cocina. —Me aprieta la mano por debajo de la mesa—. Mara, si hubieran encontrado esas cartas en tu cuarto…
No termina.
Si hubieran encontrado copias de los informes del hijo del Ojo de la Reina en el cuarto de la sin sombra, no habría habido ninguna prueba de la Criba más. Ni Duelo, ni Juicio. Solo una lámpara azul, un cuchillo de cristal y el borde de la Fosa, de noche, sin testigos.
Que la Madre decida.
—Se llevaron el cuaderno —le digo.
Kip cierra los ojos.
—Lo siento.
—Era lo único que me quedaba de ella.
No dice nada. Me aprieta la mano más fuerte.
Al otro lado del comedor, en la mesa de los Veyl, mi hermana come en silencio, sola, con la trenza de metal y la espalda derecha. No me mira.
Pero cuando se levanta, al terminar, pasa cerca de nuestra mesa. Más cerca de lo necesario. Y sin detenerse, sin girar la cabeza, sin mover los labios, deja caer algo junto a mi cuenco.
Un pedazo de papel, doblado en cuatro.
Lo tapo con la mano antes de que nadie lo vea.
Cuando lo abro debajo de la mesa, tiene una sola palabra, escrita con una letra que no veo desde que teníamos doce años, desde las notas que nos pasábamos debajo de la puerta de la despensa.
Capilla.
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La capilla abandonada del ala oeste está igual que la última vez. El altar vacío. Los bancos cubiertos de polvo. Una sola vela encendida en el suelo.
Y Seren, sentada frente a ella, con las piernas cruzadas, de espaldas a la puerta.
No se da vuelta cuando entro. No dice nada. Levanta una mano por encima del hombro, sin mirarme.
Tiene algo en ella.
Un cuaderno de tela gris, con las esquinas gastadas.
Me quedo de pie en la puerta, sin poder moverme.
—Siéntate —dice Seren—. Y cierra la puerta.
Cierro la puerta. Me siento en el suelo frente a ella, al otro lado de la vela. Tomo el cuaderno con las dos manos. Lo abro. La letra de mi abuela, inclinada, apretada. Las palabras de los Velados. La página arrancada, con el sello partido. Y al final, en una página en blanco, mi letra.
Ilian Veyl. Veintiséis años. Ojos grises.
Levanto la vista.
—¿Cómo…?
—Lirio los escuchó —dice Seren—. Anoche.
En los barracones. Dos chicas de la Casa Elvane hablando de que su tío, el Velado del Archivo, iba a registrar la torre de la vacía por orden del Sumo Velado.
—Se encoge de hombros—. Lirio siente las mentiras.
También siente las verdades que la gente cree que nadie escucha.
La serpiente blanca asoma de la sombra de mi hermana. Se desliza por la piedra, despacio, hasta la vela. Me mira con sus ojos de tinta. Mueve las antenas de polilla.
—Subí a tu torre antes del amanecer —sigue Seren—. Mientras dormías. Entré, saqué el cuaderno de debajo de tu colchón y me fui.
—Entraste a mi cuarto mientras dormía.
—Roncas.
—No ronco.
—Roncas igual que cuando teníamos seis años. —Lo dice sin sonreír. Pero algo se le mueve en la comisura de la boca—. Como un gato con resfrío.
Me quedo mirándola.
A mi hermana. Con la trenza de metal y la cara de hielo y la vela que le ilumina los ojos grises de nuestro padre. Que entró a mi cuarto a escondidas, antes del amanecer, a salvarme lo único que me quedaba de la abuela.
Que me abrazó para empujarme.
—¿Por qué? —le pregunto—. ¿Por qué me empujaste, Seren?
Ella baja la vista hacia la vela.
No contesta.
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—Ya lo leí —dice, en cambio, señalando el cuaderno con la barbilla—. Hace años. Antes que tú.
—¿Cómo?
—La abuela me los dio. Los otros. Los que no estaban en la caja del Archivo.
—Mira la llama—. La noche antes de morir.
Yo tenía siete años. Me llamó a su cuarto, me dio cuatro cuadernos envueltos en un chal, y me dijo que los escondiera.
Que no se los mostrara a mamá. Que no se los mostrara a nadie.
—Hace una pausa—. Excepto a ti. Cuando llegara el momento.
—¿Qué momento?
Seren no contesta.
—Seren.
—Cuando cayeras —dice, muy bajo.
Se me corta la respiración.
—Ella sabía que ibas a caer. Lo sabía desde que naciste. Desde que la partera dijo que no tenías sombra. —Le tiembla la voz—. Me hizo prometer que cuidaría de ti. Que, cuando llegara el momento, haría lo que hubiera que hacer. Aunque me odiaras. Aunque…
Se detiene. Se tapa la boca con la mano.
—¿Aunque qué?
No contesta.
Pienso en ella con siete años, en el cuarto de la abuela, con cuatro cuadernos envueltos en un chal y una promesa que no entendía. Pienso en ella a los doce, cuando nos separaron. A los diecinueve, la noche antes del Descenso, sin dormir, sin comer.
Y doce años cargando eso. Sola.
Igual que yo.
—¿Sabías lo de Ilian?
Seren levanta la vista.
—Le escribía —dice—. Desde los diez años.
Mamá no lo sabe. Le escribía todos los meses, a las Cumbres, a un nombre falso.
Y él me contestaba. —Se le quiebra la voz—.
Me contaba de los rebeldes. Me contaba de los mapas que hacía.
Me preguntaba por ti. Siempre, en cada carta.
¿Cómo está la pequeña? ¿Ya come más? ¿Sigue leyendo de noche en la despensa?
Me tapo la cara con las manos.
—Y en primavera dejó de contestar.
Seren no llora. Pero se le cae una lágrima por la nariz y se la limpia con el dorso de la mano, rápido, enojada, como si la hubiera traicionado.
—Cuando dijiste su nombre en la escalera —dice—, supe que lo sabías. Que alguien te lo había dicho. Y supe quién.
No le pregunto cómo. Lirio siente las verdades.
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Nos quedamos calladas mucho rato.
La vela chisporrotea. Lirio se ha enroscado alrededor de la vela, de la llama, sin tocarla, como un gato alrededor de una estufa. Y en un momento, despacio, se estira por la piedra hasta mí y se me enrosca en la muñeca. Fría. Suave. Con las antenas rozándome la palma.
Nadie se queda quieta. Atenta. Y después, muy bajito, ronronea.
Seren mira a su umbría enroscada en mi muñeca. Algo le pasa por la cara.
—Le caes bien —dice.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre, creo. —Una pausa—. Desde antes de salir de la Fosa.
No entiendo lo que quiere decir. No pregunto.
En cambio, digo:
—Le puse nombre. A la mía.
Seren levanta la vista.
—¿Qué nombre?
Le sostengo la mirada.
—Nadie.
Por un segundo, mi hermana no se mueve.
Y después se ríe.
No como se ríe en el comedor, cuando Dalia dice algo cruel y las demás se ríen por compromiso.
Se ríe de verdad. Una risa que le sale de golpe, que la dobla sobre sí misma, que le llena los ojos de lágrimas.
La risa de la cocina. La risa de cuando teníamos seis años y la cocinera preguntaba quién había roto el frasco de canela y las dos contestábamos a la vez, tapándonos la boca.
Nadie.
—Nadie rompió todo —dice Seren, entre la risa, con la voz rota.
—Nadie rompió todo —repito.
Y me río también. Y lloro. Las dos cosas a la vez. Y durante un latido, mi hermana estira la mano por encima de la vela y me toca la cara. Como en los baños. Con el pulgar en la mejilla.
Y yo pienso: ahora. Ahora me va a abrazar. Ahora me va a decir por qué.
Afuera, en el pasillo, crujen unos pasos.
Seren retira la mano como si la hubiera quemado.
Los pasos se acercan. Se detienen frente a la puerta cerrada. Un segundo. Dos. Y siguen de largo.
Pero ya es tarde.
La cara de mi hermana se ha vuelto a cerrar. El hielo ha vuelto, entero, perfecto, como si la risa no hubiera existido nunca. Se pone de pie. Se sacude el polvo del uniforme. Lirio se desenrosca de mi muñeca y vuelve a su sombra, rápido, sin mirarme.
—Esto no pasó —dice Seren.
—Seren…
—No pasó. Si alguien pregunta, te odio. —Se da vuelta hacia la puerta—. Guarda el cuaderno en otro lado. No en tu torre. En algún lugar donde nadie mire.
Abre la puerta. Se detiene en el umbral, de espaldas a mí.
—Y Mara.
—¿Qué?
No se da vuelta. Pero le escucho la voz, y no es de hielo. Es la de la cocina. La de la despensa. La que me pasaba notas debajo de la puerta.
—Mamá viene a la Ciudadela. Mañana. —Una pausa—. Viene a buscarte.