Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 30 · Vesper
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Capítulo 30 · Vesper

Vesper

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Vesper no se aparta.

Está echada a mi lado sobre la piedra, con la cabeza a un palmo de mi cara, y me mira.

No como en el borde, cuando retrocedió. No como en el puente, cuando gruñía sobre mí con las alas abiertas.

Me mira como me miró en el pantano, antes de dejarme subir a su lomo: con algo que se parece a una pregunta.

Levanto la mano. Despacio.

Y me detengo.

—¿Puedo?

No se lo pregunto a Theron. Se lo pregunto a ella.

Theron, frente a mí, se queda muy quieto.

—Nadie le ha preguntado eso nunca —dice, en voz baja.

Vesper parpadea. Lento. Sus ojos de brasa se cierran y se abren.

Y después baja la cabeza. Hasta la piedra. Hasta mi mano.

La toco.

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Es cálida.

No sé qué esperaba. Algo frío, quizás, como el agua de la Fosa. Algo que se deshiciera bajo los dedos, como la niebla. Pero la frente de Vesper es cálida y firme bajo mi palma, cubierta de un pelo corto y espeso, áspero como el de un perro de caza, que vibra bajo mi mano con cada respiración.

Y siento a Nadie despertar.

No se levanta. No empuja. Se estira, despacio, como un animal que sale al sol después de un invierno largo, y la siento bajar por mi brazo, por mi muñeca, por la palma de mi mano. Hasta la frente de Vesper.

Y la toca.

Vesper se estremece entera. Un temblor que le recorre el cuerpo desde la cabeza hasta la punta de las alas, que hace crujir las membranas, que le eriza el pelo del lomo.

Suelta un sonido que no le he escuchado nunca: no un gruñido, no un gemido.

Un sonido largo, quebrado, que sube desde el fondo de su pecho.

Como un llanto.

Y detrás de ella, a dos pasos, Theron se dobla.

No se cae. Se dobla sobre sí mismo, sentado en la piedra, con las manos en la cabeza, como si alguien le hubiera dado un golpe. Lo veo abrir la boca. Lo veo cerrar los ojos con fuerza.

—¡Theron!

—No. —Levanta una mano, sin abrir los ojos—. No. No pares. No le saques la mano.

—¿Te duele?

Se queda quieto. Mucho rato. Con las manos en la cabeza, respirando por la boca, rápido, entrecortado.

Y después se ríe.

No como se ríe Kip, ni como Joss en el pantano. Es una risa rota, ahogada, que le sale de un lugar muy hondo y que se parece mucho al llanto. Se ríe con los ojos cerrados y las lágrimas bajándole por la cara, sentado en el suelo de la plataforma, bajo la luna.

—No duele —dice, entre la risa—. Está en silencio. Todo. Adentro. Por completo.

Se saca las manos de la cabeza. Abre los ojos. Me mira.

—Nunca había estado en silencio. Nunca.

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No sé cuánto tiempo nos quedamos así.

Yo con la mano en la frente de Vesper. Vesper con los ojos cerrados, respirando lento, temblando cada tanto como un perro que sueña. Theron sentado en la piedra, con la espalda contra el poste, con la cara mojada y los ojos abiertos, mirando el cielo como si lo viera por primera vez.

Y Nadie, en el medio, entre las dos, haciendo algo que no entiendo.

La siento hablar. No con palabras. Con algo más viejo que las palabras, algo que pasa de mi mano a la frente de Vesper y vuelve, una y otra vez, como una marea. Y en esa marea, siento cosas.

Siento que Vesper la reconoce.

No como una umbría reconoce a otra. Como se reconoce algo que te falta. Como un dedo reconocería a la mano de la que lo arrancaron.

Pedazos, pienso. Las umbrías son pedazos.

Y Nadie es el centro.

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Y entonces, Vesper me muestra algo.

No lo pido. No lo busco. Pasa como pasó en la Fosa, cuando Nadie me mostró el valle verde y el lago. Un segundo estoy en la plataforma, con la mano en su frente, y al siguiente estoy en otro lugar.

Estoy en un pantano.

Niebla. Agua negra. Juncos. Y yo soy enorme, y soy libre, y vuelo sobre el agua a la hora larga con las alas abiertas, y no tengo nombre, y no me hace falta. El aire huele a hierro y a podredumbre y a algo dulce, y es mi casa.

Después, cadenas.

Cadenas de luz. Pálidas, azules, como la lámpara de la Sala de la Medida. Caen del cielo sobre mí, se me enroscan en las alas, en el cuello, en las patas, y queman. Queman como no ha quemado nunca nada. Y caigo al agua, y me arrastran.

Después, una sala.

Una sala de piedra, debajo de algo enorme. Sin ventanas. Con una sola lámpara de llama azul en el centro, que me quema los ojos. Estoy encadenada al suelo. Tengo hambre. Tanta hambre que siento que me como a mí misma por dentro.

Y en el centro de la sala, bajo la lámpara, hay un niño.

Flaco. Pálido. Con el pelo negro sucio y la ropa rota y los pies descalzos. Tiene ocho años, quizás menos. Está de rodillas sobre la piedra, con los brazos sujetos por dos Velados, uno de cada lado.

Y no tiene sombra.

La lámpara le cae encima, de lleno, y la piedra alrededor de sus rodillas está limpia. Blanca. Vacía.

Está llorando. No grita. Llora en silencio, con la boca cerrada, como alguien que aprendió muy chico que llorar en voz alta es peligroso. Como lloraba yo en la despensa.

Y tiene los ojos grises.

Un tercer Velado se acerca con un cuchillo de cristal. Le abre la camisa. Le apoya la punta en el pecho, sobre el esternón.

El niño cierra los ojos.

Y una mano le sostiene la cabeza.

Una mano fría, suave, blanca como el papel. Que se apoya en su pelo negro, con cariño, y le empuja la cara contra el suelo de piedra para que no se mueva. Con ternura. Como una madre que sostiene a un hijo enfermo mientras el médico le saca una astilla.

Sigo la mano con la mirada. El brazo. El vestido negro. El pelo rubio pálido, casi blanco, recogido en una trenza.

La corona de siete puntas.

La Reina sonríe al niño, de rodillas a su lado, mientras el Velado corta.

—Shh —le dice, con su voz de canción para dormir—. Shh. Ya pasa. Vas a ser muy útil, pequeño. Vas a buscar y vas a encontrar. Y cuando encuentres lo que estoy buscando…

El cuchillo de cristal baja.

—…me lo vas a traer.

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Vuelvo a la plataforma de golpe, igual que se sale del agua después de casi ahogarse.

Tengo la mano todavía en la frente de Vesper. Ella tiene los ojos abiertos, y me mira, y tiembla.

Y yo estoy llorando. No sé desde cuándo.

Me aparto de ella. Me arrastro hacia atrás por la piedra, hasta que choco con el poste. Me tapo la boca con las dos manos.

Theron se incorpora. El silencio adentro de él se rompe; lo veo en su cara, en cómo se le tensan los hombros, en cómo se lleva la mano a la sien. Vesper vuelve a gritar en su cabeza. Pero no se queja. Me mira.

—¿Qué viste?

No puedo hablar.

—Mara. ¿Qué te mostró?

Bajo las manos. Lo miro. Al hombre de veintitrés años que tengo delante, con la cara mojada bajo la luna y once cicatrices en el brazo. Y veo, encima de él, como una sombra, al niño de la sala de piedra. Flaco. Descalzo. Llorando sin hacer ruido.

Vas a buscar y vas a encontrar.

Y cuando encuentres lo que estoy buscando, me lo vas a traer.

No le digo eso.

No todavía. No hasta que entienda lo que significa. No hasta que él mismo me cuente su encargo, la noche en que no tenga miedo de que me vaya.

Le digo lo otro. Lo que vi primero. Lo que me rompe en dos.

—Vi la sala debajo del trono. La lámpara. El cuchillo. —Se me quiebra la voz—. Vi a un niño de ocho años sin sombra, de rodillas, llorando sin hacer ruido para que no lo escucharan.

Theron se queda inmóvil.

—Y vi una mano —le digo—. Sosteniéndole la cabeza contra el suelo mientras le abrían el pecho. Con cariño. Como una madre.

No dice nada.

Ya lo sabe. Lo sabe desde hace quince años.

—Era la Reina —le digo igual. Porque alguien tiene que decirlo en voz alta—. La Reina te sostuvo la cabeza. Y sonreía.