Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 27 · Lo que hay debajo #2
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Capítulo 27 · Lo que hay debajo #2

—Cuando te tenga, Mara —dice, muy despacio, para que no me pierda ninguna palabra—, va a ser con la puerta cerrada. En una cama. Toda la noche. Y vas a gritar mi nombre tan fuerte como quieras, porque no va a haber nadie en el mundo que pueda oírte más que yo.

Se me para el corazón.

—Eso es una promesa —digo. Sin aire.

—Es una promesa.

Afuera, en el patio, unos pasos. Botas de metal sobre la piedra. Una luz que pasa por debajo de la puerta, de izquierda a derecha, lenta. Un guardia de plata, haciendo la ronda.

No nos movemos. No respiramos.

La luz se aleja.

Theron me besa una última vez. Corto. Fuerte. Casi con rabia.

Después da un paso atrás, hacia la sombra de los estantes, y la sombra lo envuelve como una capa. Lo último que veo son sus ojos, mirándome desde la oscuridad.

—Mañana no pelees —dice.

Y desaparece.

Me quedo apoyada en la pared de la sala de armas, con la espalda contra la piedra fría y las piernas tan temblorosas que no me sostienen, y me deslizo hasta el suelo.

Me quedo ahí sentada, entre los bastones caídos y el escudo de cuero, con la boca hinchada, el labio sangrando, el cuerpo entero encendido como una brasa que nadie apagó.

Y con una promesa en la cabeza.

Toda la noche.

✦

El Foso está lleno hasta las piedras.

Nunca lo había visto así. Ni en el Duelo de Sombras. Las gradas desbordan: cadetes sentados en las escaleras, sirvientes trepados a las columnas, oficiales de pie en los arcos. Y en la grada más baja, frente al árbol muerto, donde Lord Cassian Morn puso su silla tallada, hay un trono.

Un trono de madera negra, con el respaldo alto y una corona de siete puntas tallada arriba. Y en él, vestida de negro, con las manos cruzadas sobre el regazo, la Reina Ysolde.

A su derecha, Lady Corisande Thal. A su izquierda, de pie, con la espalda contra la pared del Foso, el Verdugo.

No me mira. Tiene los ojos fijos en la arena. La cara blanca.

Y en la galería alta, la que da al Foso desde la biblioteca, con un cuaderno abierto sobre la baranda y una pluma en la mano, Ezra Thal.

El sol está casi arriba. Siento el calor en la nuca.

Siento el sudor en la espalda, bajo el uniforme negro.

Y siento, sin necesidad de mirar, a mi sombra estirada sobre la arena negra detrás de mí, larga, larguísima, mientras las sombras de los otros doce cadetes son pequeños charcos oscuros bajo sus botas.

Ninguno lo ha notado todavía. Todos miran a la Reina. Todos miran el sol.

Todavía.

—Cadetes —dice Hesk, desde su banco—. A la hora desnuda, se ve lo que hay debajo.

La campana de la torre central da la primera de las doce.

—Comiencen.

✦

Es un caos.

Trece cadetes, trece umbrías, todos a la vez en un círculo de arena.

Pero no es el caos que esperaba. No hay bestias enormes, no hay alas tapando el sol, no hay jabalíes de colmillos de hierro.

Hay sombras del tamaño de un plato, y de ellas salen umbrías del tamaño de un perro, de un gato, de un ratón.

Escarcha, el cuervo blanco de Dalia, es apenas más grande que un cuervo de verdad.

El jabalí de Brenna Ardane cabe en una carretilla.

Lirio, la serpiente de mi hermana, es un hilo blanco que se enrosca en su tobillo y no se separa de él.

Y todas están débiles. Lentas. Confundidas. Parpadean a la luz como animales que salen de una cueva.

Los jinetes también. Sin la fuerza de sus bestias, sin su peso, sin su sombra enorme a la espalda, pelean como lo que son: chicos de diecinueve años.

Se empujan. Se tiran al suelo. Se tropiezan.

Brenna Ardane tumba a dos cadetes de la Casa Elvane con los puños, sin su jabalí, porque Brenna Ardane no necesita un jabalí.

Yo me caigo primero.

Lo hago a propósito, al principio, cuando uno de los chicos de la Casa Thal se me viene encima: me dejo caer, ruedo, me quedo agachada en la arena, en el borde del círculo, lejos del centro. Pienso: si me quedo aquí, si nadie me ve, si no me muevo…

El sol llega arriba. La campana da la duodécima.

Y alguien grita.

No de dolor. De sorpresa.

Es Liane Thal. Está de rodillas en la arena, a cinco pasos de mí, con la cara blanca y el dedo apuntando hacia el suelo. Hacia mis pies.

Hacia mi sombra.

Uno por uno, los cadetes se detienen. Se dan vuelta. Miran.

Y lo ven.

A la hora desnuda, con el sol vertical sobre el Foso, con todas las sombras del mundo escondidas debajo de las cosas como animales asustados, la mía está estirada sobre la arena negra, larga, oscura, perfecta, desde mis botas hasta el pie del árbol muerto.

Como si fuera el atardecer.

Como si el sol no existiera.

✦

El silencio baja por las gradas como una ola.

No es el silencio del Verdugo. Es otro. Es el silencio de mil personas que miran algo que no debería existir y no saben qué decir. Escucho a alguien, en la galería, soltar una risita nerviosa que se corta a la mitad. Escucho al Sumo Velado ponerse de pie con un crujido de túnica.

Y escucho, en la grada más baja, algo que no espero.

Aplausos.

La Reina está aplaudiendo.

Despacio. Suave. Con las manos frías, que suenan como papel. Está sentada en su trono negro, con la corona de siete puntas brillando al sol, y me está mirando a mí, con la cabeza ladeada y una sonrisa tan tierna que me hiela la sangre.

Como una madre que ve a su hija dar el primer paso.

A su izquierda, contra la pared del Foso, el Verdugo ha cerrado los ojos.

—Extraordinario —dice la Reina, y su voz llega a todas partes sin que la levante—. Hesk, ¿no es extraordinario?

Hesk no contesta. Está de pie junto a su banco, con el cuaderno en la mano, mirándome.

—Una umbría que no teme al sol —sigue la Reina, con suavidad—. Hacía tanto tiempo que no veía una.

Hacía tanto tiempo.

Lady Corisande Thal se inclina hacia la Reina y le dice algo al oído. La Reina asiente, sin dejar de sonreír. Sin dejar de mirarme.

Nadie se ha quedado inmóvil. Igual que en el patio, dos días atrás, cuando la Reina me tomó las manos. Inmóvil como un animal que reconoce un olor.

Me obligo a ponerme de pie.

No sé qué hacer. No sé si seguir peleando.

Ninguno se mueve en la arena; los otros doce cadetes están quietos, mirándome, con sus umbrías del tamaño de un gato escondidas tras sus tobillos.

Brenna Ardane tiene los puños bajos y la boca abierta.

Dalia Morn tiene la cara de hielo, perfecta, pero los ojos fijos en la Reina, no en mí.

Y Seren.

Seren está a diez pasos, de pie, con Lirio enroscada en el tobillo como un hilo blanco. No me mira a mí, tampoco.

Mira a la Reina.

Y en su cara no hay hielo. No hay nada. Solo una cosa, desnuda, que veo por primera vez en siete años, una cosa que nunca le había visto a mi hermana, ni cuando nos separaron, ni cuando murió la abuela, ni en el borde de la Fosa.

Terror.

—Continúen —dice la Reina, haciendo un gesto suave con la mano—. Por favor. No se detengan por mí.

Ninguno se mueve.

Y arriba, en la galería de la biblioteca, apoyado en la baranda con la pluma en la mano, Ezra Thal escribe algo en su cuaderno.

No levanta la vista. No sonríe. Escribe rápido, con letra apretada, una línea, dos, tres. Después arranca la hoja, la dobla en cuatro, y se la da a un sirviente vestido de verde que espera a su lado.

El sirviente baja las escaleras de la galería.

Y yo lo sigo con los ojos, por los pasillos, por los arcos, por las gradas, hasta que se arrodilla junto a la silla de Lady Corisande Thal y le entrega el papel.

Lady Thal no lo lee.

Se lo pasa, sin abrir, a la Reina.