Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 28 · Las cartas de Ezra
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Capítulo 28 · Las cartas de Ezra

Las cartas de Ezra

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La Reina se va al amanecer siguiente.

La vemos subir a su carruaje negro desde el patio, formados otra vez en filas, con los uniformes otra vez lavados. Se despide del comandante, de Hesk, del Sumo Velado. Pasa junto al Verdugo sin detenerse esta vez, sin tocarlo.

Y antes de subir al carruaje, se da vuelta hacia la fila de primer año.

No dice nada. Solo me busca con los ojos. Me encuentra. Y sonríe.

Después el carruaje se va, con sus seis caballos blancos y sus cincuenta guardias de plata, por el camino del anillo interior. Y la Ciudadela suelta el aire que llevaba dos días conteniendo.

A mediodía, un sirviente vestido de negro llama a la puerta de mi torre.

Trae una caja pequeña de madera oscura, atada con una cinta de seda negra. Me la entrega con una reverencia, sin decir nada, y se va antes de que pueda preguntarle de parte de quién.

No necesito preguntar.

Adentro, sobre un cojín de terciopelo, hay un broche de plata. Pequeño, delicado, perfecto. Una polilla con las alas abiertas.

Y una tarjeta, escrita con una letra elegante, inclinada, antigua:

Para la nieta de una vieja amiga. Hacia la luz, aunque queme.

Me quedo mirando el broche hasta que me duelen los ojos.

Después lo meto en la caja, cierro la tapa, y lo escondo en el fondo del baúl, debajo de toda la ropa, donde no lo vea.

Siento gruñir a Nadie. Bajito. Por primera vez desde que la conozco, gruñe por algo que no es una amenaza.

O que sí lo es, y yo todavía no lo entiendo.

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Kip llega a mi torre esa noche, una hora antes de la medianoche, sin aliento, con la cara roja de subir ciento ochenta escalones a la carrera y algo escondido debajo de la camisa.

—Cierra la puerta —dice.

—No tiene llave.

—Pon el baúl.

Pongo el baúl.

Kip se sienta en el suelo junto a la vela, con las piernas cruzadas. Saca lo que tiene debajo de la camisa. Es un fajo de papeles, doblados en cuatro, atados con un cordel verde.

De su sombra, en el suelo, asoma Migaja. Tiene algo verde en la boca. Un pedazo de tela. Lo escupe con asco.

—¿Qué es eso?

—Un pedazo de la cortina de Ezra Thal. —Kip le rasca la cabeza a Migaja—. Se le enredó saliendo por la ventana.

Me quedo mirándolo.

—Kip.

—Escúchame. —Desata el cordel—. Después de lo que me contaste, lo de la hermana que no existe, me quedé pensando.

Ezra Thal no hace nada gratis. Si te inventó una hermana muerta, es porque quería algo.

Y si lo quería, alguien se lo pidió. —Despliega los papeles sobre el suelo—.

Y si alguien se lo pidió, tiene que mandarle informes. Y si manda informes…

—Guarda copias.

—Guarda copias. —Kip sonríe, un poco torcido—. Los Thal son espías, Mara, pero también son burócratas. Su madre lo hace así. Lo vi en el banquete: tenía un secretario solo para copiar cartas.

Miro los papeles.

Son borradores. Hojas de papel caro, escritas con la letra rápida y ordenada de alguien acostumbrado a escribir mucho. Algunas tienen tachones. Otras, manchas de tinta. Todas tienen, en la esquina superior derecha, una fecha.

Y todas tienen mi nombre.

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Las leo a la luz de la vela, una por una, con Kip sentado a mi lado sin decir nada.

Día 2 de la Criba. La cadete Veyl fue ubicada en la torre este, último piso, aislada. Por orden de Hesk. Se desconoce el motivo.

Día 5. La cadete Veyl no logra llamar a su umbría en el Foso. Hesk lo registra como «dormida». Opinión: no está dormida. La cadete la contiene. Se observan signos de esfuerzo (sudor, palidez, temblor en las manos).

Día 9. Puente de Ceniza. Ver informe separado. Las seis umbrías se arrodillaron ANTES de que apareciera la oscuridad. Corvin Morn lo confirma en privado. El comandante Vask mintió ante el Consejo. Se desconoce el motivo.

Me tiemblan las manos. Kip me pone una mano en el hombro.

Día 12. El comandante Vask visita la torre este todas las noches, de medianoche a las dos. Se presume entrenamiento. Se descarta relación sentimental (por ahora).

Por ahora. Me arden las mejillas.

Día 22. Conversación con la cadete en el jardín de invierno. Confirma tener una hermana. Evade pregunta sobre otros hermanos. Se recomienda revisar registros de la Casa Veyl: posible hermano mayor sin registro de Medida.

Día 22, tarde. Muralla este. La sombra de la cadete no se mueve con el viento. Confirmado. No es una sombra.

Día 25. La cadete salvó a Kip Arden con una sombra viva. Visto por veinte testigos. El comandante Vask intervino, la retiró del lugar y declaró que fue su umbría. Segunda vez que el comandante miente por ella.

Día 31. Prueba del Mediodía. La sombra de la cadete no mengua con el sol. Su Majestad presente. Su Majestad aplaudió.

La última hoja es distinta.

No es un informe. Es una carta. La letra no es la de Ezra: es más elegante, más fina, con un sello de lacre verde en la esquina, roto. Una serpiente de dos cabezas. Y debajo, la respuesta de Ezra, en borrador, con muchos tachones.

La carta de su madre dice:

Su Majestad está satisfecha. Su Majestad pregunta, sin embargo, por qué el comandante Vask no ha informado nada desde el Puente de Ceniza. Su Majestad le recuerda que su encargo no ha cambiado. Averigua si el comandante sigue cumpliéndolo.

Y la respuesta de Ezra, a medio escribir:

No lo sé. El comandante no habla con nadie. Pero si me preguntas mi opinión, madre, creo que el comandante ya no sabe para quién trabaja.

Dejo caer la hoja.

—¿Qué encargo? —susurra Kip.

No le contesto.

No sé la respuesta.

Pero me acuerdo de la Reina en el patio, poniéndole una mano en la mejilla. Con cariño. Como una madre. Y del músculo que le temblaba en la mandíbula.

Su encargo no ha cambiado.

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—Tengo que avisarle —digo.

Kip me agarra del brazo.

—¿A quién? ¿Al Verdugo?

—Lo están vigilando. A él también. Saben que mintió dos veces por mí. La Reina sabe. —Me pongo de pie—. Si la Reina cree que él ya no cumple su encargo, sea lo que sea…

—Mara. —Kip no me suelta—. ¿Y si el encargo eres tú?

Me quedo quieta.

Kip me mira desde el suelo, con la vela iluminándole las pecas y los ojos castaños muy serios.

—Te salvó en el puente. Te salvó en el pantano.

Te entrenó. Te sacó de la plataforma cuando gritaron abominación.

—Habla despacio—. Pero lleva once cicatrices en el brazo, y es el Verdugo de la Fosa, y la Reina le tocó la cara como si fuera su perro.

¿Y si todo eso es parte del encargo? ¿Y si te está cuidando para alguien?

No le contesto.

No puedo.

Me suelto de su mano. Le pido que se quede, que guarde las cartas, que no salga hasta que vuelva. Y salgo por la ventana.

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Subo en un minuto y medio.

No sé cómo. No pienso dónde pongo las manos. Nadie me lleva, se estira por la pared y yo la sigo, y de pronto estoy en el borde de la plataforma, sin aire, con las rodillas raspadas.

Está ahí.

No lo sabía. Desde la torre de la campana rota no hemos vuelto a vernos aquí. Pero está de pie junto al poste oxidado, mirando la Fosa, como si nunca se hubiera ido. Con la chaqueta puesta. Con la luna encima.

Se da vuelta cuando me escucha llegar. No se sorprende.

Creo que me estaba esperando.

—Ezra Thal —digo, sin aire, todavía de rodillas en el borde—.

Te espía. Nos espía. Escribe informes para su madre.

Para la Reina. Kip encontró las copias. Saben todo.

Lo del puente, lo del pantano, que vienes a la torre, que mentiste dos veces por mí.

Saben lo de la sombra y el viento. Saben lo del mediodía. Saben…

—Lo sé.

Me quedo callada.

Me pongo de pie, despacio. Él no se mueve del poste.

—¿Qué?

—Lo sé —repite, tranquilo—. Que Ezra Thal escribe informes. Que se los manda a su madre. Que su madre se los pasa a la Reina sin leerlos.

—¿Desde cuándo?

Me mira. Con esos ojos grises, plateados bajo la luna, que ya no tienen nada de frío cuando me miran.

Y que tampoco me dicen nada.

—Desde el primer día.