Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 29 · Sombra prestada
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Capítulo 29 · Sombra prestada

Sombra prestada

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—¿Desde el primer día?

No grito. No me sale. Me sale un susurro ronco, como si me hubieran apretado la garganta.

—¿Sabías que un chico de la Casa Thal me seguía, me inventaba hermanas muertas, contaba las noches que venías a mi torre, y lo dejaste? ¿No me dijiste nada?

—Si lo sacaba de la Ciudadela, Lady Thal mandaba a otro. —No se mueve del poste—. Alguien que yo no conociera. Que no supiera reconocer. Un sirviente, un cadete de segundo, un profesor. —Hace una pausa—. Prefiero al espía que sé leer.

—¿Y yo?

—¿Tú?

—Yo no sabía leerlo. —Me tiembla la voz—. Casi le creí. Me dio un pastel de miel y me habló de su hermana muerta y yo casi le creí. Si no fuera por Kip…

—Lo sé.

—¡Deja de decir que lo sabes!

Ahora sí grito. El grito se lo lleva el viento de la Fosa, sobre los tejados de la Ciudadela, hacia la ciudad.

Él no dice nada.

Me acerco. Tres pasos. Me quedo frente a él, bajo la luna, con los puños cerrados.

—Hay una carta de su madre —le digo—. De Lady Thal. Para Ezra. Dice que la Reina pregunta por qué no has informado desde el Puente. Dice que la Reina te recuerda que tu encargo no ha cambiado.

Algo se mueve en su cara.

No como las otras veces. No rápido, no como un pez bajo el hielo. Lento. Como una puerta pesada que se cierra.

—¿Qué encargo, Theron?

Es la primera vez que digo su nombre. No Verdugo. No comandante. Su nombre. Lo digo sin pensar, y me sale extraño en la boca, y él lo escucha, y algo en sus hombros se afloja, apenas.

Pero no contesta.

—Pregúntame otra cosa —dice. Muy bajo.

—No.

—Mara.

—No. Esta vez no. —Doy otro paso. Ahora estoy tan cerca que tengo que levantar la cara para mirarlo—. Me lo debes. Mataste a mi hermano y me lo debes. Me besaste en una torre y me lo debes. Kip cree que me estás cuidando para alguien. ¿Es verdad?

Se queda mirándome mucho rato.

Y después hace algo que no espero.

Cierra los ojos.

—Esta noche no te puedo decir eso —dice—. No porque no quiera. Porque si te lo digo, te vas a ir. Y antes de que te vayas, necesito que sepas otra cosa. Algo que nadie sabe.

—¿Qué?

Abre los ojos.

—Quién soy.

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Retrocede tres pasos. Hasta el centro de la plataforma, donde la luna cae de lleno, sin nada que la tape.

Su sombra se extiende sobre la piedra, larga y negra, como la de cualquiera.

—Vesper —dice.

No como en el pantano, cuando lo llamó cansado. No como en el puente, cuando lo llamó para cubrirme. Lo dice igual que se abre una puerta que lleva mucho tiempo cerrada.

Y su sombra se levanta.

Toda. No como el día del borde, cuando el lobo salió de ella y la sombra se quedó en la piedra.

Esta vez, la sombra entera se despega del suelo, sube, se hincha, se vuelve espesa y negra como el agua de la Fosa, y toma forma: el lobo enorme, las alas de murciélago, los ojos de brasa.

Vesper. Más grande que nunca, de pie sobre la plataforma, ocupando la mitad de la piedra con su cuerpo y el cielo con sus alas.

Y Theron se queda de pie bajo la luna.

Solo.

Miro hacia abajo. A sus pies. A la piedra iluminada de plata, donde debería estar su sombra.

No hay nada.

La luna le cae encima, de lleno, sobre los hombros, sobre el pelo, sobre las botas. Y la piedra a su alrededor está limpia. Blanca. Vacía.

Como la mía, durante diecinueve años.

Me tapo la boca con las dos manos.

—Nací sin sombra —dice Theron.

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No me acuerdo de haberme sentado. Pero estoy sentada en la piedra, con la espalda contra el poste oxidado, y él está sentado frente a mí, a un brazo de distancia, con las piernas cruzadas.

Vesper está detrás de él, echada sobre la plataforma, enorme, con las alas plegadas y la cabeza apoyada en las patas delanteras. Me mira.

Y Theron, por primera vez, me cuenta algo sin que tenga que arrancárselo.

—Nací en las Tierras Grises. En una aldea minera al sur del cuarto anillo.

Mi madre era una tenue. Trabajaba en las canteras.

—Mira sus manos—. Cuando nací, la partera vio que no tenía sombra y le dijo a mi madre que me dejara en el monte.

Que era mejor así. Que los vacíos no viven mucho, y los que viven, los encuentra la Corona.

—No te dejó.

—No. Me escondió en una mina abandonada. Ocho años. —Hace una pausa—. Me enseñó a leer con las piedras de la pared, porque no teníamos libros. Me traía comida todas las noches. Me cantaba. Me decía que algún día el mundo iba a cambiar, y que entonces iba a poder salir a la luz.

Me acuerdo de Ilian. Mandado lejos, a la frontera, con otro nombre.

Me acuerdo de mí, en la despensa, con la capa de ceniza.

De todos los sin sombra, escondidos en la oscuridad, esperando que el mundo cambiara.

—¿Qué pasó?

—Alguien nos vendió. —Lo dice sin emoción, como da la hora—. Cuando tenía ocho años, llegaron soldados a la mina. Y con ellos venía una mujer vestida de negro, con el pelo muy rubio y una corona de siete puntas.

Se me hiela la sangre.

—La Reina.

—La Reina en persona. —Theron levanta la vista hacia la Fosa—. Bajó a la mina. Me miró a la cara mucho rato, como te miró a ti en el patio. Y después dijo: no es él. Pero sirve.

—¿Para qué?

—Para tener a alguien que encontrara a los otros. —Mira el antebrazo, debajo de la manga—. Un sin sombra que supiera dónde se esconden los sin sombra. Que supiera cómo piensan. Que oliera el miedo. Que no tuviera adónde más ir.

—¿Y tu madre?

No contesta.

No necesita.

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—Me llevaron al palacio —sigue, después de un rato—. A una sala debajo del trono. Había una lámpara de llama azul, como la de la Sala de la Medida. Y un Velado con un cuchillo de cristal.

—El cuchillo que corta los vínculos.

—También sirve para lo contrario. —Su voz se vuelve más baja—. Tenían a Vesper encadenada en la sala. Una umbría salvaje que habían cazado en los Pantanos de Mirra, la más grande que habían visto en cien años. Furiosa. Hambrienta. Llevaba días sin comer y quería comerse a alguien.

Vesper, detrás de él, gruñe. Bajito. Como si se acordara.

—Le hicieron un corte en el pecho. Otro a mí. Y la metieron adentro.

Me quedo sin aire.

—¿A la fuerza?

—Las umbrías eligen a sus jinetes, Mara. Siempre. En la Fosa, en los pantanos, donde sea. Eligen. —Theron cierra los ojos—. Vesper no me eligió. Nunca. La metieron en mí como se mete un perro rabioso en una jaula. Y no ha dejado de morder la jaula desde entonces.

Miro al lobo. Echado sobre la piedra, con los ojos de brasa fijos en mí. Con las alas plegadas. Tranquilo.

—Quince años —dice Theron—. Quince años con ella adentro, gritando.

No con la boca. Adentro. En la cabeza. Todo el tiempo.

Rabia. Hambre. Ganas de romper, de morder, de matar.

De volver a los pantanos. Me despierto con ella gritando.

Me duermo con ella gritando. —Abre los ojos y me mira—.

Nunca he tenido un pensamiento que fuera solo mío.

Ni uno. Desde los ocho años. Siempre está ella, debajo, gritando más fuerte.

No sé qué decir.

—Por eso el silencio —dice él—. Por eso aprendí a apagar el sonido. Porque afuera, por lo menos, podía hacer que todo se callara. Aunque adentro no.

Lo apagas todo afuera, pienso, porque no puedes apagar nada adentro.

—Y después saliste de la Fosa.

Lo dice de golpe. Tan bajo que casi no lo escucho.

—Salí de la Fosa —repito.

—Subiste por la escalera, toda llena de polvo de hueso, con el tobillo hinchado. Y yo levanté la espada. Y Vesper…

Se detiene.

Vesper, detrás de él, levanta la cabeza de las patas. Me mira.

—Se calló —dice Theron.

Lo dice en voz baja, maravillado, como se cuenta un milagro.

—Por primera vez en quince años, se calló. Se escondió en mi sombra, se hizo chiquita, y se calló. —Le tiembla la voz—. Y yo me quedé ahí, en el borde, con la espada en la mano y diez mil personas mirando, y escuché algo que nunca había escuchado.

—¿Qué?

Theron me mira.

Y tiene los ojos mojados otra vez, como en la plataforma, cuando me contó lo de Ilian. Pero esta vez no es pena. Es otra cosa. Algo que se parece mucho al miedo, y mucho a la esperanza, y que no sabe ser ninguna de las dos.

—Mi propia voz —dice—. Adentro. Pensando. Sola.

Vesper se levanta. Despacio. Camina por la plataforma, rodeando a Theron, hasta quedar a mi lado. Baja la cabeza enorme. Me mira con los ojos de brasa, a un palmo de mi cara, tan cerca que siento su aliento caliente, olor a lluvia.

Y no gruñe.

Theron la mira. Después me mira a mí.

—Cuando estás cerca, Vesper se calla —dice—. Es la primera vez en quince años que escucho mis propios pensamientos.